Tengo nueve años cuando el médico dice que me van a poner gafas y lo primero que pienso es que me voy a quedar sin amigos. He dejado de jugar al fútbol, sólo juego de portero y los porteros no llevan gafas. He empezado a leer: los viajes de Gulliver, Kazan Perro Lobo, el Principito, La Isla del Tesoro, las aventura de Hucklelberry Finn y cientos de cómics y tebeos; tengo la estantería llena de amigos.
Tengo catorce años cuando el médico me dice que tengo que ponerme a régimen y lo primero que pienso es que mi madre me engaña. ¿Por qué no me lo dijiste? Siempre que te pregunto me dices que estoy bien, “hermoso” añades, pero ahora veo que el concepto de hermoso en un niño excluye la belleza y se centra en el perímetro de su cintura. Por primera vez te odio mamá: ¿cómo has podido dejar que yo me vea guapo y los demás me vean “hermoso”?
Tengo dieciséis años cuando el médico me dice que me van a poner aparato y lo primero que pienso es que nunca tendré novia. Los dientes me duelen, me aprietan los alambres que han tejido la crisálida del niño. Procuro no reír, pero veo que ya casi nadie ríe en clase. Sacos de granos y sudor de hormonas. El profesor bromea y solo Pedro, repetidor de cursos, suelta una carcajada. La chica que me gusta tampoco sonríe cuando le disparo con una goma elástica.
Tengo dieciocho años cuando el médico me dice que me van a operar de fimosis y lo primero que pienso es que me muero de vergüenza. ¿Porqué no me operaron de niño? No quiero ser un circunciso, me dan pena los miembros calvos, huérfanos sin prepucio, encerados pulgares sin uña, autoestopistas del sexo sin caricia. “Solo es el frenillo”, aclara el doctor. Suspiro aliviado. Yo tengo frenillo, un gran frenillo, un frenillo inmaculado.Tras su capa de “impuber” me cobijo. ¿Estoy preparado para deshacerme de él? Yo quiero mi frenillo. Es interesante poderle decir a una chica: “lo siento mi frenillo me lo impide”. Eso las descoloca y a mí también: “Good bye!” frenillo.
Tengo veintidós años cuando el médico me dice que tosa y lo primero que pienso es: ¿Por qué ha puesto su mano debajo de mis testículos? Luego con un metro de costura me mide el tórax, me ausculta y me da un par de golpecillos en la rótula con un ridículo martillo. APTO. ¡Joder, apto! Intento toser pero ya es tarde. Mi hermano gemelo fue más listo y se pasó la noche antes fumando Celtas y oliendo la moqueta de casa; como un indio persiguiendo un rastro. En su hombro derecho un pequeño tatuaje: NO APTO. Mi padre me mira con orgullo mientras ajusta la boina kaki en mi cabeza de chorlito. Siempre he sido apto….demasiado.
Tengo veintiocho años cuando el médico me dice que cuando tenga una erección no debo reprimirme y lo primero que pienso es que mi novia no debería escuchar eso. Sentados en el salón de actos de la parroquia, bajo la triste mirada de un Cristo clavado en la madera, el cura toma la palabra y habla de hacerlo en la cocina, en el comedor, en el ascensor, por la mañana, por la tarde, de pie, tumbado o haciendo el pino. El médico palidece. Mi novia y yo apenas podemos contener la risa. ¿Qué sabrá ese de sexo, no íbamos a hablar de religión? le siseo. Sabe más que nadie, me responde ella en voz alta: ¡los confesionarios! Por fin veo un cura “rojo”.
Tengo treinta y tres años cuando el médico me dice que mi madre tiene una enfermedad incurable y lo primero que pienso es que se equivoca. Que una madre es una madre, que una madre no puede morirse, que si se muere mamá yo muero un poco. Busco una esperanza junto con mis hermamos, una pócima que convierta el tiempo en infinito, un milagro sin Fátima, un día sin noche. Mi padre nos mira triste.
Tengo cuarenta años cuando el médico me dice que tengo que tomar ansiolíticos y pienso que si no sería mejor que se los receten a los demás para que me dejen en paz. La casa es un patio de colegio, carreras y deberes, sábados de deporte y de limpieza, domingo de cuñados y de suegra, y me duermo sosteniendo en las rodillas el mismo libro que empecé a leer hace dos años. El trabajo es un panal de abejas donde no caben zánganos que cuenten chistes o toquen la guitarra, panal de lenguas sin frenillo que te transforman en una cuenta más de un rosario de envidias y maldades.
Tengo cincuenta años cuando el médico me dice que tengo que retirarme, comprarme un barco y dar la vuelta al mundo y lo primero que pienso es: ¿por qué no habré conocido a este médico a los nueve años?
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