La piel, protectora barrera de coral que se mece en las olas de los movimientos. Nacemos enfundados en ella y nos protege de las inclemencias del tiempo. Milagroso tejido, casi de otro mundo, impermeable, auto reparable, auto ajustable y sensible que se renueva cada poco tiempo capa por capa, porque para vivir hay que, literalmente, dejarse la piel.
Nos separa, es nuestro límite de conocimiento. Nos constriñe y protege como un vestigio de la placenta y el útero materno. Nos envuelve más fuerte cuando somos jóvenes para que obtengamos el máximo posible de todas las sensaciones con que la vida nos nutre. Más fina y sensible cuanto más fino y sensible eres, cuando más necesitas aprender. Empieza siendo la piel fina y prieta del bebe que sólo espera caricias, besos y abrazos. Que se roza si no la mantienes limpia y seca y la revistes con telas suaves. Telas que la envidian porque que saben que nunca lograrán ser, ni en su grado más perfecto, más que una segunda piel. Más tarde, en la adolescencia ya no aprieta sino que se vuelve tersa y ávida como fruta que quiere vivir al sol, crecer, mostrarse y atraer el mundo para absorberlo.
La piel se nutre del frío, del calor, de las cosquillas de un domingo en una cama grande de sábanas blancas, de los besos en el cuello; del roce del abrazo de un amigo y del tacto rugoso de la caricia en la cara que te hacen tus abuelos. A veces recibe golpes: golpes gozosos e ingenuos en juegos infantiles o golpes sordos, punzantes e hirientes como cuchillos sobre cristales que la rasgan, la atraviesan y le dejan traumas invisibles en el envés. Y de todos aprende.
Porque la piel sabe. Por eso cuando nos hacemos mayores deja de abrazarnos tan fuerte, nos va dejando volar más libres y sabios. Se hace gruesa y rugosa para aislarnos cada vez más del exterior y dejar que, al ser más insensibles, podamos empezar a conocernos. Nos importa menos lo exterior, los demás, y su tacto se vuelve más lejano. Todo duele y gusta menos, mientras intentamos lidiar con nosotros mismos.
Al final, en la vejez, nuestra propia piel irremediablemente se nos hace grande. Es un fenómeno insólito. Ella misma se va desprendiendo como si nos abandonase, y hace bolsas, arrugas y recovecos donde se acumulan los recuerdos que ya no usamos. Recuerdos de noches sin dormir cuidando a tus hijos en las bolsas de los ojos, de noches sin dormir cuidando a tus padres en los surcos de la frente. Recuerdos de los besos que te dio tu madre al nacer en los pliegues de la nuca, del primer beso que diste en las comisuras de los labios; el baile de tu boda en las estrías de las caderas; la primera vez que nadaste desnudo en el mar en los surcos de la espalda; tardes de cocina, lumbre y amigos en los leves fruncidos de las manos. El libro de tu vida pliegue a pliegue por el árbol de tu cuello. Por eso los más viejos siempre vuelven al pasado y lo saborean. Se sientan en sus mecedoras y buscan ávidos en esos bolsillos interiores quienes han sido. Cuando por fin se han vaciado del todo en esos arrugados bolsillos están preparados para partir igual que llegaron. Vacíos; en un destello de luz; con un grito a flor de piel.

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