El perfumista de
Córdoba
Soy Abul Ahmad Ibn Al Aziz, Cadí de Córdoba, la ciudad más
bella de Poniente. Tiempos difíciles en el califato tras la muerte del gran
visir Muhammad ibn Abi ‘Amir, Al Mansur. Mientras los poderosos intrigan por
sus privilegios, la vida de los humildes continúa como siempre. Cada día
resuelvo conflictos entre comerciantes, rencillas familiares y delitos de toda
naturaleza. Pero ahora descanso en la quinta que poseo a las afueras de la
ciudad, junto al Guadalquivir, disfrutando de la compañía de Halima, mi amiga y
amante. Su afortunado marido, comerciante de sedas y brocados, viaja con
frecuencia al puerto de Pechina. Unas ausencias de gran provecho para todos: él
incrementa sus riquezas y nosotros nuestra felicidad.
He empezado a escribir esta historia, el caso más
extraordinario que he juzgado nunca, para protegerla del paso de los años, que diluye
y distorsiona los recuerdos. Los hombres desconocemos el futuro, no entendemos
el presente y usamos nuestros recuerdos para engañarnos sobre un pasado que
nadie puede cambiar. Solo los ojos de Dios contemplan el ciclo continuo del tiempo
que mueve los hilos del destino…
La voz de Halima recitando los versos del poeta Ben Hani me
aparta de mis meditaciones:
Nuestros lechos sirvieron de
vestido para nuestro vino,
y para cubrirnos, la tiniebla rasgó sábanas de su piel.
De corazón a corazón se acercaba el amor;
de labio a labio volaba el beso
¿Qué escribes Abul? ¿Algún informe para el katib?.
No, Halima, escribo la extraña historia de un caso que he visto en el juzgado y sobre el que tengo que tomar una decisión difícil. Una historia de amor trágica
y, por tanto, bella y triste a la vez.
Quizá te reconforte compartirla conmigo, o te ayude a
ordenar tus pensamientos. Hasta es posible que la opinión de una amiga te ayude
a que tus decisiones sean más humanas e indulgentes. Y, en cualquier caso, me interesan las
historias de amor, especialmente si son bellas y tristes.
Tienes razón. Se trata de algo que no debe juzgarse sólo a
la luz de la Ijma, está cargada de sentimientos de amor y de odio, de envidia,
rencores, arrepentimiento y perdón. Y contiene sucesos prodigiosos que no sé si
son obra de la ciencia o de un ifrit malévolo. Presta atención.
Hace una semana trajeron al juzgado a un hombre de unos 40
años triste y abatido, en un estado de desconcierto tal que se podía apreciar
solo con ver su mirada perdida. Había sido detenido unos días antes acusado de
acosar a la viuda de su hermano, allanar su casa y agredir a un pariente que
había acudido a auxiliarla. Empecé por tomar declaración a la viuda, una mujer
bellísima que ya había pasado de los treinta. Sus ropas, ciertamente humildes,
no se correspondían con su actitud y su forma de expresarse, más propias de una
mujer rica y cultivada. Me contó con seguridad su versión de los hechos:
Honorable Cadí, me llamo Rafṣa
bint al- Rakūniyya, y soy la viuda de Abdul ibn Zayd, hermano de este
desdichado loco al que conocí hace más de 15 años, cuando mi entonces prometido
me llevó a casa de mi futuro suegro, un comerciante de Sevilla. Nada más verme
enfureció, intentó agredir a su hermano y me faltó gravemente al respeto
llamándome traidora y mentirosa, pretendiendo que él y yo teníamos algún tipo
de relación y que era cómplice de una horrible traición urdida por su hermano.
Honorable Cadí, te juro sobre la
copia del Corán que nunca antes había visto a ese hombre ni había hablado con
él. Nadie entendió su actitud ni la violencia contra su hermano, y su mismo padre decidió echarlo de casa hasta que recapacitase y recobrase la cordura. Nunca volvió. Yo me casé con Abdul y llevamos un vida tranquila y feliz con toda
clase de comodidades, aunque sin la bendición de unos hijos, Dios así lo
dispuso. El recuerdo de Omar se fue diluyendo como una sombra tenue, si bien mi
esposo, que viajaba con frecuencia por sus negocios, sí llego a tener alguna
información sobre sus andanzas. Para
mí era una personaje molesto e irrelevante al que preferí olvidar.
