domingo, 31 de enero de 2021

TITULAR DEL DÍA.

 

Regreso al futuro. Las redes sociales vuelven a España para quedarse.

La aprobación de la Ley Orgánica 3/2024 devuelve a los españoles la libertad de uso de Instagram, Facebook y Twitter.


Tras trece meses de controversia, hoy se hace realidad lo que los expertos han descrito como el fenómeno Pegamento Invisible,  que tiene que ver con la ansiedad provocada por el deseo de uso de nuestros dispositivos, que en esta primera jornada tras la derogación de la prohibición de uso de las redes se convierte en protagonista. 

A primera hora de la mañana ya eran varias las imágenes relacionadas con la aprobación de uso de las redes sociales que se habían convertido en tendencia. Importantes despliegues policiales han tenido lugar en diferentes puntos estratégicos de cada ciudad ante la  oleada de personas que, tal como se esperaba, han acudido a hacerse fotos para subirlas a sus redes. También el tráfico será concienzudamente controlado durante las próximas jornadas con el fin de evitar que el uso de los teléfonos móviles pueda causar una mayor peligrosidad, tanto para vehículos como para peatones. 

Aunque otras formas de interacción social tecnológica han permanecido vigentes a lo largo de este periodo de prohibición, las consecuencias de lo que terminó llamándose  "el confinamiento de las tres redes" han sido para España notorias e incluso trágicas.

El confinamiento de las tres redes fue una medida drástica que se tomó con motivo de la superación de la crisis pandémica del covid 19 a finales del año 2022, y que tuvo como objetivo alcanzar un estado de bienestar en la nación, el cual se veía imposibilitado por la constante filtración de imágenes relacionadas con las irregularidades cometidas en distintas instituciones durante la pandemia.

Aunque en principio el gobierno negoció con Facebook e Instagram la cancelación de los perfiles que fueran susceptibles de causar daños irreparables, este acuerdo no tardó en quebrarse, al entender muchos de los implicados que lo que se estaba llevando a cabo era una suerte de censura. La precipitación de la polémica llevó al gobierno a una prohibición de uso aprobada en un primer momento por Decreto Ley y a una de las mayores divisiones de opinión de la historia del continente, que ha contado dentro de la Unión Europea con tantos defensores como detractores y que en España,  se ha visto agravada por numerosos disturbios y por un atentado que se cobró la vida del periodista Pedro Torres - defensor acérrimo de la derogación de la ley de prohibición- el pasado 12 de noviembre.

Todo comenzó cuando un grupo de sanitarios decidió publicar una serie de fotos acompañadas de una carta a los medios, en la que instaban a sus colegas de gremio a ayudarles a arrojar luz sobre lo acontecido durante la pandemia en los hospitales. Los trabajadores del sector de la salud,  se embarcaron así en una cruzada que introdujo en los teléfonos móviles de cualquiera con acceso a redes sociales, imágenes extremadamente duras y relatos escalofriantes, cuya veracidad muchos pusieron en duda.

Finalmente, ha sido la Plataforma Conocer el Pasado para Cambiar el Futuro, liderada por Laura Rueda, la que ha conseguido procesar a los artífices de la prohibición, quienes tras un juicio tan mediático como accidentado, han terminado admitiendo que su intención sí fue la de ocultar la verdad a los españoles, pero solamente para evitarles mayores perjuicios y facilitar así la recuperación de la sociedad, extremadamente dañada tras la pandemia. "Actuamos en beneficio de otra verdad indiscutible, la de que nuestro país necesita un respiro para poder curarse las heridas. En ningún momento quisimos esconder las irregularidades, solamente consideramos que no eran ni las formas, ni el momento" -ha afirmado Javier Villar ante los medios-. La oposición, sin embargo, considera que el gobierno ideó una "huida hacia delante" en detrimento de la libertad de los ciudadanos españoles y con el afán de esquivar responsabilidades.

En cualquier caso, la balanza de la opinión pública,  que partió de un moderado equilibrio, fue inclinándose a lo largo de este último año hacia la libertad de uso de las redes de forma radical. Mayor contacto con amistades y parientes lejanos, libertad informativa o derecho al libre desarrollo de los negocios que pueden beneficiarse de su uso, han sido algunos de los argumentos que más hemos escuchado poner de manifiesto de boca de nuestros ciudadanos en los últimos tiempos.

Así, hoy volvemos a ser libres para publicar, compartir, comentar y averiguar a través de nuestros perfiles de Instagram, Facebook y Twitter.

Desde este periódico celebramos la noticia pero también hacemos una llamada a un uso responsable y empático de cualquiera de los medios de comunicación entre personas puestos a nuestro alcance. 

Artículo publicado en Instagram @prensadehoy y en Facebook.


EL PADRE LUIS

 

 

Estaba husmeando en Facebook.  Es cómo abrir un cajón ajeno  y rebuscar entre los objetos la clave de algo inconfesable; lo hago de noche,  cuando mi mujer ya se ha dormido. Hace unos días  elegí como objetivo a un compañero de pupitre de la época de los Maristas: Alfonso Jiménez, un gran vendedor de chuletas enrollables. Tecleé sus datos en el buscador y apareció su foto de perfil. Cincuenta y dos años, mi edad, aparecía como un tipo de pelo negro  ya salpicado de blanco que  ocupaba  el centro de una narración fotográfica;  sugería el ideal de felicidad lineal: dos adolescentes medio guapos, una mujer pasable y al fondo un adosado de esos que se esparcen por las afueras de todas las grandes ciudades.

 

    Escribí en su muro un escueto mensaje que obtuvo una contestación inmediata,  – te llamo –; No había salido aun del dormitorio cuando sonó el móvil. – Telepatía– es lo primero que escuché. Buscaba a los estudiantes de la promoción del  setenta y dos  para organizar la conmemoración de los 25 años como antiguos alumnos;   yo, mientras recitaba  la lista de los asistentes que ya habían confirmado  que acudirían a la cena,  buscaba la escusa que le daría cuando finalizara. 

