lunes, 5 de abril de 2021

Simplemente María


 

SIMPLEMENTE MARÍA

Esta historia está basada en hechos reales. Todos sus personajes existen o existieron y los hechos narrados sucedieron de verdad. No he cambiado nombres ni acontecimientos para proteger a los protagonistas, porque no hay nada de lo que protegerlos salvo, quizás, de la añoranza. Y, para eso, la única protección posible sería no haber empezado a escribir este cuento.

 

1. Introducción

- Me llamo رحمة pero, como lo vas a pronunciar mal y su traducción al español es bastante fea,  prefiero que me llames María. Aquí todo el mundo me llama María.

Con ese desparpajo es como se me presentó María el primer día que la vi, cuando mi hermana Marisol la había contratado como cuidadora de día de mamá, que acaba de sufrir su segundo ictus y, a sus 84 años, era evidente que no volvería a hablar, a levantarse o a comer por sí misma. Tras las inevitables etapas de estupor, pánico y desolación, los cinco hermanos habíamos asumido que las cosas no iban a mejorar y que era preferible organizarse con la cabeza fría. Y para eso se necesitaba ayuda profesional.

María era una mujer de treinta y pico años, guapa, simpática y muy inteligente. Tenía el pelo negro, largo y ensortijado, que se arreglaba en un moño o en una coleta, una piel de un precioso color aceituna y unos ojos inmensos y profundamente negros. Y siempre lucía una sonrisa deslumbrante, con la que se ganaba al interlocutor que tuviera enfrente. Nada de pañuelos ni velo. Vestía completamente a la europea, se pintaba y lucía escotes o faldas relativamente atrevidos, tampoco hay que pasarse, cuando la ocasión lo requería.

Y, si tenías algún prejuicio sobre los musulmanes, ella se encargaba de rebatirlos y, de paso, te explicaba los suyos acerca de los cristianos, que eran todavía peores.

- El problema de los cristianos es que sois muy codiciosos. Os gusta tanto ganar dinero que no pensáis nunca en los demás y, encima, tampoco sois felices. Por eso hay tantos cristianos egoístas y ladrones. Los musulmanes nos ayudamos los unos a los otros, es una obligación dar limosna y ayudar a los que no tienen nada.

- Bueno, no sé si el Rey de Marruecos es especialmente generoso…

Hablar del Rey Mohamed era un tema tabú; bajaba la voz, como si la pudiese oír algún policía secreto escondido tras un sillón del salón, y se salía por la tangente.

- Me refiero a los buenos musulmanes…, -lo piensa mejor, no puede ni imaginar que el Rey-Ulema sea un mal musulmán-, …el Rey es muy rico, pero también hace muchas obras de caridad. Asunto zanjado.

Las relaciones entre cristianos y musulmanas no parecían sencillas. Desde luego, lo peor para una mujer decente era casarse con un cristiano. Un descenso a lo más bajo de la escala social. Te acabas casando con un cristiano si bebes alcohol, fumas y vas a las discotecas, ya que entonces nadie querrá casarse contigo. Las pruebas eran irrefutables:

- Yo tengo una prima que al venir a España se empezó a vestir raro, a beber alcohol, a fumar y a ir a las discotecas. Al final no tuvo más remedio que casarse con un cristiano y su familia ya no le habla.

Sin embargo, para María, casarse con un compatriota tampoco era una opción mucho más atractiva.

- Los moros te tratan muy bien cuando estás de novia, todo son atenciones y zalamerías. Pero cuando te casas, entonces te quedas bajo la autoridad de su madre.... Yo ya no puedo aceptar eso. Gano mi sueldo, tengo mi casa y soy una mujer libre, como las españolas. No pienso aceptar que una mora vieja, que ni siquiera es mi madre, me diga lo que tengo que hacer. Ni un hombre tampoco.

María nació en un barrio de las afueras de Casablanca y, a los 10 años, sus padres la pusieron a trabajar en casa de una familia francesa rica. Allí no le enseñaron a leer ni a escribir, pero sí a hacer todas las tareas domésticas a la europea, incluyendo cocinar como una auténtica profesional. Sus teorías acerca de las dietas y la comida sana también eran objeto de interesantes debates.