Un desgraciado día, durante un
viaje comercial, mi esposo fue secuestrado por unos bandidos que nos pidieron un
rescate que no podíamos pagar. Mi suegro decidió tragarse su orgullo y realizó
gestiones para localizar a Omar y pedirle apoyo para salvar la vida de su
hermano. Nunca supe si se negó o no pudo socorrer a Abdul, pero el caso es que
la ayuda no llegó y mi esposo fue encontrado muerto a las puertas de la ciudad.
A partir de aquel momento el
infortunio se cebó en nuestras vidas. Mi suegro dejó de tener interés por su negocio, que fue languideciendo de forma
irreversible. Un día un incendio prendió en los almacenes y afectó a la casa
de la que el anciano no pudo, o no quiso, salir, pereciendo en su interior. Al ver
aquella desolación abandoné Sevilla sin despedirme de nadie y me vine a vivir
con mi hermana a Córdoba. Supongo que en Sevilla me darían por muerta. No me
importó, ya que nada me ataba a aquella ciudad en la que había sido tan
desgraciada.
Desde entonces he vivido, sin lujos,
pero con dignidad, en casa de mi hermana, olvidando poco a poco un pasado tan
cruel. Pero mis viejas heridas se han abierto de golpe cuando este loco sin
escrúpulos entró en casa totalmente enajenado; primero, con una alegría
absurda, dirigiéndome arrumacos como si fuésemos antiguos amantes y luego encolerizándose
con mi cuñado, al que agredió. Solo el auxilio de los vecinos consiguió que se
marchase entre lamentos desesperados propios de un animal herido.
Señor Cadí, lo he denunciado
porque no puedo vivir tranquila sabiendo que este lunático anda suelto. Tras
ofenderme a mí hace años, decepcionar a su padre y no querer salvar la vida de
su hermano, se permite acosarme en mi propia casa. Te ruego que lo encarceles
o, al menos, lo destierres para siempre de la ciudad. Su comportamiento es
impropio de un creyente y de un caballero que ha servido como oficial del gran visir.
Halima me escucha embelesada. ¡Qué historia tan singular! El
destino es imprevisible y reparte beneficios y desgracias de forma ciega,
aunque se ha cebado con esta pobre mujer. ¿Y es posible que el amor no
correspondido haya enloquecido a un hombre enamorado?
Espera, Halima, porque el destino es mucho más caprichoso de
lo que tú y yo podemos suponer. Tras la mujer, escuché la historia del acusado,
todavía más singular, si cabe. Déjame que te la cuente:
Honorable Cadí, me llamo Omar ibn
Zayd. Como bien dice esta mujer, mi padre fue un próspero comerciante de
Sevilla, donde nací y me crié junto con mi hermano mayor Abdul. Siempre fuimos
inseparables, compartimos nuestros secretos y, juntos, ayudamos a nuestro padre
mantener y mejorar el negocio. Todo transcurrió como deben transcurrir las
relaciones entre buenos hermanos hasta el día que conocí a Rafsa, esta mujer de
la que me enamoré locamente. Sin embargo, debes saber que nuestras relaciones
no son como ella las cuenta, nunca he entendido como una persona tan buena
puede faltar de esa manera a la verdad. La estuve cortejando, con respeto, durante
más de cuatro meses, y ella me correspondió. Fueron los meses más felices, los
únicos felices, de mi vida. Un día decidimos que vendría a casa para
presentársela a mi padre y a mi hermano, con quien ya había compartido mis
ilusiones por casarme con esta maravillosa mujer. Sin embargo, el día acordado,
cuando salía para ir a recogerla, me la encontré entrando del brazo de Abdul
como si fuesen novios. Negó conocerme. Negó que tuviésemos ninguna relación y
me acusó de faltarle al respeto. Yo quedé desgarrado por la deslealtad de mi
propio hermano, a quien la envidia debía haber trastornado. Se había
aprovechado de mis confidencias para entrometerse en nuestra relación hasta el
punto de urdir una traición tan miserable. Lo agredí, insulté a Rafsa y
avergoncé a mi padre, que me echó de casa hasta que recobrase la cordura. Nunca
lo hice y nunca volví a verlo, algo de lo que siempre me voy a arrepentir.