 

      –También vendrá el Padre Luís, ¿ te acuerdas?.

     – Sí, sí, por supuesto que iré, será un gustazo encontrarme con todos, – le digo–.

 

    En los Maristas yo fui un chico becado, mejor dicho, fui el chico becado, con ropa de becado, cara de becado;  ese tipo de chaval feúcho,  estudioso y bueno por pura necesidad. 

 

    El Padre Luís, en calidad de tutor espiritual, liberaba cada día a uno  de los compañeros del estudio de las doce. El afortunado,  que había sido nombrado para el largo paseo por el jardín,  cerraba de golpe el libro y salía del aula como si fuera el gran premiado del día. Yo fantaseaba con esa intimidad que intuía morbosa y  a la que nunca fui invitado. 

 

    Soy de esas personas a las que el paso del tiempo mejora. Quizá porque la evolución de los rasgos juega a su favor, o quizá por la belleza que regala el ascenso de clase social; pero aún así sigo teniendo complejo de pobre, de becado de la vida, de un infiltrado que camina con la espalda tocando el suelo,  esforzándose en no ser visto.

 

    El día del encuentro me vestí con el esmero de alguien que quiere seducir a una mujer que supera  sus posibilidades. El mejor traje, la mejor camisa, la corbata de diseño, la colonia carísima guardada para las ocasiones.

 

    En la larga mesa reservada, el Padre Luis ocupaba la cabecera; fui directamente a saludarlo. Me di cuenta de que no me reconocía. Nunca  había existido para él. Desde mi lugar en la mesa, aunque bastante alejado,  podía observarlo sin llamar la atención. Los antiguos compañeros hablaban y reían entre ellos, parecían encantados y divertidos del rencuentro, pero ninguno le daba conversación , ninguno le prestaba atención a ese hombre mayor arrugado, venido a nada, que comía en silencio con lascivia y mirada bobalicona proyectada al vacío.

 

 

   Fui consciente que el Padre  había sido invitado como mascota de la clase, como un banderín que se cuelga para simbolizar una época, un puro adorno simbólico. Eso era para la promoción del setenta y dos de los alumnos Maristas.

 

    En ese momento me quite la chaqueta y  la corbata, me arremangue las mangas de la camisa y tintineé con la cucharilla la copa de vino, para atraer hacia mi la atención de todos.

Caribbean's weddings


Al principio todo era oscuridad. Tan sólo un leve parpadeo de un guión sobre una pantalla negra. Con un ligero click todo empezó a tomar sentido. Decenas de caracteres en un idioma incognoscible se fueron adueñando de la pantalla. Al fin, un gran logo en forma de W iluminó de azul la habitación. 


Jacinto se acomodó en una silla que más bien se asemejaba al asiento de un piloto de fórmula uno. Hoy era un gran día. Mejor dicho, hoy era el gran día. 


Encendió la pequeña cámara adosada a la pantalla y dirigió el puntero del ratón a la ventana de Chrome: su ventana al mundo; comprobó el router:  las tres lucecitas verdes estaban encendidas. Le entró hambre y pidió en Glovo un desayuno continental. Tardarían unos veinte minutos en servírselo así que le daba tiempo a darse una ducha, la primera en ese mes.


Heliana estaba tomando el sol en la terraza con su bikini años treinta. Desde ahí veía gente pasear por el malecón y enormes coches multicolores que de vez en cuando pasaban tosiendo bajo su terraza. El ruido en la calle era casi música: voces, radios encendidas y el pitido de algún claxon conformaban una nana que invitaba a sestear. 


Heliana cerró los ojos vencida por el ligero sopor de la tarde, una tarde húmeda y salada. Margarita, su abuela, la observaba desde la remendada mecedora. Ella también tuvo ese cuerpo, pero hace muchos años ya de eso. Ahora era una vieja centenaria, que no paraba quieta, una marioneta hecha de huesos, como decía su nieta. Margarita había cuidado siempre de Heliana desde que su madre la abandonó por un gringo que vino a la isla; un comunista ilusionado con Castro, que nada más sentir en su trasero las primeras restricciones, regresó a su país junto a su estrenada mujer para seguir disfrutando del odiado capitalismo. A Heli la dejaron al cuidado de Margarita, con la promesa de “regresarla” una vez asentados. De eso hacía ya veinticinco años, pero Margarita era un junco fuerte sobre el que resbalaban las tormentas; la vida para ella era una caricia, una silla en un portal, un baile en la calle con la camisa pegada de sudor o lluvia, un chupito de ron o un puro habano. "Hay que dejalse lleval, mi niña; la vida es como en viento, sopla y sopla y nosotros somos cometas..."


La abuela le llamó desde la cocina. 


Ya voy, ya voy, mi wey. 


¿Quién toca hoy, Heli? Ya tenemos el congelador vacío...

No sé, no sé, mi viejuca... contestó Heliana—.Tengo que vel-lo, añadió, mientras arrancaba una de las fotos pixeladas pegadas a la pared como trofeos en desordenadas filas.

Jassiiinnto, Jassiinto Sulueta,verbalizó leyendo un folio que parecía un cartel de "se busca".
 
Un día te vas a equivocal y lo echarás todo a perdel, mi niña. El tal Jacinto tenía un rostro amable, sin asomo alguno de carácter: barba lampiña, ojos y labios pequeños en una cabeza enmarcada dentro de una gran papada que casi ocultaba sus orejas y se escondía tras un escaso pelo rojizo. 

Mire viejuca, diríase que tiene grasa hasta en la cabeza, parece un gorrino. La abuela asomó su rostro para observar detenidamente al nuevo pretendiente. El estómago se le quejó con un sonoro ruido. 


sábado, 30 de enero de 2021

Desechos

 


 

Los asteroides, a veces, se acercan. Aunque no contemplen aproximarse a la Tierra en su periplo por el sistema solar, puede que terminen irremediablemente por hacerlo a causa de enrevesadas conjunciones gravitatorias que alteran su órbita. Vistos de cerca, esta especie de desechos de la construcción planetaria resultan poco atractivos. Pero, si cruzan nuestra atmósfera, su destello vuelve mágica la noche.

