domingo, 21 de marzo de 2021

Tenemos que hablar

 

Tenemos que hablar



 





“Ahora que la mierda ya me llega hasta los ojos…”

Espaldamaceta

Sentado en el avión, el billete me recuerda que vuelo de Londres dirección al aeropuerto de Alicante. Todavía estoy aturdido. Cuatro semanas de seminarios y cursos de catas. Los sumelliers estamos de moda. Me gano la vida con mi olfato. Como dice Sara, quizás el sentido que más tengo desarrollado.

No dejo de recordar la última llamada que tuve con ella, -tenemos que hablar, le dije. Hace más de un mes que no nos vemos. Estoy nervioso. Me pongo los auriculares y cierro los ojos. Busco una play-list que me reconforte.

Antes de despegar un mensaje aparece en el móvil “have a nice flight honey, i love you”. Le devuelvo un beso y borro la conversación. No sé, si existe algún emoticono para la culpa.

Casi sin darme cuenta aterrizamos en Alicante. Al bajar del avión un sol caníbal me golpea. Agacho la cabeza y miro la sombra que me persigue. Nada que ver con Londres. Allí no hay tantas sombras, tampoco hay tanto sol.

Llego con el ánimo revuelto y demasiados remordimientos arqueando mi espalda. Camino rápido por la terminal para no pensar, quiero coger mi maleta y que un taxi me lleve lo antes posible a Benidorm. Sara me espera en el Hotel.

Pregunto en la recepción y me indican la dirección de la piscina. Algarabía, gritos y chapuzones. Madres con niños en él agua y padres bebiendo debajo de las sombrillas.

Tumbada en una hamaca, el bikini de Sara exhibe con naturalidad una barriga desafiante. Una plenitud de vida que solo tienen las embarazadas.

           -Que tal cariño, como ha ido todo por Londres.

-Muy bien, pero muy agotador.

-Pues venga, comemos rápido en el buffet del hotel y subimos a la habitación.

-Te quiero.

Mientras comemos, Sara no para de hablar. Me cuenta todas las cosas que ha comprado y la reforma de la habitación. Está eufórica. Yo estoy ensimismado, no dejo de mirar a nuestro alrededor. Demasiadas personas con platos de comida amontonada. Gente diversa y glotona. Yo solo acumulo sentimientos que no puedo digerir. No sé qué hacer, si subir a la habitación o intentar decírselo aquí mismo.

Subimos a la habitación, Sara quiere sexo. Me tumbo en la cama y ella lo pone casi todo. Se coloca encima de mí y descansa su barriga sobre mi esternón. No deja de besarme. Mi nariz se pierde en una constelación de pecas que recorren la exuberancia de sus senos y cierro los ojos. Llegan los orgasmos y algunas contracciones. Placer, dudas y miedo.

Salgo del cuarto de baño, Sara sigue tumbada en la cama. Su cuerpo desnudo parece el dibujo de “El Principito”. La boa que se ha tragado un elefante. Como te comes algo entero sin masticarlo. El libro lo cuenta, “sin moverse y durmiendo durante los seis meses que dura la digestión”. Yo llevo ocho y sigo sin digerirlo.

Cuando ese elefante salga de su tripa, me destruirá. Pisoteará todo lo que tengo. Así que estoy decidido. Me siento al borde de la cama, miro su barriga y los anárquicos pelos de su pubis. Y si se lo intento explicar ahora. Pero no puede ser, ella tan hermosa y vulnerable, yo tan cabrón.

 

-Sara cariño, tenemos que hablar.

-Vale, pero qué te parece si lo hablamos cenando en un chino. -Hace mucho tiempo que no vamos. Me hace mucha ilusión.

-Vale. Me parece un buen plan. Me arrugo ante su energía.

La Muralla Feliz, indica el letrero en colores rojo y dorado de la fachada. Entramos en un restaurante silencioso, una iluminación tenue favorece la intimidad.

Un círculo de platos y más platos. Demasiados sabores. Demasiados pensamientos recurrentes hurgando en mi cordura. Demasiadas contradicciones. Demasiado licor de lagarto en mí estómago. Hago malabarismos para que no se me enrede la lengua.

Pido la cuenta y una camarera sonriente nos trae unas galletas de la suerte. Sara impaciente rompe la suya para sacar la tira de papel, pero se detiene antes de leerla.

 

-Venga Bruno, tú primero.

Yo muerdo la mía, la galleta dice “mira a los ojos a la persona que tienes enfrente y deséale en silencio los mejores propósitos para los dos”. Hago caso a todo menos a decirlo en silencio.

 

-Sara, tenemos que hablar.

  

Paco Florentino


jueves, 18 de marzo de 2021

Distorsión


 

—¿Qué te pasa?

—Naaada.

—¿Estás segura?

Ella ni siquiera le devolvió la mirada. Mantuvo el cuerpo laxo sobre el sofá de polipiel, los brazos hinchados y ligeramente separados del cuerpo huyendo del sofoco del calor húmedo que lo impregnaba todo. Certificó que le había oído por el ligero y condescendiente entornar de ojos hacia el techo antes de que volviera a centrar su mirada en la tele. Estaba viendo uno de esos absurdos shows con gente que no invitarías a comer a tu casa en la vida, interrumpiéndose y dándose voces por cosas sin importancia.

Se levantó hastiado del sillón y fue hasta la ventana. Se asomó y miró las nubes densas y opresivas que venían del mar cargadas de plomo fundido. Nubes llenas de oscuros presagios que parecían querer saltar sobre la punta de los cuchillos de las torres que las amenazaban a lo largo de aquel pequeño trozo de costa. En la acera, bajo su torre, muchos, muchos metros más abajo, había uno de esos todoterreno blanco, enorme, repleto de luces led, con unos altavoces gigantes en el maletero atronando la noche con música reguetón. Podía ver a tres niñatos ingleses con vasos de tubo en la mano, apoyados en el coche. Iban vestidos de negros del guetto a pesar de ser de un blanco reflectante: gafas de sol, cadenas de oro, pañuelo en la cabeza o en la muñeca, pantalones cagaos y zapatillas de skater. Se entretenían molestando a todo el que pasaba por la acera y riendo en voz alta sus propias gracias mientras hacían gala de su estirpe de marineros borrachos. Escupió un par de veces con poca esperanza de acertarles. 

    Se imaginó pasando una pierna por encima del alféizar para posarla en la repisa exterior, luego la otra y se vio flexionando las piernas para saltar, cayendo en plancha, acelerando metro a metro, cada vez más deprisa y con más fuerza hasta caer en el techo del todoterreno aplastando al menos al gilipollas que estaba con medio cuerpo metido por la ventana del conductor manejando el equipo de música. Se imaginó el sonido del golpe, del metal doblándose bajo su peso, del estallido del airbag y el rasgar de los cristales propulsados como balas, arañando las paredes y el pavimento circundante. Imaginó como, alrededor, todos se agachan y meten la cabeza entre los hombros, como si así pudiesen protegerse cuando el cielo cae en pedazos. Acto seguido, la incredulidad, unos mirando a los otros, buscando una explicación a lo que no entienden, y enseguida, la reacción del cuerpo; la oleada de sangre y adrenalina, con epicentro en el corazón, que avanza encogiendo sus estómagos, cerrándoles la garganta y anegando sus cerebros de sustancias químicas, sin las que no serían capaces más que de balbucear atónitos ante la tragedia, ante el asco que les provocarían la sangre, los escombros, el olor químico del airbag y el ridículo cambio de paradigma al ver expuestas sus minúsculas vidas, seguras y protegidas, a la fría y angulosa certeza de los restos desgarrados de un cuerpo.

