Izaskun deshizo las maletas y salió al balcón. Respiró profundamente.
Olor a mar, a crema solar de coco y freiduría.
Por fin, verano. Por fin sola. Sólo ella y “Bronco” el carlino de un año que se pasaba el día meando sus zapatillas de felpa - ahora las echaría de menos- pensó al verlo intentar extraer algún aroma suculento de sus chanclas de goma.
- Te jodes, le escupió Izaskum, como si el perro pudiera entenderle. ¡Tendrás que mear como todos los perros! Bronco se alejó olfateando inquieto el suelo de terrazo.
Izaskun pensó en la cantidad de olores que podría apreciar el perro en aquel apartamento. Decenas de ocupantes, de sudores, de comidas... ¿Alcanzaría acaso a olfatear el olor que ella y Patxi dejaron el verano pasado?
Le escuchó llorar.
Se acercó al baño. El carlino gemía intentando alcanzar el bidé. No podía creerlo. Fue corriendo a su habitación y extrajo del bolso dos pastillas de tranquilizante. Se tumbó en la cama sin quitar la colcha y quedó mirando al techo, fijando su vista en la cursi tulipa de cristal verde que ocultaba la bombilla, y empezó a recordar.
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Izaskun vivía en Neguri, el barrio burgués de Getxo, en un palacete al borde de la Ría de Bilbao. La gente se preguntará porqué a los de Bilbao les gusta veranear en Benidorm. Vizcaya es un prado verde de grandes caseríos, especialmente Neguri y desde el suyo se veía el Cantábrico. La impersonalidad del frío océano -no hay nada más triste que un mar sin sol- contrasta con su ambiente pueblerino y elitista, entre tasca y restaurante con estrellas Michelín. Las mismas caras, las mismas discusiones, los mismos comentarios, los mismos chistes. Así es como Patxi e Izaskun siguieron la diáspora veraniega que reniega de lujos y autocomplacencia onánica y busca rebozarse en la pringosa arena, la pringosa paella con pimientos entre mesas repletas de orondos guiris con abultadas barrigas pringosas de sudor, en un mar cálido en cuya superficie flota una película pringosa de humanidad.
Sus padres les despidieron el día anterior con una cena en el Restaurante Ola. Su suegro, tras la segunda botella de txacolí tenía la lengua mas que suelta y después de estorbar toda la noche con su enésima cátedra sobre como engendrar a su futuro nieto -el primero y único de una dinastía de apellidos impronunciables-, del silencio cómplice de su suegra Itzíar y de la mirada gacha y apagada de Patxi, no tuvo mejor idea que llamar a Martín:
- Mira Martín, a éstos, docena de ostras. Ya sabes, ostias. Lo mejor para engrasarle las criadillas a este mustio de Patxi, que de tanto ir en moto debe haber olvidado para que sirve la palanca que guarda entre las piernas. Oyes, de la mejor calidad, del mejor acero de la Ría. Y ahora se nos van a Benidorm, tres meses; ya sabes Martín, los Olagorta, siempre hemos sido concebidos ahí, al menos desde el abuelo Koldo.
- ¡Garrote, garrote!, se despidió Martín, en una huida hacia mesas menos cálidas que aquella.
El viaje en el coche fue silencioso. Patxi se concentraba en conducir e ir descontando el negro asfalto en busca de un horizonte luminoso y azul, mientras Izaskum permanecía hundida en el asiento con un antifaz en los ojos. Los sentía escondidos, mirando hacia adentro. Cuatro años de abrir las piernas y dejarse hurgar en su interior intentando descubrir un campo yermo. Cuatro años esperando a que Patxi derramara su semilla en una probeta y bajo el microscopio apareciera aquel recuento escaso. Poco personal disponible, sentenció eufemísticamente el médico. Y ahora ¿cómo podía consentir Patxi que su padre le hablara así? ¿Por qué no le decía la verdad? ¿Cómo podía haberse enamorado de ese ADN blancuzco y desgarbado?
Estaba enfadada también consigo misma pues no había logrado "cortarle el rabo a la txapela" en aquella sociedad de orgullo y raza. Y qué culpa tenía Patxi si eran tan dados a casarse entre primos "-Todo queda en casa” rezaba el lema del blasón familiar, que al parecer habían seguido al extremo- y como en la realeza y aunque los padres de Patxi eran primos de primos, puede que algunos genes se hubieran rebelado para construir un fenotipo borbónico que unía todas las deficiencias de su estirpe. Ella era sangre nueva, venida de Portugalete al otro lado de la Ría. Una América distinta. Un mestizaje asentado en Neguri a golpe de una próspera industria de latas de sardina.
- Cariño ya llegamos, le despertó Patxi, señalando la cantera cortada en un desierto disfrazada de parque temático. “Terra Mítica” dijo en voz baja Izaskum, evocando un paisaje de acrópolis ateniense, música de flautas, cítaras y vestiduras blancas. Sintió casi dolor al quitarse el antifaz y sus ojos regresaron a sus cuencas, dejando su interior oscuro y vacío.
El apartamento en multipropiedad era de vértigo y no por su decoración mas bien cutre y desgastada como un vagón de tren de segunda clase -diríase vintage, siendo optimista-; sino por su ubicación en piso más alto. En los días nublados no se veía la playa y en los soleados era como consultar la página del Google Maps. Izaskun no se atrevía a salir a la terraza.
Olor a desinfectante, plástico en el inodoro, muebles de contrachapado, cubiertos y vasos de “duralex” ya opacos y la colcha de la cama, siempre la misma, escocesa a cuadros verdes. Y sobre todo el armario. Ese armario que se abría por la noche con un ligero chirrido y le miraba a través de los nudos de su madera.
