domingo, 28 de febrero de 2021

Amnesia

Dígame, ¿qué es lo último que recuerda?


Agustín tenía la boca seca y apenas acertaba a enfocar la vista sobre la silueta blanca apostada frente a él. Alcanzó a emitir un “nada” con un susurro afónico e intentó incorporarse, pero otra nueva figura le impidió hacerlo. 


¿Qué me pasa?, dijo asustado.

Ha tenido usted un accidente. Tiene que descansar, respondió el doctor. 


Una vez acostumbrado a la luz pudo ver al médico. Parecía un tipo serio, de unos sesenta años con barba canosa y unas gafas rectangulares cuyas patillas se escondían entre un ramillete de patas de gallo. Tenía los labios prietos y la mirada gacha. 

No augura nada bueno, pensó Agustín que intentó mover los dedos de los pies y de las manos sintiendo de inmediato el suave roce de las sábanas sobre sus yemas. 


Suspiró. Podía moverse, oír y su visión ahora era perfecta. 


¿Sabe usted cómo se llama?

Agustín.

Agustín que más.

¿Qué más que? El médico torció el gesto.

Apellidos, estado civil, domicilio. Agustín le miró inquieto.

Agustín.

Ya, ya sé que se llama Agustín, pero… ¿no recuerda nada más?

¿De qué?, contestó alarmado. Algo no iba del todo bien. 

Mire, dijo el médico, lleva dos semanas en coma. Una patrulla lo encontró sin sentido en el arcén de una carretera. Agustín quiso saber más, pero antes de conseguir articular una nueva frase el médico ya había salido. ¿En coma? ¿Un accidente? ¿Cuándo?; cientos de preguntas abofetearon su mente dormida, produciéndole un repentino dolor de cabeza.

¿Puede darme un espejo?, preguntó a la enfermera. No recuerdo mi rostro.

No sé si debo, añadió esta. Debería esperar a que viniera la psiquiatra. 

¿La psiquiatra…? ¿Qué me ha pasado? Agustín sintió un calor intenso en la cara, como si la barba le hubiera crecido del revés y sus gruesos pelos le alfiletearan por dentro. Intentó levantarse, sentir algo tangible aunque sólo fuera el frio en las plantas de sus pies. Se mareó y una repentina tiritona se apoderó de un cuerpo que se negaba a obedecerle. La enfermera inyectó de inmediato un tranquilizante en el gotero. Los ojos empezaron a pesarle. Y todo volvió a desvanecerse. 


**


El acompasado movimiento de los limpias sobre el cristal y la botella de JB que iba apurando a pequeños sorbos hacían que el tiempo transcurriera muy despacio, en otra dimensión, como si no fuera él quien estuviera al volante.  Todo parecía haberse ido a la mierda.


 Cuando entró en la habitación, Sofía acababa de salir de la ducha, estaba desnuda y sorprendida de encontrarle en casa antes de las ocho de la tarde. La cama deshecha y sobre la sábana una mancha aún húmeda. Sus miradas confluyeron apenas dos segundos en ese pequeño oasis entre un desierto de hilos blancos. Gritos neolíticos de macho alfa, de gorila sin niebla expelidos con la misma pulsión que una retahíla de ventosidades, salieron atropelladamente de la garganta de Agustín. Sofía, sin embargo, permaneció impasible, de pie, la toalla en el suelo y con una sonrisa maliciosa de Venus concupiscente. ¿Qué coño le hacía gracia? Ella se acercó al armario y descolgó una de sus chaquetas grises, extrayendo del bolsillo interior un colorido paquete de cartón. Agustín deseó fundirse con el parqué.


Escoge uno, cielo. Así la próxima vez no mancharé la cama, le dijo en tono burlón, dejando alineados encima del colchón varios paquetitos de preservativos. Si encuentras la pareja te llevas el premio, añadió señalándose el pubis con el dedo índice. Agustín enmudeció, el bombeo de su propia sangre intentaba romper la malla de sus tímpanos -la vergüenza a veces supera el enfado, gritar o llorar, esa es la cuestión-. Se sentó sobre la cama, Sofía lo hizo junto a él -ella nunca perdía los nervios- ¿Tablas?, preguntó. 

¿Tablas? Aquel ofrecimiento enervó a Agustín que se enrocó sobre la mancha. La maldita mancha, como si el amante de su mujer se hubiera corrido directamente sobre su cara.. No, él no estaba dispuesto a olvidar. 


Llevaba toda la noche conduciendo sin rumbo alguno. Empezaba a tener sueño y algo parecido a la conciencia empezó a encogerle el estómago. Intentó ahogarla dando un nuevo sorbo a la botella.


**


Agustín despertó sentado en una silla y sin saber cómo había llegado a ella. Frente a él, una mujer de unos cincuenta años. Pelo rizado, casi blanco y un cuerpo desbordado por una carne flácida que apenas había conocido el ejercicio. Rostro amable y bondadoso. En su regazo, un pequeño espejo. Le tendió la mano, pero Agustín no podía apartar los ojos del espejo. 


Elena, psiquiatra de planta, se presentó. Es normal que quiera verse si no sabe quién es. Tome, no tenga miedo. Agustín cogió el espejo y le dio la vuelta. Había una foto en blanco y negro pegada en el anverso. 

¿Y esto? 

Esto no, cariño. Éste, es Gary Grant. Puede que no lo reconozca, quizás sea demasiado joven para usted, también era demasiado viejo para mí, pero siempre estuve enamorada de él. Pasé parte de mi juventud viendo sus películas: Charada, Con la Muerte en los Talones…

Ya, pero esto no es un espejo, sólo es una foto. Este no soy yo.

—¿Y quién lo dice? Todos podemos ser quien queramos ser. Especialmente usted.

¿Y por qué yo? 

¿No se da cuenta? Usted es un lienzo en blanco. No recuerda nada, salvo su nombre. No sabe quién es, de donde viene, si es rico o pobre, si está casado o soltero... Sólo tiene que dejar transcurrir un tiempo sin que nadie pregunte y podrá ser quien quiera. Agustín se sintió abrumado. No comprendía nada. ¿De verdad que esa señora de aspecto maternal era psiquiatra? 


**


Los faros del coche dibujaron una sombra deslumbrada que se tapaba los ojos con la mano a modo de visera. Agustín frenó en seco y el coche derrapó sobre el asfalto mojado, deteniéndose tan sólo a unos centímetros de aquella silueta indefinida. Hacía frío. Agustín bajó la ventanilla. 


¿Le ocurre algo?. Un rostro agrietado y cetrino con barba de dos días se asomó por la ventanilla. Le resultaba familiar esa mirada ligeramente descolocada que sonreía abiertamente al ver la botella de JB en el asiento del copiloto. Agustín aligerado de prejuicios y sin cautela alguna por efecto del alcohol le abrió la puerta. 