    No se había dado cuenta pero estaba jadeando levemente con el torso inclinado fuera de la ventana mientras sonreía. Esos leves chutes de adrenalina le ayudaban a manejar los días lentos y pesados y aquel día necesitaba lo que fuera. Respiró profundamente con los ojos cerrados mientras se enderezaba. Antes de retirarse miró el reflejo del cristal. Ella seguía varada en el rincón del sofá con los brazos sobre la enorme barriga de ocho meses, sudando con el pelo pegado a las sienes y a la frente, boqueando por el peso del embarazo sobre los pulmones. Después de una semana agotadora se había empeñado en ir al piso de sus padres en Benidorm para pasar un fin de semana tranquilo. Para desconectar. A él no le apetecía nada, pero al final le había hecho cargar el coche hasta arriba de mierdas para dos días y ahora no tenía pinta de que fueran a salir ni a dar un paseo. 180 kilómetros de coche y maletas, caravana incluida, con una embarazada de ocho meses para ir a pasar un fin de semana tranquilo a un Benidorm lleno de ingleses borrachos. ¿Qué podía fallar? 

    Apretó el perfil de la ventana mientras aspiraba con fuerza el aire caliente y húmedo en busca de alivio. La repentina entrada de tanto oxígeno le mareo levemente. Cerró la ventana y le dijo a su mujer:

—Cariño, ¿Te arreglas y vamos a dar un paseo y a cenar algo?

—Uff —dijo ella haciendo ademán de incorporarse sin conseguirlo. —Estoy molida. No tengo ni hambre. Prefiero ponerme el pijama y quedarnos tranquilos aquí y ver una peli o algo. 

    El la miró hierático, de pie, sus ojos se volvieron vidriosos, dejó de escuchar y se cobijó en su interior. Metió las manos en los bolsillos, encontró las llaves y las apretó con fuerza hasta que se clavaron en su mano produciéndole un punzante alivio. 

—Claro cariño. Tienes que estar muerta. —dijo acercando el ventilador y apuntándolo hacia ella. —Lo mejor será que descanses. No te preocupes que pongo algo de picar y voy a sacar a Nelly. 


Nelly era la perra de sus suegros. Se habían marchado de vacaciones a Cancún, para celebrar su reciente jubilación antes del parto, y se la habían enchufado durante 20 días. Fue a la cocina e investigó en los armarios y puso unos nachos con salsa de guacamole y unas tostas con queso fresco y mermelada de tomate aliñadas con aceite y orégano. Por suerte sus suegros siempre tenían bien surtido el piso, especialmente desde que pasaban allí casi todo el tiempo. Lo dejó todo en una bandeja sobre la mesa, frente a ella que pareció no darse cuenta. Se quedó quieto, a su lado, mirándola mientras ella seguía atenta al guirigay de la tele. ¿Qué cojones le importaban a ella aquellos loros? ¿No podía dar las gracias o al menos hacer un gesto de reconocimiento? ¿No veía lo que se esforzaba? Volvió a respirar profundamente, se giró y fue al baño, harto. Necesitaba parar. Se miró al espejo y se mojó la cara. No valía la pena. Sin pestañear, sacó del neceser el paquete de pastillas y cogió cuatro. Volvió a la cocina y sin importarle que ella lo viera las corto encima de la tabla de madera con el cuchillo. Primero en medios, después en cuartos y luego las apretó varias veces en el mortero hasta pulverizarlas. Echó la mitad en un vaso de zumo de tomate al que añadió limón, hielo y unas gotas de vodka y de tabasco y guardó la otra mitad en una servilleta de papel.

    Volvió a pasar por su lado, dejó en la mesita junto a ella el zumo con un posavasos, una pajita y una sombrilla de papel rosa. Nada otra vez. Ni una palabra, ni un gesto. Nada. Sólo la tele. Así que mirando al vaso retomó su decisión y fue a por Nelly.  Habían dejado a la perra en la terraza del dormitorio mientras deshacían las maletas para que no se arrugara toda esa ropa que por lo visto no iban a utilizar. Abrió la terraza para cogerla y volvió a oír aquella música infame. Se asomó rabioso con la idea de escupir de nuevo, pero se detuvo y se agachó junto a la jardinera al ver una pequeña piedra blanca semioculta en la tierra. La cogió y la lanzó con todas sus fuerzas hacia el coche de los niñatos.

    Bajó en el ascensor con la perra en brazos cuya piel temblaba con rápidos movimientos espasmódicos. Le puso la correa, salió del portal y sonrió al ver que aquellos putos gilipollas habían bajado la música y estaban como locos mirando hacia el edificio y al perfecto agujero redondo que había dejado la piedra en la luna delantera. !Qué os jodan!, pensó satisfecho. Se dirigió a una pequeña placita que quedaba entre varios de los enormes edificios donde había unos pequeños árboles con cuadrados de césped. Entró en la plaza un chico joven fumado un cigarrillo, ya no fumaba casi nunca por lo del embarazo, pero hoy lo necesitaba y se acercó a pedirle uno. El chico lo miro de arriba a abajo y con una media sonrisa le constestó: “No fumo” y siguió andando sin prestarle ninguna atención. Se quedó de piedra. Si todavía hubiera sido un chaval grande o con pintas, pero aquel adolescente no era más que un crío friki y delgaducho con pinta de estar todo el día jugando a la consola. No tenía ni media ostia. ¿Qué se había creído? Se quedó sentado, frustrado y pensativo. No debía volver a casa en un rato, así que decidió irse a tomar algo y disfrutar la noche ahora que tenía tiempo. Mientras esperaba a que Nelly se aliviase, se le acercó una chica en mallas que venía de correr. Cascos, camiseta ceñida reflectante, coleta alta, zapatillas impolutas. Estaba tremenda. Le preguntó muy simpática por la perra y le dijo que siempre había querido tener una así mientras la acariciaba. Intentó dirigir la conversación hacia la vida de ella. Ella hablaba tranquila mientras jugueteaba con Nelly que estaba encantada con la chica. Le parecía verla receptiva y se iba hinchando como un pavo, creciéndose cuando ella reía sus comentarios. Justo en el punto en que empezaba a aletear su fantasía, entró en la plaza un hombre con un rottweiler. Alto, delgado pero de espalda y brazos fuertes. Vestía vaqueros gastados, deportivas y camisa por fuera, aunque se veía que no era ropa barata. Ella lo saludó con un gesto y se acercó. El hombre tensó el brazo sujetando con más fuerza la correa del perro cuando este olfateo a Nelly en la distancia. A él no le dirigió más que un pequeño vistazo mientras se acercaba con una brillante sonrisa en el cuadrado mentón mirándola a ella. Saludo con un educado hola y cogió de la mano a su chica dándole un beso en el cuello y preguntándole si había terminado de correr. 

Mientras la pareja hablaba, él miraba hacia el insidioso reflejo que le devolvían los cristales del edificio. Ella en el cristal del medio con un cielo irisado de fondo, como una diosa que parte el mundo en dos. En el cristal de la izquierda él y Nelly y en el de la derecha aquel hombre y su perro. Tuvo que morderse el carrillo por dentro cuando ella despareció del cristal del medio y dijo “¡adiós, Nelly!” sin ni siquiera mirarlo, como si fuese un secundario que hubiese venido para entretener su espera. Con el sabor a óxido de la sangre en la boca, dio la vuelta y fue a grandes zancadas con Nelly hasta la entrada del edificio. Bajó en el ascensor hasta la planta de los trasteros y abriendo el de sus suegros la dejó allí encerrada y salió de nuevo a la calle. 

