viernes, 1 de enero de 2021

VARON DANDY


Indefinible, abstracto, ecléctico, más adjetivo que sustantivo. Alguien sin identidad o con todas las identidades posibles. Personalidad sin persona, persona sin personalidad.  


Nació para adaptarse. 


Gustavo tiene siete amantes, siete trajes, siete camisas, siete pares de zapatos, siete corbatas y siete sombreros. Una prenda para cada día de la semana. Siete por siete, por siete, por siete, por siete, por siete y otra vez por siete. Ochocientas veintitrés mil quinientas cincuenta y tres combinaciones posibles; si no contamos el par de gafas de sol, las de presbicia que usa habitualmente, u otros complementos como relojes, gemelos y demás, que elevan su persona casi al infinito. Diríase que es rico, o eso parece, si no fuera por cierto tufo a muerto que desprenden esas ropas resucitadas de los armarios de sus amantes viudas. 


Desayuna en un café cercano. Siempre lo mismo, café sólo, a palo seco y si hay suerte, doña Paquita le obsequia con un donut del día anterior, al que Gustavo no quita ojo desde que se sentó en la barra. “Tiene que comer algo don Gustavo, el desayuno es la comida más importante del día”. Gustavo lo recoge displicente, como quien no quiere hacer un feo a su anfitriona, sin levantar la vista de la sección de esquelas del periódico. Se detiene en las de mayor tamaño, mejor con una estrella en lugar de una cruz - aunque no abundan-, con velos de nombres rimbombantes y escasa retahíla de plañideras; si hay demasiadas suele haber problemas. Deja un euro sobre la mesa - deberían ser uno cincuenta, pero piensa que el pico es la comisión por su presencia, como un rey Midas que transformara en mármol el railite de las mesas-. Esconde un sobre de azúcar en su billetera - a veces necesita un extra de energía - junto a su bien más preciado: varias tarjetas impresas con la palabra “perfumista” escrita en relieve en una pulcra letra inglesa y adecuadamente aliñadas con las fragancias de las muestras de la sección de perfumes de un centro comercial. Miel que atrae a las abejas reinas de la ciudad.


Hoy ha quedado con María de las Cumbres Altas de Hermosilla, Marquesa de Puertagayola, en la Gran Vía. Él se baja del ochenta dos paradas antes, mira hacia un lado, mira hacia otro. Parece que nadie le ha visto -evita todo aquello que pueda transmitir una imagen vulgar de su persona-. Sin duda, subirse a un autobús y mezclarse entre gente anónima no es extravagante. Anda recto como ha visto desfilar a las modelos por las pasarelas, pañuelo de seda acariciando un cuello sin arrugas y manos de manicura escondidas en los bolsillos de un abrigo de cachemira.  Bucles de pelo negro engominados de brillantina reposan sobre una bufanda de marta cibelina. Y la cabeza alta, siempre alta como le enseñó su madre. Se mira de reojo en un escaparate. ¡Perfect…! No termina la palabra. Su lustroso zapato ha resbalado dejando un trazo marrón sobre la acera. Baja la cabeza como un condenado ofrece el cuello al gélido trazo de la guillotina. Ahí reposa, dibujada sobre el lienzo negro de la acera, esparcida a gruesas pinceladas por un pintor ciego y emanando su olor nauseabundo, una tremenda mierda. 


Sentada en la terraza de la cafetería ella le saluda alzando levemente una mano refulgente al sol por el brillo metálico de alargados dedos, como los cuellos ensortijados de las mujeres jirafa tailandesas. Parece una reina aburrida a la espera de un bufón, esparcida sobre un lecho de pieles, que convierten en trono una fría silla de aluminio.  Rubia, ojos azules, cincuenta años -o eso dice-, piel estirada, labios y pómulos hinchados por el bótox, tetas a punto de cobrar vida e irse corriendo - Barbie cincuentona-. Gustavo sonríe. Si la marquesa ha tenido un buen día comerán en un lujoso restaurante y quizás haya reservado una suite en un hotel para pasar la noche juntos. Aunque Gustavo prefiere la comida; el hambre nunca da remordimientos. Ella le pregunta por esa nueva fragancia, casi conocida, entre dulce y brutal en pituitaria. Me suena cielo, creo que la he probado antes. 