Necesitaba hablar con alguien; y aquél peregrino con el símbolo del ying-yang cosido en la mochila que cargaba a la espalda, parecía ser el interlocutor idóneo. 


El individuo entró en el coche y señaló la botella. 


¿Puedo? Agustín asintió y aquel tipo dio un largo trago, un trago sin fin, un trago de desierto, apurando casi toda la botella. 

¡Eh, déjame algo! protestó. 


El sujeto emitió un estruendoso eructo a modo de respuesta. Agustín paró el automóvil y le ordenó bajarse. El caminante sujetó la botella por el cuello y la rompió en la cabeza de Agustín. Un bautismo etílico y sangriento le nubló la vista. Apenas pudo ver un ligero resplandor naranja, cuando su acompañante acercó la llama del mechero a su cara. Notó olor a pollo soflamado, y  el calor intenso en las mejillas y la falta de aire le hicieron suponer que era él quien se estaba cocinando. Saltó del coche y rodó por el asfalto intentando apagar las llamas. El individuo salió del coche y se situó frente a su cuerpo inmóvil. 

Esto te aliviará, le dijo mientras se desabrochada la pretina y orinaba sobre su cara. ¡Ah, y agradéceselo al whisky! Si llego a estar seco... te abrasas. Quizás volvamos a vernos, añadió. Luego subió al coche, arrancó y se despidió haciéndole una peineta por la ventanilla. 


**


Agustín estaba tumbado en la camilla cubierto por con una ligera bata verde, un gorro verde, unos peucos verdes y un equipo médico uniformado de verde, sobre una pared verde -demasiada clorofila para no ser primavera-. El cirujano le saludó con palabras tranquilizadoras que dichas en un quirófano suenan como el eco certero de la muerte. Su mirada estrábica y el tono de su voz le resultaron inquietantes, y si no llega a ser por la lavativa que le habían puesto antes de entrar, se habría vaciado por completo encima de la mesa. Lo último que alcanzó a ver, antes de que los focos le cegaran por completo, fueron el gorro y la mascarilla con extraños motivos tribales que llevaba el cirujano. 


Ahora comenzaremos la intervención. Le hemos puesto anestesia, cuente hasta diez. 


Agustín inició la cuenta, hacia atrás, como queriendo despegar de nuevo: diez, nueve, ocho… 


Una gitana con aspecto de psiquiatra le echaba las cartas: un nacimiento abrupto a los cuarenta años, ¿copas o bastos? ¿oros o espadas? Pero la baraja no escondía palos, sólo fotos, fotos en blanco y negro. Cadáveres de viejas estrellas de Hollywood en apretadas cajas, cabezas que reposan sobre pequeñas almohadas blancas con puntillas, entre ellas hay una en color. Agustín sabe que sólo se sueña en blanco y negro; el destino ha decido y la escoge: Brad Pitt le sonríe.  Cazadora de cuero y gafas “Rayban”, va paseando con su Harley por una sinuosa carretera al borde de un acantilado sobre un mar azul intenso. Las chicas le saludan ¿o le gritan? Hay una serpiente enorme en el camino..


Una enfermera le susurró algo al oído. Su voz resonaba en la cabeza de Agustín a treinta y tres revoluciones. Abrió los ojos y ahí estaba de nuevo ese curioso cirujano con cara de Saladino.


Bueno Agustín, hemos terminado. Dentro de cinco días veremos el resultado. Todo apunta a que será usted todo un dandy. Agustín, no podía hablar ni parpadear, tan solo recordaba su sueño y repetía en silencio como un mantra: Brad Pitt, Brad Pitt…


**


Transcurridos cinco días Agustín esperaba inquieto. Elena sentada junto a él, le sujetaba la mano. De pie el mismo cirujano, esta vez ataviado con una colorida chilaba, que le daba un aspecto de africano deconstruido.


Ahora voy a quitarle la venda, dijo con la emoción de un mago antes de sacar un conejo de la chistera. Agustín sintió la caricia del frío en sus mejillas al despegarse suavemente la tela húmeda de aceites. Ya no le quemaba. El cirujano le descubrió completamente el rostro y tomó cierta distancia para contemplar la perspectiva de su obra. Parecía satisfecho. 


  Perfecto, ahora es cosa suya, le dijo a la psiquiatra. El médico cogió su mochila en cuya parte trasera tenía bordado el símbolo del ying-yang y se despidió agitando la mano. Me voy a caminar un rato, mañana pasaré a ver cómo va el paciente, añadió.


Adiós Pedro. Yo te aviso si hay cambios.


 ¿Dónde he visto antes esa mochila? se preguntó Agustín en un vano intento por recordar algo.


¿Está preparado?, le interrumpió Elena acercándole el espejo. 


 Agustín nervioso como un niño que abre su primer regalo, lo cogió con mimo dándole la vuelta. El reflejo le devolvió el rostro de Brad Pitt en una gastada foto en blanco y negro.


Recuerdox.

 Roberto estaba apunto de cerrar la farmacia cuando vio a Jero acercarse. Percibió cierta agitación en su llegada.

_ Cerrando me pillas, ¿qué te falta?

_ Nada, nada, quería hacerte una consulta. 

Es por el tema de las pastillas, las Recuerdox.

_ Pero, hombre, Jero, que las paredes del pueblo oyen, no me vengas aquí a hablar de esto, ¿que no las estás vendiendo bien?.

_ Se venden solas. 

_ Pues eso, si ya te lo dije, me alegra haberte podido ayudar a conseguir un ingreso extra.

_ Te guardo tu parte, no se me olvida. 

_ Claro, amigo, por eso hacemos negocios, porque nos entendemos. Vamos paseando, que si no quedamos raros, aquí plantados. 


Jero levantó la mirada, se avecinaba tormenta. Roberto empezó a caminar, erguido, con cierto gesto de hastío, a su lado. 

Las Recuerdox eran pastillas de diseño que generaban un recuerdo, el que cada uno quisiera, al día siguiente de haberlas ingerido. Te tomabas un par antes de dormir y pensabas en lo que querías recordar, así de fácil. La droga te ayudaba a concentrarte, evitaba las divagaciones previas al sueño, y al día siguiente, ese recuerdo era uno más de tu catálogo, una experiencia vivida; y aunque supieras que te habías drogado, nunca sabrías qué era lo que habías elegido recordar. Esa era la magia, que la pastilla jugaba con tu mente, eliminando todo lo relacionado con el proceso de elección y las reflexiones previas a la ingesta. 


Jero se aclaró la garganta, volvió a mirar al cielo, que se había terminado de ennegrecer.