    El mundo le incitaba, le tentaba y reprendía con sus luces de colores, le recordaba que todo aquello estaba puesto allí para ser conquistado, para tomarlo, pero ¿Quién era él? ¿Qué derecho tenía? ¿Qué había hecho con su vida? Lo único que su vida tenía de bueno eran las migajas que sus suegros le dejaban disfrutar. Su piso en Benidorm, el coche que le habían regalado a su mujer, el chalet cerca del suyo donde les dejaban vivir por un alquiler ridículo. Sabía que aunque no le odiaban, en el fondo, no es lo que ellos hubiesen esperado para su hija. Su suegro esperaba alguien más como él mismo, emprendedor, listo, con fuerza, pero él a lo más que había llegado era a trabajar como fijo en una cadena de electrodomésticos, donde su trabajo, después de los dos primeros meses, tenía el único aliciente de esperar la hora de salida. Había rechazado los ofrecimientos de su suegro de trabajar en su empresa por orgullo, por demostrar que no le hacía falta ni su dinero ni su apoyo, aunque ni lo uno ni lo otro dejaba de colarse por todas las rendijas de su vida: Las vacaciones, los regalos de navidad, la ropa que su suegra le compraba habitualmente a su hija y los regalos que le hacían a él: un reloj, un par de trajes, unos zapatos de piel, gemelos de plata, corbatas de seda, abrigos elegantes. Regalos calculados para que tuviera algunas piezas de calidad con las que aparecer presentable en los eventos familiares. Regalos con los que disfrazarse de lo que no era. Eso es lo que había hecho su suegro: Disfrazarse. Levantar aquella empresa viniendo del arrollo y abandonarlo sin mirar atrás, travestirse para que no supieran de donde venía, como si le avergonzara. Cada vez que se ponía algo de todo aquello veía en su cabeza las alpargatas llenas de polvo de su padre cuando volvía de la huerta, después de trabajar en el taller o los fines de semana y sentía como si lo estuviese traicionando aceptando aquellas migajas, vistiéndose con aquellas ropas.

    Esto no iba a seguir así, esa noche pensaba quemar la ciudad, pasárselo en grande, así que enfiló la avenida hacia la terraza de uno de los restaurantes más exclusivos de la zona, se sentó en una mesa y pidió un güisqui doble. En cuanto el camarero se metió para traer su copa las puntas de los rascacielos hirieron a las plomizas nubes de muerte abriéndolas en canal, desventrándolas contra el paseo marítimo. En apenas segundos se desató un monzón sobre la ciudad. El viento arreció y lanzaba la lluvia en oleadas contra la tierra. El toldo amenazaba con salir volando mientras los camareros trataban de atarlos con cuerdas. Corrió hacia el interior del restaurante empapado tratando de proteger el güisqui con la mano y cuando la retiró para abrir la puerta le cayó un chorro de agua del toldo que estaban recogiendo junto a la puerta dentro del vaso. Se quedó parado mientras los últimos rezagados entraban en el restaurante por el hueco que él acababa de abrir dejándolo a un lado. La puerta se cerró y un enorme trueno sonó como un cañonazo haciendo vibrar los cristales. Levantó la cabeza del vaso y vio a todos agolpados a través del cristal mojado. La lluvia goteaba por su pelo mientras le miraban de soslayo resbalando sus ojos por él, como si no estuviera allí mientras él los observaba. Rió enseñando los dientes y tiró el vaso contra el suelo frente a la puerta. Ahora sí lo miraban, ceñudos, reprobándole como si se hubiese saltado una raya imaginaria o le hubiese quitado el juguete a un niño. Levantó una mano y les apuntó con el dedo, mientras el agua escurría empapando su polo y sus vaqueros, dejando su pelo lacio y pegado al cráneo, goteando por sus cejas y su nariz. Iba a chillarles pero se vio reflejado en el cristal chorreando como un muñeco de hielo que se deshace ante un incendio. Se sentía exactamente así, deshecho. Le asustó ver el reflejo de alguien enfadado con el mundo, triste y patético. Le asustó sobre todo la mirada triste y rencorosa de perro abandonado que le devolvía el ser del espejo. Bajó el dedo y confundido agachó la cabeza , levantó con dignidad el cuello del polo y se dio la vuelta para volver paseando como si no pasase nada hasta el apartamento. Por la calle solo había algunos coches que levantaban olas al pasar mientras huían a los garajes y multitudes apelotonadas en los cristales de las tiendas, bares y restaurantes que lo veían procesionar en silencio, cabizbajo y andando despacio sobre los charcos acompañado por el lamento de los truenos.


Cuando llegó al portal estaba extrañamente tranquilo. Recogió a la perra y subieron dejando perdido el ascensor. Entraron a la casa. Fue a la alacena de la cocina, le puso un barreño con agua y un cuenco grande con comida. Mientras lo hacía se dio cuenta de que lloraba. Dejó a la perra encerrada dentro de la habitación y volvió a la cocina. Abrió un zumo de tomate y lo metió en el vaso de la batidora, le añadió medio litro de vodka, el zumo de medio limón, un chorrito de tabasco y el resto de las pastillas. Lo batió y se sentó aún chorreante en el sofá junto a ella. Le dio un enorme trago al zumo y se acomodó para ver la tele. Seguía en el mismo canal pero le daba igual lo que fuera. Un rato después pensó que el programa no estaba tan mal, que incluso podría cogerle el gusto. A medida que le vencía la modorra apoyó su cabeza en ella., echó una manta por encima de los dos y dejó la tele puesta de fondo. Se dejó mecer por la respiración rítmica de ella y mientras se dormía pensó que mañana sin falta llamaría a su suegro por lo del trabajo.

domingo, 14 de marzo de 2021

Ven i dorm

Izaskun deshizo las maletas y salió al balcón. Respiró profundamente. 


Olor a mar, a crema solar de coco y freiduría. 


Por fin, verano. Por fin sola. Sólo ella y “Bronco” el carlino de un año que se pasaba el día meando sus zapatillas de felpa - ahora las echaría de menos- pensó al verlo intentar extraer algún aroma suculento de sus chanclas de goma.


- Te jodes, le escupió Izaskum, como si el perro pudiera entenderle. ¡Tendrás que mear como todos los perros! Bronco se alejó olfateando inquieto el suelo de terrazo. 


Izaskun pensó en la cantidad de olores que podría apreciar el perro en aquel apartamento. Decenas de ocupantes, de sudores, de comidas... ¿Alcanzaría acaso a olfatear el olor que ella y Patxi dejaron el verano pasado? 


Le escuchó llorar. 


Se acercó al baño. El carlino gemía intentando alcanzar el bidé. No podía creerlo. Fue corriendo a su habitación y extrajo del bolso dos pastillas de tranquilizante. Se tumbó en la cama sin quitar la colcha y quedó mirando al techo, fijando su vista en la cursi tulipa de cristal verde que ocultaba la bombilla, y empezó a recordar.


