sábado, 13 de febrero de 2021

25 Años de Paz






25 Años de Paz,

25 Años de Paz,

25 Años de Paz…

Esta mañana la ciudad ha aparecido empapelada con esos carteles que nos recuerdan que vivimos en una nación próspera, feliz y, sobre todo, en Paz. Hay carteles en todas las paredes y tapias donde se pueden fijar carteles. Y en algunas donde no se puede, también. Como en la fachada de la “Carnecería" Juana.

¿Qué le parecen, señora Virginia, estos desaprensivos?, ¿Ha visto como me han dejado la pared? Esta noche los arranco, ¿Qué se habrán creído? Ea, Juani, paciencia, no te metas en líos, espérate unos días a que pase el Primero de Abril y las cosas se tranquilicen. Si los quitas ahora a lo mejor mañana te ponen más.

Y, además, no creo que estés pa sandeces, piensa Virginia, que conoce la historia de su padre, y se imagina la dudosa vida del marido; todo el mundo las conoce. Pero tampoco ha venido a dar consejos, sino a comprar cordero y, además, la pobre mujer también tiene derecho a desahogarse un poco.

La Juani se hizo cargo del negocio al morir su tío Tomás, casado en segundas nupcias con la Angustias, hermana de su difunta madre. El matrimonio se compadeció de la chica, que no había cumplido los 15 cuando apresaron a su padre durante la liberación de Alicante. Desde allí esperaba escaparse a Argel, a Marsella, o a cualquier sitio, y allí lo fusilaron sin contemplaciones en cuanto lo identificaron y recibieron su historial desde Cuenca. Y es que Juan el Sustos tampoco fue precisamente un fraile franciscano. Un muerto de hambre más corto que el rabo de un conejo, borracho y pendenciero. Enviudó a los pocos años de casarse y se encontró con cuatro hijos pequeños que no supo, ni pudo, criar; sólo Juani, la mayor, sobrevivió al hambre y la miseria. Tuvo su momento de gloria, siniestra, al empezar la guerra y alistarse en la partida anarquista del Cestero. Allí contribuyó personalmente a la Revolución con la muerte, por paseo, de tres curas y un fraile, 3 ó 4 señoritos fascistas -eso nunca se aclaró bien- y un maestro de escuela católico. No tuvo juicio en Alicante ni en Cuenca, aunque tampoco le hubiera servido de nada. Nadie lamentó su muerte.

Ser la huérfana de un rojo asesino era un estigma del que Juani no se hubiera librado nunca, pero tuvo la suerte de que su tío Tomás, una persona de orden, libre de toda sospecha y con un negocio próspero en aquellos tiempos de hambre, accediera a los ruegos de su segunda esposa y se hicieran cargo de la niña. Como Juani comprobó después, aquel gesto no fue del todo desinteresado. Tomás era un hombre práctico que no daba puntada sin hilo, y tenía dos planes secretos para ella. Ya se sabe que la caridad bien entendida empieza por uno mismo.

El primer plan estaba dirigido a sus propias necesidades, como marido y como hombre. Juani le ayudó a cuidar de su mujer enferma -murió al año de acabar la guerra- y le permitió, de paso, disfrutar de los favores de una joven, si no guapa ni entusiasta, al menos discreta y resignada. Todo el mundo miró a otro lado y ella también aceptó la situación sin quejarse; al fin y al cabo, el tío Tomás no era peor que su padre, y ella sabía de sobra que la vida con él sería mucho mejor de la que le hubiera esperado en el Auxilio Social o en la calle.

El segundo plan tenía que ver con Blas, el hijo de su primer matrimonio, un chico enclenque y delicado, más interesado por la música que por la macheta, y que, desde pequeño, demostró que prefería el pescado a la carne. Tomás siempre supo que Blas nunca se haría cargo de la carnicería y que le iría muy mal si no tenía a su lado una mujer trabajadora y sumisa que disimulase su condición y diese estabilidad a su vida. 