_ Roberto, que supongo que has visto lo del telediario, la madre esa que le dio una Recuerdox a su hijo. 

_ Hostia, sí, vaya zumbada. El uso es personal, al que las compre se lo debes dejar bien claro. Si no se usan como toca, es un descontrol. 

_ Ya, el tema es que no van precisamente con prospecto, y están saliendo muchos casos...de líos. Hay personas enganchadas, gente muy joven que ya no sabe lo que es verdad y lo que no. No sé si deberíamos plantearnos dejarlo estar.


Roberto le miró, casi con temor. Empezó a hablar de forma pausada, con mesura. 


_ Mira, Jero, tú haz lo que quieras. Yo, mi parte, te la voy a cobrar igual, porque para eso llegamos a un acuerdo. Piensa en el bien que estamos haciendo a las personas que saben que van a morir y pueden comprar los recuerdos con los que quieren dejar el mundo. A las mujeres que nunca han tenido un orgasmo. Si no son más que un juego. No alteran la realidad. Bien usadas, funcionan como cualquier mentira de las que la gente se  cuenta para sentirse mejor. Y además, Jero, que no obligamos a nadie a consumir. Si no eres tú, otro les sacará rentabilidad. Tú decides.


Empezó a llover, y un rayo les iluminó los rostros. Roberto continuó.


_ Jero, Jero, te estás haciendo mayor. Te pones muy emocional. Las drogas han existido siempre: setas, tripis, alucinógenos de todo tipo. Tú mismo, de adolescente, te fumabas un porro para desayunar. La gente quiere experimentar. 

_ Pero es que el niño ese, el que se cree que ha violado a su compañera de clase, está traumatizado de por vida. 


La carcajada de Roberto coincidió con el estruendo del relámpago. 


_ Mira, te acepto lo de que a nadie le deben drogar sin su consentimiento, tú sabes que cuando estuvo lo del Burundanga, yo no lo fabriqué. Pero nadie le obligó al niño ese a fantasear con forzar a su compañera de pupitre. Y además, que los niños ya tenían traumas antes de que existieran las Recuerdox, por muchas razones, y teniendo madres con esas ideas, ¿qué podemos esperar?. La tía loca, le quería hacer creer que habían estado en EuroDisney, y el niño mientras cascándosela -se cogió la nariz para reírse con más decoro- Si es que parece mentira que tú, con lo que te hicieron sufrir tus padres, digas eso. 

_ Mis padres estaban enfermos, no se elige tener Diógenes. 

_ Tener hijos sí se elige. 


Jero se empezó a abotonar la cazadora y no contestó. Roberto no estaba receptivo,y a Jero le resultaba imposible comprender que, teniendo la farmacia, corriera semejantes riesgos para ganar más dinero. Sintió la urgencia de alejarse de él. 


_ Se está cogiendo, me voy para casa. 

_ Sí, tío, empieza a calar. Dame un abrazo, no te vayas así. 

Roberto abrió los brazos; largos, acogedores. Brazos de buen padre de familia. Pensó en decirle que, si se metía en algún lío, él respondería por él, pero dudó, y las palabras se le desmayaron en los labios sin haberlas pronunciado. 


De vuelta en casa, la misma en la que había crecido con sus padres, ahora siempre impoluta y exageradamente ordenada, Jero se sentó en la terraza a fumarse un cigarro bajo el techillo. Las hojas de los árboles se movían como reaccionando al frío que les provocaban las gotas de lluvia, y en el caserón que se avistaba al fondo del paisaje, había un baile de luces de linternas de teléfonos móviles. Al regresar al interior, cerró bien los ventanales, y escuchó cómo la lluvia los golpeaba, cómo reclamando entrar. 


Cogió una bolsita de Recuerdox y jugueteó con los comprimidos.


Veinte años atrás, Jero estaba sentado en ese mismo sillón, escuchando la música de la verbena del pueblo. Sonaba Loquillo cuando Roberto y los demás llamaron a su timbre para decirle que preferían que esa noche no les acompañase.


Pero ya hace tiempo que me has dejado. 

Jero, no te lo tomes a mal. 

Y, probablemente, me habrás olvidado. 

Queremos poder bailar con las chicas. 

Creía que podría olvidarte sin más. 

Y tú tienes mala fama, por lo de tus padres. 

Y, aún a ratos, ya ves. 

Ya haremos otros planes. 


Fue en ese instante que la suciedad de la casa se pegó a su ropa y su cuerpo, y entendió que no habría jabón que consiguiera perfumar su estigma.


¿Qué hubiera cambiado si hubiera ido a esa verbena? ¿Hubiera sido capaz de sentirse cómodo en un grupo de amigos, con una pareja? ¿Hubiera tenido el valor de marcharse del pueblo? ¿Habría sido lo suficientemente fuerte para evitar que Roberto le metiera en el ninguneo de drogas? Con el sentimiento familiar de estar enfadado consigo mismo, agarró todas las bolsas de Recuerdox, como la madre enfadada que engancha a su hijo travieso del brazo, abrió la tapa del water y empezó a dejar caer las pastillas de color rosa. Al llegar a la última bolsa, separó dos, se las tomó dando grandes tragos a su cerveza, y se fue a la cama pensando en lo bien que se lo había pasado aquel verano en la verbena con sus amigos.





El perfumista de Córdoba

 



El perfumista de Córdoba

Soy Abul Ahmad Ibn Al Aziz, Cadí de Córdoba, la ciudad más bella de Poniente. Tiempos difíciles en el califato tras la muerte del gran visir Muhammad ibn Abi ‘Amir, Al Mansur. Mientras los poderosos intrigan por sus privilegios, la vida de los humildes continúa como siempre. Cada día resuelvo conflictos entre comerciantes, rencillas familiares y delitos de toda naturaleza. Pero ahora descanso en la quinta que poseo a las afueras de la ciudad, junto al Guadalquivir, disfrutando de la compañía de Halima, mi amiga y amante. Su afortunado marido, comerciante de sedas y brocados, viaja con frecuencia al puerto de Pechina. Unas ausencias de gran provecho para todos: él incrementa sus riquezas y nosotros nuestra felicidad.

He empezado a escribir esta historia, el caso más extraordinario que he juzgado nunca, para protegerla del paso de los años, que diluye y distorsiona los recuerdos. Los hombres desconocemos el futuro, no entendemos el presente y usamos nuestros recuerdos para engañarnos sobre un pasado que nadie puede cambiar. Solo los ojos de Dios contemplan el ciclo continuo del tiempo que mueve los hilos del destino…

La voz de Halima recitando los versos del poeta Ben Hani me aparta de mis meditaciones:

Nuestros lechos sirvieron de vestido para nuestro vino,
y para cubrirnos, la tiniebla rasgó sábanas de su piel.    
De corazón a corazón se acercaba el amor;        
de labio a labio volaba el beso

¿Qué escribes Abul? ¿Algún informe para el katib?.