- Un hombre guapo tiene que estar un poco gordo. Cuando ves a un hombre flaco todo el mundo piensa que su mujer no sabe cuidarlo bien. Y entonces me traía el desayuno, que incluía lo que yo le había pedido  -un café , un pomelo y una tostada de pan wasa- , más todo lo que ella consideraba razonable para conservar la estética masculina: un festival de tortas de msemen, con miel, mermelada y requesón, un surtido de dulces árabes con varios millones de kilocalorías, zumo de naranja y un té moruno con más azúcar que cinco coca-colas juntas. Tenía que comérmelo todo, bajo la atenta mirada de mi madre muda, que disfrutaba sonriendo al ver como su hijo desayunaba, por fin, como Dios manda.

Las dietas también determinaban la belleza o fealdad de las personas.

- En Marruecos, los ricos son guapos y tienen la piel blanca porque cuando son niños beben mucha leche de vaca. Los moros pobres como yo son feos y tienen la piel muy morena porque de niños sólo les dieron leche de cabra y  té con mucha azúcar, que además estropea los dientes. Su ilusión, era tener la piel blanca y el pelo liso, nunca entendimos por qué, ya que era una mujer realmente guapa. Y con una dentadura perfecta, a pesar del té.

Al principio tuvimos algunas dudas sobre su compatibilidad con mamá. Una musulmana militante  cuidando de una beata preconciliar prometía situaciones singulares. La verdad es que sólo tuvimos una,  cuando se le planteó que tenía que llevar a mamá a misa. La idea no le gustó nada, fue la primera vez que la vi dejar de sonreír. ¿A una iglesia cristiana? ¿con curas? ¿y tengo que entrar? María, mamá va en silla de ruedas, tienes que entrar y quedarte con ella. Y llevarla a comulgar. Yo iré contigo las primeras veces para explicarte cómo funciona. La cosa no estaba nada clara así que le propuse una solución. ¿Por qué no hablas con el imán de tu mezquita y le preguntas? Seguro que no le parece mal. No sé, tú deberías acompañarme para explicárselo. Así que me tuve que ir con ella un viernes, después de la oración de la tarde,  para charlar con su imán, un tipo encantador que pareció divertirse bastante con el dilema interconfesional que le planteábamos  y al que no opuso ningún inconveniente.

El adiestramiento en la liturgia católica daría para otro cuento. Su primera entrada en la iglesia de las Claras - y eso que me abstuve de explicarle que era un convento de clausura y que estaba construida encima de la antigua mezquita del palacio del emir de Murcia- fue apoteósica. Yo nunca me había fijado especialmente en la estética teatral de las iglesias barrocas. Los contrastes de luces, el oro y los trampantojos, los altares como  escenarios y las imágenes con sus ropones espectaculares y las expresiones forzadas, como actores de una ópera histriónica. Un teatro donde se representaba cada día la misma obra de culto al dolor, al sufrimiento y a la muerte. Para mí era normal, lo había visto desde pequeño, pero para ella era algo completamente nuevo. Algo nuevo y horrible.

- No sé cómo llevas a tu madre a un sitio tan feo y tan triste. Las mezquitas son lugares luminosos y alegres, donde va  gente normal,  de fiesta, a rezar y a cultivar las relaciones sociales. Aquí sólo vienen viejos y enfermos.

La liturgia y el tono cansino y poco convincente de los curas le gustaba todavía menos.

- Y los curas son muy raros. No me creo que no te parezcan raros. ¿Por qué hablan con esa voz?, si no parecen hombres. Rezan de carrerilla, como si estuvieran pensando en otra cosa. Y dicen cosas muy extrañas, eso de comerse la carne de Dios y beberse su sangre, nunca me imaginé que los cristianos hiciérais cosas tan macabras ahí dentro.

Para María una iglesia nunca dejó de ser una especie de cueva impía y siniestra, donde viejos moribundos celebraban ritos de anticipación a su propia muerte. Sin embargo, se acostumbró a llevar a mamá a misa y a charlar con sus amigas del rosario, con las que mantenía unas conversaciones realmente curiosas, que me hicieron entender, por primera vez, el significado del término multicultural.

Por lo demás, la relación con mamá era excelente. De hecho, estaban perfectamente compenetradas. Mamá no podía hablar, pero María parecía que le adivinase el pensamiento, porque siempre asentía complacida a las sugerencias que le planteaba. Poco a poco, incluso llegó a interpretar lo que mamá hubiera dicho, de haber podido hacerlo. No sé explicar cómo, pero a veces te expresaba deseos o cosas como si pudiese poner voz a las ideas que aquella anciana inválida le transmitía con alguna forma de telepatía.