No sé por qué me ha venido esta imagen a la mente cuando he pensado en él. Quizás por esa frialdad pétrea, tan suya. O por lo de desecho. O puede que sea porque volvió mágica una noche. Pero la magia y la destrucción pueden ir de la mano. ¿Acaso no fue un asteroide el que acabó con los dinosaurios en una Tierra más joven?

Aquel último día del año, el universo se empeñó en conspirar contra mí. Yo tenía que estar en otra parte. En otra ciudad. En otro mundo. Mis planes se rompieron por un viaje aplazado a última hora. Y ahí estaba yo, con una chistera de cartón happynewyear en la cabeza a juego con mi labial rojo de larga duración, perfecto para una noche eterna. Y ahí estaba él, en el extremo de la pista de baile hacia el que rodó mi chistera, más que harta –ella también– de los trasiegos de la conga de Jalisto. Toda una maraña de casualidades, de fatalidades.

Él habría pasado de largo en otras circunstancias, como muchas otras veces antes. Yo, también. Pero la noche densa, vibrante, etílica, que invitaba a desinhibirse, a acercarse al precipicio un poco más, dispuso el escenario ideal para que nuestros ojos, nuestros cuerpos, autómatas, se quedaran entretenidos más de la cuenta. La noche, desgastada, agonizaba lentamente. Me pregunto todavía hoy de dónde sacamos la energía para estirarla un poco más. Me pregunto todavía hoy qué habría sido de mí si nos hubiéramos desvanecido al alba y retirado dignamente, cada uno por su lado.

Cinco años después él está más cerca que nadie de mí. A medio metro. Así es como camina cuando vamos juntos, siempre a medio metro por delante de mí. A medio metro también en la cama. Cinco años después, tras haberme acostumbrado a respirar a través de él, a ver a través de sus ojos, estamos los dos sobre un mismo escenario representando cada uno una obra distinta. A medio metro. Yo, improvisando, sin guion.

He aprendido a callar mientras él agotaba las palabras. He descifrado los códigos del silencio y me muevo bien por él, del mismo modo que me muevo por la casa a oscuras, sin tropezarme con ningún mueble. El silencio del que cada vez nacen menos palabras solo se rompe cuando el WhastApp me avisa de que ha llegado un mensaje. Tengo mis grupos silenciados y a mis familiares con tonos sutiles. De los mensajes de mi marido me avisa el tono "cuco" (no hay que dejarse seducir por el canto de este pájaro, que pone sus huevos en nido ajeno y que, al nacer el polluelo, se deshace de los huevos y polluelos de su anfitrión, colonizando totalmente el nido).

♫ (cucú) No ceno en casa

OK ✓✓

Los corazoncitos rojos hace tiempo que se extinguieron de nuestros mensajes.


 “Se ruega al propietario de un Mazda rojo con matrícula CXS 6388 que acuda inmediatamente a su lugar de estacionamiento en el segundo sótano...”

Me encuentro en la planta tercera de los grandes almacenes cuando oigo el mensaje por megafonía. Suelto la manga de la camisa DKNY que tengo en la mano y me dirijo con premura hacia las escaleras de bajada. A pesar de la mascarilla y del tamaño del ascensor, no me apetece encerrarme en él con más gente. El peregrinaje es eterno; hay que guardar las distancias y la escalera mecánica se mueve perezosamente. En la planta baja se interrumpe y tengo que buscar la bajada por otro lado.

Al final llego al segundo sótano. La zona de parking, lúgubre y más bien decrépita, contrasta con el brillo de las plantas superiores. Me quedo clavada al suelo, mirando a mi alrededor, buscando el vehículo bajo la luz mortecina. Meto la mano en el bolso con la esperanza de pulsar el mando del Mazda para que me guiñe los ojos y me encuentre él a mí. Las llaves del coche no están. De hecho, llevo un minibolso en el que solo caben un par de tarjetas, el móvil y la llave de casa. De hecho, no recuerdo haber cogido el coche. De hecho, nunca lo cojo para ir al centro, a tan sólo quince minutos andando de casa. De hecho ...

Cuando todo deja de dar vueltas y recupero el equilibrio salgo a la calle. A respirar su luz. Mi único pensamiento es que no puedo contarle esto que me ha pasado a mi marido. No podría soportar otra vez su condescendencia impostada. No pasa nada –me susurraría con palabras pegajosas– eres un poco despistada, nada más.

–Has debido de ser tú –me dijo cuando, al llegar casa de mi revisión anual en dermatología, le conté que no me habían atendido porque alguien había cancelado la cita. Yo no recordaba haberlo hecho.

–No pasa nada, damos una vuelta y cenamos –me sugirió cuando en la taquilla del teatro no estaban las entradas que había reservado dos semanas antes.

–Tengo el mensaje, mira –insistía yo.

Pero me dijeron que había habido una cancelación. Que comprobara mi cuenta y vería que había un reintegro con el importe. Y así fue. Pero yo no recordaba nada. ¡Joder! ¡Cómo no iba a pasar nada!

–¿Has visto mi libro? –le pregunto en otra ocasión–. El que estaba leyendo esta mañana.

Y el libro estaba en la estantería, donde suelo dejarlos cuando los termino, pero nunca antes.

Coleccionista de despistes. Así es como me llama últimamente. Pero esto del coche... ¿Es que el capullo de mi marido me quiere volver loca? (Recuerdo "Luz de gas", la película de Cukor.) No tiene sentido. ¿Estará jugando? ¿Y si el loco es él?

♫ (cucú) ¿Dónde estás?