****


Izaskun vivía en Neguri, el barrio burgués de Getxo, en un palacete al borde de la Ría de Bilbao. La gente se preguntará porqué a los de Bilbao les gusta veranear en Benidorm. Vizcaya es un prado verde de grandes caseríos, especialmente Neguri y desde el suyo se veía el Cantábrico. La impersonalidad del frío océano -no hay nada más triste que un mar sin sol- contrasta con su ambiente pueblerino y elitista, entre tasca y restaurante con estrellas Michelín. Las mismas caras, las mismas discusiones, los mismos comentarios, los mismos chistes. Así es como Patxi e Izaskun siguieron la diáspora veraniega que reniega de lujos y autocomplacencia onánica y busca rebozarse en la pringosa arena, la pringosa paella con pimientos entre mesas repletas de orondos guiris con abultadas barrigas pringosas de sudor, en un mar cálido en cuya superficie flota una película pringosa de humanidad. 


Sus padres les despidieron el día anterior con una cena en el Restaurante Ola. Su suegro, tras la segunda botella de txacolí tenía la lengua mas que suelta y después de estorbar toda la noche con su enésima cátedra sobre como engendrar a su futuro nieto -el primero y único de una dinastía de apellidos impronunciables-, del silencio cómplice de su suegra Itzíar y de la mirada gacha y apagada de Patxi, no tuvo mejor idea que llamar a Martín:


- Mira Martín, a éstos, docena de ostras. Ya sabes, ostias. Lo mejor para engrasarle las criadillas a este mustio de Patxi, que de tanto ir en moto debe haber olvidado para que sirve la palanca que guarda entre las piernas. Oyes, de la mejor calidad, del mejor acero de la Ría. Y ahora se nos van a Benidorm, tres meses; ya sabes Martín, los Olagorta, siempre hemos sido concebidos ahí, al menos desde el abuelo Koldo. 


- ¡Garrote, garrote!, se despidió Martín, en una huida hacia mesas menos cálidas que aquella.


El viaje en el coche fue silencioso. Patxi se concentraba en conducir e ir descontando el negro asfalto en busca de un horizonte luminoso y azul, mientras Izaskum permanecía hundida en el asiento con un antifaz en los ojos. Los sentía escondidos, mirando hacia adentro. Cuatro años de abrir las piernas y dejarse hurgar en su interior intentando descubrir un campo yermo. Cuatro años esperando a que Patxi derramara su semilla en una probeta y bajo el microscopio apareciera aquel recuento escaso. Poco personal disponible, sentenció eufemísticamente el médico. Y ahora ¿cómo podía consentir Patxi que su padre le hablara así? ¿Por qué no le decía la verdad? ¿Cómo podía haberse enamorado de ese ADN blancuzco y desgarbado? 


Estaba enfadada también consigo misma pues no había logrado "cortarle el rabo a la txapela" en aquella sociedad de orgullo y raza. Y qué culpa tenía Patxi si eran tan dados a casarse entre primos "-Todo queda en casa” rezaba el lema del blasón familiar, que al parecer habían seguido al extremo- y como en la realeza y aunque los padres de Patxi eran primos de primos, puede que algunos genes se hubieran rebelado para construir un fenotipo borbónico que unía todas las deficiencias de su estirpe. Ella era sangre nueva, venida de Portugalete al otro lado de la Ría. Una América distinta. Un mestizaje asentado en Neguri a golpe de una próspera industria de latas de sardina. 


- Cariño ya llegamos, le despertó Patxi, señalando la cantera cortada en un desierto disfrazada de parque temático. “Terra Mítica” dijo en voz baja Izaskum, evocando un paisaje de acrópolis ateniense, música de flautas, cítaras y vestiduras blancas. Sintió casi dolor al quitarse el antifaz y sus ojos regresaron a sus cuencas, dejando su interior oscuro y vacío. 


El apartamento en multipropiedad era de vértigo y no por su decoración mas bien cutre y desgastada como un vagón de tren de segunda clase -diríase vintage, siendo optimista-; sino por su ubicación en piso más alto. En los días nublados no se veía la playa y en los soleados era como consultar la página del Google Maps. Izaskun no se atrevía a salir a la terraza. 


Olor a desinfectante, plástico en el inodoro, muebles de contrachapado, cubiertos y vasos de “duralex” ya opacos y la colcha de la cama, siempre la misma, escocesa a cuadros verdes. Y sobre todo el armario. Ese armario que se abría por la noche con un ligero chirrido y le miraba a través de los nudos de su madera. 


Aún no habían deshecho las maletas y Patxi ya estaba desnudo. Podía contar sus costillas, el pecho hundido y coronado por dos pequeños pezoncillos rodeados de una ligera pelusa rojiza. Se acostaron sobre la colcha e hicieron el amor, un amor lento y despegado, como si Van Gogh le fuera pincelando el cuerpo centímetro a centímetro sin atreverse culminar el cuadro. Poco a poco, Patxi fue recobrando la virilidad dormida por el aire viciado de la Ría e Izaskun creyó descubrir los girasoles: un hombre nuevo, un pelo rubio nacido del rojizo, una piel viva con sabor a anchoa -Dios como le gustan las anchoas-. 


Las  noches sin embargo eran largas, tan vacías como sus entrañas, salpicadas insomnio y sudor húmedo, con el tic-tac del reloj acompasando los  ronquidos despreocupados de su esposo -los hombres no piensan, solo sueñan- y siempre, casi a la misma hora el inquietante chirrido de la maldita puerta del armario que  quedaba ligeramente entornada en la penumbra. 


 Él le miraba, escondido entre un asilo de zapatillas viejas, sus ojos de serpiente muy abiertos y una boca enorme y sonriente -intentando esconder la cola-.

- ¡Sé quien eres, maldito cabrón! ¡Y no te tengo miedo! Deja esa sonrisa estúpida y dime, ¿a qué has venido? ¿No quieres hablar?. Izaskun se levantó, desnuda -a partir de la una siempre le sobraba el camisón-.Se agachó. 

- Vamos, sal de ahí. No tengas miedo y ven conmigo; Patxi está dormido. El cuadro de la Virgen sobre el cabecero llevaba los ojos vendados.


A finales de agosto se confirmó el retraso. 


La farmaceútica vio alejarse a Patxi con la alegría de un colegial que lleva una bolsa de caramelos el día de su cumpleaños; una bolsa con diez test de embarazo. Con dos es suficiente, le habían advertido. Pero Patxi se llevó una muestra de cada una de las marcas disponibles. 

Izaskun sonrió mientras iba poniendo una a una las diez pruebas sobre la mesa. Le dolía la vejiga de tanto orinar. 

- ¿Y eso qué significa? preguntó Patxi al ver que cada una tenía una marca distinta. 


- Eso es como si te dicen que vas a ser padre en euskera, catalán, castellano y gallego.


A partir de ese día las cosas cambiaron. Patxi ya no era él mismo, como si la culminación de su vida hubiera sido poder engendrar otra. Izaskun notó su distanciamiento como una pequeña sombra dibujada en el horizonte, bajo un sol con la cara de su suegro. "¡Garrote, garrote!" 

Patxi ya no le abrazaba, precisamente ahora que necesitaba sentir su cercanía. Se consoló con el calor de la arena y pasaba horas y horas tumbada al sol, mientras Patxi se disolvía en interminables conferencias con su madre. "No es bueno que tome tanto el sol. Que no beba. Dile que deje de fumar. Que se acueste pronto". Y sobre todo no le des disgustos. Demasiados “noes” para un verano. Izaskun se refugió tras sus gafas de sol, bajo la pamela, enrollada en el pareo  y siempre embadurnada en crema. Pensó que estaba embalsamada en vida; como una concubina desplazada. 


Por la mañana se trasladó a una cala. 