Otro cambio que se produjo de forma gradual fue que su casa dejó de ser la de una enferma y volvió a llenarse de gente. Yernos, hijas, nietos y sus parejas empezaron a aumentar las visitas, ahora fuera de las obligaciones y de los turnos. La casa de mamá, la de todos, volvió a ser el lugar acogedor donde siempre eras bien recibido; la anfitriona de tantos años no te decía nada directamente, pero parecía como si pudiese hacerlo a través de la sonrisa y el acento extranjero de María.

2. Nudo.

 Pude conocer mejor a María cuando llegó agosto y surgió un imprevisto con una de mis hermanas. Como Adela, mi mujer, tampoco tenía vacaciones en esas semanas y mis hijas ya volaban por ahí, acepté asumir un turno doble, con la única condición de que arreglasen las vacaciones de las cuidadoras para que a mí me tocase hacer el turno con María. Antes de ir a Murcia, me llamó para pedirme un favor:

- “Alváro”(siempre con acento en la segunda “a”, su dicción francesa-marroquina no se llevaba bien con las esdrújulas), estoy aprendiendo a leer y a escribir en español ¿me puedes traer libros de cuando tus hijas eran pequeñas? Así puedo leer cosas sencillas y practicar.

Así que me fui a Murcia con mi portátil y una colección de cuentos infantiles del Doctor Guau, Las Tres Mellizas y las obras completas de Teo, más todos los cuadernos Rubio con ejercicios de lectoescritura que pude localizar en la librería del barrio.

Tengo que reconocer que no fue un verano aburrido, sino todo lo contrario:  unas semanas interesantes donde aprendí muchas cosas, que no puedo contar aquí porque sería muy largo. Ese año el Ramadán cayó en agosto así que, nada más llegar a Murcia, María me informó de cómo se iba a desarrollar la intendencia durante mi estancia. Ella no podía comer, ¡ni beber!, nada durante todo el día, hasta cierta hora de la tarde, cuando era avisada a través de una app de que se levantaba tan extraña norma. Yo no tenía que preocuparme porque comería y haría mi vida normal. No consintió ninguna protesta al respecto:

- Tú lo ves muy difícil porque eres cristiano y no estás acostumbrado a renunciar a nada, pero para un musulmán es algo que se hace con alegría. Además, no pienses que cocino solo para ti; a la caída del sol comeremos una buena comida, esa es la que preparo y, de paso, tu comida de medio día y las papillas de tu madre.

Y así transcurrieron casi todos los días de esas dos semanas. Por las mañanas ella realizaba sus tareas, que acababan pronto. Luego, los dos nos poníamos a trabajar en el comedor, yo escribiendo algún artículo que engordase mi currículo académico y ella haciendo caligrafías Rubio y leyendo en voz alta la apasionante vida de Teo. En medio, atendíamos a mamá. Luego se encerraba en la cocina para preparar mi comida y la cena especial de cada noche. Yo comía solo y, a media tarde, ella se iba un rato a su casa o con sus amistades y yo llevaba a mamá a misa. A la vuelta empezaba la mejor parte del día, la que compensaba su sacrificio de cada día de Ramadán.

A la hora señalada, preparaba una mesa espectacular, donde desplegaba un enorme surtido de platos, colores, olores y sabores. Entonces los tres, dos comensales y una oyente, asistíamos a una cena propia de las Mil y Una Noches. Y después, con mamá ya acostada, preparaba un té y me iba contando su visión de la vida, del futuro y todas las incertidumbres que le iba planteando una vida tan azarosa como la suya.

- Mi problema es que estoy en medio de dos mundos y soy una extraña en los dos.  En España siempre seré una mora sospechosa. Y tampoco puedo volver a Marruecos porque allí soy una solterona medio cristiana. Además, ya no soportaría las condiciones de vida, la pobreza, ni cómo tratan a las mujeres. Ya me he acostumbrado a hacer lo que quiero y eso allí no lo pueden entender. Y menos ahora que la gente parece que se haya vuelto loca. La última vez que estuve, una sobrina se atrevió a llamarme la atención por no llevar pañuelo. Nunca he llevado pañuelo, ni mi madre, ni mi abuela. ¿De dónde han salido estos imanes tan extraños que quieren recuperar costumbres que nunca habíamos tenido? Son intransigentes y estúpidos, si parecen curas cristianos…

Su futuro sentimental también era algo que empezaba a preocuparle ahora que se acercaba a la mitad de los treinta. Como a mí no me veía como un hombre - era viejo y casado y, encima, cristiano,  aunque puede que algo respetable-, podía hablarme del tema sin peligro de malentendidos.

