viernes, 15 de enero de 2021

Aprendiz de mago

 

Tengo nueve años cuando el médico dice que me van a poner gafas y lo primero que pienso es que me voy a quedar sin amigos.

Treinta y nueve años después, recuerdo ese momento como si hubiera pasado ayer mismo. Estoy en la consulta, en Valencia, sentado en un sillón muy aparatoso de escay azul, frente a una pared blanca. Empiezo a ver mi futuro muy negro cuando ese médico –don Marcelo– me coloca un artilugio delante de los ojos, a través del cual miro la pared en la que empieza a proyectarse casi todo el abecedario a diversos tamaños.

–A ver, ¿mejor así o así? –me dice con voz meliflua mientras cambia la lente por otra de más aumento–. ¿Y ahora? ¿Mejor así o así?

No recuerdo la cara que ponen mis padres cuando don Marcelo dicta sentencia. Solo me recuerdo a mí mismo prometiendo mi enemistad eterna a ese médico larguirucho, calvo y narigudo con gafas de pasta negra, clavadito a Mortadelo. Mientras bajábamos por el ascensor les juré a mis padres que dejaría de leer tantos tebeos y de ver la tele, así no desgastaría la vista, como decía la abuela, y no me harían falta las gafas. Pero mi padre me miró, lanzando rayos láser paralizantes, y me dijo que yo llevaría gafas sí o sí, y que solo me las quitaría para dormir.

En la óptica, que estaba en la calle San Vicente, junto a la plaza San Agustín, me prueban unas cuantas monturas de pasta y se decide mi futuro sin pedirme opinión. Al cabo de unos días vuelvo allí con mi padre a recoger las gafas, ahora más pesadas por los cristales. En un espejo de mano me veo el careto que estreno en ese momento, definitivamente me voy a quedar sin amigos. Cuando salgo a la calle con las gafas por primera vez es casi de noche. Empiezo a observar fenómenos extraños: las imágenes de todo lo que tengo alrededor están distorsionadas, como en un espejo de feria. El asfalto se hunde, las fachadas de las fincas se curvan, no logro enfocar las luces de los coches, tiendas y farolas. No solo voy a ser un monstruo cuatro ojos, como Gregorio el Mosca, el repetidor de clase, sino que estoy más cegato que Rompetechos.

–Eso pasará en cuanto te acostumbres a ellas –dictamina mi padre.

En el trayecto al pueblo, replegado en el coche sin abrir la boca, empiezo a darle vueltas a la cabeza. Nadie en mi familia lleva gafas. Ninguno de mis amigos lleva gafas. ¿Cómo voy jugar a indios y vaqueros con gafas? ¿Qué vaquero o indio conocido las lleva? En las pelis, ninguno. ¿Y al fútbol? Recuerdo el día que Pedro se puso enfermo y el Mosca salió a reemplazarlo; era la primera vez. No llevaba un minuto en el campo cuando el balón, sujeto a unas leyes de Murphy infalibles, fue directo a su cara y las gafas terminaron en el suelo, deformadas y con una lente rota. ¿Quién lleva gafas? La abuela de Roger, que ya no tiene ni dientes, para hacer calceta. Y doña Luisa, la maestra. Y don Vicente, el director de la escuela. ¡Ah! y el párroco que nos da la catequesis. Todos, salvo el Mosca, mayores y viejos. 

Esa noche, según me contó mi madre años después, ni cené.

Estrené cara y estrené vida. Comencé a quedarme solo, con las gafas entre el mundo y yo; un muro que, sin embargo, no impedía los ataques del enemigo. En clase empecé a sentarme en los pupitres de más atrás. A pesar de que veía mejor, mis notas –excelentes hasta entonces– cayeron en picado. Como mi reputación.

Escapé de mi extinción, casi asegurada, gracias a mi abuelo, el único que se dio cuenta de que hacía falta un plan. Me llevó una tarde a un cine de Valencia a ver Superman, o más bien, a ver a Clark Kent, el alter ego de Superman, con gafas de pasta como las mías. Y me apoyó, me habló, me contó mil historias mientras tomábamos un chocolate en Santa Catalina. La confianza que el abuelo tenía en mí me ayudó a recuperar la mía. Recuperé también mi pupitre en primera fila. Y mis notas. Y mi reputación. Aprendí, tragando lágrimas a veces, a hacer frente al acoso presente en la escuela de esos años. Y me convertí en líder de la pandilla de amigos.

Tengo cuarenta y ocho años cuando el oftalmólogo dice que a mi hijo de nueve años hay que ponerle gafas y lo primero que pienso es que no voy a consentir que se quede sin amigos. Ni que pierda un ápice de su carisma. Hemos hablado, visto todas las pelis de Harry Potter y hemos visitado innumerables páginas de internet. Ya ha decidido que quiere una montura de titanio, la más ligera, resistente y cómoda, como decía un folleto. Me dirijo con él a la óptica, a elegir las gafas para el mejor aprendiz de mago.

M. Amparo

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