Con Cris, en una terraza ✓✓

Miento sin pensar. Tengo que llamar a Cris enseguida, por si acaso, hace casi un año que no he hablado con ella.

♫ (cucú) ¿No ibas al Corte Inglés?

Cambio de planes ✓✓

♫ (cucú) OK

Paso la tarde callejeando por el centro. Mis pensamientos van dando tumbos de una esquina a otra. Me pregunto cuándo fue la última vez que tomé una decisión.

♫ (cucú) No iré a cenar

OK ✓✓

No ha pasado una hora cuando me llega otro mensaje.

♫ (cucú) Al final sí que ceno en casa

Yo no ✓✓

♫ (cucú) ?

Cenando fuera ✓✓

♫ (cucú) ?

Con Cris ✓✓

Otro cucú y dejo caer el móvil bajo las ruedas del primer autobús que pase.

Me dirijo sin prisa hacia casa. Lo veo llegar desde el otro lado de la calle, con el Mazda rojo. Entra en el garaje. Unos minutos después se iluminan las ventanas. Una hora después se apagan. Aun así espero media hora más. Abro la puerta. Él está a oscuras, en el salón. Enciende la lámpara junto al sillón. Me interroga con la mirada. Le contesto, con la mirada (todavía llevo la mascarilla). No entiende los códigos del silencio. La magia ha terminado. Solo quedan desechos.

–Vete a la mierda –le digo. Y cierro la puerta.

M. Amparo

Un corazón herido es un corazón ponzoñoso

Cómo ha de ser el calzado adecuado para las personas mayores

Marisa está a punto de meterse en la ducha cuando suena el telefonillo. Es su hija, que viene a traerle naranjas. Justo hoy que tiene que arreglarse para su cita. Tiene el don de la inoportunidad. Dice que es que quería trérselas antes de irse a esquiar. Le han dicho que la vitamina C es muy buena para la piel. Su hija le pregunta si se va a ir con sus amigas a Benidorm para Nochevieja. Este año no va a poder ser, porque Conchi se ha roto la cadera. Y a ella no le gusta viajar sola. Es un coñazo.

—Oye, ¿y ese Jorge con el que fuiste cenar el otro día?

—Ha salido rana. Pero hoy he quedado con un tal Fernando que no pinta mal.

—Eres demasiado exigente, mamá.

—Bah, tontadas. Es que no hay nada que valga la pena. Lo hago por pasar el rato. Más te vale conservar lo que tienes, aunque sea regulín. El mercado a partir de los setenta está fatal.

—Ah, y acuérdate de decirle a Manuel que me ayude a bajarme la dichosa aplicación en el móvil, que yo no me aclaro.

—Sí, mamá, se lo diré. A ver si te sale novio por fin y nos dejas un poco más tranquilos.

Cuando a Marisa le contacta uno de sus novios de internet, se pasa a veces toda la tarde sentada delante de la pantalla del ordenador, chateando con él, contándole que ella en realidad es artista y que se ha apuntado a un curso de teatro para mayores. Le gusta mentir un poco e inventarse cada vez un personaje.

Si el primer contacto ha ido bien, empieza el duelo de mensajes de móvil. Él le envía un vídeo muy bonito con fotos románticas de las capitales del mundo y música de Andrea Bocelli. Ella responde con un chiste que le ha reenviado una amiga suya, donde sale una mujer gorda en bikini comiendo pizza. Él le manda una animación donde un gato habla con voz acelerada y ella le pone muchos stickers con corazones.

Si los mensajes se mantienen constantes y no van en disminución, ya es un buen signo. De ahí pasa a la llamada, donde se escuchan las voces y hablan de temas cada vez más personales. Y cuando el candidato supera esa ronda, suele estar cerca el momento de conocerse en persona.

Si por fin queda con un señor, necesita mínimo cuatro horas para acicalarse. Ese día se ducha. De normal sólo se limpia por partes con toallitas desechables, que impregnan el baño con una mezcla de olor a colonia de bebé y orín rancio. Luego enchufa Radio Nacional y se pone manos a la obra. Primero se tiñe las entradas blancas y las cejas de perra vieja. Se pone los rulos para el volumen, se echa algo de spray en el desconchado de la coronilla. Luego se enfunda las medias reductoras, que le cuesta media hora subírselas y le estrujan las carnes para arriba, como cuando aprietas un tubo de dentífrico. Por último se maquilla, se viste y se echa un perfume que compró en el mercadito por solo diez euros y que es clavadito al de Chanel. Luego va a la entrada y se mira en un espejo gigante desde todos los ángulos. 

Marisa tiene la casa llena de espejos y le gusta mucho mirarse. Se ve bien para su edad, siempre le echan diez años menos. Su periquito Roco también se pasaba el día mirándose al espejo, pero hace ya un año que se le escapó. Era muy gracioso. Le gustaba masturbarse con la campanilla que colgaba de su espejito. Se agarraba a ella y se movía muy rápido, ayudándose con las alas. Y, aunque Marisa estuviera en la otra punta de la casa, oía el cling-cling-cling-cling-cling y ya sabía que le estaba dando. Su nieto Manuel le preguntaba de pequeño:

—¿Por qué hace eso el pajarito, yaya?

—Está jugando.

Un día Marisa se decidió a comprarle una pareja a su Roco. Pero resultó que no se llevaban bien y él no le hacía ni caso. Prefería seguir masturbándose delante del espejo. Incluso se lo comentó al veterinario, pero le dijo que a veces cuando han estado mucho tiempo solos, luego no consiguen conectar con los compañeros de jaula. Al final la periquita apareció muerta en la jaula y Marisa la tiró a la basura, metida en un envase de yogur. Manuel se puso muy triste.

Ahora ve muy poco a su nieto porque siempre está estudiando o de juerga. Pero está guapísimo. Las chicas se quedan mirándolo por la calle. Ha salido a su abuela.

