domingo, 14 de febrero de 2021

Jose Eugenio

 Jose Eugenio

Jose Eugenio observa a su abuela Carmen como sujeta las patas traseras con una mano y golpea con el canto de la otra la nuca de un conejo nervioso y extenuado que no para de agitarse. Tras el golpe, el animal deja de moverse y su cuerpo se relaja. Jose Eugenio se ve atraído por esa liturgia de los domingos por la mañana antes de la paella. Sus primos no quieren presenciar la escena y se alejan del paellero gritando. Para él es sagrado. Acercarse a la muerte tiene algo de mágico y silencioso. Dejar de ser. Dejar de moverse. Servir de alimento.

Ver como se descarna el conejo es lo mejor. Su tío Pepe secciona la cabeza del animal y lo cuelga del cuarto trasero para que se desangre. Luego realiza unos cortes en las patas y el abdomen, inserta sus dedos y tira fuerte para despellejarlo. La piel se desliza como una chaqueta dejando expuesto el cuerpo desnudo. Su tío es un hábil carnicero, con ayuda del cuchillo atraviesa la caja torácica y extrae los órganos del animal que deposita de forma ordenada sobre la mesa. Vísceras, intestinos, pulmones, el hígado, los riñones, el páncreas, la vejiga y el corazón.

 Jose Eugenio lleva un pequeño puñal nacarado de juguete colgado del cinturón y juega a ser carnicero como su tío mientras escucha atento sus indicaciones.

 

-Primero uno se enseña a sacrificar. A ser carnicero como los de antes. Los que matan su carne. Ir al matadero por la mañana, bien temprano, para en la tarde comenzar a trabajar con el animal.

-Y no te olvides nunca, el último toque, la última caricia, es la del frio de la cámara frigorífica. Le explica.

 

Jose Eugenio observa los órganos del animal dispersos sobre la mesa, la separación de las entrañas, un nuevo orden que acompaña a la muerte.

 

Con los años, Jose Eugenio aprende el oficio de carnicero. Su tío Pepe lo trata como a un hijo y acaba heredando la carnicería. Es una carnicería de pueblo. Tienda, trastienda y cámaras frigoríficas en planta baja, arriba la vivienda. Se convive con la carne y el oficio.

Jose Eugenio es un carnicero pulcro, de cuchillos afilados, limpios y ordenados. Por las mañanas atiende el mostrador, tiene una buena clientela que aprecia su género y su buen hacer.

 Por la tarde trabaja en la trastienda, convertida en su aislado universo. Ventanas protegidas por tupidas redes impiden que nada intruso se cuele. Le hace compañía una tele sin volumen, una pecera sin vida. Un silencio solo perturbado unas veces por el sonido del cuchillo seccionando músculos y fibras, y otras por la máquina de picar carne. Es ahí donde Jose Eugenio desmenuza sus pensamientos, tritura sus deseos y los embute en tripa de cerdo y recto de buey.

 Jose Eugenio no necesita ir al gimnasio, para mantenerse en forma hace dominadas colgado de unas de las barras de acero inoxidable repleta de ganchos. Desde una estantería le observan una hilera de miniaturas de goma de los cuatro fantásticos.

 Al final de la jornada de trabajo Jose Eugenio observa satisfecho la cámara frigorífica llena de cuerpos ordenados y de género colgado de una manera bella y extraña. Todo está clasificado y etiquetado. Es su forma de entender la muerte.

Jose Eugenio solo se permite un pequeño desorden. Algún sábado por la noche acude la sala de conciertos del pueblo. Este sábado hay mucho revuelo, actúa un artista catalán que hace un espectáculo en defensa del movimiento animalista. El pueblo se ha llenado de forasteros y gente rara.

La sala esta oscura y un público de sombras empieza a silbar. Ella se aparece de repente, no es que antes no estuviera, es que estaba apagada. Un interruptor enciende un pestañeo y una ráfaga deslumbra a una muchacha con nariz de liebre que se acerca a Jose Eugenio.

-Hola, me llamo Marta y soy animalista. ¿Y tú?

-Yo me llamo Jose Eugenio, soy carnicero.

En el escenario alguien baila disfrazado de vaca mientras un cantante toca una guitarra desnudo. Llega la euforia a la sala.

Jose Eugenio se despierta aturdido, no entiende que ha pasado, no recuerda como han llegado hasta su cama. Le molesta la imagen de la ropa en el suelo y la habitación desordenada. Ella duerme a su lado.

Jose Eugenio quiere bajar a la carnicería, reencontrarse con su orden. Desciende la escalera que conduce a la trastienda. Allí, la televisión sin volumen sigue encendida y alguien ha desordenado a los cuatro fantásticos. La mujer invisible está encima de Mr. Fantástico en posición de cópula mientras La Antorcha Humana y La Cosa presencian la estampa.

 Jose Eugenio coge un cuchillo de la estantería y sube las escaleras. Mira sus pies descalzos subiendo los peldaños. Veintiocho escalones. Veintiocho huellas perpendiculares a veintiocho contrahuellas, cincuenta y seis planos. Nunca había reparado en ello.

Entra en la habitación y se coloca a horcajadas sobre ella, está muy excitada y contempla como Jose Eugenio corta sus bragas con el cuchillo. Le muerde un pezón y aprieta los dientes sin llegar a hacerle daño, ella suspira. Con una mano sujeta su cuello y con la otra le hunde el cuchillo en el pecho justo debajo del esternón, una herida certera. No se detiene hasta que se hace insoportable la calidez de su sangre sobre su piel. Su mirada cauteriza cualquier grieta de compasión.

Arroja al suelo su cuerpo y la arrastra por los pies, sus greñas de fregona dejan un surco repleto de trazos rojos, una caligrafía japonesa. Los japoneses son muy ordenados, piensa.

Tira aún más de ella para bajar las escaleras y el cráneo golpea en cada escalón. En la trastienda la sitúa sobre la báscula electrónica y sale una etiqueta impresa:


                                         “56 kg, 11.00 h. 14-02-2016”


Lleva su cuerpo hasta la cámara frigorífica. Allí anuda sus pies y lo cuelga junta al resto del género. La mira con una extraña felicidad ausente de euforia. Pega la etiqueta en su ombligo. Jose Eugenio cae en la cuenta qué hoy es domingo.

Paco Florentino


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Mala hierba

  Mala hierba Todo cambió el día que murió él tío Fidel. Salió de casa sentado en una silla de madera, transportado por mi tía Vicenta y mi ...