– Demasiada feromona para mi gusto, contesta Gustavo mientras intenta liberar su suela de aquella esencia pegajosa en el borde del asiento de una silla vecina. 


Después de vaciar media botella de Martini -a Gustavo le pirran las aceitunas-, la limusina les ha llevado a su restaurante favorito junto a la Albufera. Su plato está vacío, casi limpio. El de ella, lo retiran repleto de comida, apenas ha probado bocado. Después del postre Gustavo da un respingo al sentir la mano de ella sobre la suya -mano momificada, salpicada de manchas como pellejo de leopardo-. Una llamada al móvil, respiración entrecortada.  Esta tarde ha tenido suerte. La Barbie-Marquesa ha salido despepitada.


 – Un asunto urgente. Lo siento cariño. Leo te dejará donde tú quieras. 


Así que esta noche, Gustavo volverá a dormir en su pensión en el barrio del Carmen. En el trayecto, Leo no le quita ojo por el retrovisor. Gustavo se siente incomodado, como si le hubieran sorprendido metiendo el dedo en un pastel.


– ¿Dónde llevo al señor?, pregunta Leo después de haber dejado a la marquesa en la puerta de espléndido edificio modernista.


  Donde siempre; al Westin, responde con aplomo.  En la acera del hotel Gustavo espera a que el maldito chófer reanude su trayecto -siempre se retrasa a propósito-. Apenas unos segundos que se le hacen eternos al ver como el botones duda si acercársele obligándole a alargar su pantomima. Por fin se va. Gustavo le despide con una mano que luego cierra estirando el dedo, haciendo una peineta.


Pasea un rato, y aunque hace frio tendrá que esperar a que anochezca. La luz del piso de su casera aún está encendida, cuando se acueste podrá subir furtivamente sin que ella le persiga reclamándole el alquiler. 


Son las once y media. Está helado, el abrigo apenas tiene forro y la marta que envolvía su cuello ha perdido tanto pelo que apenas calienta. Por fin la luz se apaga. El zaguán es húmedo, con ese olor a alcantarilla que tienen las casas viejas.  Sube a tientas la escalera. Rodolfo le saluda con leve maullido y se restriega en sus piernas mientras Gustavo saca de su bolsillo una aceitosa servilleta que envuelve muslo de pato. 

-No seas glotón y deja algo para el desayuno le advierte al gato, como si este entendiera de regímenes.

Se desviste. Bajo la chaqueta y la camisa, una camiseta de tirantes casi transparente, tanto como su propia imagen. Un frugal desayuno y una comida al día empiezan a no ser suficientes. Mañana cambiará de bar: café con leche y croissants -en una salida al baño de la marquesita, Gustavo ha podido “distraerle” un billete de veinte-. Se quita los calzoncillos, con cuidado de que se no le estrangule ningún testículo en el agujero de la entrepierna, y los calcetines mil veces remendados, se da mucha maña con la aguja - la ropa interior no se hereda-. Se ducha con apenas un hilillo de agua, como restregándose en la superficie helada de un carámbano.  Intenta miccionar, pero el frío ha convertido su pene en algo parecido al pitorro de un botijo; y le duele. Apenas un chorrillo carmesí corre por su pierna -el color ha ido ganando intensidad las últimas semanas-. Despide el día repasando su rostro en la pequeña superficie del espejo aún no invadido esas manchas negras que acaban por anular todo reflejo, como el bicho que le come por dentro. Confina su pelo en una redecilla negra y se enfunda el camisón de su madre -aún conserva su olor-. 


Arrodillado junto a la cama reza a un descolorido cuadro donde se escoden los retazos de una Virgen de cara triste -no las había alegres en el rastro-. Le reza sin saber qué es lo que pide; como reza un niño abandonado. 


Las campanas de la catedral tocan a muerto. Mañana ojeará el periódico. 





 

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