No, Halima, escribo la extraña historia  de un caso que  he visto en el juzgado y sobre el que tengo que tomar una decisión difícil. Una historia de amor trágica y, por tanto, bella y triste a la vez.

Quizá te reconforte compartirla conmigo, o te ayude a ordenar tus pensamientos. Hasta es posible que la opinión de una amiga te ayude a que tus decisiones sean más humanas e indulgentes. Y, en cualquier caso, me interesan las historias de amor, especialmente si son bellas y tristes.

Tienes razón. Se trata de algo que no debe juzgarse sólo a la luz de la Ijma, está cargada de sentimientos de amor y de odio, de envidia, rencores, arrepentimiento y perdón. Y contiene sucesos prodigiosos que no sé si son obra de la ciencia o de un ifrit malévolo. Presta atención.

Hace una semana trajeron al juzgado a un hombre de unos 40 años triste y abatido, en un estado de desconcierto tal que se podía apreciar solo con ver su mirada perdida. Había sido detenido unos días antes acusado de acosar a la viuda de su hermano, allanar su casa y agredir a un pariente que había acudido a auxiliarla. Empecé por tomar declaración a la viuda, una mujer bellísima que ya había pasado de los treinta. Sus ropas, ciertamente humildes, no se correspondían con su actitud y su forma de expresarse, más propias de una mujer rica y cultivada. Me contó con seguridad su versión de los hechos:

Honorable Cadí, me llamo Rafṣa bint al- Rakūniyya, y soy la viuda de Abdul ibn Zayd, hermano de este desdichado loco al que conocí hace más de 15 años, cuando mi entonces prometido me llevó a casa de mi futuro suegro, un comerciante de Sevilla. Nada más verme enfureció, intentó agredir a su hermano y me faltó gravemente al respeto llamándome traidora y mentirosa, pretendiendo que él y yo teníamos algún tipo de relación y que era cómplice de una horrible traición urdida por su hermano.

Honorable Cadí, te juro sobre la copia del Corán que nunca antes había visto a ese hombre ni había hablado con él. Nadie entendió su actitud ni la violencia contra su hermano, y su mismo  padre decidió echarlo de casa hasta que recapacitase y recobrase la cordura. Nunca volvió. Yo me casé con Abdul y llevamos un vida tranquila y feliz con toda clase de comodidades, aunque sin la bendición de unos hijos, Dios así lo dispuso. El recuerdo de Omar se fue diluyendo como una sombra tenue, si bien mi esposo, que viajaba con frecuencia por sus negocios, sí llego a tener alguna información sobre sus andanzas. Para mí era una personaje molesto e irrelevante al que preferí olvidar.

Un desgraciado día, durante un viaje comercial, mi esposo fue secuestrado por unos bandidos que nos pidieron un rescate que no podíamos pagar. Mi suegro decidió tragarse su orgullo y realizó gestiones para localizar a Omar y pedirle apoyo para salvar la vida de su hermano. Nunca supe si se negó o no pudo socorrer a Abdul, pero el caso es que la ayuda no llegó y mi esposo fue encontrado muerto a las puertas de la ciudad.

A partir de aquel momento el infortunio se cebó en nuestras vidas. Mi suegro dejó de tener interés por su negocio, que fue languideciendo de forma irreversible. Un día un incendio prendió en los almacenes y afectó a la casa de la que el anciano no pudo, o no quiso,  salir, pereciendo en su interior. Al ver aquella desolación abandoné Sevilla sin despedirme de nadie y me vine a vivir con mi hermana a Córdoba. Supongo que en Sevilla me darían por muerta. No me importó, ya que nada me ataba a aquella ciudad en la que había sido tan desgraciada.

Desde entonces he vivido, sin lujos, pero con dignidad, en casa de mi hermana, olvidando poco a poco un pasado tan cruel. Pero mis viejas heridas se han abierto de golpe cuando este loco sin escrúpulos entró en casa totalmente enajenado; primero, con una alegría absurda, dirigiéndome arrumacos como si fuésemos antiguos amantes y luego encolerizándose con mi cuñado, al que agredió. Solo el auxilio de los vecinos consiguió que se marchase entre lamentos desesperados propios de un animal herido.

Señor Cadí, lo he denunciado porque no puedo vivir tranquila sabiendo que este lunático anda suelto. Tras ofenderme a mí hace años, decepcionar a su padre y no querer salvar la vida de su hermano, se permite acosarme en mi propia casa. Te ruego que lo encarceles o, al menos, lo destierres para siempre de la ciudad. Su comportamiento es impropio de un creyente y de un caballero que ha servido como oficial del gran visir.

Halima me escucha embelesada. ¡Qué historia tan singular! El destino es imprevisible y reparte beneficios y desgracias de forma ciega, aunque se ha cebado con esta pobre mujer. ¿Y es posible que el amor no correspondido haya enloquecido a un hombre enamorado?

Espera, Halima, porque el destino es mucho más caprichoso de lo que tú y yo podemos suponer. Tras la mujer, escuché la historia del acusado, todavía más singular, si cabe. Déjame que te la cuente:

Honorable Cadí, me llamo Omar ibn Zayd. Como bien dice esta mujer, mi padre fue un próspero comerciante de Sevilla, donde nací y me crié junto con mi hermano mayor Abdul. Siempre fuimos inseparables, compartimos nuestros secretos y, juntos, ayudamos a nuestro padre mantener y mejorar el negocio. Todo transcurrió como deben transcurrir las relaciones entre buenos hermanos  hasta el día que conocí a Rafsa, esta mujer de la que me enamoré locamente. Sin embargo, debes saber que nuestras relaciones no son como ella las cuenta, nunca he entendido como una persona tan buena puede faltar de esa manera a la verdad. La estuve cortejando, con respeto, durante más de cuatro meses, y ella me correspondió. Fueron los meses más felices, los únicos felices, de mi vida. Un día decidimos que vendría a casa para presentársela a mi padre y a mi hermano, con quien ya había compartido mis ilusiones por casarme con esta maravillosa mujer. Sin embargo, el día acordado, cuando salía para ir a recogerla, me la encontré entrando del brazo de Abdul como si fuesen novios. Negó conocerme. Negó que tuviésemos ninguna relación y me acusó de faltarle al respeto. Yo quedé desgarrado por la deslealtad de mi propio hermano, a quien la envidia debía haber trastornado. Se había aprovechado de mis confidencias para entrometerse en nuestra relación hasta el punto de urdir una traición tan miserable. Lo agredí, insulté a Rafsa y avergoncé a mi padre, que me echó de casa hasta que recobrase la cordura. Nunca lo hice y nunca volví a verlo, algo de lo que siempre me voy a arrepentir.

