domingo, 17 de enero de 2021

EL COCHE AZUL

 



Tengo nueve años cuando el médico dice que me van a poner gafas y lo primero que pienso es que me voy a quedar sin amigos. Pienso en Violeta cuando al empezar el curso apareció con ese horrible aparato con hierros en los dientes, en como todos la rodeaban y se reían. ¡¡Abrelatas, abrelatas!! ¡¡Es el triturador de basura!! gritaban mientras le tiraban bolas de papel y le vaciaban la papelera encima de la cabeza. Veo claramente como los restos de afilar los lápices y las pinturas de madera caen y flotan girando sobre Violeta como los abanicos de colores de una macabra feria de monstruos. La veo a ella, a través de la nube de confeti, llorando en silencio con la cabeza gacha y los labios apretados.

Salimos de la consulta y lloro y protesto todo el camino agarrado a la manga de mi madre, que tira de mi un poco abochornada por la calle hasta la óptica. En cuanto entramos en la tienda me tiro al suelo y pataleo. Entre ella y el señor de la tienda logran convencerme para que deje de llorar. Mamá me limpia los mocos y me van probando gafas, pero no puedo evitar llorar cada vez que me veo en el espejo. Mamá al final me abraza, se disculpa con el señor y nos vamos a dar una vuelta. Me lleva a una cafetería a merendar. Yo tomo chocolate con churros, ella sólo pide un vaso de agua. Dice que no quiere nada, pero le dejo un churro entero por que sé que le encantan. Habla conmigo mientras merendamos y cuando termino me siento mucho mejor. Volvemos a la tienda y en el camino me compra un coche en el kiosco. Los coches me encantan, son mi juguete favorito, y no tengo ninguno como este. Es de color azul con unas rayas blancas sobre el capó. Al rodarlo hacia atrás hace un ruido, crack, crack, cada vez más fuerte hasta que llega al tope. En ese momento, si lo sueltas, sale disparado hacia delante. Al final, entro en la tienda casi contento.

El señor de la tienda también tiene gafas. Me enseña las suyas y me dice que no tengo que preocuparme, que me acostumbraré en unos días. Al final, elijo unas naranjas y azules que me hacen parecer un superhéroe. Deben ser muy caras porque mi madre frunce los labios y el ceño cuando oye el precio como si le doliera. Me dice que me acerque al expositor y que me asegure de que son las que más me gustan. Mientras miro, la oigo hablar en voz baja y nerviosa, como avergonzada, con el señor de la tienda para ver si pueden pagarse en varios plazos. El señor la mira serio, evaluándola y me mira a mí. Antes de que diga nada, me acerco y elijo otras gafas. Son feas, pero no quiero que mi madre se sienta mal. Al final el señor me mira, sonríe y asiente. Decide hacernos un descuento y nos dice que las podemos ir pagando poco a poco, como podamos. Le damos las gracias y volvemos a casa con las gafas que yo quería y el coche. Aún así, mamá va preocupada.


Recuerdo aquel lejano día mientras limpio el coche en el aparcamiento del hospital donde he concertado la cita. Abro la guantera y saco los papeles, la linterna, unos guantes de piel y un paquete de kleenex. Allí, al fondo, tras las inútiles cosas utilitarias, está la funda con las gafas naranjas que llevaba cuando era pequeño. Las cojo, sonrío y las aprieto suavemente antes de guardármelas en el bolsillo interior izquierdo del abrigo. Sigo pasando la gamuza sobre la helada piel del salpicadero mientras en el aparcamiento desierto tres o cuatro bolsas se persiguen con desgana en los fríos remolinos de viento.

 


El lunes es día de cole y mamá me despierta media hora antes de lo normal. El desayuno está caliente en la mesa. Me dice que va a ir andando al trabajo para hacer algo de ejercicio y me deja su bonobús. Hace frío y tiene media hora de caminata, así que se pone las botas, el gorro y la bufanda y sale deprisa. Es el primer día que voy yo solo y con las gafas nuevas. Ando nervioso por la calle hasta la parada y me subo al autobús. El conductor me hace un comentario sobre lo chulas que son mis gafas y eso me tranquiliza. Cuando entro en clase la profe me guiña un ojo y me dice que estoy muy guapo con las gafas nuevas y, aunque alguno de mis compañeros intenta hacer una gracia nadie le hace caso. En el recreo ya ni se acuerdan de que tengo gafas nuevas y el día transcurre como otro cualquiera. Vuelvo en el autobús a casa y espero a mamá contento para contárselo todo y comer juntos. Hoy no me ha podido ir a buscar y llega más tarde que otros días porque también ha vuelto andando.

