Programa
corto
Llegó
con los ocho días de oro. “Ponga una lavadora eco-inteligente en su hogar, le
cambiará la vida”. Anunciaba su publicidad y no lo dudé.
Dos
operarios la llevaron a la terraza. Me puse nervioso, como en nuestra primera
cita.
La
desembalaron con cuidado para instalarla. Un rótulo apareció sobre su frontal blanco
“Respetuosa con el medio ambiente”. Y una pegatina de colorines explicaba
la clase de eficiencia energética, el consumo eléctrico, la calidad del centrifugado,
el ruido y el consumo de agua. No tenía nada que esconder. No había sitio para sorpresas.
Quería
saber más de ella, cogí el libro de instrucciones. Me dio la risa imaginar tu
cara si estuvieras aquí siendo testigo de mi interés. Primero me familiaricé
con sus partes internas; el motor eléctrico y su correa de transmisión, el tambor,
los amortiguadores, las resistencias, la entrada de agua, sus filtros y finalmente
los depósitos de detergentes. Todavía necesitaba conocerla mejor, entender su
funcionamiento. Estudie todas sus funciones; el prelavado, el programa largo, el
delicado, el aclarado y el desagüe. Me fascinó el programa corto, “lavado
eficaz de ropa con un grado de suciedad ligero”, me pareció hasta poético.
Desde
la cocina podía oír su alegre centrifugar diario. Otras veces escuchaba un golpeteo
cadencioso. Era su forma de obligarme a salir a la terraza y asomarme a su
ombligo. Una moneda olvidada en algún bolsillo daba vueltas y chocaba sobre la ventana
de carga frontal.
Un
día empezó a ser más sutil. De vez en cuando aparecía un pequeño charco debajo
de ella. Vino a repararla el servicio técnico. Una fuga en la goma del desagüe fue
el diagnóstico. Entendí entonces que reclamaba mi atención. Basta ya de
considerarla como un aparato solitario y casi clandestino escondido en la
terraza.
Decidí
entonces que su sitio estaba en el comedor, al mismo nivel que la descarada
televisión y el sobrio equipo de música. Ahora la observo desde el sofá. Tengo
la sensación de que se ha vuelto más silenciosa, más refinada, quizá provocado
por este entorno más cálido. Hay veces que el tambor se mueve como si mascara
chicle, otras, me guiña un ojo, apagando y encendiendo el piloto de la
temperatura.
El
comedor huele a suavizante, ya no hay rastro de tu perfume. Hoy he metido una
foto en el bolsillo de un pantalón con la esperanza de que ella se encargue de
borrar de mi memoria tu cara y tus contornos. Todavía no me acostumbro a tu muerte.
He decidido seguir junto a ella arropado por su sonido, hasta
que la obsolescencia programada nos lo permita.
Paco
Florentino
No hay comentarios:
Publicar un comentario