Es el primer día de fiestas del pueblo y Eusebio aparece en moto por la calle mayor. Una moto de esas americanas, como las Harley, pero más pequeña. Aparca, se quita el casco y las pequeñas gafas redondas de aviador, se cala la boina negra ladeada y pone la pata de cabra. Sin bajarse, lía un pitillo y mira largo a la calle, empapándose del ambiente. Hay quienes definen a un hombre diciendo que es mitad tal y mitad cual cosa, pero hay hombres, como Eusebio, que no pueden agotarse sólo con dos mitades. Cuando lo conocí, siendo apenas un zagal, y pasó lo que os voy a contar ahora, hubiera dicho que era tres cuartas partes cuentacuentos, mitad mago y dos tercios cantante. Ahora que lo veo bajar de la moto, tanto años después, diría que es tres quintos miliciano y cuarto y mitad de cura. Todo ello, sin dejar de lado lo que pensaba cuando era niño, porque los hombres no cambian, si acaso, añaden poco a poco las capas con que la vida los va vistiendo
Y así fue que, cuando yo era niño, no llegó al pueblo en moto sino en caballo y no venía con boina sino con sombrero de paja, pero el halo que despedía contenía la misma sustancia. La anécdota que os voy a contar marca el inicio en nuestro pueblo y en la comarca de su leyenda. Cuando aquella mañana entró en la calle mayor y refreno el caballo, el pueblo también estaba en fiestas. Lo puso al paso y avanzó tranquilo hasta entrar en la plaza y atarlo en el abrevadero junto a la fuente. Los niños interrumpieron sus juegos apenas un segundo para ver a aquel forastero que miraba en derredor con los dedos metidos en la chaquetilla de monta como el que viene a tomar posesión de algo. En seguida, localizó el bar y se dirigió hacia allí. Los demás niños lo ignoraron y continuaron jugando, pero a mi me picó la curiosidad, o quizá intuí algo, así que me fui al bar detrás de él. Buenas tardes nos de Dios, dijo en voz alta al entrar y dirigiéndose al fondo de la barra pidió dos chatos de vino.
En aquellos tiempos no era como ahora, que el pueblo está lleno de gentes de todos sitios. Antes era raro que alguien viniera sólo a las fiestas al pueblo, así que todos los que estaban en el bar de Jose le miraron como si alguien acabará de entrar en sus casas y sin dar una explicación se sentase en la mesa de la cocina, pero con la conciencia de que no era ni su mesa ni su cocina, no sé si me explico. En ese momento estaban celebrando el inicio de las fiestas y muchos de los hombres habían hecho un alto en la jornada para oír el pregón y echar un vino. Junto a la puerta de entrada estaban en corrillo el alcalde, vestido con capa castellana y la vara y el cordón del cargo, un par de concejales y el bedel, que tras echar la susodicha mirada a Eusebio siguieron a la suya festejando.
Y aunque ellos, al principio, no se dieron cuenta, poco a poco el bar se fue quedando en silencio. Al final, uno a uno, también el grupo del alcalde se fueron quedando en silencio mirando embobados, como llevaba ya un rato el resto de los parroquianos, a Eusebio. Estaba este con un vaso en cada mano, uno cerca de la boca y el otro puesto en la oreja. Se había puesto de espaldas a la barra, inclinado hacia delante, ladeada la cabeza, escuchando con los ojos cerrados. Todos lo miraban curiosos y divertidos. El alcalde también, al principio, pero poco a poco se fue poniendo nervioso. Así que le dijo al bedel: Marcial, joder, tira pa allá y pregúntale de mi parte que qué hace. Que este tío, todavía, nos jode las fiestas. Y Marcial para allá que fue, subiéndose los pantalones con aplomo, y apoyándose en la barra para decirle ante la audiencia más o menos disimulada de todo el bar:
—Buenos días. Perdone, pero ¿Qué es lo que hace usted?
—Buenos días. Nada, aquí, escuchando al vino.
—¿Y qué es lo que le dice?
—Mire, mire. Oiga usted. —Marcial coge los vasos y se pone en la misma posición como si de un teléfono se tratara y tras intentarlo durante un momento, le dice
—No se oye nada. —dijo Marcial azorado.
—Pues así to el rato.
—Ahh —contestó Marcial confundido, sin saber si le estaba tomando el pelo o estaba ante un loco. Así que regresó al corrillo del otro lado de la barra y, atónito, se lo contó al alcalde. Decidieron ignorarlo y volver a la conversación, pero ya nadie quería hablar. El silencio había calado en todo el bar y se podía escuchar el chisporrotear de los troncos en la chimenea. Todos miraban al extraño forastero que seguía en la misma posición con un vaso en la mano y otro en la oreja, con la cabeza inclinada escuchando. El alcalde ya nervioso, pensando en que así no podían empezar las fiestas y que ese tío iba a jodérselas en plan Gandhi, se acercó él mismo hasta Eusebio y le dijo:
—Buenos días.
—Nos de Dios, señor alcalde —dijo este mirando la vara.
—Perdone, pero ¿Qué es lo que está usted haciendo?
—Pues estoy escuchando al vino.
—Sí, eso ya lo veo. ¿Y le dice algo?
—Nada, señor alcalde, nada.
—Y entonces, ¿Por qué lo hace? --preguntó el alcalde medio mosqueado. Y ante la expectación de todo el bar que lo miraba atento con los ojos brillantes, por si se atrevía a repetir la chanza, dijo.
—Pues porque así es como se aprende el valor del silencio. Tanto en la música como en la vida. Aunque veo que este es un pueblo sabio donde todo esto ya se sabe —dijo guiñando un ojo a su público. —Aunque —añadió, levantando el dedo y alzando el mentón hacia el resto de los parroquianos —cuando uno lo hace durante un tiempo sí que puede oírse lo que el vino quiere comunicarnos.
—¿Y qué es lo que quiere decirnos? —preguntó alguien divertido.
Eusebio avanzó unos pasos y se colocó frente a la chimenea que dominaba el centro del bar y sosteniendo los vasos en alto dijo:
Señores, el vino habla y me dice:
Soy bálsamo para heridas y curo todas las llagas
Para el dolor de cabeza soy medicina probada,
Curo los ojos y oídos, las encías ulceradas
Conforto la dentadura y hasta el dolor de garganta
Yo soy quien en los convites principia la primer danza
Y si acaso yo no estoy, todo lo demás es güasa
Este vino es de la cepa tuerta y bien tuerta
Que entra por el arcabuz y sale por la bragueta
Y ahora brindo con ustedes por que la de este pueblo
Siempre es la mejor fiesta.
Y dicho esto y ante el aplauso general se bebió los dos chatos de vino uno detrás del otro. Minutos después, las risas y la música se oían desde las calles de alrededor y Eusebio tenía a todo el pueblo, incluido el alcalde, comiendo de su mano.

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