A la que ve muy desmejorada es a su hija, siempre tiene cara de cansada. Está envejeciendo mal. Ella a su edad estaba mucho más lozana. Tendría que comprarse una buena crema para el contorno de ojos y no esa barata que venden en el Mercadona. Pero nunca le quiere hacer caso. Es una marisabidilla. A veces le resulta insoportable, siempre con esa cara de perro apaleado. Parece que no sepa disfrutar de la vida.

—A ver que me centre. Jorge (Murcia), dentista, 69 años, escorpión. No. Aquí está. Fernando (Puzol), 71 años, profesor universitario, aries. —lee Marisa en voz alta. Últimamente ha empezado a apuntarse a todos sus ligues de internet en una libretita, porque le falla algo la memoria. A Pablo lo llamó Pancho el otro día y a Toño, que es viudo, le preguntó cómo estaba su mujer.

Después de repasar la chuleta, coge el bolso, echa una última mirada en el espejo y se despide de si misma.

A Marisa le gusta quedar siempre en la terraza de una cafetería que queda cerca de su casa, en el centro. Más lejos no, porque le matan los pies. Allí se siente cómoda y siempre pide una Schweppes de limón nada más llegar. Fernando aparece puntual, con un periódico en la mano. Parece un hombre culto y con clase. Nada más verlo, Marisa se da cuenta de que tiene algo especial, algo que lo hace distinto. Su forma de mirar, de pasarle la mano por la espalda al acompañarla al asiento, sus silencios, sus preguntas, sus expresiones. Le gusta y mucho. Pero no quiere que se le note demasiado por miedo a espantarlo. Ya sabe cómo funcionan estas cosas.

En la cafetería hablan mucho rato y se les olvida hasta cenar. Ella se sincera, cosa poco habitual. Le habla de su dura niñez de postguerra en Zaragoza. Él le cuenta que su madre le abandonó y que le tocó trabajar a los dieciséis años para poder costearse más tarde los estudios.

Cierran la cafetería y se van paseando muy lento por las calles oscuras y vacías hasta el aparcamiento. A Fernando le basta una mirada de de reojo para hacerla reír. De repente ella nota un roce en su mano, pero aún no está segura de si ha sido casual. Se detienen. Se miran.

—Oye, Marisa...

—Dime.

—¿Te puedo pedir un favor? Podría subir un momento a tu casa para ir al baño. Está ya todo cerrado y aún me queda más de media hora en coche hasta mi casa.

—Sí, claro, no faltaba más —responde ella concentrada en disimilar su asombro.

Al principio le parece una torpe excusa para intentar llevársela a la cama, pero lo del apretón resulta ser cierto. E incluso cuando ella le ofrece una copa, él la rechaza, argumentando que tiene que conducir y que mejor se pone en marcha para no dormirse en la carretera.

En realidad, ella no hubiera tenido ninguna objeción si él la hubiera abordado, pero le parece un detalle muy elegante que no se aproveche de la ocasión, ni se lance en la primera cita.

Esa noche Marisa casi no pega ojo, embriagada por una sensación que hacía tiempo que tenía olvidada. Repasa todas las palabras que intercambiaron, las miradas, las risas, esa mano cálida en su espalda, esa voz grave, que hacía vibrar el banco de madera, donde estaban sentados. Finalmente se duerme imaginando posibles escenarios para su próxima cita.

Pero Fernando no le vuelve a llamar. Ni al día siguiente, ni al otro, ni una semana más tarde. Ella le manda algún mensaje, pero él no contesta. Marisa piensa que igual ha perdido su móvil o le ha pasado algo, a estas edades uno nunca sabe. Todos los días se mete en la aplicación de citas y mira su perfil, mira sus fotos, revisa las conversaciones del chat. Hasta que un día ya no encuentra su perfil. Se ha borrado.

Unas semanas después, le llega una factura de 10.000 euros de un cajero automático en Galicia. Debe de ser un error. Ella nunca ha estado allí, aunque le gustaría. Siempre quiso hacer el camino de Santiago, pero no quería ir sola y con lo que le duelen los pies, ya no va a poder ser en esta vida.

Tendrá que llamar al banco para aclararlo, pero no encuentra su tarjeta Visa por ningún sitio. Ha buscado ya en todos los bolsos, cajones y chaquetas. Hace mucho tiempo que no la usa. Concretamente, desde la cita con Fernando. Y ahí es cuando empieza a atar cabos. Se acuerda de que le extrañó que tardara tanto en salir del baño, y pensó que igual tenía problemas intestinales como ella o que le costaba mear por la próstata.

Marisa marca el número de la policía con dedos temblorosos. El cierre metálico de su pulsera choca a intervalos contra la carcasa del teléfono, emitiendo una cadencia que parece un mensaje en morse.

Una voz masculina responde. Marisa cuelga.

Varios meses más tarde lee una noticia en la prensa que capta su atención. Han detenido a un tipo que se hacía pasar por profesor universitario y que estafó a más de un centenar de mujeres mayores a través de varias plataformas de citas por internet. Luis Gimeno Sanchís, ese era su nombre real. Marisa vuelve a cerrar el periódico y coge aire de nuevo, como si estuviera subiendo unas escaleras muy empinadas y tuviera que hacer un alto en el descansillo. Luego acaba de leer la noticia hasta el final, pero ya no se entera de nada. 

 

Marisa ha estado casi un año sin utilizar la aplicación de citas que le instaló su nieto. Pero justo hace un par de días la volvió a abrir sólo un momento. Sólo por saber si siguen anunciándose los mismos carcamales de siempre. Y resulta que hay un hombre de abundante pelo blanco y rizado, libra, diez años más joven que ella, que no está nada mal. En su perfil pone que le gusta la vela y que tiene un barco. Es ingeniero.

viernes, 29 de enero de 2021

Rama Dorada

 

 


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Sin embargo, lamentamos comunicarte que no es posible conseguir las direcciones físicas ni los teléfonos de tus contactos, ni en dicho Módulo, ni en ninguno de los de tu Programa de Relaciones Personalizadas. Happyfy ® no es una plataforma de contactos, sino un sistema experto de gestión de redes sociales.