Me vine a vivir a Córdoba y aproveché mis amistades para entrar al servicio del gran visir Al Mansur, participando durante diez años en las gloriosas aceifas contras los reinos infieles. Con su ejército invencible arrasamos Tarragona, Barcelona, Coímbra y Santiago de Compostela. Cada primavera, una campaña, y cada campaña, una victoria. Durante una de las primeras, cuando todavía era un joven inexperto, recibí un mensaje urgente de mi padre, quien me suplicaba ayuda para Abdul, que había sido secuestrado por unos bandidos. Los celos y el rencor turbaron mi juicio, y me desentendí del asunto justificándome con la idea de que un comerciante tan rico bien podría encargarse de un hijo por el que yo no podía sentir ningún cariño.

A la muerte del gran general, pude retirarme con suficientes riquezas para permitirme una vida feliz, de no haber sido por la pena que oscurecía mi existencia. La traición de Rafsa no había hecho disminuir ni un ápice mi amor por ella. Las emociones de la guerra y los placeres del retiro no me dejaban olvidar la incomprensión de mi padre, ni mi falta de lealtad al no haberlo ayudado cuando me lo pidió.

La tristeza y los remordimientos me hicieron desistir de mi orgullo y decidí volver a Sevilla para pedir perdón e intentar reconciliarme con mi familia. Pero en el lugar de la casa de mi padre sólo encontré un montón de ruinas quemadas. Los vecinos me informaron del asesinato de mi hermano, del incendio y de la terrible muerte de mi padre y de Rafsa, de los que sólo encontraron unos pocos restos calcinados. Mi tristeza se tornó en desesperanza y volví a Córdoba, donde me encerré en mí mismo como si mi vida hubiese terminado para siempre.

Un día daba un paseo solitario al atardecer, fuera de las murallas, y me adentré en la judería. Allí, entre callejuelas y pequeños talleres de joyería y otras artesanías, percibí un extraño aroma que me trasladó a los años más felices de mi infancia. Pude seguir este reconfortante olor hasta llegar a la fuente de donde emanaba, una tienda pequeña de perfumes de donde salían mixturas tan agradables como difíciles de describir. Al entrar en la tienda encontré un lugar sorprendente y mágico. Un pequeño taller lleno de alacenas cuyas lejas soportaban toda clase de recipientes y retortas con tinturas, esencias y flores. En la trastienda brillaba el fuego que calentaba los alambiques y un horno. El olor era impresionante, capaz de despertar los sentidos, iluminar el alma e invocar los recuerdos más profundos y olvidados. Olía a aroma de almáciga, resina de Agar, ámbar, sándalo, azafrán, biznaga, flor de granada, lavanda y azahar.

Del interior salió el perfumista, un hombrecillo judío que me ofreció algunos aromas y esencias que me relajaron y me hicieron olvidar, por un rato, mi vida de desdichas. Tarde tras tarde me acostumbré a visitarlo. Los aromas me tranquilizaban y su conversación era fascinante: un hombre versado en el arte de los perfumes y en los secretos de la alquimia. Poco a poco fuimos intimando hasta que me contó sus teorías acerca de la relación entre los olores y los recuerdos. El aroma penetra por la nariz, pero se fija en el corazón, donde estimula los sentimientos, y también en el cerebro, donde puede evocar recuerdos e, incluso, modificarlos. ¿Modificarlos?, le pregunté. Efectivamente, al igual que hay un lenguaje formado por palabras que permiten materializar los pensamientos, los distintos aromas pueden combinarse de múltiples formas, para materializar recuerdos en la mente. Ya has visto como determinados olores te hacen recordar la infancia. Otros perfumes te recordarán veladas placenteras y el olor metálico del acero mojado en sangre traerá a tu cabeza los recuerdos de tu vida de soldado… Pero yo he descubierto que es incluso posible crear y fijar recuerdos de acontecimientos que nunca han sucedido. ¿Eso es posible? le pregunté. Por supuesto, la mayoría de nuestros recuerdos son interpretaciones de lo que ha pasado y los aromas pueden alterar la relación entre los hechos y su memoria. Con los elementos adecuados puedes reinterpretar la versión del pasado que desees…

La idea me pareció no sólo fascinante, sino un remedio eficaz para  mis desgracias. Es evidente que no podría modificar el pasado, pero sí recordarlo de una forma menos amarga, transformando la desesperación en simple melancolía. Le pregunté si sería posible crear en mi mente los recuerdos de una vida agradable, donde respeté a mi padre, me casé con Rafsa y llevé una vida placentera que se quebró con la muerte de ambos por alguna causa natural. Quería que desapareciesen las traiciones, los celos, el rencor, las negras desgracias y el remordimiento sin esperanza. ¿sería eso posible?

Es posible, pero tiene un coste, y no sólo en dinero, que no será pequeño. Alterar los recuerdos tiene riesgos que pueden llevar a la locura. Ten en cuenta que yo sé modificar la memoria, pero no los acontecimientos, y que sólo podré cambiar los tuyos, pero no los de tu entorno. Si por alguna circunstancia tienes que confrontar unos recuerdos falsos con unos hechos palmarios, te encontrarás en un estado de perplejidad profunda y todo el mundo pensará que te has vuelto loco.

Honorable Cadí, mi amargura era tal que, a pesar del precio y del riesgo, le hice el extraño encargo y unos días después pasé a recoger el perfume. Tras el pago de una cantidad generosa, el hebreo me entregó una cajita de madera de sándalo, forrada por dentro con una seda sutil, que contenía dos pequeñas ampollas de cristal, una verde esmeralda y otra roja como un rubí. Las instrucciones eran simples. Esta noche, antes de acostarte, rompe la ampolla esmeralda y vierte su contenido en un pañuelo que deberás colocar en tu almohada. Dormirás profundamente y, cuando despiertes, tus recuerdos se habrán modificado conforme a tus deseos. ¿Y la ampolla roja? le pregunté. La ampolla roja es tu seguro de cordura. Guárdala y, si un día te sientes confundido y todos piensan que eres un loco peligroso, rómpela y aspira su olor acre. Es un antídoto que compensará el efecto de la ampolla verde y devolverá tus recuerdos a la realidad.