Esta vez no hubo armario, tan solo un cuerpo hercúleo con una gran sonrisa y una lengua capaz de absorber todas las gotitas de sudor que perlaban su piel. Quería fundirse con el aire, diluirse en el agua; gritarle sí a todo.  


Después del baño, se sentó en la terraza del restaurante y llamó a Patxi. Una especie de remordimiento le invadía -aunque nadie puede ser responsable de sus sueños-. Se encendió un cigarrillo y pidió una cerveza con una ración de calamares - su rebozado amarillento vistiendo una carne insípida y gomosa le recordaba a su esposo-. Patxi apareció. Estaba fuera de sí. Al parecer Izaskun había transgredido todas las normas del prospecto familiar sobre cómo debe comportarse una embarazada.


-Cariño, no montes un escándalo, solo es un antojo, le tranquilizó Izaskun. Pero Patxi no atendió a razones y tiró de ella hacia el apartamento, como un padre que irrumpe en una fiesta rescatando a su hija del primer roce de un beso adolescente. A Izaskun le faltó el aire. No era una concubina desplazada, era la princesa encerrada en la torre de un castillo. Un castillo de hormigón y de ventanas, con un príncipe en camiseta de tirantes ¿Cuántas más habrían en aquellas mazmorras? Se zafó y fue a la farmacia.


La noche se despertó en un grito sobre la taza del bidé. Para ella una leve molestia. Patxi lloró como un niño abrazado a la porcelana aún con restos de sangre. ¡Solomillos más grandes te has tragado! Soy yo la que debería estar triste, le riñó Izaskun ocultando en su mano un pequeño frasco. 


Tardes de paseos infinitos. Tardes mudas. Tardes de caracoles rojos de sol que viajan empujados por au pairs octogenarias con la goma del respirador en las narices. Mantas verdes que acunan rodillas oxidadas. Noches de insomnio. Noches de destierro. Noches de dormir desnuda en la terraza cuando solo las luces no dan vértigo.  


Izaskun empezó a descubrir en su marido, facciones de aquellos ingleses casi muertos. Patxi sin descendencia. Patxi que no me escucha. Patxi le habla al suelo. Patxi baja a la playa a bañarse de noche. Patxi aún no ha vuelto…


En Neguri, velatorio sin velas, tanatorio sin muerto. Itzíar, ni siquiera la besó, tan sólo un leve abrazo, negro y frío. Su suegro le regaló un carlino que más que un perro parecía una muestra de su enojo.  Su cara de prematuro parecía sonriente, cual gárgola perruna con orejas ó...¿cuernos?

Por no mencionar al perro

 



Por no mencionar al perro*

¿Tú nunca has tenido el presentimiento de que algo va a salir irremediablemente mal? No me refiero a una premonición solemne, a una profecía seria en plan: “Este país se va a la mierda”. O:  “El calentamiento global acabará con la civilización tal como la conocemos”. O: “No sé de dónde va a salir el dinero de mi pensión cuando me jubile, dentro de no se sabe cuántos años”. Siempre me ha asombrado ver cómo aceptamos la amenaza de problemas realmente graves sin pensar demasiado en ellos, supongo que preferimos ignorar lo que no podemos cambiar.

No. Me refiero a presentimientos sobre cosas cotidianas sin importancia, a pequeños fracasos que provocan minúsculos fastidios, aparentemente nimios, pero no exactamente nulos… vamos a llamarlos fastidios infinitesimales. Algo que por sí mismo no tiene entidad   -chico que más da, no te vas a enfadar por una cosa tan tonta…- hasta que compruebas que la suma de infinitas minucias provoca un fastidio claramente finito, capaz de joderte el día. O la vida.

Pues llevo una semana con el presentimiento de que este viaje a Benidorm va a ser horrible. Que su contribución a mi cuenta de infelicidad personal va a superar el tope asumible. Que va a pasar algo tremendo.

Que no debería haber venido.

Ya ves tú qué importancia tendrá un fin de semana en Benidorm. Relajo y tal. Y encima en un marco incomparable, una habitación cojonuda en la planta 48 del Gran Hotel Bali, el más alto de Europa. ¿qué más quieres?  

-Venga anímate. Ahora que por fin podemos salir de Madrid, ¿no te apetece una escapadita a la playa? Para tomar el sol y ponerme un poco morena. En la barriguita también. Es la última oportunidad antes del parto; luego no podremos hacer nada más durante un tiempo.

En eso tiene razón, calculo que dejaremos de hacer cosas normales durante un tiempo de… ¿unos 25 años? Pero hay que ser positivo; después de este año tan raro, es bueno salir y oxigenarse un poco, disfrutar de la vida, gastar….Y tampoco es tan malo un fin de semana en la playa. Y en un hotel tan singular, ¿por qué no?

Porque no lo veo claro.

Y no es solo porque piense que no se me ha perdido nada en Benidorm. Ni porque no quiera gastarme 500 euros por dos noches (eso sí con vistas panorámicas al mar, desayuno y cena romántica incluidos; y admiten perros, qué monos). O porque aborrezca las discotecas, los turistas del IMSERSO, los turistas ingleses, o cualquier clase de turista. Ni porque odie las playas que tienen rascacielos, o las que no los tienen, las sombrillas y las tumbonas, el olor a pollo frito, a pizza margarita, a goffre y a protector solar. Es que no me apetece vivir todo eso con una mujer que me parece una extraña. Mi mujer embarazada de 8 meses.

Por no mencionar al perro.

La salida según lo previsto. Los atascos parecen minuciosamente programados por un experto en teoría de colas. Tan previsibles que, de no producirse, los echaría de menos. Y, de propina, un número indefinido de paradas a mear. El embarazo achica espacios, ya se sabe. Y el perrito, que también tiene sus necesidades y está nervioso ahora que espera un hermanito. No es culpa suya que se maree y vomite en la tapicería del coche. Pobrecito.

El hotel es caro, pero aparente. Y la habitación, espectacular, para que voy a negarlo. Dos camas dobles pegadas y terraza amplia con unas vistas impresionantes al mar. Creo que nunca he dormido en un edificio tan alto. Y todo preparado para Cyril, su zona para dormir y para comer, para hacer pipí y popó, servicio de guardería y de paseo...

-¿Ves lo que te decía?, si quieres un buen servicio, tienes que pagarlo. Qué bien vamos a estar los tres.

Cyril y yo no estamos tan seguros. Nos conocemos

La primera cena romántica no está mal; como cena, digo. Aunque hay música en directo. Siempre me he preguntado cómo será la vida de las vocalistas de los restaurantes de los hoteles caros. Las he visto en cualquier país del mundo y en todos me parece estar en la frontera entre dos mundos paralelos que podrían llegar a interactuar, pero que apenas se rozan fugazmente, como en una mirada con el rabillo del ojo. Los clientes conversan, intentan seducirse o meditan enfrascados en su propia soledad. La vocalista canta como si su voz se propagase por otra dimensión, mientras mira, sin esperanza, a ninguna parte. Entre las mesas pululan camareros serviles, como en una danza ritual al son del piano.

El ambiente me deprime profundamente. Me recuerda que yo también estoy en un mundo paralelo, en el que cada día escucho canciones que no me interesan, interpretadas por alguien a quien realmente tampoco puedo ver. Marta conversa animada mientras yo me desdoblo. Ella habla de los planes para mañana, de un desayuno tranquilo y del primer baño en el mar, de un paseo por la playa. Yo pienso en la cadena de malas decisiones y negaciones personales que me han llevado a este punto de no retorno. Y aquí estamos, disfrutando de una cena deliciosa en un hotel maravilloso, mientras esperamos un hijo que yo no quiero y que no va a arreglar nada.