Me vine a vivir a Córdoba y
aproveché mis amistades para entrar al servicio del gran visir Al Mansur, participando
durante diez años en las gloriosas aceifas contras los reinos infieles. Con su
ejército invencible arrasamos Tarragona, Barcelona, Coímbra y Santiago de
Compostela. Cada primavera, una campaña, y cada campaña, una victoria. Durante
una de las primeras, cuando todavía era un joven inexperto, recibí un mensaje
urgente de mi padre, quien me suplicaba ayuda para Abdul, que había sido
secuestrado por unos bandidos. Los celos y el rencor turbaron mi juicio, y me
desentendí del asunto justificándome con la idea de que un comerciante tan rico
bien podría encargarse de un hijo por el que yo no podía sentir ningún cariño.
A la muerte del gran general,
pude retirarme con suficientes riquezas para permitirme una vida feliz, de no haber
sido por la pena que oscurecía mi existencia. La traición de Rafsa no había
hecho disminuir ni un ápice mi amor por ella. Las emociones de la guerra y
los placeres del retiro no me dejaban olvidar la incomprensión de mi padre, ni
mi falta de lealtad al no haberlo ayudado cuando me lo pidió.
La tristeza y los remordimientos
me hicieron desistir de mi orgullo y decidí volver a Sevilla para pedir perdón e
intentar reconciliarme con mi familia. Pero en el lugar de la casa de mi padre
sólo encontré un montón de ruinas quemadas. Los vecinos me informaron del
asesinato de mi hermano, del incendio y de la terrible muerte de mi padre y de
Rafsa, de los que sólo encontraron unos pocos restos calcinados. Mi tristeza se
tornó en desesperanza y volví a Córdoba, donde me encerré en mí mismo como si
mi vida hubiese terminado para siempre.
Un día daba un paseo solitario al
atardecer, fuera de las murallas, y me adentré en la judería. Allí, entre
callejuelas y pequeños talleres de joyería y otras artesanías, percibí un
extraño aroma que me trasladó a los años más felices de mi infancia. Pude seguir
este reconfortante olor hasta llegar a la fuente de donde emanaba, una tienda
pequeña de perfumes de donde salían mixturas tan agradables como difíciles de
describir. Al entrar en la tienda encontré un lugar sorprendente y mágico. Un
pequeño taller lleno de alacenas cuyas lejas soportaban toda clase de
recipientes y retortas con tinturas, esencias y flores. En la trastienda
brillaba el fuego que calentaba los alambiques y un horno. El olor era
impresionante, capaz de despertar los sentidos, iluminar el alma e invocar los
recuerdos más profundos y olvidados. Olía a aroma de almáciga, resina de Agar, ámbar,
sándalo, azafrán, biznaga, flor de granada, lavanda y azahar.
Del interior salió el perfumista,
un hombrecillo judío que me ofreció algunos aromas y esencias que me relajaron y
me hicieron olvidar, por un rato, mi vida de desdichas. Tarde tras tarde me
acostumbré a visitarlo. Los aromas me tranquilizaban y su conversación era
fascinante: un hombre versado en el arte de los perfumes y en los secretos de
la alquimia. Poco a poco fuimos intimando hasta que me contó sus teorías acerca
de la relación entre los olores y los recuerdos. El aroma penetra por la nariz,
pero se fija en el corazón, donde estimula los sentimientos, y también en el
cerebro, donde puede evocar recuerdos e, incluso, modificarlos. ¿Modificarlos?,
le pregunté. Efectivamente, al igual que hay un lenguaje formado por palabras
que permiten materializar los pensamientos, los distintos aromas pueden
combinarse de múltiples formas, para materializar recuerdos en la mente. Ya has
visto como determinados olores te hacen recordar la infancia. Otros perfumes te
recordarán veladas placenteras y el olor metálico del acero mojado en sangre
traerá a tu cabeza los recuerdos de tu vida de soldado… Pero yo he descubierto
que es incluso posible crear y fijar recuerdos de acontecimientos que nunca han
sucedido. ¿Eso es posible? le pregunté. Por supuesto, la mayoría de nuestros
recuerdos son interpretaciones de lo que ha pasado y los aromas pueden alterar la relación entre los hechos y su memoria. Con los elementos adecuados
puedes reinterpretar la versión del pasado que desees…
La idea me pareció no sólo
fascinante, sino un remedio eficaz para mis desgracias. Es evidente que
no podría modificar el pasado, pero sí recordarlo de una forma menos amarga,
transformando la desesperación en simple melancolía. Le pregunté si sería
posible crear en mi mente los recuerdos de una vida agradable, donde respeté a
mi padre, me casé con Rafsa y llevé una vida placentera que se quebró con la
muerte de ambos por alguna causa natural. Quería que desapareciesen las
traiciones, los celos, el rencor, las negras desgracias y el remordimiento sin
esperanza. ¿sería eso posible?
