Viernes 11 de marzo de 2022
Hace ya dos días que estamos aquí enterradas. Enterradas bajo el azul del cielo y el blanco de la nieve espesa, y, sin embargo, en la más absoluta oscuridad. Por el ruido y el temblor que notamos antes del desprendimiento, debió de ser el viejo volcán dormido, que ha retomado su actividad. Por un momento se escuchó un golpe fuerte. El ruido del alud desplomándose sobre el tejado y después nada más. Un silencio sin eco, esponjoso y frío.
No sabemos si es de día o de noche más que por una rajita de luz que entra por el ventanuco del cuarto de baño. Y por la hora que marca el reloj del móvil, que aparte de usarlo como linterna, de poco más nos sirve ahora mismo, ya que ni tenemos cobertura ni internet, y la batería tampoco creo que sobreviva más allá de unos días.
Hace un frío inhumano. Es como vivir en un congelador. Menos mal que tenemos suficientes mantas, eso sí. La mayor parte del tiempo la pasamos juntas en la cama para darnos calor la una a la otra, como cachorras extraviadas. Dormimos mucho, pero solo a intervalos cortos. Cualquier ruido, cualquier crujido nos saca del sueño con una sacudida de esperanza o de pánico. El techo no parece demasiado fuerte. Cuando enfoco con el móvil se ve una raja. Pero no sabemos decir si ya estaba antes.
Por suerte la cocina aún está en pie y algo de comida nos queda. Agua tenemos poca. Pero podemos meter la nieve en un cuenco bajo la manta para que se derrita. No es agradable, pero tampoco disponemos de nada para calentarla, porque los fogones y todos los electrodomésticos son eléctricos.
Hoy he vuelto a dar una vuelta por la casa para cerciorarme de que, efectivamente, no hay ninguna salida al exterior. Lo que era el dormitorio de mi madre ha quedado totalmente hundido por los escombros. Y el salón está invadido por la nieve. Tratamos de pasar el tiempo siempre en mi habitación, con la puerta cerrada para que se mantenga el poco calor que producen nuestros cuerpos.
Sábado 12 de marzo de 2022
Hemos descubierto que no estamos solas del todo. Parece que también tenemos un vecino. Esta noche, mientras tratábamos de dormir, hemos oído un pitido fino y agudo, como de pato de goma. Por la mañana he averiguado su procedencia. Hay un ratón de campo dando vueltas por la cocina. Casi me he alegrado de verle. Ha tenido que entrar por algún sitio. Igual no estamos tan aisladas como pensamos.
De pequeña tenía un diario. Escribía durante unos días las tontadas que había hecho y luego me cansaba y el diario se volvía a llenar de polvo en un estante o acababa arrancando las hojas para hacer dibujos. Sin embargo, ahora siento la necesidad casi vital de escribir. Es lo único que me saca de aquí, que me distrae y que la da un sentido, una trascendencia a lo que nos está pasando.
Escribo encaramada a la cisterna del váter, aprovechando esa débil fuente de luz natural que tenemos. Nuestro único nexo con el mundo exterior. Mis dedos están duros y tiesos y me cuesta horrores entender la letra que me sale. No se si conseguiré leer esto algún día, si es que logramos salir con vida. Confío en que nos encuentren pronto.
Aunque lo que nos espera afuera tampoco sea ya lo que se dice un paraíso. Tiene gracia que viniéramos a pasar unos días a esta remota estación de esquí con la intención de ventilarnos un poco, después de casi tres meses confinadas en casa por la pandemia. La dichosa pandemia, que dura ya demasiado y sigue extendiendo sus tentáculos y cambiando de color como un pulpo gigantesco. Esto solo es una pequeña pesadilla dentro de otra pesadilla más grande.
He encontrado una ensaladera de acero grande en la cocina y voy a tratar de cavar un agujero en el salón, o más bien, en lo que antes era la terraza. Así no corro tanto riesgo de toparme con escombros. Es un trabajo propio de Sísifo, pero mejor es esto que esperar cruzada de brazos a que nos rescaten. Seguro que estarán hablando de nosotras en el telediario. Qué ironía, quién le iba a decir a mi madre, que se pasa la vida viendo noticieros, que a su edad se iba a convertir en una de sus protagonistas.
