Tengo nueve años cuando el médico dice que me van a poner gafas y lo primero que pienso es que me voy a quedar sin amigos. Lleno de temores, acepto que mi única opción es la de pasar a formar parte del grupo de los raros y al día siguiente, después de la clase de Lengua y según lo planeado en mi cama durante la noche, me acerco a los pupitres de Rodrigo y César.
No tardamos en ser tres cuatro-ojos inseparables. Pasamos las tardes comiendo pipas en un banco del parque y riéndonos de nuestros asuntos, y yo pienso en el médico malvado que me llevó hasta ellos y secretamente le agradezco mi destino.
Tengo quince años cuando le pido a Victoria que sea mi novia y accede al segundo intento. Nuestro primer beso sabe a cacao de labios y su pelo, desordenado, me hace cosquillas en la nariz cuando nos abrazamos.
Nuestra unión me transforma en alguien diferente. No soy ni el de antes ni el de después de las gafas, sino un ser incompleto y dependiente que apenas sabe gestionar el pánico a perder lo que creo que en realidad no merezco.
Cuando me deja, paso meses saltándome las clases y sentándome en los Jardines de Monforte; le escribo decenas de cartas y poemas que guardo en una carpeta en la que también parece haber quedado archivada mi autoestima.
Tengo veinte años cuando mi oftalmólogo decide que ya puedo someterme a una cirugía para dejar de llevar gafas.
Me siento más libre. Adulto. Pletórico.
Dos semanas después de la intervención salgo a celebrarlo. Bebo demasiado y regreso a casa haciendo eses y viendo doble. Despierto confuso, derrotado y sin recuerdos. Cesar me cuenta entre risas a la mañana siguiente que no paré de repetir el nombre de Victoria. Mientras observo mi nuevo rostro en el espejo, decido que la llamaré para saber cómo le va y tomarnos unas cañas. Nunca me decido.
Tengo veinticinco años cuando Rodrigo muere en un accidente de moto y entiendo que hasta ese momento había estado creciendo y ahora es cuando empiezo a envejecer. Mi estómago se rebela contra mí. Las migrañas se convierten en asiduas invitadas indeseadas. Me corroen el miedo a morir y el miedo a seguir viviendo. Me alquilo un estudio para vivir solo y dejo todo lo que me recuerda a Rodrigo atrás, en casa mis padres.
Tengo treinta años cuando me caso con mi novia de la universidad. Nuestra boda es un evento sencillo y feliz; siento que he hecho un buen trabajo eligiendo a las personas que me rodean, pero pienso en Rodrigo y lloro recordándole cuando nos vamos a dormir tras la celebración.
Viajamos a Canadá, y a la vuelta recupero todas las fotos y recuerdos de Rodrigo y quedo con César. Comprendemos que estamos unidos por una infinita pena común pero no solo por la pena. Nuestro vínculo es tan sólido que casi puede agarrarse.
Tengo treinta y cinco años cuando Laura y yo nos divorciamos. Siento alivio y rejuvenecimiento y tengo la sensación de haber recuperado algo que había perdido.
La culpabilidad me ataca por las noches como un mosquito vampírico.
Tengo cuarenta años cuando mi psicólogo me pide que realice este ejercicio. Lo escribo con emociones de hombre viejo y decido, una vez más, que mi lugar está entre los diferentes. He visto en Facebook que Victoria está en la ciudad. Quizá esta semana la llame. El martes iré por su barrio para recoger mis nuevas gafas de cerca.
No hay comentarios:
Publicar un comentario