Y así lo hice, honorable Cadí. El día siguiente era un hombre distinto, si no plenamente feliz, al menos con la serenidad que da el haber vivido una existencia satisfactoria. Mi brillante carrera como soldado se complementó con un matrimonio feliz con Rafsa y una relación de respeto cordial con mi padre. Es cierto que ambos habían muerto, pero mi padre por el paso natural de los años, y Rafsa por una breve enfermedad tras quince años de felicidad. No sufrió. Así he pasado el último año de mi extraña vida, y así hubiera seguido de no haber sido por otra desgraciada casualidad, cuando la semana pasada me crucé con Rafsa cerca de la Mezquita. Iba vestida con ropas humildes y su pañuelo no dejaba ver su cara, pero era ella sin duda. En aquel momento me quedé desconcertado, ya que recordaba haberla visto morir, haberla enterrado y haber superado el duelo que permite aceptar el destino. Pero la alegría de volver a verla y los deseos por abrazarla fueron más fuertes que la razón, y entré en su casa con la determinación de que todo volviese a ser como antes.

Lo que pasó después, es lo que ha explicado la propia Rafsa. Para ella soy un loco obsesionado con su persona, que se vuelve violento cada vez que es rechazado. Me peleé con su cuñado y tuve huir cuando los vecinos acudieron para detenerme. Llegué a mi casa en un estado de confusión completa y entonces recordé la existencia de la ampolla roja y el mensaje que la justificó: si un día te sientes confundido y todos piensan que eres un loco peligroso… la rompí, sentí un olor horrible y penetrante y al momento recuperé mi memoria. He recordado de golpe mi oscuro pasado y también he entendido la insensatez de mis actos, que no tienen justificación, pero que quizás merezcan la compasión del Cadí, tan sabio y misericordioso…

Una historia realmente extraordinaria, le dije sin mucho convencimiento; la imaginación de los locos y de los delincuentes suele superar con creces a la de los jueces. Sin embargo, aprecié tal sinceridad en sus explicaciones que me quedó una sombra de duda.

¿De verdad tenemos en la ciudad un perfumista como ese? ¿no vas a interrogarlo? A mí me ha parecido una historia fascinante, me dice Halima totalmente excitada, yo prefiero creerle a él antes que a esa mujer tan aburrida.

Sí, pero todos los testigos confirman la versión de Rafsa, sólo el testimonio y las pruebas aportadas por el perfumista podrían apoyar la otra versión…Por eso lo he buscado… y lo he encontrado esta mañana.

No pienso dejarte cenar hasta que no me cuentes qué ha pasado con el perfumista. Y también quiero saber dónde vive: tengo un par de encargos para regalar a mi marido cuando vuelva…Su sonrisa traviesa y maliciosa la hace todavía más bella. Tampoco quiero cenar hasta rematar una historia tan emocionante. Cuéntamela, por favor.

Sirve dos copas de vino mientras recita los versos del gran maestro Al Quttiyya:

Bebe el vino junto a la fragante azucena que ha florecido y forma de mañana tu tertulia cuando se abre la rosa…

Esta mañana he buscado la tienda de perfumes en la judería. He ido solo, ya que las escoltas de soldados suelen ser malas para la sinceridad de los testigos. La he encontrado, es exactamente como la describió Omar, y me he presentado abiertamente al perfumista, explicándole la razón de mi visita y ordenándole me contase quien era y si había algo de veracidad en la declaración del loco enamorado. Y éste ha sido su testimonio:

Oh gran Cadí de Córdoba, me siento abrumado por la visita de tan importante personaje a esta humilde tienda. Y también algo temeroso por los castigos que pueda merecer un modesto aprendiz de perfumista. Me llamo Dunash Al Qahiri y nací en El Cairo hace sesenta años. De niño fui aprendiz en el laboratorio del gran sabio Abu Alí ibn Ŷūdī, un alquimista más preocupado por conocer la naturaleza física del alma que por transformar los metales o prolongar la vida. A él no le interesaba la Piedra Filosofal, ni encontrar el Agua de la Vida, sino la relación entre los Elementos de la Naturaleza y los pensamientos, los recuerdos y los sentimientos humanos. Me enseñó los secretos de la Alquimia y la Espagiria, la forma de hacer fermentaciones, destilaciones y extracciones de las esencias de las plantas. Con él pude leer las obras de los grandes sabios como Los Ciento Doce Libros de Jabir o Libro del Secreto de la Creación de Belinus, señor del arte de los talismanes.

Convertido ya en su discípulo favorito, avancé en el estudio de la conexión entre los aromas y los sentimientos, hasta tal punto que conseguimos descifrar el código secreto que liga determinadas secuencias de aromas esenciales con la mente. Mediante un proceso laborioso era posible provocar en una persona los recuerdos que se deseen y fijarlos en su memoria de forma permanente.

A su muerte heredé su laboratorio y sus conocimientos y continué con su labor, hasta que la conquista de El Cairo por el ejército fatimí del general Chauhar sumió a esa bella ciudad en un ambiente de intolerancia y fanatismo incompatibles con el desarrollo de la Ciencia y la práctica de mi religión. Por este motivo decidí emigrar a esta bella ciudad de Córdoba, gobernada sabiamente por los cultos y tolerantes Califas Omeyas, Dios los guarde por siglos, bajo cuyo amparo florecen las artes y las ciencias en la mejor ciudad al oeste de Constantinopla. Aquí pude montar este humilde taller donde me limito a elaborar perfumes sutiles, que le ofreceré con mucho gusto si ese es su deseo.

Por lo que te he entendido, tus perfumes no sólo sirven para estimular los sentidos, sino que pueden tener otros efectos singulares. Por favor, cíñete a mis preguntas sobre el caso que nos ocupa y dime si recuerdas haber servido esos aromas mágicos al acusado Omar ibn Zayd.

A regañadientes reconoció punto por punto las declaraciones del desdichado Omar, lo que mereció el más severo de mis reproches, al haber jugado con la mente de una persona tan atormentada. Le expliqué la historia completa de la relación entre Omar y su familia, su incomprensible obsesión con Rafsa, el enfrentamiento con su padre, y las consecuencias nefastas de sus perfumes sobre el futuro de Omar. Al escucharla noté que su rostro se ensombrecía por la preocupación y la culpa:

Oh, señor Cadí, espero que mis errores merezcan su comprensión y misericordia, pero ahora que conozco el relato completo debo informarle de unos hechos anteriores que quizás aclaren esta enrevesada historia y le permitan dictar una sentencia más justa.