Últimamente nos ha dado por cantar villancicos antes de dormir para espantar los males. Jamás habíamos cantado algo juntas mi madre y yo. Nos cogemos de la mano en la oscuridad y cantamos como dos colegialas los estribillos más tontos, que son los que más se quedan.
Domingo 13 de marzo de 2022
Aquí estamos un día más, en este útero oscuro y frío, compartiendo el mismo aire viciado. A pesar del frío, el cuarto de baño emana un hedor pestilente. Como el agua no funciona y el váter ya está lleno, estamos usando la bañera para hacer nuestras necesidades. Cuando acabamos, echamos un poco de nieve por encima. Sale humo al mear sobre la nieve, que, poco a poco, se convierte en una pasta marrón. Escribir se ha convertido en todo un reto.
Hoy hemos decidido que ya no vamos a cantar más y que hablaremos solo lo imprescindible para no agotar el oxígeno que nos queda. Esta noche ha sido rara. Se oían crujidos en el techo y no sabíamos si se nos iba a caer encima por el peso de la nieve o era un oso que quería atacarnos o un equipo de rescate. Mi madre ha gritado un par de veces, pero luego se ha quedado sin voz. Esta mañana le dolía la garganta.
A pesar de la falta de luz, tratamos de seguir una rutina parecida a la que llevábamos en casa, de desayuno, comida y cena. Aunque las tres comidas diarias se componen siempre de lo mismo: un trozo de pan seco, copos de avena sin leche o un puñado de nueces. Creo que es importante agarrarnos a esta estructura, tener una referencia para no perder completamente el rumbo en ese agujero negro. Lo que daría ahora por tener una de esas lucecitas que metía de pequeña en el enchufe por las noches para ahuyentar el miedo. En casa de mi abuela, subía la persiana unos centímetros para que luego aparecieran unos puntitos de luz entre las lamas, cuando el ojo se acostumbraba a la penumbra. Era un miedo extraño, difuso. No era el miedo al monstruo en el armario o al de debajo de la cama. Era más bien un miedo a mi misma. Miedo a las cosas que podrían desfilar en mi cabeza y proyectarse sobre ese amenazante espacio infinito. Tenía miedo de abrir los ojos y ver que todo estaba completamente negro. Que lo de dentro de mí no se diferenciaba de lo de afuera. Como si estuviera encerrada en una caja, encerrada dentro de mi misma y moviera a donde moviera las pupilas, no hubiera ningún punto de anclaje. Los ojos vagaban locos, igual hasta se cruzaban, bizqueando en el caos de la oscuridad.
He seguido cavando en el agujero del salón. Estoy usando las manoplas del horno para que no se me congelen las manos. Al principio también utilicé la luz del móvil para ver donde hacía el agujero, pero no nos podemos permitir desperdiciar toda la batería con esto. Así que, ahora que ya tengo una especie de guía, cavo a oscuras. Es raro cavar a oscuras. Me visitan pensamientos inhóspitos.
A veces creo que mi madre tiene algo de bruja. Como si este accidente lo hubiera organizado ella para que pudiera entender lo fue su vida cuando yo era una niña. Como si las palabras, que nunca han sido su fuerte, no le alcanzasen para describirlo y hubiera elegido una forma más gráfica de mostrármelo y ofrecerme una explicación o una especie de disculpa por su comportamiento. Debió de ser algo parecido a esto lo que sintió ella cuando, después de darme a luz, tuvo su primera depresión. Una avalancha que te arrastra y te sepulta en vida bajo la oscuridad más absoluta. Cuando yo nací, las hormonas se le desbarataron. Ya no era capaz de producir serotonina. Quizás esa fuera la causa por la que siempre me sentí culpable, o, más bien, responsable de su bienestar. Yo le traje la oscuridad, pero también la luz.
Y ahora, aquí estoy, cavando en este pozo para ver si soy capaz de volver a llevarla hasta la superficie.
Martes 15 de marzo de 2022
Ayer no tuve fuerzas para escribir. Mi madre se ha puesto enferma. Esta noche la ha pasado delirando. Su frente estaba ardiendo. Decía frases inconexas. Y repetía la palabra “busca, busca”. Yo tampoco he pegado ojo. Toda la noche se escuchaba un ruido continuo como de cuchillas, que no podía identificar y una leve vibración. ¿Y si cae una segunda avalancha y nos hunde todavía más en este agujero?