Así fue como Juani se casó con Blas, ya va para veinte años. Siempre han dormido en alcobas separadas y asumen con naturalidad este casorio postizo en el que los dos han ganado algo o, por lo menos, han evitado perderlo todo. No es exactamente una esposa, que Blas no quiere ni necesita, pero sí ha sabido encargarse del negocio y de la casa. Una buena mujer, inteligente y trabajadora. Y también comprensiva y discreta; cada uno a lo suyo, es lo mejor en estas situaciones tan particulares.

Blas ayuda algo en la tienda, tampoco mucho, la sangre le da asco. Su oficio de verdad es el de músico, toca el clarinete soprano en la Banda Municipal de Música. No es que se pueda vivir de eso, pero él disfruta en los ensayos y en los conciertos en el Parque de San Julián, de abril a octubre, los jueves y sábados por la tarde y los domingos por las mañanas. Sin contar con los desfiles en las procesiones de Semana Santa o en cualquier fiesta importante. Y, claro, los conciertos más serios que se organizan en ocasiones especiales, como el del acto de exaltación patriótica de la semana que viene, para el 25 aniversario de la Victoria.

Los días de concierto, Blas sale de casa con el uniforme de músico con la gorra de plato que, sobre una cabeza tan pequeña, dan a su rostro delgado un aspecto un poco triste, casi ridículo. Sus dientes, largos por la piorrea y amarillos por la nicotina, y el bigotillo a lo Clark Gable tampoco ayudan mucho, la verdad. Sólo se arregla con esmero cuando tiene algún plan secreto, algo difícil y peligroso en una ciudad tan pequeña y chismosa. A veces sube a la Plaza Mayor -se está llenando de pintores y bohemios- y se hace la ilusión de vivir en un sitio más cosmopolita. Cuando no puede más, agarra el coche de línea y se escapa dos o tres días a Madrid, allí puede respirar tranquilo sin que a nadie le importe por qué acera camina.

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Hoy es sábado y Blas tiene plan. Durante los ensayos para el concierto de la Victoria -la Paz, dicen los carteles- ha intimado con Paquito, un empleado del Teatro Cervantes que también entiende. Se encarga de las calderas de la calefacción, del taller para el atrezo, de las tramoyas y de las chapuzas que siempre hay que hacer en un teatro. Su taller tiene una entrada discreta por la parte de atrás, que da un callejón sin casas ni ventanas fisgonas.

Los sábados por la tarde Juani no abre la carnicería. Después de comer ha recogido la tienda y ha preparado todo para recibir mercancía el lunes por la mañana. Ha visto acicalarse a Blas y ya supone que hoy no vendrá a cenar.

Juani, hoy no vendré a cenar, he quedado. Juani no pregunta con quien, los amigos de Blas se llaman siempre “nadie, no lo conoces”.  Yo iré esta tarde a donde Calderón, a recoger una macheta y un cuchillo de filetear nuevos que me han traído de Madrid; a los viejos se les caen las cachas y están ya muy gastados: no se pueden afilar más veces. Luego, a lo mejor, me paso por casa de la prima Engracia. Pues ya nos vemos mañana. Oye Blas,…ten cuidado. ¿Por qué dices eso? No sé… esos carteles de la fachada me han puesto nerviosa.

A eso de las siete, está anocheciendo, Juani entra en la Cuchillería-Vaciador Calderón, justo enfrente del Teatro. Admira la calidad del acero al carbono sueco de sus cuchillos nuevos, la elegancia del diseño y lo equilibrado del peso. Así alivia el disgusto por el precio desorbitado que va a pagar. Son para toda la vida, Juani, merecen la pena, comenta Calderón, orgulloso de poder servir un género tan bueno a quien sabe apreciarlo de verdad. Mientras paga, ve a través del cristal del escaparate -y por la acera de enfrente, piensa- a Blas, que se mete en el callejón que da a la parte de atrás del teatro, hoy cerrado. Al salir de la tienda se da cuenta de que, unos cien metros detrás, por la misma acera, va Joaquín Senovilla. Se queda quieta mirando y el corazón le da un vuelco.

El comisario Senovilla ha entrado también en el callejón. Sin duda está siguiendo a Blas.

