sábado, 12 de diciembre de 2020

 

                                                                  BAZOKA

 

 

 

   Bazoka era el  chicle más deseado por los niños de los años cincuenta, de importación americana, venía  envuelto en un papel plateado y  letras mayúsculas de colores. No eran fáciles de conseguir, a mi me los traía  mi padre cuando salía los domingos a Noel,  a comprar pasteles y fiambres. Eran duros como cemento seco, del tamaño de una moneda de cincuenta pesetas, tenían  tres  pisos circulares; tres pisos como las tartas de bizcocho y chocolate caseras, tres pisos como los plumieres de madrera de los niños afortunados. Eran enormes para la boca de un niño, tanto que desencajaban  las caras  aparentando  que tenían dos enormes   flemones en los molares.

 

   Conseguías ablandarlos con un esfuerzo descomunal de mandíbulas,  tanto que luego tenías sensación de agujetas en los mofletes; Solo tenían un sabor, fresa cargado de azúcar,  porque en aquella  época  no se contemplada la posibilidad de elegir; solo una marca de papel higiénico, duro como el papel de lija, solo una marca de leche, ni desnatada ni sin lactosa, como salía de la ubre de la vaca. El supuesto sabor a fresa era una quimera, sabia bien , eso sí, pero ni el sabor ni el color recordaban a la fresa ni de lejos. Eran de un rosa desvaído, idéntico al color de las encías,  tan semejante que se  confundía con ellas y permitía hacer fundas de dientes y recrear bocas desdentadas y repugnantes.

 

   Si lograbas introducir en la boca dos chicles a la vez,  podías   hacer un globo enorme, del tamaño de una pelota de futbol y   con suerte,  podías lograr  explotarlo en la mismísima cara de tu hermano. Eran los mejores adhesivos del momento, si se te pegaba en el pelo el único remedio era el corte de tijera, tipo trasquilón,  por eso tenias que tener mucho cuidado de no tragarlo,  decían que se pegaban las tripas,  y tú te lo creías, claro que te lo creías,  porque pegaba tolo lo que rozaba.

 

   Ese sabor de no fresa y rosa encía  a mi se me mezclaba con otros sabores y colores,  a domingo por la mañana, a prensa y tebeos, al humo de los Ducados que fumaba mi padre, a su loción de afeitar, a padre de domingo relajado, al padre que tanto quieres en la infancia, al padre que aún no has tenido la necesidad de matar.

 

 

 

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