Amarcord
Mis abuelos vivían en una capital de provincia castellana,
pequeña, decrépita y triste. Su casa no era decrépita ni triste: a mí me
parecía un palacio. Techos altísimos, suelo de listones de madera, puertas con
vidrieras y unos muebles preciosos. De mayor supe que eso se
llamaba estilo modernista, pero entonces me parecían simplemente bonitos. Y era
enorme: siete dormitorios, una sala de estar, dos comedores, dos cuartos de
baño y un retrete, cocina con despensa y bodega anexa, el despacho
del abuelo y el cuarto de la Loba, del que ya hablaré en otra ocasión.
Allí vivían mis abuelos maternos y todos los nietos que
quisieran ir en verano, que éramos unos cuantos. Mis abuelos eran tres: el
abuelito Felipe, la abuelita Casilda y la abuela Dolores. Felipe y Dolores eran
los padres de mi madre, o sea, los abuelos propiamente dichos, y Casilda era una
tía, viuda desde siempre. Sin embargo, todos los nietos la llamábamos abuelita Casilda
y la queríamos como si fuese nuestra abuela de verdad. La abuela Dolores -así, sin diminutivo- nos lo ponía muy fácil: era tan severa e intransigente que todo
el mundo la temía y procuraba pasar desapercibido en su presencia. Si se fijaba
en ti, ya eras culpable de algo. Así que, primero la necesidad y luego la
costumbre, convirtieron a Casilda en una abuela postiza mucho mejor que la
original.
Casilda debía ser viejísima, casi no podía andar y se pasaba
la vida sentada en un sillón de orejas de cuero verde, junto una mesa camilla
situada estratégicamente en el mirador del chaflán que daba a Carretería y a una
calle transversal. Desde su puesto de vigía dominaba la entrada al Banco
Central, la joyería-relojería, una floristería, Modas Redondo y la
cafetería-pastelería Olmeda. Los lugares clave por donde circulaba toda la vida
social y económica que le interesaba. Controlaba quiénes iban a comprar
a la joyería -los Martínez han debido vender la madera, ya van a gastarse los
cuartos- o si alguien iba al Banco Central a hacer negocios, cuyo resultado podía
adivinar con sólo ver las caras de los protagonistas al entrar y al salir. Hasta tenía unos pequeños
gemelos de teatro para cotillear con conocimiento de causa.
Y es que Casilda siempre fue una mujer de negocios. Una
laboriosa comerciante, como decían las notas de sociedad de su época. Su
marido -todo el mundo lo llamaba Don Vicente, Casilda incluida- también fue un
respetable industrial y juntos amasaron una fortuna considerable durante la Gran
Guerra. Don Vicente falleció en 1930 sin hijos conocidos y, desde entonces, Casilda
se encargó de todos los negocios, que fueron marchitando a medida que sus innumerables
sobrinos, más señoritos que ella y menos dotados para el comercio, le fueron “ayudando”.
Ahora solo le quedaba la manzana de viviendas donde estaba la casa de mis
abuelos, que realmente era la casa de Don Vicente y Doña Casilda. No era poco,
pero nada comparado con los tiempos idílicos, antes de la guerra.
Casilda era una conversadora incansable con un lenguaje
particular, totalmente impropio en una señora tan bien situada. Como ella
decía, no tengo dientes en la boca ni pelos en la lengua. Y usaba un
vocabulario que toda la familia asimilábamos como normal, pero que sorprende a
quien lo oye cuando se nos escapa alguna expresión de vez en cuando. A los niños pequeños
nos llamaba rompetechos, mengajos y otras palabras despectivas que, dichas por
ella, se convertían en cariñosas. A su hermana Dolores no le cabía un cañamón “mondao”
por el culo. Mi hermana mayor era una cagalástimas; si te cortabas el pelo ibas
escamondao; si no hacías nada de provecho eras un perro balduendo; mi tío Juan, su contable, era un cascarrias y lo que ella bebía en las comidas era un colondro de vino. Y
decenas de expresiones similares que debería escribir antes de que se me
olviden del todo.