Es posible, pero tiene un coste,
y no sólo en dinero, que no será pequeño. Alterar los recuerdos tiene riesgos que
pueden llevar a la locura. Ten en cuenta que yo sé modificar la memoria, pero
no los acontecimientos, y que sólo podré cambiar los tuyos, pero no los de tu entorno.
Si por alguna circunstancia tienes que confrontar unos recuerdos falsos con
unos hechos palmarios, te encontrarás en un estado de perplejidad profunda y
todo el mundo pensará que te has vuelto loco.
Honorable Cadí, mi amargura era
tal que, a pesar del precio y del riesgo, le hice el extraño encargo y unos
días después pasé a recoger el perfume. Tras el pago de una cantidad generosa,
el hebreo me entregó una cajita de madera de sándalo, forrada por dentro con
una seda sutil, que contenía dos pequeñas ampollas de cristal, una verde
esmeralda y otra roja como un rubí. Las instrucciones eran simples. Esta noche,
antes de acostarte, rompe la ampolla esmeralda y vierte su contenido en un
pañuelo que deberás colocar en tu almohada. Dormirás profundamente y, cuando
despiertes, tus recuerdos se habrán modificado conforme a tus deseos. ¿Y la
ampolla roja? le pregunté. La ampolla roja es tu seguro de cordura. Guárdala y,
si un día te sientes confundido y todos piensan que eres un loco peligroso,
rómpela y aspira su olor acre. Es un antídoto que compensará el efecto de la
ampolla verde y devolverá tus recuerdos a la realidad.
Y así lo hice, honorable Cadí. El
día siguiente era un hombre distinto, si no plenamente feliz, al menos con la
serenidad que da el haber vivido una existencia satisfactoria. Mi brillante
carrera como soldado se complementó con un matrimonio feliz con Rafsa y una
relación de respeto cordial con mi padre. Es cierto que ambos habían muerto,
pero mi padre por el paso natural de los años, y Rafsa por una breve enfermedad
tras quince años de felicidad. No sufrió. Así he pasado el último año de mi
extraña vida, y así hubiera seguido de no haber sido por otra desgraciada
casualidad, cuando la semana pasada me crucé con Rafsa cerca de la Mezquita.
Iba vestida con ropas humildes y su pañuelo no dejaba ver su cara, pero era
ella sin duda. En aquel momento me quedé desconcertado, ya que recordaba
haberla visto morir, haberla enterrado y haber superado el duelo que permite
aceptar el destino. Pero la alegría de volver a verla y los deseos por abrazarla
fueron más fuertes que la razón, y entré en su casa con la determinación de que
todo volviese a ser como antes.
Lo que pasó después, es lo que ha
explicado la propia Rafsa. Para ella soy un loco obsesionado con su persona,
que se vuelve violento cada vez que es rechazado. Me peleé con su cuñado y tuve
huir cuando los vecinos acudieron para detenerme. Llegué a mi casa en un estado
de confusión completa y entonces recordé la existencia de la ampolla roja y el
mensaje que la justificó: si un día te sientes confundido y todos piensan que
eres un loco peligroso… la rompí, sentí un olor horrible y penetrante y al
momento recuperé mi memoria. He recordado de golpe mi oscuro pasado y también
he entendido la insensatez de mis actos, que no tienen justificación, pero que
quizás merezcan la compasión del Cadí, tan sabio y misericordioso…
Una historia realmente extraordinaria, le dije sin mucho
convencimiento; la imaginación de los locos y de los delincuentes suele superar
con creces a la de los jueces. Sin embargo, aprecié tal sinceridad en sus
explicaciones que me quedó una sombra de duda.
¿De verdad tenemos en la ciudad un perfumista como ese? ¿no
vas a interrogarlo? A mí me ha parecido una historia fascinante, me dice Halima
totalmente excitada, yo prefiero creerle a él antes que a esa mujer tan
aburrida.
Sí, pero todos los testigos confirman la versión de Rafsa, sólo
el testimonio y las pruebas aportadas por el perfumista podrían apoyar la otra
versión…Por eso lo he buscado… y lo he encontrado esta mañana.