Por otra parte, es nuestra obligación legal informarte de que los contactos presenciales extralaborales entre no convivientes están prohibidos, por motivos sanitarios, desde el 07-10-2021 según la Directiva Europea 21/145/UE (traspuesta a la Legislación Española por el RD 48/2022). Por tanto, no podrás conseguir esta información ni en nuestra plataforma ni en ninguna otra que opere legalmente en el territorio de la Unión Europea.

Finalmente, no debes olvidar que l@s amig@s con los que interactúas en Happyfy ® no son personas físicas, sino avatares generados por nuestros motores de realidad virtual basados en IA. Aunque, como bien nos comentas en tu reclamación, nuestras ofertas comerciales hablan de perfiles extraídos de 100 millones de amigos-clientes, dicha extracción no se refiere a la selección de personas físicas concretas, sino a la obtención de características morfológicas y de personalidad que fusionamos para generar a las personas virtuales que se adapten a tus gustos, expectativas y necesidades. Estos particulares están detallados en la cláusula 16.15 del contrato que has firmado electrónicamente al suscribirte.

Entendemos perfectamente la frustración que este hecho puede causar a algun@s de nuestr@s amig@s-clientes, cuya satisfacción con el realismo y afinidad de sus nuevas relaciones puede generar el deseo de avanzar un poco más. Afortunadamente, en Happyfy® tenemos prevista una solución para cada necesidad y hemos desarrollado un Módulo Bienestar específico que te explicamos con detalle en la oferta que encontrarás pulsando el enlace que hay al final de este correo.

Estamos seguros de que nuestra propuesta resolverá todas tus inquietudes, adaptando por completo nuestro servicio a tus deseos y/o necesidades. Esa es nuestra misión como empresa líder en el sector de las relaciones virtuales personalizadas…BLA BLA BLA………

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From: no-replay@customserv.happyfy.com              To: Golden_Bough@hotmail.com

Estimad@ amig@ Golden_Bough:

Agradecemos la confianza que has depositado en Happyfy® al renovar tu suscripción por un año más y nos congratulamos por tu satisfacción con el Programa de Relaciones Personalizadas que hemos podido ir adaptando hasta conseguir un ajuste perfecto con tus deseos.

Procedemos a la renovación anual de tu Programa de Relaciones Personalizadas, que actualmente consta de los siguientes módulos:

  • Módulo Relacional “Amig@s con Posibilidades. Hasta 15 amig@s de habla española, de sexo, edad y estado civil a elegir, distribuid@s en un ámbito geográfico próximo, con interés en aficiones compatibles y orientados a la búsqueda de relaciones afectivo-sexuales. Incluye selección de perfiles en Facebook e Instagram, así como posibilidad de interacción, incluyendo videochat, por dichas plataformas.
  • Módulo Evasión “Viajes de Ilusión. Canal específico en Facebook adaptado a tus gustos, e interacción con hasta 100 perfiles cuidadosamente seleccionados para ti. Incluye el Complemento de Realidad Virtual, para viajar donde quieras y con todos tus sentidos.
  • Módulo Bienestar “Psicoterapia de Grupo (Opción Gestalt). Incluye sesiones individuales por Zoom con Terapeuta Virtual Gestalt (homologado por el Instituto Gestalt®), Terapia Grupal con hasta 10 miembros con avatar virtual compatible. Interacción con Terapeuta vía chat y videochat. Interacción con miembros del grupo a través de redes sociales.
  • Complemento de Sintonización Total. Incluye la sintonización de los perfiles de los Módulos Evasión y Módulos Bienestar con el Módulo Relacional “Amig@s con Posibilidades”, compartiendo avatares entre todos los módulos. Así podrás configurar tu propio clúster de relaciones personales que aseguren un entorno social coherente y personalizado, orientado a tu felicidad total.

Siguiendo tus instrucciones, cancelamos la suscripción a los módulos Creativos “Cocina Natural” y “Taller de Narrativa”. Lamentamos que estos Módulos Creativos no hayan satisfecho tus expectativas. Estamos trabajando en mejorarlos para que, en futuras renovaciones de tu suscripción, puedas plantearte volver a estos entornos tan interesantes.

Te recordamos que la suscripción es anual, y que la facturación …..BLA BLA BLA

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Álvaro

lunes, 25 de enero de 2021

Vecinos, de Raymond Carver

 Bill y Arlene Miller eran una pareja feliz. Pero de cuando en cuando tenían la sensación de que en su círculo de amistades se les había relegado —y sólo a ellos— un tanto, y que tal actitud había hecho que Bill se entregara a su trabajo de contable y que Arlene se dedicara a sus tareas de secretaria. Hablaban de ello a veces, sobre todo comparando su vida con la de sus vecinos Harriet y Jim Stone. A los Miller les parecía que los Stone llevaban una vida más llena y excitante. Los Stone salían mucho a cenar fuera, o recibían a amigos en casa, o viajaban por el país aprovechando los desplazamientos de Jim por motivos de trabajo.
       Los Stone vivían enfrente de los Miller, al otro lado del pasillo. Jim era vendedor en una empresa de piezas de maquinaria y solía arreglárselas para hacer que sus viajes fueran a la vez de placer y de negocios, y en esta ocasión los Stone estarían fuera diez días, primero en Cheyenne y luego en St. Louis visitando a unos parientes. Los Miller, en su ausencia, cuidarían de su apartamento, darían de comer a Kitty y regarían las plantas.
       Bill y Jim se dieron la mano junto al coche. Harriet y Arlene se cogieron por los codos y se dieron un ligero beso en los labios.
       —Que os divirtáis —dijo Bill a Harriet.
       —Nos divertiremos —dijo Harriet—. Y vosotos igual, chicos.
       Arlene asintió con la cabeza.
       Jim le dirigió un guiño.
       —Adiós, Arlene. Cuida del muchacho éste.
       —Lo haré —dijo Arlene.
       —Divertíos —dijo Bill.
       —No lo dudes —dijo Jim, dándole a Bill un ligero apretón en el brazo—. Y gracias de nuevo, chicos.
       Los Stone hicieron adiós con las manos al alejarse. Y lo mismo hicieron los Miller.
       —Me gustaría que fuéramos nosotros quienes saliéramos de viaje —dijo Bill.
       —Dios sabe lo bien que nos vendrían unas vacaciones —dijo Arlene. Le cogió el brazo y se lo pasó por la cintura mientras subían las escaleras hacia su apartamento.
       Después de la cena, Arlene dijo:
       —No te olvides. La primera noche Kitty come la de sabor a hígado.
       Estaba de pie en la puerta de la cocina, doblando el mantel hecho a mano que Harriet le había regalado el año anterior a su vuelta de Santa Fe.