-Vamos ya a la habitación, el pobre Cyril está solito. No me dirás que no es una ricura de perro.

Tampoco tan rico, pienso. Una vez probé en Seúl una sopa que se llamaba bositang o algo así, hecha con carne de perro: nada del otro mundo. En el restaurante de un hotel con piano y vocalista, claro. Sin embargo, comparto su opinión:

-Es un perro muy gracioso. Y te hace mucha compañía cuando estoy de viaje.

-Viajas demasiado, ya se lo he dicho a papá. Me parece bien que confíe en ti, pero ahora que vamos a tener un niño, necesito más atención. Seguro que te puede encontrar un puesto igual de bueno, pero sin tener que ir siempre de aquí para allá.

Claro que puede, cómo no va a poder. Papá lo puede todo. Puede casarte con quien quiera, tener nietos cuando le plazca. Y si necesitas compañía te compramos a Cyril. Y si no es bastante, aquí estoy yo. Qué mas dará lo que hago en la empresa, si todos conocen mi empleo real. Oigo a mi otro yo contestar amable:

-Bueno, ya hablaré yo con él, Marta; ya sabes que no nos gusta mezclar la familia y el trabajo.

Cyril nos echaba tanto de menos que, al vernos, se ha meado en la puerta de la habitación. Por la emoción, ya sabes. Me pregunto si sería capaz de estamparlo en la ventana con un chut certero. En vez de practicar mis habilidades futbolísticas, llamo al servicio de habitaciones. Me avergüenzo por fuera y por dentro cuando la asistenta limpia la meada. Me parece indigno que una persona sirva a un perro. Solidaridad entre siervos, supongo. Marta lo ve natural.

Estamos cansados y nos acostamos pronto. Marta se despierta dos o tres veces, yo me hago el dormido. Antes del alba es ella quien duerme profundamente. Entonces me levanto con cuidado y, al meter los pies en las zapatillas, compruebo con asco que están frías y mojadas. Cyril también se ha despertado esta noche. Salgo a la terraza descalzo y sin hacer ruido. Cyril me acompaña. Vistas excelentes, un amanecer impresionante. Cyril me huele los pies, un perro reconociendo a otro. Intercambiamos miradas de colegas; al fin y al cabo, servimos a la misma dueña. Pero él puede mearse o vomitar donde quiera y yo sólo puedo ser cortés. Por el horizonte el sol ya ha salido del todo. Abajo, cuarenta y ocho pisos más abajo, la piscina del hotel y las tumbonas minúsculas, ahora vacías. Calculo mentalmente la duración de la caída, desde esta terraza tan bonita, de una zapatilla meada, de un perro o de una mujer embarazada...

Digamos que son cincuenta pisos, a tres metros por piso, ciento cincuenta metros. El tiempo es la raíz cuadrada del doble de la altura, dividida por la gravedad, o sea, trescientos metros dividido por diez, más o menos, la raíz cuadrada de treinta…

Cyril, precioso, ¿no te gustaría aprender a volar?

Marta se asoma por la puerta de la terraza y me pregunta impaciente

-¿No está Cyril contigo?, no lo encuentro dentro…

Estoy apoyado en la barandilla de la terraza mirando al vacío,  y me vuelvo para contestar, a la gallega, con otra pregunta que formulo y respondo yo mismo:

-¿Sabes cuánto dura la caída de un bullgdog francés desde el piso 48 de un hotel hasta la piscina? …Unos cinco segundos y medio...

Marta me mira con la cara desencajada mientras Cyril sale trotando de detrás de una silla de la terraza. Está contento, pero no mueve la cola porque no tiene cola que mover.

Aunque, en su caso, es algo de nacimiento.

 


Álvaro 

  

*El título de este relato y el nombre y la raza del perro están sacados de una novela de Connie Willis. Es una novela de ciencia ficción humorística que trata de viajes en el tiempo y que me leí hace más de veinte años. Me gustó mucho. A su vez, la autora copió el título de otra novela de humor mucho más antigua, escrita por un tal Jerome K. Jerome, publicada en 1889, cuyo argumento desconozco por completo. Nunca la he leído, ni creo que lo vaya a hacer a estas alturas.




Benidorm

Adrián se empeñó en ir el fin de semana a Benidorm. El sol y la brisa marina les sentarían bien. A Marga le daba cosa viajar en su estado. No le había dicho nada a él para no inquietarle, pero había estado toda la semana notando un movimiento inusual en el vientre. Últimamente todo la asustaba. El miedo se había convertido en una mano oscura y moldeable, que le agarraba y apretaba cada vez por un sitio distinto e iba creciendo dentro de ella con cada mes de gestación.


Después de colocar la camita de Frida sobre las maletas, Adrián cerró la puerta del maletero con un suave toque, que inició un movimiento automatizado. La diminuta chihuahua que le había regalado a Marga por su cumpleaños, no le quitaba ojo a sus pertenencias, observando todo con la cabecita ladeada.


—¿Estás lista?


Marga miró dentro de su bolso para cerciorarse de que había cogido la lana con la que le estaba tricotando una rebeca a su futura niña y aplastó en vano el ovillo blanco contra el fondo para que no asomara.


—¿Y eso? -quiso saber él, señalando el bolso.

—Le estoy haciendo un chalequito a Frida para el invierno —mintió.


Al subir al coche familiar, Marga pisó con su deportiva algo blando, gomoso, que yacía al borde de la acera, y que cedió bajo la suela con un crujido de palillos de madera. Se obligó a mirar hacia abajo con angustia y vio su pantalón beige salpicado de puntos rojos y más abajo, el cuerpo borroso de una paloma, decapitada por algún vehículo. Asqueada, se limpió el camal y la zapatilla con una toallita higiénica para bebés. Tuvo el impulso de pedirle a Adrián que se quedaran en casa, pero lo frenó. Él estaba tan ilusionado con ese viaje... Llevaba toda la semana hablando del apartamento que había alquilado con vistas al mar, piscina, pista de tenis y spa.


Encontraron algo de tráfico en la entrada de la autovía del Mediterráneo. Probablemente algún accidente. Adrián enchufó la radio. Sonaba “Amor de hombre” de Mocedades. Esa canción unida al paisaje adusto que se proyectaba frente a ella como un espejismo, le trajo a Marga recuerdos de un verano en un chiringuito de Mojácar. Fijó su vista en el perfil de Adrián, que conducía impasible a su escrutinio. A pesar de la barba, seguía teniendo algo de estatua griega, con el espeso pelo blanco, rizado, la nariz grande y recta y la frente pronunciada, que daba a sus ojos una sombra misteriosa.


Un latigazo eléctrico le sacudió el vientre. Lo apretó contra sus brazos y miró por la ventanilla. Alicante 152 km. En el cielo, una nube en forma de embrión se iba disolviendo. Bajó el cristal para que el aire le diera en la cara. Frida, tumbada sobre sus pies, la observó entornando sus ojos saltones, como si le molestara el viento. Luego olisqueó la sangre de paloma de la zapatilla y volvió a acomodar su cabeza sobre el pie de Marga, que a su lado parecía absurdamente grande. De fuera llegaba un aire caliente, de secador de pelo, con un fuerte olor a podrido. Estarían abonando la huerta. Volvió a cerrar la ventanilla.


