Desde pequeña siempre me ha fascinado el pelaje suave de los animales. Mi madre me regaló un gorro de piel de conejo para protegerme de las constantes infecciones de oídos, que me daba un aire de niña rusa. El mundo podía ser todo lo hostil que quisiera, pero tocar ese pelo tan suave, templado, acogedor, prometía seguridad.
La seguridad de no pasar frío, que significa la supervivencia, e induce al sueño. Caliente te puedes dormir, que nada te pasará. Tu sistema, inactivo, seguirá funcionando perfectamente a pesar de bajar la temperatura. Ese pelo te abrazará, te aceptará tal y como eres. Te reconciliará con tu instinto animal, el único instinto que tenemos. Te pondrá en tu sitio. Te recordará que miles de años de evolución no son nada, porque, en el fondo, sigues siendo un animal vulnerable en busca de cobijo, de madriguera. Piel con piel, un cuerpo encima del otro, como en esos vídeos de gatos, donde se apretujan para darse calor, y están ahí, simplemente respirando, reduciendo la existencia a su mínima llama.
Tocar el pelo de un animal me devuelve siempre a la infancia, al recuerdo más antiguo, el más alejado de la muerte. Es la primera sensación de la que fui consciente. Mi primer placer. Esa caricia autista de pelos rozando la piel desnuda. Ese anhelo del pelaje que perdimos al dejar de ser monos. Ese roce que a veces es cosquilleo y que puede volverse un incordio, si alcanza la nariz.
Todavía hoy cuando entro en una tienda y veo un abrigo de pelo, ya sea de verdad o sintético, no puedo evitar acariciarlo. Me quedo pegada a su tacto hasta que la dependienta me mira con curiosidad.

No hay comentarios:
Publicar un comentario