Los temas de conversación de Casilda dependían del sexo del interlocutor. Más que conversaciones, eran monólogos: a ella le gustaba hablar y estaba un poco sorda; además, nadie se atrevía a llevarle la contraria. Con los hombres siempre hablaba de política, que era cosa de hombres. Sus ideas eran bastante claras y simples: el mejor régimen político para España es la dictadura militar. Como la de Don Miguel Primo de Rivera, un caballero y un general de verdad. Acabó con la guerra de África y supo traer una prosperidad y una tranquilidad como nunca habíamos conocido. Y sin guerras civiles. No como el de ahora, esa tinajilla con voz de maruso, decía mientras miraba a los ojos de alguno de mis tíos, con una sonrisa malévola que afilaba su nariz. La tinajilla y los mendrugos de la camisa azul, remataba. Mis tíos tragaban saliva; seguramente guardaban más de una camisa de ese color en sus armarios roperos. Pero ningún adulto contradecía a Casilda, ni siquiera en un asunto grave como ése. Debía tener algún permiso especial para poder hablar del Caudillo con tan escaso entusiasmo.
Con las mujeres hablaba de cosas de mujeres, o sea, de los hombres. Y, en general, mal. Todos los hombres son unos pericos y sólo piensan
en irse de picos pardos. Hija, no te cases nunca, para tener un chorizo no hace
falta quedarse el gorrino entero, le decía a mi espantada hermana mayor, 13
años y muy, pero que muy cagalástimas. Tía, le falta mucho para casarse, mediaba mi madre.
Me da igual, hermosa, se lo digo para que se vaya haciendo a la idea. Yo
quería a Don Vicente con locura, pero me hizo padecer mucho. Y entonces evocaba
sus correrías por Paris, o maldecía a Blanquita, la querida que mantuvo durante años en un piso de la Calle Cervantes, a la vista de todo el mundo. Yo le
preguntaba después a mi madre si esas cosas pasaban de verdad. Y debían pasar,
porque ella, puritana y recta fuera de aquella casa, se escabullía con excusas
tan poco convincentes como: “eran otros tiempos” o “entonces las cosas no eran
como ahora”. Yo lo asimilaba sin problemas morales: esos acontecimientos míticos sucedieron antes de la guerra.
A los niños nos trataba exactamente igual que a los adultos,
o sea, como adultos, pero de pequeño tamaño y con derechos mermados de forma proporcional. Creo que
eso era lo que más nos gustaba a sus nietos adoptivos. Nada de carantoñas ni
ñoñerías, ni medias verdades ni simplificaciones para tontos. Podíamos asistir
a las conversaciones, pero solo como oyentes; bueno, realmente igual de
oyentes que el resto, quiero decir que, además de no hablar, debíamos de ser
totalmente silenciosos y completamente invisibles. Sólo se percataba de nuestra
presencia cuando desaparecían los mayores y ella dejaba de ser Doña Casilda o
Tía Casilda para transformarse en la abuelita del mismo nombre. Acércate, rompetechos, que te dé la botijilla. Y entonces sacaba una caja de caudales
preciosa, de madera lacada china. Me la trajo Don Vicente en una de sus
escapadas a París; esta caja, un perfume y unas medias de seda, vete a saber lo que les
regalaría a las pelanduscas francesas. Y abría la caja donde guardaba un
auténtico tesoro que compartía con alegre generosidad. Toma, hermoso, para
que te compres un tebeo. No se lo digas a tu madre o te lo guardará en la hucha:
el dinero se ha hecho redondo para que ruede. La abuelita no sabía lo que valía
un tebeo, porque te daba una cantidad totalmente desproporcionada. O,
seguramente, sí, y sus ojos grises miraban con atención la cara de asombro
agradecido que poníamos.
Mi madre y sus hermanos querían de verdad a Casilda. Para
ellos era una madre que les prestó el cariño y atención que no obtuvieron
de la suya. Me contó una vez que, cuando se iba a casar con papá, Tía Casilda les
llamo en secreto y les dijo que ellos eran sus sobrinos preferidos y que, si
se quedaban a vivir con ella, les dejaría toda su fortuna. Mis padres no
aceptaron, preferían vivir sin holgura en cualquier sitio, pero fuera de aquella
ciudad que también les parecía horrible.
Con los años he tenido oportunidad de hablar de Casilda con
algunos tíos míos, lo que me ha permitido formarme una idea más completa de
este personaje tan singular. Cada uno de ellos piensa que era el sobrino
preferido porque, aunque no lo saben y yo no voy a contarlo nunca, a todos les
hizo la misma oferta, que ninguno aceptó. ¡Qué cosas!
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