A veces me entra una canción de la radio en la cabeza. Una melodía pegadiza que ni siquiera me gusta y que va subiendo de volumen a medida que se asienta en mi cerebro. Y una vez se fija, ya no sale. No hay manera. Intento sacármela aplastándola con otras canciones, con silencio, con meditación, con distracción, pero no hay manera. La arrastro durante semanas. Me tiñe los pensamientos con su estribillo claustrofóbico. Su ritmo se cuela entre los huecos de las conversaciones al hablar. Le pone banda sonora a todo lo que haga. Es como el tínitus, pero disfrazado de reguetón.
domingo, 13 de diciembre de 2020
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