Al final de la semana, Felipe, el matón de mi clase me da un balonazo en la cara en el recreo. Las gafas salen volando y se caen al suelo. No se han roto al caer pero luego el muy imbécil las ha pisado, dice que sin querer, que no las había visto y se ha roto un cristal. Lo que pasa es que es un envidioso. Pienso en mi madre y en su gesto de dolor al oír el precio y me enfado. Me enfado tanto que no me puedo contener. No quiero, porque yo no soy así, pero no puedo evitar saltar sobre él y pegarle. La profesora me echa la bronca y llama a mamá.

Mamá me ha castigado sin tele así que he estado haciendo carreras con los coches toda la tarde. Hoy ha llegado más cansada que otros días. Ha tenido que quedarse en la tienda hasta más tarde porque ha cogido algún turno de las compañeras. Esta siendo un invierno muy frío y mamá vuelve ya de noche. Mientras repasa conmigo los deberes se queda dormida en el sofá. La tapo con una manta y meto su cena, aún sin tocar, en la nevera antes de irme a la cama.



Por fin llega el hombre con el que había quedado. Ojea el coche y vamos a dar una vuelta para probarlo. Le encanta la suavidad del motor y el buen mantenimiento que ha tenido. La verdad es que lo tengo impoluto. Yo, mientras parlotea, intento atesorar los últimos momentos juntos. El suave crujir de la tapicería al moverme en el asiento, su comodidad, el tacto frío y suave de la piel del manillar de la puerta... Cuando está satisfecho, volvemos al aparcamiento y firmamos los papeles. Le echo una última ojeada desde fuera. Me encanta el contraste entre el color azul oscuro y la tapicería color crema. Me hace la transferencia desde el móvil y nos despedimos con un apretón de manos cuando le entrego las llaves. Doy la espalda, respiro hondo y camino mirando al suelo hacia el hospital. Si hubiese podido venderlo con más tiempo le habría sacado mil más por lo menos. Pero es lo que hay.

Entró en el hospital. Hoy le dan el alta a mi madre. Mientras espero a que el médico pase la ronda intento hablar con ella. Imposible.  A veces se incorpora y manotea con la mano móvil mientras mira alrededor perdida y con miedo. El resto del tiempo tiene una mirada bovina, sin conciencia. No sé que es peor. En ninguno de los dos casos me reconoce. Al final me siento encogido en el sillón junto a la cama y mantengo su mano entre las mías. Me digo que eso la calma.

El médico le da el alta y nos trasladan a la residencia en ambulancia. Mamá sigue desorientada. Me he levantado media hora antes esta mañana y he aprovechado el último viaje con mi coche para dejar en la residencia sus cosas. He abierto la maleta y le he dejado el pijama sobre la cama, las zapatillas alineadas en el suelo y su radio y una foto nuestra sobre la mesilla. No es lo mismo pero espero que le haga sentirse al menos un poco como en casa. Cuando entra no parece reconocer ninguna de sus cosas. Se me fruncen el ceño y los labios, como si me hubieran dado un golpe. No se que esperaba.

La residencia que nos han recomendado es la mejor para los cuidados de su ictus. El médico ha dicho que es muy posible que en medio año pueda mejorar e incluso recuperar totalmente la movilidad y el habla, así que, aunque su pensión no llegue para pagarla, de momento tenemos para algo más de medio año. Antes de irme, le doy un beso en la frente, abro la funda de las gafas naranjas y coloco el pequeño coche azul de juguete, que todavía conservo, junto a su radio en la mesilla. Compruebo que tengo el nuevo bonobús y me dirijo a la salida pensando en alquilar mi piso del centro una temporada y mudarme más cerca.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Mala hierba

  Mala hierba Todo cambió el día que murió él tío Fidel. Salió de casa sentado en una silla de madera, transportado por mi tía Vicenta y mi ...