No pienso dejarte cenar hasta que no me cuentes qué ha
pasado con el perfumista. Y también quiero saber dónde vive: tengo un par de
encargos para regalar a mi marido cuando vuelva…Su sonrisa traviesa y maliciosa
la hace todavía más bella. Tampoco quiero cenar hasta rematar una historia tan
emocionante. Cuéntamela, por favor.
Sirve dos copas de vino mientras recita los versos del gran
maestro Al Quttiyya:
Bebe el vino junto a la
fragante azucena que ha florecido y forma de mañana tu tertulia cuando se abre
la rosa…
Esta mañana he buscado la tienda de perfumes en la judería.
He ido solo, ya que las escoltas de soldados suelen ser malas para la
sinceridad de los testigos. La he encontrado, es exactamente como la describió
Omar, y me he presentado abiertamente al perfumista, explicándole la razón de mi
visita y ordenándole me contase quien era y si había algo de veracidad en la declaración del loco enamorado. Y éste ha sido su testimonio:
Oh gran Cadí de Córdoba, me
siento abrumado por la visita de tan importante personaje a esta humilde tienda.
Y también algo temeroso por los castigos que pueda merecer un modesto aprendiz
de perfumista. Me llamo Dunash Al Qahiri y nací en El Cairo hace sesenta años. De
niño fui aprendiz en el laboratorio del gran sabio Abu Alí ibn Ŷūdī, un
alquimista más preocupado por conocer la naturaleza física del alma que por transformar
los metales o prolongar la vida. A él no le interesaba la Piedra Filosofal, ni encontrar
el Agua de la Vida, sino la relación entre los Elementos de la Naturaleza y los
pensamientos, los recuerdos y los sentimientos humanos. Me enseñó los secretos
de la Alquimia y la Espagiria, la forma de hacer fermentaciones, destilaciones
y extracciones de las esencias de las plantas. Con él pude leer las obras de
los grandes sabios como Los Ciento Doce Libros de Jabir o Libro del Secreto de
la Creación de Belinus, señor del arte de los talismanes.
Convertido ya en su discípulo favorito,
avancé en el estudio de la conexión entre los aromas y los sentimientos, hasta
tal punto que conseguimos descifrar el código secreto que liga determinadas
secuencias de aromas esenciales con la mente. Mediante un proceso laborioso era
posible provocar en una persona los recuerdos que se deseen y fijarlos en su
memoria de forma permanente.
A su muerte heredé su laboratorio
y sus conocimientos y continué con su labor, hasta que la conquista de El Cairo
por el ejército fatimí del general Chauhar sumió a esa bella ciudad en un
ambiente de intolerancia y fanatismo incompatibles con el desarrollo de la Ciencia
y la práctica de mi religión. Por este motivo decidí emigrar a esta bella
ciudad de Córdoba, gobernada sabiamente por los cultos y tolerantes Califas
Omeyas, Dios los guarde por siglos, bajo cuyo amparo florecen las artes y las
ciencias en la mejor ciudad al oeste de Constantinopla. Aquí pude montar este
humilde taller donde me limito a elaborar perfumes sutiles, que le ofreceré con
mucho gusto si ese es su deseo.
Por lo que te he entendido, tus
perfumes no sólo sirven para estimular los sentidos, sino que pueden tener
otros efectos singulares. Por favor, cíñete a mis preguntas sobre el caso que
nos ocupa y dime si recuerdas haber servido esos aromas mágicos al acusado Omar
ibn Zayd.
A regañadientes reconoció punto por punto las declaraciones
del desdichado Omar, lo que mereció el más severo de mis reproches, al haber
jugado con la mente de una persona tan atormentada. Le expliqué la historia completa
de la relación entre Omar y su familia, su incomprensible obsesión con Rafsa, el
enfrentamiento con su padre, y las consecuencias nefastas de sus perfumes sobre
el futuro de Omar. Al escucharla noté que su rostro se ensombrecía por la
preocupación y la culpa:
Oh, señor Cadí, espero que mis
errores merezcan su comprensión y misericordia, pero ahora que conozco el
relato completo debo informarle de unos hechos anteriores que quizás aclaren
esta enrevesada historia y le permitan dictar una sentencia más justa.