Si preguntas en Cuenca, fuera del Casino o de una iglesia, quién es Joaquín Senovilla, todo el mundo te dirá que es un hijo de puta. Siempre debió serlo, pero lleva ejerciendo como tal con esmero e impune vocación desde que lo nombraron comisario, como premio a su trayectoria intachable y consuelo por el asesinato -martirio- de su padre tras el Alzamiento. Ex alférez provisional, ex divisionario, falangista fanático,  tiene obsesión por hostigar a  rojos y desafectos y disfruta aprovechándose de cualquier desgraciado del que pueda abusar. Las historias sobre su perspicacia policial y su habilidad en los interrogatorios, más propias de José Legrá que de Perry Mason, aterrorizan a cualquier delincuente, real o supuesto, que caiga en sus manos. Y hoy parece que le ha tocado a Blas.

Juani sabe que esto no va a acabar bien. Blas habrá quedado con algún amigo sarasa y Senovilla va a desahogarse con ellos. Pero también piensa que su presencia puede mitigar, si no evitar, la paliza que les tiene reservada. Así que se arma de valor y cruza la avenida, ya casi desierta, para entrar al callejón.

Aprieta el paso y cuando llega a la puerta del taller en el semisótano del teatro oye un disparo de pistola. Al entrar se encuentra a Blas de rodillas, gimoteando. Sangra por la nariz y se ha meado encima. Enfrente, Paquito está tirado en una posición ridícula. Un hilillo de sangre sale de un único y pequeño agujero de su frente. De pie, con una pistola en la mano, el comisario Senovilla la mira con una satisfacción absurda y brutal.

Hombre, qué tenemos aquí. Pensaba que había pillado a dos maricas, pero veo que también ha venido la puta roja. Tres por el precio de dos. Oferta del día. ¿Me la vas a chupar  a mí como se la chupabas al padre de este maricón?, le dice mientras enfunda la pistola en el sobaco y se dirige hacia ella, seguro de sí mismo, desabrochándose la correa.

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Juana toca el mango de la macheta nueva dentro del bolso y sabe que, una vez más, no tiene escapatoria. Siente que es otra persona quien empuña la macheta, quien percibe la mirada de sorpresa del comisario y quien oye el chasquido de su cráneo cuando le golpea en medio de la frente, que se abre como una sandía pequeña y calva. Es otra persona la que recibe una ráfaga de sangre caliente en la cara y la que ve el extraño movimiento del cuerpo del comisario. Su mano derecha aún sujeta el extremo del cinturón mientras el resto del cuerpo se derrumba con una coordinación absurda, que pliega tobillos, rodillas y caderas para que el tronco caiga vertical, como una torre sin cimientos, hasta que, un millón de segundos después, se queda tendido de lado en un charco de sesos y de sangre.

Los gritos de Blas la devuelven a la realidad ¿Qué has hecho? ¿Qué has hecho? Nos van a matar ¿Qué has hecho? ¿Qué vamos a hacer? Tenemos que escapar. Ahora mismo. No quiero ir a la cárcel

La Juani se le acerca y le pega la segunda hostia de la tarde. Tiene que tranquilizarlo como sea. Blas, por esto no se va a la cárcel: nos espera un consejo de guerra. No tenemos donde ir y no vamos a ir a ninguna parte. Así que más vale que te calmes y veamos cómo podemos deshacernos del muerto.

Pero Juani, hay dos muertos, cómo los vamos a esconder.

La Juani piensa con calma. Lleva toda su vida pensando con calma: siempre le ha tocado elegir entre lo malo y lo horrible. Efectivamente, es imposible deshacerse de los dos muertos. Y, además, no serviría de nada esconder a Senovilla. Si un comisario desaparece, la policía lo buscará sin descanso. Preguntarán por todas partes, interrogarán a posibles sospechosos. Mira a Blas y se pregunta cuanto aguantaría antes de contarlo todo.

A Senovilla no pueden ocultarlo, es preciso que aparezca. Al que tienen que buscar es a su asesino. Y a ese sí que hay que esconderlo bien para que no lo encuentren nunca. Y  nunca lo encontrarán si buscan a un vivo mientras ella ha hecho desaparecer a un muerto.