Aún no habían deshecho las maletas y Patxi ya estaba desnudo. Podía contar sus costillas, el pecho hundido y coronado por dos pequeños pezoncillos rodeados de una ligera pelusa rojiza. Se acostaron sobre la colcha e hicieron el amor, un amor lento y despegado, como si Van Gogh le fuera pincelando el cuerpo centímetro a centímetro sin atreverse culminar el cuadro. Poco a poco, Patxi fue recobrando la virilidad dormida por el aire viciado de la Ría e Izaskun creyó descubrir los girasoles: un hombre nuevo, un pelo rubio nacido del rojizo, una piel viva con sabor a anchoa -Dios como le gustan las anchoas-.
Las noches sin embargo eran largas, tan vacías como sus entrañas, salpicadas insomnio y sudor húmedo, con el tic-tac del reloj acompasando los ronquidos despreocupados de su esposo -los hombres no piensan, solo sueñan- y siempre, casi a la misma hora el inquietante chirrido de la maldita puerta del armario que quedaba ligeramente entornada en la penumbra.
Él le miraba, escondido entre un asilo de zapatillas viejas, sus ojos de serpiente muy abiertos y una boca enorme y sonriente -intentando esconder la cola-.
- ¡Sé quien eres, maldito cabrón! ¡Y no te tengo miedo! Deja esa sonrisa estúpida y dime, ¿a qué has venido? ¿No quieres hablar?. Izaskun se levantó, desnuda -a partir de la una siempre le sobraba el camisón-.Se agachó.
- Vamos, sal de ahí. No tengas miedo y ven conmigo; Patxi está dormido. El cuadro de la Virgen sobre el cabecero llevaba los ojos vendados.
A finales de agosto se confirmó el retraso.
La farmaceútica vio alejarse a Patxi con la alegría de un colegial que lleva una bolsa de caramelos el día de su cumpleaños; una bolsa con diez test de embarazo. Con dos es suficiente, le habían advertido. Pero Patxi se llevó una muestra de cada una de las marcas disponibles.
Izaskun sonrió mientras iba poniendo una a una las diez pruebas sobre la mesa. Le dolía la vejiga de tanto orinar.
- ¿Y eso qué significa? preguntó Patxi al ver que cada una tenía una marca distinta.
- Eso es como si te dicen que vas a ser padre en euskera, catalán, castellano y gallego.
A partir de ese día las cosas cambiaron. Patxi ya no era él mismo, como si la culminación de su vida hubiera sido poder engendrar otra. Izaskun notó su distanciamiento como una pequeña sombra dibujada en el horizonte, bajo un sol con la cara de su suegro. "¡Garrote, garrote!"
Patxi ya no le abrazaba, precisamente ahora que necesitaba sentir su cercanía. Se consoló con el calor de la arena y pasaba horas y horas tumbada al sol, mientras Patxi se disolvía en interminables conferencias con su madre. "No es bueno que tome tanto el sol. Que no beba. Dile que deje de fumar. Que se acueste pronto". Y sobre todo no le des disgustos. Demasiados “noes” para un verano. Izaskun se refugió tras sus gafas de sol, bajo la pamela, enrollada en el pareo y siempre embadurnada en crema. Pensó que estaba embalsamada en vida; como una concubina desplazada.
Por la mañana se trasladó a una cala.
Esta vez no hubo armario, tan solo un cuerpo hercúleo con una gran sonrisa y una lengua capaz de absorber todas las gotitas de sudor que perlaban su piel. Quería fundirse con el aire, diluirse en el agua; gritarle sí a todo.
Después del baño, se sentó en la terraza del restaurante y llamó a Patxi. Una especie de remordimiento le invadía -aunque nadie puede ser responsable de sus sueños-. Se encendió un cigarrillo y pidió una cerveza con una ración de calamares - su rebozado amarillento vistiendo una carne insípida y gomosa le recordaba a su esposo-. Patxi apareció. Estaba fuera de sí. Al parecer Izaskun había transgredido todas las normas del prospecto familiar sobre cómo debe comportarse una embarazada.
-Cariño, no montes un escándalo, solo es un antojo, le tranquilizó Izaskun. Pero Patxi no atendió a razones y tiró de ella hacia el apartamento, como un padre que irrumpe en una fiesta rescatando a su hija del primer roce de un beso adolescente. A Izaskun le faltó el aire. No era una concubina desplazada, era la princesa encerrada en la torre de un castillo. Un castillo de hormigón y de ventanas, con un príncipe en camiseta de tirantes ¿Cuántas más habrían en aquellas mazmorras? Se zafó y fue a la farmacia.
La noche se despertó en un grito sobre la taza del bidé. Para ella una leve molestia. Patxi lloró como un niño abrazado a la porcelana aún con restos de sangre. ¡Solomillos más grandes te has tragado! Soy yo la que debería estar triste, le riñó Izaskun ocultando en su mano un pequeño frasco.
Tardes de paseos infinitos. Tardes mudas. Tardes de caracoles rojos de sol que viajan empujados por au pairs octogenarias con la goma del respirador en las narices. Mantas verdes que acunan rodillas oxidadas. Noches de insomnio. Noches de destierro. Noches de dormir desnuda en la terraza cuando solo las luces no dan vértigo.
Izaskun empezó a descubrir en su marido, facciones de aquellos ingleses casi muertos. Patxi sin descendencia. Patxi que no me escucha. Patxi le habla al suelo. Patxi baja a la playa a bañarse de noche. Patxi aún no ha vuelto…
En Neguri, velatorio sin velas, tanatorio sin muerto. Itzíar, ni siquiera la besó, tan sólo un leve abrazo, negro y frío. Su suegro le regaló un carlino que más que un perro parecía una muestra de su enojo. Su cara de prematuro parecía sonriente, cual gárgola perruna con orejas ó...¿cuernos?