domingo, 3 de enero de 2021

El cuento de la lechera

 Qué esconde la matrioshka?

La persona más especial que conozco es mi madre. Para lo bueno y para lo no tan bueno. Describirla sin nombrar su enfermedad mental es difícil, porque los bordes entre su trastorno bipolar y su carácter son muy borrosos.

Hija única, consentida y, a la vez, privada de toda libertad por una madre sacrificada, generosa y muy inteligente, pero también manipuladora, controladora y enferma. En aquella época no se diagnosticaban ni la mitad de los trastornos. Simplemente decían que estaba mal de los nervios.Mi abuela tenía un carácter muy peculiar, con un gran sentido del humor y también trágico, estrechamente unidos.

Lo cierto es que la enfermedad mental siempre ha estado ahí, flotando en la oscuridad del ADN familiar y solo ha afectado a las mujeres. Siempre he vivido bajo esa amenaza. Preguntándome qué me tocaría a mí en la lotería genética y confiando en sacar un buen número.

Mi madre sufrió mucho durante años. Sus depresiones eran cíclicas. En primavera y en otoño. Caía en agujeros negros de pena aguda durante meses. Y, cuando lograba salir, gracias a la medicación, le arrastraba una eufórica pérdida de control, donde tiraba la casa por la ventana, comprando a crédito con la tarjeta del El Corte Inglés, hasta que mi padre se la partió en dos al encontrar un abrigo de visón del que aún colgaba la etiqueta, escondido al fondo de su armario.

Cuando llegaba la fase depresiva, lo primero que notaba era esa mirada opaca, sin brillo. Una mirada que no dejaba traslucir ninguna emoción. Se le iba el hambre, se volvía un corderito incapaz de tomar decisiones, todo le daba miedo, no salía de casa, solo quería estar en la cama o en el sofá. Una música algo melancólica, una noticia algo desagradable, o simplemente que se le cayera un vaso al suelo podían desatar de nuevo el llanto. Había que andar sin hacer ruido, con las persianas bajadas, porque la luz del sol le molestaba. La pena se condensaba en esa casa como una niebla espesa, que se agarraba a las paredes y a la garganta. Mi hermano y yo buscábamos nuestros refugios para no contagiarnos. Él, en el ajedrez, yo, en casa de mis amigas. Los fines de semana me dejaba adoptar por la familia de mi amiga Astrid, que tenía un chalet en Moncada con ocho perros y un caballo y unos padres que se adoraban y se daban besos en la boca y que me me hacían chocolate caliente y un hermano cuatro años más mayor que me parecía guapísimo y que años más tarde supe, que estaba afiliado a la juventudes falangistas.

A veces me iba de casa un sábado por la mañana, me despedía de mi madre y la dejaba ahí tirada en el sofá, lánguida, mirando la tele apagada, con su chándal marrón de Kelme lleno de lamparones. Y cuando volvía a casa el domingo por la tarde, con la cara tostada por el el sol y rebosando anécdotas, ella seguía en la misma postura y con el mismo chándal, mirando la tele apagada. A menudo me preguntaba de repente ¿qué hora es? Como si hubiera perdido el sentido del tiempo. Como si para ella los días, las semanas, los meses, fuesen un único, largo y agonizante momento. Lo peor era que no podía hacer nada para que mejorase. A veces trataba de hacerla reír, pero luego me arrepentía, porque se le notaba que hacía un sobresfuerzo por sostener media sonrisa apuntalada, e intuía que, en el fondo, aún se sentía peor por no poder mostrar la reacción adecuada.

En cambio, cuando llegaba la fase maníaca, era una persona magnética, divertida, ingeniosa, creativa, llena de energía y de entusiasmo. Siempre que veo que la película “Una mujer bajo la influencia” tengo que pensar en mi madre. Lo malo de vivir tanto tiempo junto a una persona así de intensa es que una se acostumbra a ir subida a la montaña rusa con ella, compartiendo el mismo cochecito, y, después, todas las demás personas te parecen muy sosas.

Hay miles de anécdotas que podría contar sobre ella. Pero si me dan a elegir, me quedo con la de la lechera.

Mi madre siempre cuenta que se casó con mi padre sin apenas conocerlo para poder huir de su casa y, sobre todo, de su madre. Sin embargo, tampoco casándose logró su tan ansiada independencia. La primera época de su matrimonio les tocó vivir en casa de su suegra en un pequeño pueblo protestante del norte de Alemania. No se podían permitir una casa propia, porque mi padre aún estudiaba una ingeniería técnica y no tenían trabajo. Él se pasaba el día leyendo, haciendo cálculos o dibujos técnicos y mi madre se aburría, porque ni siquiera podía hacer lo que más le gustaba, que era cocinar. Su suegra se encargaba de darle de comer a su hijo predilecto. Y ella solo era el pinche. Una de sus pocas tareas era ir a por leche. A ella le encantaba, porque era de los pocos momentos donde podía salir sola de casa. Con la lechera de latón caminaba hasta el pueblo más cercano, que eran cuatro casas. Una buen día se pasó la lechería para ver qué había al final de la calle. Llegó a la estación. Justo en ese momento anunciaban la salida de un tren hacia Braunschweig, la capital más cercana. Sin pensárselo dos veces y sin billete, se subió al tren. Durante el trayecto su corazón se infló de adrenalina, excitada como una colegiala que hace novillos. Al llegar, la ciudad rebosaba de gente. Pensó que estaban en fiestas y no daba crédito a su suerte. Pero pronto se dio cuenta de que lo que se celebraba era una manifestación multitudinaria en contra de la guerra del Vietnam. Mi madre, desbordada por el entusiasmo, se unió a los gritos con su precario alemán, agitando la lechera vacía en el aire. Dejó de sentirse sola por unos instantes y se diluyó en esa masa de gente que gritaba, ese pueblo alemán, que de repente ya no le parecía tan lejano al suyo en Zaragoza. Se volvió a sentir viva y útil. La emoción brillaba en sus ojos y le hacía gritar todavía más fuerte. Y justo en ese momento, alguien le dio unos toques en el hombro. Ella se giró y vio a su vecino, un joven y apuesto estudiante que le daba clases de alemán. Le dijo que había ido con unos amigos y ella se unió al grupo. Estuvieron toda la tarde siguiendo la manifestación y tomando cervezas. Mi madre casi se olvidó de que, a pocos kilómetros, le esperaba otra vida, donde su marido y su suegra ya hacía un par de horas que habían ido a la comisaría a dar aviso de su desaparición. Fue uno de los días más felices que recuerda. A pesar de los gritos y las lágrimas al llegar a casa de noche, embriagada, con la lechera vacía y la cabeza llena de imágenes revoloteando.

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