miércoles, 13 de enero de 2021

Niña monstruo

Tengo nueve años cuando el médico dice que me van a poner gafas y lo primero que pienso es que me voy a quedar sin amigos. Ya sin gafas me miran como a un bicho raro. Saben que no soy como ellos. No saben exactamente por qué, pero algo intuyen. Creo que tiene que ver con mi comportamiento.

Me veo reflejada en el cristal del aula. Una esfera blanca como una luna en medio de un montón de cabezas que apuntan hacia abajo, concentradas sobre sus cuadernos. De repente me acuerdo de lo que dijo esa niña, dos cursos por debajo del mío. Estábamos jugando a hacernos peinados y se me quedó mirando muy seria.

—¿Te puedo preguntar algo?

—¿El qué?

—¿Por qué eres tan fea?


Suena el timbre del recreo y las chicas salen corriendo tan deprisa que no me da tiempo ni de ver hacia dónde van. Seguro que han estado cuchicheando antes para ponerse de acuerdo. Me puedo imaginar a Laura diciendo: “Daos prisa, que no se nos pegue esa pesada.” Ya se lo oí decir una vez, cuando le hicieron el vacío a Mónica, aquella chica tímida, que siempre estaba enferma y a la que sus padres cambiaron de colegio al finalizar el curso.

Me gustaría ser como Laura. Es guapísima y es la delegada de clase. Tiene siempre la ropa más bonita y el estuche más grande, rosa y de tres pisos. Todas hacen lo que ella dice. Conmigo es siempre muy simpática, pero se nota que en el fondo no le caigo bien y que solo se esfuerza, porque quiere mantener esa imagen de niña perfecta y buena. Pero yo vi una vez que su madre llegaba muy tarde a recogerla en un deportivo rojo y que llevaba el pelo todo alborotado, como sucio y los ojos rojos de llorar.


La clase se vacía. Me quedo sentada en la penúltima fila. Me como el bocadillo ahí mismo. No quiero ir al patio por miedo a que me vean sola.

Al rato entra Julia. Me mira y me saluda muy bajito. Yo hago como que me abrocho un botón de la chaqueta. Debe de estar pensando que no tengo con quien ir. Por un momento se me pasa por la cabeza que igual ha sentido lástima de mí y ha venido a buscarme. Pero no. Julia rebusca en su cartera. Se habrá olvidado algo. Saca un dibujo y se sienta a mirarlo con la cabeza apoyada sobre las manos. De vez en cuando se escucha el ruido del lápiz rascando el papel. Me da curiosidad lo que está dibujando, pero al estar de espaldas a mí, no lo puedo ver. Todos sabemos que Julia dibuja muy bien. Es la mejor de la clase. No sé cómo hacer para acercarme a su mesa disimuladamente. Me levanto a tirar el papel de plata del bocadillo a la basura y en el camino de vuelta, paso cerca de su pupitre. Entonces la veo y seguro que se me queda cara de tonta. Veo una montura metálica muy fina, casi transparente alrededor de sus ojos verdes. Nunca me había fijado en que usara gafas para dibujar. Está concentrada, mirando la cartulina blanca, donde se ve el dibujo de una habitación, que podría ser la suya: un sillón, varios posters en la pared y un espejo grande, donde se refleja, a su vez, el otro lado de la habitación. Es un dibujo hecho a lápiz con mucho detalle y difuminados para las sombras. Parece casi una fotografía.

—¿Qué estás dibujando?

—No lo sé aún. Tenemos que entregar hoy el dibujo y aún no sé cómo acabarlo.

Recuerdo que el tema era situaciones cotidianas con un detalle fantástico. A mí me gusta mucho dibujar, pero no soy ni la mitad de buena que Julia. De repente, me oigo a mí misma decirle: 

 —Si quieres te puedo ayudar.

Ella debe de pensar: “¿A qué se cree que puede ayudarme esta petarda?” Sin embargo, solo responde:

—Vale. Me falta meter el elemento fantástico.

Me acerco más al dibujo y me rasco la barbilla con la mano para hacer como que estoy pensando mucho.

—Podrías poner una persona.

—Ya, pero eso no es nada fantástico.

—Bueno, depende de cómo la dibujes.

—¡Aaaah, ya sé lo que quieres decir! ¡Qué buena idea! —grita, levantando por primera vez la vista del papel y mirándome por encima de sus gafas— Podría dibujar una chica-monstruo. Con cuatro ojos y séis pares de orejas y antenas largas y una cola de reptil.

—Sí, pero eso sería parecido a lo que ha hecho ya Alberto y te dirán que te has copiado.

—¿Y entonces?

—¿Por qué no dibujas simplemente a una chica de espaldas y en el espejo se ve su reflejo, pero también de espaldas.

—No te entiendo. ¿Qué tiene eso de fantástico? Una chica de espaldas...

—Pues que es imposible que una chica que está frente a un espejo, vea reflejada su espalda.

—Pero no sé. Me parece un poco raro. No sé si será lo suficientemente fantástico. ¿Tu crees que le gustará al profe?

—Yo creo que sí. A veces menos es más. —le explico, y pienso que me ha quedado muy bien esa frase que mi padre le dice siempre a mi madre.

A falta de tiempo y de una idea mejor, Julia acepta mi propuesta y entrega el dibujo a tiempo. El profesor se queda impresionado con el resultado. Le hace muchas preguntas y se piensa que lo ha copiado de algún sitio, pero Julia le asegura que la idea fue suya. Le ponen un diez, enmarcan el dibujo y lo cuelgan en la pared de la entrada del cole para que lo puedan admirar también las otras clases. A mí solo me ponen un séis por el mi dibujo, pero no me importa, porque, a cambio, Julia me ha invitado a su casa para que le ayude con los deberes de matemáticas.

Lo pasamos muy bien haciendo los deberes juntas y merendando bocadillos de jamón de York con ketchup. En la pared de su habitación reconozco los posters, el sillón y el espejo. Cuando terminamos, ella me enseña sus dibujos preferidos y yo la miro a ella y me veo reflejada con mis nuevas gafas en el cristal de las suyas.


A veces me dan ganas de contarle a todo el mundo que la idea del dibujo fue mía, pero no lo hago, porque sé que no me creerían y encima Julia se enfadaría conmigo y no volvería a invitarme a su casa a merendar.

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