Alicante 115 km. El vientre le volvió a dar otro pinchazo y cambió de postura. Notó una ola de calor entre las piernas y tuvo la sensación de que la compresa se la había empapado. Ahora el calor le subía por el pecho y se lo tapó con las manos, como si quisiera apagar un fuego.


—¿Podríamos parar luego un momento?

—¿Ya? Pero si acabamos de salir...

—Necesito ir al baño.

—Sí, tranquila, pararé en la próxima área de servicio.


Adrián puso el intermitente que sonaba como un corazón de hojalata y fue reduciendo la marcha para tomar el desvío de la gasolinera. Marga salió del coche, seguida de Frida y estampó varias veces sus deportivas en el duro arcén del parking, mientras se frotaba las piernas.


Una vez en el cuarto de baño, Marga miró ansiosa el color de su compresa: seguía blanca, pero estaba muy mojada. La olisqueó antes de tirarla a la basura de al lado del váter y lo único pudo reconocer fue un tibio olor a pis. Se cambió la compresa y volvió al coche.


Adrián salió de la tienda con dos bocadillos y dos botellas de agua. Se sentaron en el coche con las puertas abiertas. Las cigarras iban marcando un crescendo que anunciaba el cenit del mediodía. Marga desenvolvió el bocadillo. Era de jamón. Lo sacó del pan, se lo guardó en el hueco de la mano y volvió a tapar el bocadillo.


—¿No te gusta?

—No tengo mucha hambre.

—Deberías comer algo, ya sabes lo que dijo el médico.


Marga le dió con disimulo a Frida el trozo de jamón. La perra luchó tenaz para tragárselo, mostrando sus pequeños dientes al fruncir el hocico, como si estuviera mascando un chicle rebelde. Luego estuvo relamiéndose durante mucho rato, mientras iba alternando una mirada suplicante entre su dueña y el bocadillo, que ahora estaba en la guantera.


Alicante 98 km. Un camión con un sucio oso de peluche cosido al parachoques les adelantó echándoles un muro de aire. Adrián redujo bruscamente la marcha. Los ojos de Marga tropezaron con el peuco de ganchillo amarilleado, que daba patadas al aire, colgado del retrovisor. Había cogido mucho polvo, lo tendría que lavar. Marga frenó el bamboleo con sus dedos nudosos y luego lo volvió a empujar para que se balanceara aún más fuerte. En el espejo retrovisor vio la cara mofletuda de Anita, sentada en el asiento de atrás con su mono de peluche, mirando distraída por la ventanilla, mientras sus deditos contaban algo en el paisaje: pájaros, árboles, postes de teléfono. Su imagen era tan real que sintió la necesidad de agarrar la mano que Adrián tenía sobre el cambio de marchas. Justo en ese momento se oyó detrás la bocina de un coche deportivo, que iba pegado a ellos. Adrián murmuró un insulto y siguió a su ritmo. Marga volvió a mirar por el espejo retrovisor, pero Anita ya no estaba. Pobrecilla, su angelito. El vientre le volvió a dar un pinchazo y notó una tirantez incómoda en la parte de los riñones. Se cruzó con la mirada hostil de la conductora del deportivo, que por fin había conseguido adelantarles. Era una mujer de unos 50 años, elegante. Le llamó la atención su pelo perfecto y brillante. Parecía que llevara peluca, como las que presentan el telediario. También llevaba unos enormes pendientes de bisutería en forma de triángulo, que bamboleaban al mismo ritmo que el peuco de Anita.


Afuera el paisaje era cada vez más árido, casi desértico. Tenía que decírselo a Adrián. Ya no podía pensar en otra cosa que no fuera la sensación extraña de calor y humedad entre los muslos y la tirantez de su vientre, que le advertía de que algo no iba bien. Benidorm 45 km. Frida saltó sobre sus piernas como si hubiera olfateado su preocupación. Marga le acarició el lomo y la perra se volvió, ofreciéndole sus nueve tetillas rosadas. Se preguntó si también ella tendría cachorros algún día. Su vecina tuvo hace tiempo una hembra de caniche blanco. Se llamaba Fanny. Andaba hinchada como un balón, pero cuando un día le preguntó por la camada, resultó que no había tenido cachorros. Solo había sido un embarazo imaginario. Esa fue la primera vez que oyó hablar del algo así. Marga se imaginó el vientre flácido como un globo de goma deshinchado.


Adrián le puso una mano sobre la rodilla.


—¿En qué piensas?

—Me gustaría comprar una casa de muñecas.

—¿Una casa de muñecas?

—Sí, quiero aprovechar ahora que tengo tiempo.

—¿En qué piensas de verdad?


En el horizonte empezaron a surgir los primeros rascacielos. El calor difuminaba y rizaba los contornos del edificios, que parecían desenroscarse de la ladera de la montaña para atornillarse al cielo. Benidorm 2 km.


—¿Sabías que en la Biblia está escrito que a Sara, la mujer de Abraham, Dios le concedió el milagro de tener a su hijo Isaac a los 90 años?

—Marga... Deja ya de torturarte con esa historia del embarazo.


Marga sintió ahora la punzada en el pecho. No podía más. Tenía que decírselo o iba a explotar.

Adrián dio un frenazo frente a la verja del la urbanización “Florida” y miró a Marga a los ojos por primera vez desde que iniciaron el viaje.


—Dime qué te pasa, por favor.

—Creo que he roto aguas. —confesó Marga.


Adrián la abrazó muy fuerte y una lágrima le enturbió la vista que, por detrás de la nuca arrugada de Marga, alcanzaba hasta el mar.


—Venga, vamos arriba. Te serviré una copita de cava para que te relajes.


Subieron al ascensor en un silencio, tamizado solo por la leve versión acústica de “A summer place” y un falso olor a flores dulces. Adrián espiaba la mirada perdida de Marga en el espejo. Un sonido de campana les avisó de que ya habían llegado al piso 22. Al final del largo corredor, pegado a la puerta de su apartamento, había un gran cartel en forma de corazón, rodeado de rosas de plástico, donde se leía: “felices bodas de oro”. Marga acunaba a Frida sobre su brazo como a un bebé. Adrián la tomó de la otra mano y avanzaron a pasos cortos por el pasillo, como en una marcha nupcial hacia el altar.






lunes, 8 de marzo de 2021

Desaparecer

 Desaparecer

“Si te esfuerzas, puedes desaparecer…”

Los Planetas

Pedro mira la piscina como si la viera por primera vez, con demasiado extrañamiento. Sigue sin acostumbrarse. Un cinturón flotador rodea su tronco y unos calcetines de neopreno protegen sus pies. No soporta ver su imagen ridícula reflejada en la cristalera y cambia la dirección de sus ojos hacia el culo de la monitora que aparta su silla de ruedas. Ella lleva tatuado en un tobillo el pictograma de una “X” como las que indican que un producto es nocivo en caso de ingestión y piensa, -que buena está.

La monitora se gira y le dedica una sonrisa que calienta, pero no cura. Si la pena tiene una mirada, esa es la de Pedro. La silla hidráulica lo sumerge en la piscina y un chispazo en su cabeza le hace recordar veladas acuáticas con su mujer en verano. Ahora sería imposible. Por debajo de su esternón ahora solo lo hay quietud.

Antes, las piscinas solían tener algarabías, chapuzones y gritos. Esta es una piscina aburrida con personas que se mueven de forma lenta acompañadas por otras personas que les ayudan a moverse. Más que una piscina, es un balneario. Hidroterapia, anuncia el cartel en la entrada. Lesionados medulares, enfermedad y vejez. Cuerpos amputados y seres que han perdido parte de su simetría en algún accidente.