Cuidar de mi madre es algo que llevo haciendo toda la vida. Cuando era pequeña por sus depresiones, de mayor, por sus achaques. Siempre he estado a su lado. Ella, en cambio, no se ha preocupado demasiado de si yo era feliz o no. En general, le ha preocupado poco mi vida. Probablemente porque estaba demasiado liada buscando la salida de su propio laberinto. Pero quizás eso sea más sano. Ocuparse de uno mismo y ya. Debería aprender de ella. Lo único que me reprocha a veces es no haberle dado nietos. Me hubiera gustado contestarle: no he he necesitado hijos, porque ya te tenía a ti.
Esta mañana al cavar he topado con algo duro. Eran troncos de pinos caídos. No sé si tiene sentido seguir.
No entiendo por qué aún no han venido a rescatarnos. ¿Por qué tardan tanto? ¿O es que ya vinieron y nos encontraron muertas? Igual ya solo somos un par de tristes lombrices que, sin saberlo, se alimentan de los restos de su propia carne fría.
Miércoles 16 de marzo de 2022
He vuelto a escuchar el ruido nocturno. No he podido pegar ojo. Ha sido una noche dura. Mi madre gritaba en sueños y no paraba de temblar. Tenía una fiebre altísima. Se la he tratado de bajar con paños fríos sobre la frente. Por un rato ha recuperado la conciencia. Se ha incorporado en la cama y me ha llamado varias veces como si yo estuviera en otro sitio, a pesar de que estaba justo a su lado. Cuando le he preguntado qué quería, me ha contestado muy seria: “Dile a toda esta gente que hay ahí de pie que dejen ya de mirarme y que se larguen ahora mismo.”
Me ha acojonado tanto, que he usado la última rayita de batería que me quedaba en el móvil para iluminar la habitación, pero no había nadie. Debe de ser la fiebre. O igual no. Dicen que la gente que está próxima a la muerte tiene ese tipo de alucinaciones.
He decidido que voy a dejar de cavar. No tiene sentido y ya no me siento con energía.
Me he puesto de rodillas y he rezado con fuerza a un dios, en el que había dejado de creer hace mucho tiempo.
Jueves 17 de marzo de 2022
Ahora ya sé lo que era el ruido. Hoy he descubierto una pequeña luz en el cuarto de mi madre. Una luz al final de un largo y alambicado túnel por el que solo he asomado la cabeza. Ella dice que también la ha visto, pero no sé si se refería a la misma luz que yo veo, porque no se puede levantar de la cama. Es curioso, ahora que no nos vemos ni hablamos ya casi, es cuando más cerca de mí la siento. Me parece que la vista y el oído —o más bien la palabra— están sobrevalorados. A veces este calor, este roce de un cuerpo con el otro, lo es todo.
He oído voces. Ya está claro. Por fin, nos han descubierto. Vienen a por nosotras.
No sé ya si alegrarme. No sé lo que me espera ahí afuera. Dicen que cuando has estado en la oscuridad mucho tiempo y luego sales a la luz, los colores se ven mucho más brillantes. Pero yo creo que me van a doler los ojos. Me asusta tanta luz. Siento que no va a salir la misma persona que entró hace una semana. Me parece que hemos estado un año aquí encerradas.
Espero que ella aguante hasta que lleguen. Se lo he dicho para animarla. El fin está cerca. Ahora solo tenemos que esperar. La primavera está a la vuelta de la esquina.
Ella me ha sonreído. No sé si lo ha entendido, pero me ha agarrado el brazo, me ha clavado las uñas, y se ha incorporado unos centímetros, tirando de mi carne, haciendo un gran esfuerzo. Se ha acercado mucho a mi cara, porque notaba el aire cálido y fétido de su aliento. Exhalaba ruidos incomprensibles, de bebé. Luego, como si en una epifanía hubiera conseguido leer mis pensamientos, ha dicho una palabra en un hilo de voz delirante, pero clara, una sola palabra que resume a la perfección toda nuestra historia y que me ha hecho llorar de alegría. Por primera vez me ha llamado “mamá”.

No hay comentarios:
Publicar un comentario