       Bill, al entrar en el apartamento de los Stone, respiró hondo. Era un aire ya cargado, y tenuemente dulce. El reloj con el sol naciente de encima del televisor marcaba las ocho y media. Recordaba el día en que Harriet había llegado a casa con él, cómo había cruzado el pasillo para enseñárselo a Arlene, acunando la caja de latón y hablándole a través del papel de seda como si le hablara a un bebé.
       Kitty se restregó la cara contra las zapatillas y se recostó de lado en el suelo, pero en seguida brincó sobre sus pies cuando Bill fue a la cocina y escogió una de las latas apiladas en la reluciente escurridera. Luego dejó a la gata con su comida y se dirigió hacia el baño. Se miró en el espejo y cerró los ojos y volvió a mirarse. Abrió el botiquín. Vio un frasco de píldoras y leyó la etiqueta: Harriet Stone. Una al día según prescripción. Y se metió el frasco en el bolsillo. Volvió a la cocina, llenó una jarra de agua y entró en la sala. Regó las plantas, dejó la jarra sobre la alfombra y abrió el mueble bar. Buscó en el fondo la botella de Chivas Regal. Bebió dos tragos de la botella, se limpió los labios con la manga y volvió a dejar la botella dentro del mueble.
       Kitty estaba echada en el sofá, dormida. Bill apagó las luces, y cerró la puerta despacio asegurándose de que quedaba cerrada. Tenía la sensación de que se había dejado algo.
       —¿Por qué has tardado tanto? —dijo Arlene. Estaba sentada sobre las piernas, viendo la televisión.
       —Por nada. Jugaba con Kitty —dijo él, y se acercó a Arlene y le tocó los pechos.
       —Vámonos a la cama, cariño —dijo.

       Al día siguiente Bill se tomó sólo diez de los veinte minutos de descanso de la tarde, y salió del trabajo a las cinco menos cuarto. Dejó el coche en el aparcamiento en el preciso instante en que Arlene saltaba del autobús. Esperó hasta que hubo entrado en el edificio, y luego corrió escaleras arriba y la sorprendió saliendo del ascensor.
       —¡Bill! Dios, me has asustado. Llegas pronto —dijo Arlene.
       Bill se encogió de hombros.
       —No había nada que hacer en la oficina —dijo.
       Ella le dejó su llave para abrir la puerta. Él, antes de entrar detrás de ella, miró a la puerta del otro lado del pasillo.
       —Vámonos a la cama —dijo él.
       —¿Ahora? —dijo ella riendo—. ¿Qué mosca te ha picado?
       —Ninguna. Quítate el vestido. —Trató de asir a Arlene torpemente, y ella dijo—: Santo cielo, Bill.
       Bill se soltó el cinturón.
       Luego encargaron comida china por teléfono, y cuando llegó comieron con apetito, sin hablar, escuchando discos.
       —No nos olvidemos de dar de comer a Kitty —dijo Arlene.
       —Precisamente estaba pensando en eso —dijo Bill—. Voy ahora mismo.
       Esta vez eligió una lata de sabor a pescado para la gata, llenó la jarra y fue a regar las plantas. Cuando volvió a la cocina, Kitty escarbaba en su caja. Al verlo se quedó mirándole fijamente, y luego volvió a centrar su interés en la caja. Bill abrió todos los armarios y examinó las latas de conserva, los cereales, los comestibles empaquetados, los vasos de vino y de cóctel, la porcelana, la batería de cocina. Abrió el frigorífico. Olió unos tallos de apio, dio un par de bocados al queso Cheddar y entró en el dormitorio mordiendo una manzana. La cama parecía enorme, y la mullida colcha blanca llegaba hasta el suelo. Abrió un cajón de la mesilla de noche, vio un paquete de cigarrillos mediado y se lo metió en el bolsillo. Luego fue hasta el armario ropero y estaba abriéndolo cuando oyó que llamaban a la puerta.
       Al pasar por el cuarto de baño accionó la cisterna del water.
       —¿Por qué tardabas tanto? —le dijo Arlene—. Llevas aquí más de una hora.
       —¿Sí? —dijo él.
       —Sí —dijo ella.
       —He tenido que entrar en el baño —dijo él.
       —Tienes tu propio baño —dijo ella.
       —No he podido esperar —dijo él.
       Aquella noche hicieron el amor de nuevo.