- Y tampoco puedo echarme novio ni casarme. No creo que soporte a un moro de los que hay por aquí. Querrá que deje de trabajar y que me quede en casa y, a la mínima, que me vuelva a Marruecos a casa de su madre…

- Si no fueses tan cerrada con los cristianos… seguro que hay muchos hombres que saldrían contigo si pudieran, y buena suerte que tendrían.

Su mirada y su sonrisa toman un cariz casi cínico cuando me contesta de forma cortés pero amarga.

- “Alváro” , yo también conozco a muchos señores maduritos que tendrían la ilusión de vivir un cuento oriental con una morita guapa, para que luego los cuidase  al hacerse viejos del todo…. A mí me gustan los hombres de mi edad, y esos no se fijan en moras analfabetas, ni creo que me respetasen como musulmana. Lo que quiero es encontrar un hombre joven con el que formar mi propia familia, no ser la criada-esposa de un cristiano mayor…Y no voy a ser la esclava de ningún hombre, ni moro ni cristiano.

Tocado y hundido. No conozco la salida de esta encrucijada así que es mejor no decir nada más…

3. Desenlace

La vida en casa de mamá fue transcurriendo tranquila bajo la organización de María durante dos años más, hasta que este cuento acabó como  terminan siempre estas historias. Mamá fue empeorando poco a poco, tuvo un tercer ictus que la dejó muy mal y, un día de febrero, precisamente el de mi santo, se murió. Fue una muerte esperada y tranquila que no originó amargura, sino más bien sosiego. Mamá tuvo una vida larga y feliz; incluso los últimos tres años de enfermedad estuvo bien acompañada por personas que la querían.

María encontró inmediatamente otro trabajo, había cola de pretendientes para fichar a una empleada tan singular. Desde entonces está cuidando a la madre de uno de mis cuñados, que fue el más rápido, y el más generoso, en preparar una oferta laboral.

Nunca hemos perdido la relación con María. Cada vez que vamos a Murcia acaba organizando una reunión en casa de alguna de mis hermanas, que aprovechamos para hartarnos de comida marroquí y también de añoranza y de melancolía. La última vez que comimos juntos fue durante las navidades anteriores al encierro Covid. Estaba en casa de Marisol y María apareció especialmente guapa, radiante.

- “Alváro”, ya te habrá contado Marisol que me he casado -me lo había dicho, sí- pero aún no conoces a mi marido…A ver qué te parece.

Me enseña una foto en el móvil: un  marroquí guapo y muy joven,  no aparenta más de veinticinco. María me mira con su sonrisa traviesa, a ver cómo salgo de ésta. No pienso dejarme pillar.

- No sé… es guapo, pero lo veo un poco delgado: me parece que no cuidas bien a tu marido…

Sus carcajadas rompen la pequeña tensión de la sorpresa por el contraste de edades: María sigue esplendorosa, pero ya ha cumplido los cuarenta.

- Estáis pensando que es muy joven para mí. Y es que es muy joven para mí, sólo tiene veinticinco años; precisamente por eso lo he elegido para casarme con él. Se llama Alí y es albañil

Nuestra cara de asombro, difícil de disimular, necesita una explicación que no tarda en darnos.

- Es la solución perfecta a mi situación personal. Yo no voy a tolerar las tonterías de un moro de mi edad, pero con un chico joven es diferente, no tienen esas costumbres tan rancias …. Vivimos en mi casa, yo mantengo mi trabajo y mi independencia, cada uno gana su dinero, nos respetamos y nos dejamos nuestro espacio… Él me cuida, y yo lo cuido a él…- me mira con malicia-  aunque prefiero que no esté gordo, me gusta más así, en eso tengo que reconocer que estaba equivocada ¿Qué piensas “Alváro”? Creo que es un buen trato, ¿verdad?.

Su cara de satisfacción indica que el trato es realmente bueno: sí que se cuidan y, por su mirada, parece que bastante bien. Y yo solo puedo pensar una cosa.

- Pues pienso que Alí es  afortunado. Y, si es listo y sabe retenerte a su lado, llevará la vida más feliz que puede esperar un hombre.

Y esa fue la última vez que pude ir a Murcia y la última que he visto a María, que de verdad se llama رحمة,un nombre que se pronuncia parecido a Rrraajjmahan, y que quiere decir algo así como Misericordia. Estarás de acuerdo conmigo en que ese  nombre no le pega nada. Yo prefiero quedarme con María o, todavía mejor, con  مرح (Marah), Alegría, o con سعادة (Saeada), Felicidad.


Álvaro

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