lunes, 14 de diciembre de 2020

OLOR A PIES -Delia-


 

OLOR A PIES


            ¿Qué hago aquí?

            No debería haber aceptado 

            ¡Venga ya! He bebido lo suficiente como para no poder coger el coche. El caso es que siempre digo que en las cenas de empresa no se debe beber. Se pueden coger confianzas, confidencias y luego… te arrepientes 

            Pues sí. Me he pasado y aquí estoy. En casa de un compañero que me ha invitado a pasar la noche y a su mujer no le ha importado. 

            La habitación que me han dejado debe ser el estudio de él. Las estanterías están llenas de libros. Escribe. Principalmente poesía, incluso tiene algún premio. 

            Me acerco a una estantería. Cojo un libro de Bob Dylan. Lo abro. Son letras de canciones, pura poesía. También rozo el de “El americano impasible” recuerdo un pensamiento de Thomas que duerme con la mano entre las piernas de ella y que ese hecho le da tranquilidad o quizás es felicidad. No sé. Solo sé, que ese pequeño gesto me llamó la atención cuando lo leí en su día. 

            Bueno. Vuelve a la realidad. ¿Qué hago? Porque mis calcetines son piezas radioactivas, creo incluso que si apago la luz sale un humo fluorescente entre verde y amarillo, vamos como una aurora boreal.

            Para más inri la ventana no tiene repisa donde poder dejar los zapatos. Mañana abriré la ventana para que se ventile. 

            Bueno menos mal que llevo el bodi. Me quito la ropa y a dormir.

            ¡Madre mía! Si el olor tuviera música, sería una gran orquesta. Voy a dejar los zapatos y calcetines alejados. 

            Dicen que el olor es un símbolo de identidad, pues toda la habitación va a recordarlo.

            Se oyen dos golpes ligeros en la puerta

            -¿Puedo pasar? –dijo él.

            Ha abierto la puerta directamente. Se mete dentro. Me mira. Yo estoy sentada en la cama, con los piesss colgando. No los menearé mucho por no hacer de botafumeiro.

            No puede ser que no lo haya notado. Ahora coge una silla y se sienta a mi lado. Va en pijama. Me siento incómoda, casi desnuda. Por lo menos el bodi es coqueto, negro, con encaje la parte de los pechos, bajando en pico hasta el ombligo. Pero ¿qué estoy pensando? Que está casado.

            -No te preocupes por nada –dijo él-. ¿Necesitas algo? ¿Una camiseta para dormir?

            -No, gracias. Estoy bien con esto que llevo –le contesté.

            Hubo un silencio. Sólo miradas a los ojos

            Noto que su pijama por la parte de la pernera se mueve. Se está alterando. Lo que faltaba, el lunes no podré mirarle a la cara.

            Bueno si el olor a pies, conlleva una imagen erótica, a más olor, más imaginación y más… Pues con los míos va a llegar al climax.

            Porque los míos podrían oler a mantequilla fresca, yogur… pero no, huelen a Camembert, Brie, Roquefort... todo unido, siendo fina a Vieux-Bologne

            Si nos dejáramos llevar por la naturaleza. En un mundo que no hubiera fragancias externas, nos comportaríamos más acorde. Reconoceríamos a los amigos, vecinos… si lo que se busca es sexo, si se ha comido espárragos… o que se yo.

            ¡Vaya! Otros dos golpes a la puerta. Se abre y aparece su mujer. Nos mira. No le ha gustado la escena. Mira a su marido y le dice: 

            -Tú. Venga. A la cama –y sigue.

            -Mañana, cuando estemos vestidos todos, desayunaremos juntos





 

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