Hace unos quince años, al poco de establecerme en Córdoba, y cuando apenas tenía clientes, llegó a mi tienda un joven comerciante sevillano con el mismo apellido que Omar. No sé cómo había sabido de mi llegada desde El Cairo, ni por qué conocía mi capacidad de preparar esencias capaces de modificar los recuerdos, pero el caso es que vino con la propuesta de que le ayudase a resolver un problema amoroso grave. Según me contó, se había enamorado de una bella mujer, viuda de su mejor amigo, fallecido unos meses antes, y que vivía sumida en una profunda depresión que, de seguir así, iba a acabar con su vida. Me preguntó si sería posible preparar uno de mis perfumes, que le permitiese olvidar sus desgracias y volver a una existencia más agradable. Él se ofrecía a casarse con ella, cuidarla y devolverle la ilusión por vivir. En un principio desconfié de esta solicitud, pero en aquel momento necesitaba dinero para establecerme y me quise engañar a mí mismo pensando que no estaba violentado la voluntad de una persona, sino favoreciendo la felicidad de dos. Así que acepté y destilé un perfume que borraba sus amores anteriores y los sustituía por un noviazgo feliz con este comerciante, y con el convencimiento de casarse con él…

¿Me estás diciendo que ese comerciante era Abdul, el hermano de Omar? ¿Que Rafsa traicionó a Omar por una de tus demoníacas pociones? ¿Que has sido capaz de arruinar por dos veces la vida de la misma familia? Tú no eres un sabio, sino un aprendiz de brujo soberbio e insensato. De momento, te ordeno cerrar este antro de impiedad y abstente de comentar esta historia con nadie. Te prohíbo salir de la ciudad hasta que tome una decisión sobre cómo resolver todas las derivaciones de esta desgracia que has creado.

Y así me encuentro ahora, querida Halima, ante un caso donde el verdadero culpable hace años que murió y todos los demás son simples víctimas del destino más cruel. Creo que debo informar a Omar y Rafsa del origen de sus desgracias y esperar que la misericordia de Dios les permita, al menos, alcanzar la paz que otorga la resignación. En cuanto al hebreo, pienso condenarle a, por lo menos, veinte latigazos y encerrarlo en una mazmorra por el resto de sus días.

Abul, te ruego que lo pienses dos veces antes de tomar esta decisión tan severa. Quizás tengas una solución mejor delante de los ojos, si sabes aprovecharla. El perfumista ha obrado mal, es verdad, pero en su mano está recomponer las cosas quince años después y devolver la felicidad a quienes nunca debieron perderla. Y puede ser mucho más útil trabajando a tu servicio que olvidado en las cárceles del Califa.

¿No me irás a proponer un tercer cambio de recuerdos, ¿verdad? El pasado no puede modificarse y un hombre justo sabe que sólo debe actuar sobre sus consecuencias a través del arrepentimiento, el perdón y el propósito de enmienda…la ley es muy clara en eso.

Todo eso es verdad, Abul, pero ¿cómo puede alguien arrepentirse de un mal que no ha provocado?, ¿cómo perdonar una ofensa que realmente no se ha producido? ¿Qué propósitos de enmienda pueden plantear dos seres desgraciados que ya han perdido la esperanza? Y en cuanto a la ley, ¿no es más importante el resultado de su aplicación que los detalles de su contenido literal?. ¿A quien perjudicarías si estas dos personas retoman su felicidad tras quince años de inmerecidas desdichas? Hazme caso, toma al hebreo a tu servicio, te ayudará en tu carrera en Madinat al-Zahra. Sus muchos pecados serán garantía de su discreción y fidelidad. Y encárgale los perfumes que permitan generar unos recuerdos que compensen todas las desgracias que han tenido que soportar estas dos personas…Y recuerda que, por esta vez, solo necesitaremos dos ampollas de color esmeralda: este amor que ha empezado tan  tarde, debe durar para siempre.

Tienes razón, como siempre, querida Halima, es una bendición para mí contar con tu amistad y tu sensato juicio…Mañana temprano iré a hablar con el perfumista y le ordenaré los pasos a seguir…

Puedo ofrecerte mi amistad, mis sensatas opiniones y, tal vez, alguna cosa más…Halima me abraza mientras me susurra al oído unos versos que no conocía y que empiezan así:

Nada hay más superficial que una caricia, pero qué profundidades alcanza…

Su mirada me hace saber que la visita al hebreo no se producirá tan temprano…


Álvaro

(perdón por la extensión)

La loca del gorrito


 

Puedes eliminar los recuerdos, pero no a las personas que los habitan.”

Aurelia Campos


Hoy ha vuelto a venir al bar la loca esa que dice ser mi madre. Lleva siempre un gorrito de visón apolillado que le está pequeño. Parece una peluca mal puesta, de los mismos tonos que su pelo, entre marrón y color nicotina. Asegura que era mío, de cuando era pequeña y no se lo quita ni en verano. A mí me da asco y pena. Dicen que perder a una hija es lo peor que te puede pasar. Yo sé lo que es perder a un ser querido. Mi madre murió en un accidente cuando yo tenía once años. Era una actriz de cine guapísima y mi única familia.


No soporto a esos zombis que suelen venir al bar. Esos yonquis de la felicidad, que antes lo fueron de la cirugía estética. Primero se hacen solo un pequeño retoque. Borran una nimiedad, una pareja que les ha dejado, la traición de una amistad. Luego se van aficionando y acaban eso, como zombis. Seres planos, sin identidad. Como si hubieran triturado toda la literatura de Tamaro, Coehlo y Bucay y se la hubieran inyectado en vena. Me pregunto si ellos serán conscientes o si también se sentirían auténticos, como me siento yo. ¿Pero, y si yo también soy como ellos y no me doy cuenta? Ese pensamiento me produce escalofríos. La única razón por la que me sometería a un cambio, sería para olvidar que vivo en un mundo donde estas cosas son posibles. Para olvidarme de que hay gente sin escrúpulos que, por ganar dinero, es capaz de crear una sociedad tan enferma y paranoica.

Dicen que a las personas a las que les cambian un recuerdo, también les hacen olvidar el motivo por el que fueron intervenidos (lo cual nos convierte a todos en posibles zombis). No les dejan salir del coma hasta que el nuevo recuerdo ha cicatrizado. Si se despiertan antes por accidente, se pueden producir recuerdos inestables. La gente que los sufre, acaba enloqueciendo. Es como si vivieran en varias realidades y en varios tiempos a la vez. Corren el riesgo de entrar en un bucle infinito que brinca de forma intermitente del presente al pasado, del recuerdo real al trasplantado.


Me he preguntado muchas veces cómo habrá sido el drama de la mujer del gorrito. Hablar con ella es imposible. Tiene el cerebro podrido por las pastillas y el alcohol. Imagino que en su época aún no era posible cambiar los recuerdos. Quizás se volvió loca antes de poder hacerlo. O quizás no tenía dinero suficiente. Aunque hoy en día es muy barato y hay un montón de sitios clandestinos, que dan un miedo que para qué.


