Mi sentimiento de vergüenza tiene la forma de un grupo de caracoles. Son de color negro, incluido el caparazón, y se mueven por mi estómago dejando surcos que más tarde se convertirán en malas digestiones. Cuando era más joven, a menudo se transformaban en vómitos, y a mí siempre me sorprendía que los líquidos que se me derramaban por la boca no fueran negros sino amarillos o verdes. Yo los sentía oscuros y rizados dentro de mí, como la agitación de un mar sucio en un día de invierno.
Mis venas guardan la herencia familiar que me merezco por las decisiones que otros erraron.
En ocasiones, la culpabilidad aparece como un complemento de la vergüenza, como si ésta hubiese decidido colgarse un bolso gastado o ponerse unos pendientes de segunda mano. La culpa embellece porque es capaz de generar un cambio en mi comportamiento, mientras que la vergüenza solamente viene a mí con la intención de asesinarme.
Nunca cambiarás, me digo con la mandíbula apretada; no aprenderás jamás, me espeto con pasión. No mereces la pena porque la pena es más poderosa que tú.
La vergüenza tiene el sonido de las canciones de Suede que escuchaba cuando era adolescente. Canciones que gritan que somos basura, yo y tú, que es posible que se deba a nuestra dulzura, a nuestra locura, a lo barato que nos vendemos. Sonidos que me alivian porque me acompañan.
Mi sentimiento de vergüenza tiene predilección por los domingos en los que el paladar guarda un regusto a alcohol. Eres escoria, me hace decirme. Y el corazón se me comprime y desciende por las tuberías de mi cuerpo hasta latir en mi propio estómago, formando un todo con los caracoles, una amalgama a través de la que temo deshacerme un día.
Algunos días la vergüenza me abandona pero yo sigo pensando en ella porque sé que volverá.
La vergüenza es dura y fría y corta como las cuchillas de afeitar que me señala para que me mate. Cuando duermo a su lado resbala como un millón de babas haciéndome caer en pesadillas imposibles. Puertas que se abren dando lugar a estancias y más estancias. Un millón de compartimentos que viven alojados en algún lugar temible de mi cerebro donde la vergüenza adquiere la forma de mamá caracol, y se retroalimenta.
La vergüenza es parte de mí, y no puedo arrancármela de la misma forma que no puedo arrancarme los dientes ni los ojos. Tengo que elegir el todo o la nada. La vida o la muerte. Y elijo vivir con los caracoles.
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