Blas, cierra la puerta de la calle y vamos a arreglar esto. Necesito un hacha para disimular el corte limpio que le he dado. Y busca un serón, tenemos que llevarnos al pobre Paquito a la “carnecería”.

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Son las cuatro de la mañana cuando han terminado la macabra tarea. Juani ha destrozado con un hacha del taller la cabeza del comisario, y juntos lo han enterrado bajo el carbón en la carbonera y han limpiado el taller. No lo van a encontrar hasta que huela dentro de, por lo menos, una semana. Y, cuando lo encuentren, solo verán que lo han matado a hachazos y que su asesino les lleva una semana de ventaja.

Al pobre Paquito Juani lo ha cortado en trozos que ha repartido en dos serones y que han llevado entre los dos a la carnicería. Mañana domingo quitará la carne y triturará los huesos. Los irá llevando a las gorrineras que tiene junto al río Moscas y los tirará a la balsa de los purines. Es donde se deshace los restos que no aprovecha en el negocio. La policía buscará a un fugitivo que ya no existe. Desde luego, no lo van a buscar hecho pedacitos en esa balsa llena de mierda.

También tirará allí la pistola del comisario -el fugitivo ha escapado armado, es peligroso- y el casquillo de la bala que mató a Paquito. Y la libreta donde el comisario apuntaba sus pesquisas. Al abrirla lee las notas y maldice y se alegra, al mismo tiempo, por la mala suerte que ha tenido Blas y por la fortuna que les va a librar, para siempre, de cualquier sospecha.

Y es entonces cuando, tranquila y sin lavarse la sangre de la cara ni de las manos, sale a la calle y arranca con las uñas los carteles que le han estado molestando desde que los vio la mañana anterior. Por primera vez en su vida se siente libre y sabe que nunca más volverá a tolerar una humillación. Para ella hoy empiezan de verdad unos nuevos 25 años de paz. Por lo menos.

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Epílogo


OFENSIVA.

DIARIO DE LA MAÑANA DE F.E.T. y de las J.O.N.S.

CUENCA, miércoles 8 de abril de 1964

Ha sido encontrado, en los sótanos del Teatro Cervantes de nuestra ciudad, el cuerpo sin vida del comisario D. Joaquín Senovilla Torralba. Según las investigaciones de la Brigada Criminal, que se ha desplazado desde la Dirección General de Seguridad en Madrid, el comisario Senovilla fue vilmente asesinado hace unos 12 días, cuando su esposa dio parte de su desaparición. Desde entonces había sido buscado activamente por todas las fuerzas del orden de Cuenca

La causa de la muerte fueron las  terribles heridas causadas con un hacha, presuntamente por el agente comunista Francisco López Ramiro, alias Paquito, que se encuentra huido de la justicia en paradero desconocido. Francisco López trabajaba de tramoyista en el Teatro Cervantes, en cuyo taller ha sido encontrada una multicopista y abundante material subversivo. Según apuntan las investigaciones, el Comisario Senovilla estaba vigilando las actividades de una célula comunista que pretendía sabotear los actos de exaltación del 25 aniversario de la Victoria. Las fuerzas del orden ya han desarticulado la célula y todos sus miembros han sido detenidos. La policía espera localizar y detener pronto al cobarde asesino. Se le  busca entre los círculos comunistas de Madrid y Valencia, donde ya se han practicado distintas detenciones.

El comisario Senovilla ha servido fielmente a la Justicia durante más de veinte años, desde su incorporación al Cuerpo General de Policía tras su heroica participación en la División Azul. Su eficacia en la lucha contra el crimen y la subversión le ha hecho merecedor del respeto y admiración de la sociedad conquense, que hoy lamenta esta irreparable pérdida.

Deja esposa desconsolada y tres hijos. Se ha instalado una capilla ardiente en el Gobierno Civil. Las exequias se celebrarán en la Iglesia de El Salvador el próximo sábado a las 5 de la tarde. Descanse en paz.

 

 


Álvaro 

 

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