He decidido preguntar en el Banco General de Recuerdos si tengo ficha. Según me ha explicado una clienta del bar, si quieres saber si has sido intervenido y por qué, te permiten el acceso a la última grabación que se hizo antes de iniciar el proceso, donde el paciente mismo explica la experiencia traumática que ha motivado su solicitud. Pero solamente te envían la grabación, si antes pagas una cuantiosa suma y firmas un documento que les exime de la responsabilidad por posibles daños psicológicos. Esta clienta también me ha contado el caso de una persona que acudió al BGR para abrir su ficha y le informaron de que ya había escuchado la grabación sobre su pasado anteriormente y se había vuelto a intervenir para cambiar el recuerdo.


Me han contestado esta mañana. He recibido un audio con la grabación, pero me quiero esperar a que llegue Rober para escucharlo. Me da miedo estar sola. En las instrucciones pone que el audio se eliminará en 24 horas, si no lo abro. Me ha recordado a las pelis de James Bond y me ha entrado la risa tonta. A juzgar por los kilobytes, no parece demasiado largo. También me han enviado tranquilizantes, por si acaso. Pero yo no los pienso tomar.


Al principio la echaba del bar sin miramientos. Me espantaba a la clientela. Huele mal, apesta. Es un cóctel de alcohol, excrementos y carne podrida. Pero se ve que me he ido acostumbrando a su presencia, porque cuando hoy ha llegado, hasta me ha parecido que no olía tan fuerte. Hacía ya mucho tiempo que no se pasaba por el bar, semanas. De hecho, algún que otro día, me he descubierto a mi misma preocupada por si le había sucedido algo.


He tenido que pulsar varias veces el play en la pantalla táctil. Tenía los dedos tan fríos que no respondía el archivo y ya empezaba a pensar que todo había sido una estafa. Pero al final, se ha abierto. Me ha dado mucha impresión escuchar mi propia voz y percibirme, sin embargo, como otra persona. He sentido una angustiosa nostalgia o incluso algo de envidia de ese ser que fui, atormentado, supongo, pero real.


Ha llegado muy callada. Sin el gorro y sin la cantinela esa de “Ay, mijita, hija mía querida, qué niña más hermosa tengo. Eres mi sol, mi única alegría.” Le he preguntado si se encontraba bien. Pero sólo ha contestado con un sonido árido, mezcla de gruñido y lamento.


El teléfono sonó de madrugada y me desperté asustada. Quería cogerlo, pero tenía las piernas que parecían hechas de arena. Cuando por fin conseguí poner un pie en el suelo, dejó de sonar. Pensé que habría contestado mi madre desde su dormitorio. Sería uno de sus clientes. Me sentía tentada de ir hasta su cuarto de puntillas y escuchar lo que hablaba detrás de la puerta, pero mientras lo visualizaba, me venció el sueño. Al día siguiente, mi madre se levantó de muy buen humor. Estaba como cambiada. Me acerqué a darle un beso y no olía a alcohol. Me dijo que me pusiera el bañador. Nos íbamos a pasar el día a la piscina municipal, que era una piscina descubierta con un inmenso jardín, donde podías tumbarte en el césped.



Esta mañana, al venir en el metro una chica se me ha quedado mirando fijamente. Me miraba como si me conociera de algo. A mí su cara no me sonaba. A veces sueño con rostros de gente que no conozco y me lo pregunto. Uno nunca sabe. También he soñado con ella. Pero luego pienso: no puede ser. Aunque yo hubiera olvidado todo lo ocurrido, ellas, mis células, lo sabrían. Ellas recordarían el sufrimiento. En alguna parte, mi cuerpo seguiría guardando la sospecha de que tuvo otra vida. De eso estoy segura.



No me podía creer que fuéramos a pasar todo el día juntas, que la fuera a tener para mi sola, nadando, tomando el sol o compartiendo la sombrilla, jugando a ver quién lanza la pepita de sandía más lejos. Era el día más bonito que podía imaginar.

Después de comer, mi madre se quedó dormida y yo me fui corriendo al zambullirme en el agua. Nadar era lo que más me gustaba en el mundo. Podía pasar horas a remojo sin sentir ni frío ni hambre. Estuve chapoteando hasta que empezó a atardecer y pensé que sería mejor volver por si me estaba buscando. Me costó encontrar nuestro sitio, porque ya no estaba la nevera portátil, ni el bolso de mimbre, ni su toalla, ni tampoco ella. El sol ya se había escondido detrás del colegio que había enfrente. Busqué por todos los sitios un bañador rojo, mientras tiritaba de frío, envuelta en una toalla de la sirenita que me había regalado por mi cumpleaños. No la vi. Al final, acudí llorando al socorrista y él envió un mensaje por megafonía que reverberó en todo el recinto. Me moría de vergüenza al ver que pasaba el rato y nadie venía a buscarme. Ya iban a cerrar.

Ese día fue el último que la vi. Así es como pensaba que la iba a recordar siempre. Joven y atractiva aún, casi como una actriz de cine, enfundada en un escotado bañador rojo, riendo nerviosa y tirando una y otra vez de su cigarrillo. Me vino a la cabeza lo que decía mi abuela cuando a mi madre le dio por quemar mi habitación porque estaba muy desordenada o cuando me tocó dormir en el rellano de casa porque había cerrado la puerta con la llave, antes de irse a dormir la mona con un cliente: “No se lo tengas muy en cuenta a la pobre. Es la enfermedad.” La dichosa enfermedad que la hacía tan vulnerable y, a la vez, tan especial. Que me hacía sentir a mí como su ángel de la guarda, pero también como su sirvienta, una copia vulgar de ella, una persona desdichada y corriente.



Hoy la he mirado por primera vez a los ojos. Los tiene del mismo verde oscuro que mi hijo mayor. Aunque su mirada era opaca, mate.


—¿Quieres un café, mamá?


Ella ha reaccionado asustada, como si hubiera escuchado un disparo. Luego ha fruncido las cejas para verme mejor y me ha contestado en un tono cortante.


—Qué dices, loca, yo no soy tu madre.


Le he servido un carajillo cargadito, como a ella le gusta. Estaba distinta. Llevaba puesto un vistoso anorak rojo, aunque pasado de moda y muy rozado en las mangas. Ha estado un buen rato escarbando en la infinidad de bolsillos de su anorak, como a cámara lenta. Por fin ha encontrado unas monedas y las ha depositado una a una sobre la barra con sus rígidas manos de callos amarillentos y dedos como pezuñas. Me daba impresión de que lo único que quería era que la siguiera mirando, tan orgullosa de su nuevo atuendo como una niña vestida de domingo. De pronto, me ha asaltado una profunda tristeza y el impulso de protegerla como a un frágil polluelo.


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