Clarividencia
Clarividencia
Tengo nueve años cuando el médico dice que me van a poner gafas y lo
primero que pienso es que me voy a quedar sin amigos. Llevar gafas no es nada
malo, nosotros las hemos usado desde niños, comentan mis padres. Miro las
suyas, de culo de vaso, y lo segundo que pienso es si, de mayor, me pareceré a
ellos.
Mamá era una mujer atractiva. Cuando se quitaba las gafas a mí me parecía
como una artista de cine. Tenía los ojos de un azul raro, casi grises, y esa
mirada lejana e interesante que ponen los muy cortos de vista. Sólo se las
quitaba en tres situaciones específicas.
La primera, para coser con su tesoro tecnológico más apreciado, una máquina
Singer eléctrica acoplada a un mueble singular que se transformaba, por arte de
magia, de objeto de decoración barroco en reliquia de la Revolución Industrial.
A mí me encantaba esa máquina, con su olor especial y su traqueteo cíclico y
regular, que me sonaba a artilugio consistente que sabe lo que se hace.
La segunda, cuando quería “ponerse guapa” con motivo de bautizos,
comuniones o eventos sociales diversos. Guapa sí que estaba, pero no veía tres
en un burro, lo que papá aprovechaba para reírse de ella. Elisa, has saludado a
mi tía Julia y la has llamado Don Francisco -el párroco de San Roque- todo el
rato. A ella le importaba un pimiento. Ay, es que siempre va de negro, y con
ese sombrero tan feo…, fíjate que estaba pensando en lo mucho que había
engordado Don Francisco ...
Y, tercera, tampoco las llevaba cuando íbamos a la playa y se convertía en
una sirena casi ciega. Le encantaba nadar, pero había que acompañarla a la
orilla y esperar allí, vigilándola: era incapaz de encontrar la sombrilla al
salir del agua. Juanito, vete con tu madre, no tengamos que ir a recogerla a
Alboraya. A mí me parecía un poco raro que un niño de nueve años tuviese que
cuidar de un adulto, pero lo aceptaba resignado como el precio inevitable por
tener unos padres tan particulares. Y peor fue cuando papá encontró la solución
al problema. Nadie sabe de dónde sacó una sombrilla de color fucsia eléctrico,
que mamá remató cosiéndole unas franjas de cinta reflectante. Esa sombrilla
brillaba tanto bajo el sol que debía verse desde las Islas Columbretes y nos
convertía en el centro de atención de toda la playa. Sin embargo, y a pesar de
la vergüenza inicial, a todos nos pareció una buena idea, ya que mamá ganó
mucha independencia para bañarse o para pasear por la orilla del agua.
Papá no se quitaba las gafas nunca, salvo para leer, y sólo para cambiarlas
por otras pequeñitas que usaba para ver de cerca. Era un lector empedernido y
todos sus libros tenían el mismo título: Obras Completas. Unos tomos gordos
encuadernados en imitación de piel y con un papel fino como el de fumar, con un
nombre fascinante: papel biblia. Todavía conservo las obras -completas- de
autores tan variopintos como Knut Hamsun, Edgar Wallace, José Hernández o
Federico García Lorca. Y se los leía de cabo a rabo. Es mucho mejor leerse a
cada autor de un tirón, me decía, así sabes de qué va y luego puedes pasar a
otro. Hay muchos y nunca te los acabarás todos.
Y es que papá era un tío práctico, optimista y despreocupado, que siempre
encontraba el lado positivo de las cosas y una solución para cada problema.
Todo tiene arreglo menos la muerte, era su frase favorita. Eso no significaba
necesariamente que él conociese la solución, o que tuviese las ganas o la
posibilidad de aplicarla. Pero pensar que, llegado el caso, existiría un
remedio era algo que tranquilizaba mucho.
Nunca le importó llevar gafas. Decía que le servían para disimular su
nariz, que era larguísima. Mirad, yo estoy hecho para llevar gafas, puedo
ponerme a la vez las de cerca, las de lejos y las de sol, una delante de otra.
Y se las ponía, mientras todos nos partíamos de risa y mamá se lamentaba,
orgullosa, por tener un marido tan miope y tan payaso.
Siempre me dio consejos, sencillos pero valiosos, que yo no supe apreciar
en su momento. Hijo, no hagas caso a los que te digan que comprarse un piso es
una buena inversión. Las inversiones son para los ricos, que tienen dinero para
invertir. Los pobres no entienden en lo que se convierten al comprarse el
pisito: en la puñetera inversión del banco. Si te embarcas en una hipoteca
serás un esclavo durante los mejores años de tu vida.
Cuando le dije que me iba a casar me explicó su filosofía sobre el
matrimonio. Entiendo que eres moderno y tal, que tienes trabajo y ganas de
llevar tu vida, pero no tienes ninguna necesidad de casarte tan joven. La vida
es larga y no hay que darse prisa en nada, ni quemar las etapas sin ton ni son.
No hay que casarse antes de los treinta y cinco, cuando uno ya sabe lo que
hace. Nosotros nos casamos con esa edad y mira lo bien que nos ha ido. Por lo
menos, no hagas la tontería de casarte a los veintidós y, encima, comprarte un
piso...
Y es que mis padres se casaron mayores, siempre vivieron de alquiler y
fueron esencialmente felices.
Acabo de encontrar, en un álbum viejo, una foto del colegio a los nueve
años, con las gafas que usé por primera vez ese curso, y he recordado los dos presagios
que me preocuparon entonces. Tengo que
reconocer que no se cumplió ninguno de los dos. Realmente, llevar gafas no fue
ninguna experiencia traumática, al menos para mí. Además, me las quité, más por
comodidad que por otra cosa, cuando las lentillas, primero, y la cirugía láser,
después, las hicieron innecesarias. Tampoco
acerté en lo de parecerme a mis padres, y eso sí que lo he lamentado siempre. Yo me casé
joven, con la vida demasiado resuelta y, a pesar de mis gafas, nunca tuve la
clarividencia suficiente para ver de lejos la esencia de la felicidad.
Ni tampoco de cerca.
Álvaro
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