Hace unos quince años, al poco de
establecerme en Córdoba, y cuando apenas tenía clientes, llegó a mi tienda un joven
comerciante sevillano con el mismo apellido que Omar. No sé cómo había sabido
de mi llegada desde El Cairo, ni por qué conocía mi capacidad de preparar
esencias capaces de modificar los recuerdos, pero el caso es que vino con la
propuesta de que le ayudase a resolver un problema amoroso grave. Según me
contó, se había enamorado de una bella mujer, viuda de su mejor amigo, fallecido
unos meses antes, y que vivía sumida en una profunda depresión que, de seguir
así, iba a acabar con su vida. Me preguntó si sería posible preparar uno de mis
perfumes, que le permitiese olvidar sus desgracias y volver a una existencia
más agradable. Él se ofrecía a casarse con ella, cuidarla y devolverle la
ilusión por vivir. En un principio desconfié de esta solicitud, pero en aquel
momento necesitaba dinero para establecerme y me quise engañar a mí mismo
pensando que no estaba violentado la voluntad de una persona, sino favoreciendo
la felicidad de dos. Así que acepté y destilé un perfume que borraba sus amores
anteriores y los sustituía por un noviazgo feliz con este comerciante, y con el
convencimiento de casarse con él…
¿Me estás diciendo que ese
comerciante era Abdul, el hermano de Omar? ¿Que Rafsa traicionó a Omar por una de tus demoníacas pociones? ¿Que has sido capaz de arruinar por dos veces
la vida de la misma familia? Tú no eres un sabio, sino un aprendiz de brujo soberbio
e insensato. De momento, te ordeno cerrar este antro de impiedad y abstente de
comentar esta historia con nadie. Te prohíbo salir de la ciudad hasta que tome
una decisión sobre cómo resolver todas las derivaciones de esta desgracia que has
creado.
Y así me encuentro ahora, querida Halima, ante un caso donde
el verdadero culpable hace años que murió y todos los demás son simples
víctimas del destino más cruel. Creo que debo informar a Omar y Rafsa del
origen de sus desgracias y esperar que la misericordia de Dios les permita, al
menos, alcanzar la paz que otorga la resignación. En cuanto al hebreo, pienso condenarle
a, por lo menos, veinte latigazos y encerrarlo en una mazmorra por el resto de
sus días.
Abul, te ruego que lo pienses dos veces antes de tomar esta
decisión tan severa. Quizás tengas una solución mejor delante de los ojos, si
sabes aprovecharla. El perfumista ha obrado mal, es verdad, pero en su mano
está recomponer las cosas quince años después y devolver la felicidad a quienes
nunca debieron perderla. Y puede ser mucho más útil trabajando a tu servicio
que olvidado en las cárceles del Califa.
¿No me irás a proponer un tercer cambio de recuerdos, ¿verdad? El
pasado no puede modificarse y un hombre justo sabe que sólo debe actuar sobre
sus consecuencias a través del arrepentimiento, el perdón y el propósito de
enmienda…la ley es muy clara en eso.
Todo eso es verdad, Abul, pero ¿cómo puede alguien arrepentirse de
un mal que no ha provocado?, ¿cómo perdonar una ofensa que realmente no se ha
producido? ¿Qué propósitos de enmienda pueden plantear dos seres desgraciados
que ya han perdido la esperanza? Y en cuanto a la ley, ¿no es más importante el
resultado de su aplicación que los detalles de su contenido literal?. ¿A quien
perjudicarías si estas dos personas retoman su felicidad tras quince años de
inmerecidas desdichas? Hazme caso, toma al hebreo a tu servicio, te ayudará en
tu carrera en Madinat al-Zahra. Sus muchos pecados serán garantía de su discreción
y fidelidad. Y encárgale los perfumes que permitan generar unos recuerdos que
compensen todas las desgracias que han tenido que soportar estas dos personas…Y recuerda que,
por esta vez, solo necesitaremos dos ampollas de color esmeralda: este amor que ha empezado tan tarde, debe durar para siempre.
Tienes razón, como siempre, querida Halima, es una bendición
para mí contar con tu amistad y tu sensato juicio…Mañana temprano iré a hablar
con el perfumista y le ordenaré los pasos a seguir…
Puedo ofrecerte mi amistad, mis sensatas opiniones y, tal
vez, alguna cosa más…Halima me abraza mientras me susurra al oído unos versos
que no conocía y que empiezan así:
Nada
hay más superficial que una caricia, pero qué profundidades alcanza…
Su mirada me hace saber que la visita al hebreo no se
producirá tan temprano…
Álvaro
(perdón por la extensión)