Pedro saluda a su compañera Lara que ha llegado antes que él. También lleva un tatuaje en el brazo y también es guapa. Pedro piensa que igual debería hacerse uno. Quizás un tatuaje en la espalda con forma de flecha y apuntando a la altura de la vértebra dorsal 8, para no olvidar ese jodido accidente que le mordió la columna.

 También ha pensado en tatuarse él símbolo del infinito en la muñeca, que es como un ocho, pero tumbado. Para recordarle las ocho horas de operación que pasó en el quirófano boca abajo y las infinitas veces que se ha preguntado qué pasó ese día. Porque se salió el coche de la carretera en una de esas rectas infinitas.

Después de la piscina ha decido acercarse al Instituto Erikson, en su página web se anuncia como “Hipnoterapia Clínica”, “Terapia de hipnosis. Recuerde aquello que no puede recordar”.

Pedro espera desvelar lo que le atormenta desde hace ya cuatro años. El Atestado de la Guardia Civil tampoco manifestó una causa concreta del accidente.

 Fecha: 18 de febrero de 2017.

Hora: 17:15

Lugar: Municipio de Piélagos. Carretera autonómica 234. Punto kilométrico 8.

Tipo de accidente: Vehículo fuera de la calzada en la llamada recta Zurita. Conductor varón inconsciente atendido por unidad de soporte vital. Posible avería en la dirección del automóvil. Nada concluyente.

Pedro no recuerda nada. Una recta, una camilla en el hospital y una silla de ruedas.

 

-Hola, soy el Doctor Adryan y voy a someterle a una terapia de hipnosis. Firme este consentimiento, por favor.

Pedro entra en una consulta de luces tenues y aromas de incienso. La imagen le hace pensar en un hechicero si no fuera por la bata blanca y las gafas de pasta. Pedro lee el impreso detenidamente y lo firma.

El Doctor Adryan le explica que el cerebro es una entidad sutil y complicada, y que a menudo se protege cuando la realidad supera la capacidad del entendimiento.

 

-Es posible que sus recuerdos del accidente se hallan quedado como sedimentos en el fondo de un cubo. A través de la hipnosis y con pequeños movimientos psíquicos, pero sin turbulencias, haremos que aflore aquello que necesita salir a la superficie y que está depositado en la oscuridad de sus recuerdos. -Me ha entendido?

 

-Si. Es necesario que me transfiera al sillón. Pregunta Pedro.

-No, puede quedarse en la silla.

-Tiene que saber también, que usted no dirá nada que no me quiera decir.

 

Con tono lento y suave, el Doctor Adryan deja que sus palabras invadan a Pedro, que poco a poco va aceptando sus órdenes:

 

-Respire profundamente llenando su pecho y pulmones. Deje que el aire salga lentamente. Contaré uno, dos y tres, cerrará los ojos y responderá a mis preguntas. Son las 17:15 del 18 de febrero de 2017.

- ¿Dónde se encuentra Pedro?

-Conduzco mi coche por una recta infinita, hace una tarde estupenda y suenan Los Planetas en la radio, la canción “Desaparecer”.

- ¿Y qué hace usted?

-Canto es el estribillo una y otra vez, “Si te esfuerzas, puedes desaparecer…”. -Suelto el volante y cierro los ojos.

  

Paco Florentino



lunes, 1 de marzo de 2021

EL OCASO DE LOS RECUERDOS

 Ismael está sentado en su silla de madera mientras recuerda. Mucho ha visto y vivido y ahora le gusta sentarse en el porche al sol a ver su vida en el mar. Recuerda cuando siendo joven tuvo que embarcarse para ganarse la vida. Recuerda viajes a extrañas tierras, hombres que lo llevaron a un paso del infierno, hombres que desafiaron a Dios hasta el límite de pagarlo con sus vidas arrastrando a otros consigo. Él anduvo por ese filo pero pudo regresar y disfrutar de una vida rica gracias a esas experiencias.  Ahora, al final ya, se sienta en su porche frente al mar y talla figuras con la madera que llega a la playa para que los turistas las compren en la tienda de souvenirs de su hija. Le gusta pensar en que esa madera viene de barcos como el suyo, hundidos y destrozados por algún monstruo que aún flotan en la inmensidad azul del mar. Mirando al horizonte, Ismael se queda dormido.


    Edmond sonríe al sol de la tarde sentado en la terraza de su palacete en Janina. Ve a su amada Haydee venir por el camino sonriendo y jugando con los perros. Cada vez piensa menos en sus viejos fantasmas, pero días como hoy, en que entrevé el final del camino, le gusta hacer cábalas sobre lo que habrá sido de Mercedes. Aquel nombre que en otro tiempo bastaba para alegrar su corazón, para dar a su furia un único objetivo y que hoy, ya lejano sólo le trae recuerdos de la negrura que pudo albergar su alma. Sabe que no queda mucho pero puede decir sin lugar a dudas que ha vivido. Apura el Chardonnay que queda en la botella mientras siente como poco a poco la modorra de la tarde y el vino van ganando la carrera.


    Sancho sentado en el poyo a la puerta de la casa, a resguardo del sol bajo el emparrado, espanta las moscas mientras mira la polvorienta llanura ondular como si en un ensueño ardiese sin llama alguna. Mira también de vez en cuando sus manos callosas de dedos anchos y piensa en la gloria pasada. Se revuelve incómodo al pensar que no se hizo la miel para la boca del asno pero que el que no llora no mama y que aunque viento, mujer y fortuna son mudables como la luna, hay quien nace con estrella y quien nace estrellado. Y él no puede quejarse pues buena vida arrugas tiene y el ya tiene unas cuantas. Echa de menos a algunos amigos, sobre todo a Alonso. Muchas tardes piensa en cuando salían a hacer los caminos a suerte o a muerte y ríe sólo. Otros días, los peores, se ve casi sin darse cuenta en la linde del pueblo, donde los molinos, con las riendas del borrico en la mano, y tiene que hacer de tripas corazón. Por los hijos, ya se sabe. Vuelve del paseo a casa y ya está la mesa puesta. Huevos, patatas, panceta y chorizo le entran por los ojos. Sin embargo, él come un trozo de pan con queso y un vaso de vino aguado. De postre una pera. Al final, está claro que Dios da pan a quien no tiene dientes. Con lo que él había sido.


—Mamá, el abuelo se ha vuelto a quedar dormido.

—Si le has dado ya la pera recoge la mesa, por favor.

—Sí, se la he dado casi entera. Hay un montón de libros por el suelo. No sé para que se los das si no los puede leer, sólo acaricia los lomos y cuando se queda dormido se le caen.

—No sé, hijo, pero siempre que lo hago los acaricia y sonríe feliz. Es que tu abuelo aunque él ya no se acuerde fue un gran lector. Incluso llegó a escribir un par de libros. Siempre decía que los libros son como píldoras de memoria de vidas y tiempos que no hemos vivido… Decía que quien lee vive muchas vidas. Yo creo que por eso sonríe cuando los toca. No sé si vuelve al tiempo en que los leyó, o recuerda las tramas o sólo le gusta el tacto del lomo, pero los libros le hicieron siempre feliz. Podrías probar a leer alguno.

Mala hierba

  Mala hierba Todo cambió el día que murió él tío Fidel. Salió de casa sentado en una silla de madera, transportado por mi tía Vicenta y mi ...