Jose Eugenio
Jose Eugenio observa a su abuela Carmen como sujeta las patas traseras con una mano y golpea con el canto de la otra la nuca de un conejo nervioso y extenuado que no para de agitarse. Tras el golpe, el animal deja de moverse y su cuerpo se relaja. Jose Eugenio se ve atraído por esa liturgia de los domingos por la mañana antes de la paella. Sus primos no quieren presenciar la escena y se alejan del paellero gritando. Para él es sagrado. Acercarse a la muerte tiene algo de mágico y silencioso. Dejar de ser. Dejar de moverse. Servir de alimento.
Ver como se descarna el conejo es lo mejor. Su tío Pepe secciona la cabeza del animal y lo cuelga del cuarto trasero para que se desangre. Luego realiza unos cortes en las patas y el abdomen, inserta sus dedos y tira fuerte para despellejarlo. La piel se desliza como una chaqueta dejando expuesto el cuerpo desnudo. Su tío es un hábil carnicero, con ayuda del cuchillo atraviesa la caja torácica y extrae los órganos del animal que deposita de forma ordenada sobre la mesa. Vísceras, intestinos, pulmones, el hígado, los riñones, el páncreas, la vejiga y el corazón.
-Primero uno se enseña a sacrificar. A ser
carnicero como los de antes. Los que matan su carne. Ir al matadero por la
mañana, bien temprano, para en la tarde comenzar a trabajar con el animal.
-Y no te olvides nunca, el último toque, la
última caricia, es la del frio de la cámara frigorífica. Le explica.
Jose Eugenio observa los
órganos del animal dispersos sobre la mesa, la separación de las entrañas, un
nuevo orden que acompaña a la muerte.
Con los años, Jose
Eugenio aprende el oficio de carnicero. Su tío Pepe lo trata como a un hijo y acaba
heredando la carnicería. Es una carnicería de pueblo. Tienda, trastienda y
cámaras frigoríficas en planta baja, arriba la vivienda. Se convive con la carne
y el oficio.
Jose Eugenio es un carnicero pulcro, de cuchillos afilados, limpios y ordenados. Por las mañanas atiende el mostrador, tiene una buena clientela que aprecia su género y su buen hacer.
Jose Eugenio solo se permite un pequeño desorden. Algún sábado por la noche acude la sala de conciertos del pueblo. Este sábado hay mucho revuelo, actúa un artista catalán que hace un espectáculo en defensa del movimiento animalista. El pueblo se ha llenado de forasteros y gente rara.
La sala esta oscura y un público de sombras empieza a silbar. Ella se aparece de repente, no es que antes no estuviera, es que estaba apagada. Un interruptor enciende un pestañeo y una ráfaga deslumbra a una muchacha con nariz de liebre que se acerca a Jose Eugenio.
-Hola,
me llamo Marta y soy animalista. ¿Y tú?
-Yo me llamo Jose Eugenio, soy carnicero.
En el escenario alguien baila disfrazado de vaca mientras un cantante toca una guitarra desnudo. Llega la euforia a la sala.
Jose
Eugenio se despierta aturdido, no entiende que ha pasado, no recuerda como han
llegado hasta su cama. Le molesta la imagen de la ropa en el suelo y la
habitación desordenada. Ella duerme a su lado.
Jose Eugenio quiere bajar a
la carnicería, reencontrarse con su orden. Desciende la escalera que conduce a
la trastienda. Allí, la televisión sin volumen sigue encendida y alguien ha
desordenado a los cuatro fantásticos. La mujer invisible está encima de Mr. Fantástico en
posición de cópula mientras La Antorcha Humana y La Cosa presencian la estampa.
Entra en la habitación y se coloca a horcajadas sobre ella, está muy excitada y contempla como Jose Eugenio corta sus bragas con el cuchillo. Le muerde un pezón y aprieta los dientes sin llegar a hacerle daño, ella suspira. Con una mano sujeta su cuello y con la otra le hunde el cuchillo en el pecho justo debajo del esternón, una herida certera. No se detiene hasta que se hace insoportable la calidez de su sangre sobre su piel. Su mirada cauteriza cualquier grieta de compasión.
Arroja al suelo su cuerpo y la arrastra por los pies, sus greñas de fregona dejan un surco repleto de trazos rojos, una caligrafía japonesa. Los japoneses son muy ordenados, piensa.
Tira
aún más de ella para bajar las escaleras y el cráneo golpea en cada escalón. En
la trastienda la sitúa sobre la báscula electrónica y sale una etiqueta
impresa:
Lleva
su cuerpo hasta la cámara frigorífica. Allí anuda sus pies y lo cuelga junta al
resto del género. La mira con una extraña felicidad ausente de euforia. Pega la
etiqueta en su ombligo. Jose Eugenio cae en la cuenta qué hoy es domingo.
Paco Florentino
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