       Le había pedido a Arlene que le despertara por la mañana. Se duchó, se vistió y tomó un desayuno ligero. Intentó empezar un libro. Salió a dar un paseo y se sintió mejor. Pero al rato, aún con las manos en los bolsillos, volvió al apartamento. Se paró junto a la puerta de los Stone para ver si oía a la gata. Luego entró en su apartamento y fue a la cocina a coger la llave.
       El apartamento de los Stone le pareció más fresco que el suyo, y más oscuro. Se preguntó si las plantas tendrían algo que ver con la temperatura ambiente. Miró por la ventana, y luego fue recorriendo despacio los cuartos, fijándose en todo lo que encontraba a su paso. Detenidamente, un objeto tras otro. Vio ceniceros, muebles, utensilios de cocina, el reloj. Lo miró todo. Al cabo entró en el dormitorio, y la gata apareció a sus pies. La acarició —una sola vez—, la llevó hasta el cuarto de baño y cuando la gata entró, cerró la puerta.
       Se echó en la cama y se quedó allí mirando el techo. Siguió un rato tumbado con los ojos cerrados, y luego se pasó la mano por debajo del cinturón. Trató de recordar qué día era. Trató de recordar cuándo volverían los Stone, y a continuación se preguntó si realmente iban a volver. No podía recordar sus caras, ni cómo hablaban o vestían. Suspiró, se dejó caer de la cama con esfuerzo y fue hasta el tocador y se inclinó para mirarse en el espejo.
       Abrió el armario ropero y eligió una camisa hawaiana. Por fin encontró unas bermudas, perfectamente planchadas y colgadas sobre unos pantalones de sarga castaños. Se quitó la ropa y se puso la camisa y las bermudas. Volvió a mirarse en el espejo. Fue a la sala de estar y se sirvió una bebida y volvió al dormitorio bebiéndosela a sorbitos. Se puso una camisa azul, un traje oscuro, una corbata azul y blanca y unos mocasines negros. El vaso estaba vacío y fue a servirse otro trago.
       De nuevo en el dormitorio, se sentó en una silla, cruzó las piernas, se miró en el espejo y sonrió. El teléfono sonó un par de veces. Apuró la bebida y se quitó el traje. Registró los cajones de arriba hasta encontrar unas bragas y un sostén. Se puso las bragas y el sostén, y registró el ropero en busca de un conjunto. Se puso una falda a cuadros negros y blancos y trató de subirse la cremallera. Luego se puso una blusa color vivo con botones en la delantera. Examinó los zapatos de Harriet, pero se dio cuenta de que le quedarían pequeños. Se quedó largo rato mirando por la ventana de la sala de estar, detrás de la cortina. Luego volvió al dormitorio y lo puso todo en su sitio.

       No tenía hambre. Tampoco ella comió mucho. Se miraron tímidamente y sonrieron. Ella se levantó de la mesa, comprobó que la llave seguía en la repisa y recogió apresuradamente la mesa.
       Él estaba en el umbral de la cocina fumando un cigarrillo, y vio cómo cogía la llave.
       —Ponte cómodo mientras paso ahí enfrente —dijo ella—. Lee el periódico o haz cualquier cosa. —Apretó la llave contra sus dedos. Le dijo a Bill que parecía cansado.
       Bill trató de concentrarse en las noticias. Leyó el periódico y puso la televisión. Finalmente salió de casa y cruzó el pasillo. La puerta estaba cerrada.
       —Soy yo. ¿Sigues ahí dentro, cariño? —llamó.
       Después de un rato la cerradura se abrió y Arlene salió y cerró la puerta.
       —¿Tanto he tardado? —dijo.
       —Sí, has tardado —dijo él.
       —¿De veras? —dijo ella—. Habré estado jugando con Kitty.
       La observó. Ella, con la mano aún sobre el pomo de la puerta, apartó la mirada.
       —Es extraño —dijo Arlene—. Ya sabes… entrar así en casa de alguien.
       Él asintió con la cabeza, le cogió la mano que seguía sobre el pomo y condujo a Arlene hasta el otro lado del pasillo. Entraron en su apartamento.
       —Sí, es extraño —dijo.
       Le descubrió una pelusa blanca en la espalda del suéter, y vio que sus mejillas estaban encendidas. Se puso a besarla en el cuello y en el pelo, ella se volvió y lo besó también.
       —Maldita sea —dijo ella—. Maldita sea… —dijo como cantando, dando palmadas como una chiquilla—. Me acabo de acordar. Se me ha olvidado por completo hacer lo que tenía que hacer ahí dentro. Ni he dado de comer a Kitty ni he regado ninguna planta. —Le miró—. ¿No es estúpido?
       —No lo creo —dijo él—. Espera un momento. Voy a coger el tabaco y te acompaño.
       Arlene esperó a que Bill cerrara con llave la puerta. Luego le cogió del brazo, más arriba del codo, y dijo:
       —Creo que tengo que contártelo. He encontrado unas fotos.
       Bill se paró en medio del pasillo.
       —¿Qué clase de fotos?
       —Vas a verlo por ti mismo —dijo Arlene, y se quedó mirándole.
       —¿En serio? —Sonrió abiertamente—. ¿Dónde?
       —En un cajón —dijo Arlene.
       —¿En serio? —dijo Bill.
       Y, después de unos instantes, Arlene dijo:
       —A lo mejor no vuelven. —Y acto seguido se quedó asombrada de lo que había dicho.
       —Es posible —dijo Bill—. Todo es posible.
       —O puede que vuelvan y… —Arlene no terminó la frase.
       Se cogieron de la mano y recorrieron el breve trecho de pasillo. Y cuando Bill habló, Arlene apenas pudo oír sus palabras.
       —La llave —dijo Bill—. Dámela.
       —¿Qué? —dijo Arlene. Se quedó mirando la puerta.
       —La llave —dijo Bill—. La tienes tú.
       —Dios mío —dijo Arlene—. Me la he dejado dentro.
       Bill tentó el pomo. La puerta estaba cerrada. Luego lo intentó Arlene. El pomo no giraba. Arlene tenía los labios abiertos, y su respiración era pesada, expectante. Bill abrió los brazos y Arlene se fue hacia ellos.
       —No te preocupes —le dijo Bill al oído—. Por el amor de Dios, no te preocupes.
       Se quedaron allí, quietos. Abrazados. Se apoyaron contra la puerta, como en contra de un viento, el uno en brazos del otro.

Mala hierba

  Mala hierba Todo cambió el día que murió él tío Fidel. Salió de casa sentado en una silla de madera, transportado por mi tía Vicenta y mi ...