domingo, 29 de noviembre de 2020

NONAIT

EL MUNDO DE NONAIT (Delia) 

Érase una vez una niña llamada Delia a la que le gustaba quedarse a pasar algunos fines de semana en la casita del bosque con su Yaya. No estaba del todo aislada, a unos minutos andando había otros vecinos cerca y, a dos kilómetros, el pueblo. La Yaya vivía allí gran parte del año, aunque también le gustaba el bullicio que le daba otra vivienda que tenía en Valencia, cerca de sus tesoros, como llamaba a sus hijas y nietas. En la ciudad podía visitar librerías, cines, conciertos, alguna ópera, pasear por la playa... En su casita del bosque era distinto, los sonidos de los pájaros en la mañana, los aromas, las tareas sencillas de la casa, los animales que se acercaban a su puerta para ver si caía algo para comer, sentir sus propios pensamientos, cómo se ordenaban como los libros en una estantería…, todo ello hacía que se sintiera feliz. A Delia le atraía mucho estar en el campo, como decía su yaya. Podía correr sin coches o bicicletas por el medio. Gritar, sin que nadie le dijera que bajara la voz. Aunque lo que más le atraía era el bosque. En la pinada siempre encontraba algo que le llamaba la atención, buscaba piedras, huellas, animales entre los matorrales, en el río… El tiempo que pasaba allí, no le interesaba el móvil. Además en la mayoría de sitios no tenía cobertura y en la casa sólo en un rincón de la ventana que había cerca de la chimenea. La yaya siempre le aconsejaba que no se metiera en el bosque sola. Que había trampas de cazadores y que contaban los ancianos del pueblo que alguna persona que entraba no la habían vuelto a ver más. Así que lo primero que hacía Delia era jugar cada vez más cerca de ese lugar. Con la yaya sí que paseaba por allí, pero sin adentrarse mucho. Cogían flores, piedras, plantas aromáticas para infusiones, le enseñaba a coger setas que se podían comer, moras… Cuando caía el Sol y empezaba la noche se quedaban mirando el cielo. Allí parecía que las estrellas eran más grandes y estaban más cerca que en ningún otro sitio. Le enseñaba el Lucero del Alba, la Osa mayor, la estrella Polar que siempre señalaba el Norte, la Luna… y estrellas fugaces para pedir deseos. Esa mañana Delia, después de comer gachas con miel y un gran tazón de leche de cabra se dirigió al bosque, su propósito era entrar en él. Lucía un Sol que notó en su cara, dejó pasar unos instantes con los ojos cerrados notando el calor suave de sus rayos, el cielo prácticamente no tenía ninguna nube. Una última mirada a la casa por si la yaya miraba e inició el camino. La niña tiene 6 años. Quizás se piense que es poco tiempo. No menospreciemos ninguna edad, quizás no nos acordemos, pero la cabeza siempre bulle, aunque seas bebé. Ya entre los árboles se paró en medio de un claro en el bosque. A veces la naturaleza también genera sus plazas. Se puso justo en el centro y giró sobre si misma mirando todo a su alrededor. Rápidamente y sin saber cómo, se vio en medio de una niebla espesa. Pensó que si se movía un poco saldría de ella. Pero no fue así, la niebla se hizo tornado y la engulló, no sabría decir si para arriba o para abajo. La niebla se disipó tan rápida como vino y se encontró en un paisaje con sol sin nubes. Los colores muy vivos en todo lo que la rodeaba, como pintado con rotuladores. Lleno de mariposas, abejas con tutú que iban de flor en flor y seres pequeñitos revoloteando que parecían hadas. Por un momento deseó quedarse allí para siempre. Vio moverse una mata y se acercó. No podía creer lo que veía -¿Eres un duende? –le preguntó, viendo las orejas extrañas que tenía con forma redonda de ratón -¿Un duende? ¡No!, soy un tipotopo me llamo Pichí –la miró enarcando una ceja- ¿Y tú quién eres? -¡Oh! Me llamo Delia. ¿Dónde estoy? No conozco este lugar -Estás en Nonait -¿No nait? Suena a no noche. Lo digo porque estoy aprendiendo inglés en el colegio… -se calla parece que Pichí se ha molestado-. -Noche, noche… aquí no hay noche –dijo frunciendo el labio-. Aquí siempre está el Sol que lo ilumina todo. Dicen los mayores que en algún lugar sí que se mueve el Sol de sitio y desaparece, pero aquí no. Le cogió la mano y estiró de ella. Ella empezó a llorar, y él le dijo -No llores ahora. Yo te diré dónde tienes que llorar. Se acercaron a un lugar lleno como de tiendas de campaña, pero más grandes. Abrieron una especie de puerta y se asomaron dentro. Había multitud de haditas llorando dentro de sus jaulas pequeñas. Las lágrimas caían como en un embudo y eran recogidas por un gran tonel. -Aquí puedes llorar y te recogerán el agua que mana de tus ojos –le dijo a la niña que lo miraba horrorizada -Yo no quiero llorar más. Quiero salir de aquí –la llevó fuera y le explicó que el agua y todo líquido era un bien muy preciado ya que el Sol lo secaba todo-. Entraron en otra tienda. Aquí había más tipotopos. Todos estaban trabajando, hacían sombrillas preciosas de colores y sombreros de todas las formas y tamaños. Y le explicó: -Al salir al exterior nuestra piel se resiente con el Sol, por eso debemos cubrirnos la cabeza y el resto del cuerpo. Te noto cansada ¿quieres que te lleve a una cueva para descansar? -¿Una cueva? Me dan miedo las cuevas. No me gusta la oscuridad. Quiero volver con mi yaya Pichí, se puso triste. Quería seguir enseñándole el resto del poblado. Deseaba que la niña se quedara. Podía ser muy bueno que viviera con ellos, sobretodo por la cantidad de lágrimas que podían acumular de ella. Se quedó en silencio a lo largo del camino. La acompañó al mismo sitio donde la había encontrado. Ella se acercó a él y lo abrazó diciendo: -Puedes visitarme cuando quieras. Yo te enseñaré los atardeceres y el amanecer. La Luna y las estrellas. El sonido del agua y poner los pies en el río. Donde vivo tiene también muchos colores como aquí, pero son más como pintados con acuarelas. Colocó los pies en el mismo sitio que antes los había puesto. Le envolvió la niebla y cuando se disipaba oyó una voz a lo lejos. -¡Deliaaaaa! ¡Deliaaaa! Contéstame por favor. ¿Dónde estás? -Aquí, yaya. Aquí. La mujer aceleró el paso hacia la voz de su nieta. -¿Porqué te has adentrado en el bosque sin nadie que te acompañara? No lo vuelvas a hacer, me he asustado mucho. La niña miró la cara de su yaya, tenía lágrimas en sus ojos, y dijo: -A Pichí le hubiera gustado recogerte las lágrimas en un cuenco precioso -Pero ¿qué dices? -He estado en Nonait, allí no se pone el Sol -Cariño ¿tienes fiebre? –dijo tocándole con la mano la frente-. No digas eso. Sería terrible que el Sol no se escondiera La cogió en brazos, la niña apoyó la cabeza en el hombro de la yaya. Y le dijo: -Lo sé -¿Cómo vas a saberlo tú? –dijo la yaya-. Dicen los sabios que si la Tierra dejara de girar sería una catástrofe, la mitad del planeta se quedaría en el día y la otra mitad en la noche. Se perdería la gravedad. Seríamos atraídos por el Sol poco a poco. -¿Qué es la gravedad Yaya? -Es como un imán que te hace mantenerte de pie –la yaya inició el camino hacia la casa- por ejemplo la mesa sobre sus cuatro patas, nosotros sobre las dos piernas, también podemos ir a gatas como los animales… Mira cuando tú te caes, siempre alguna parte de tu cuerpo es atraída por el suelo ¿verdad? En tu caso como te mueves tanto son las manos o tu culo jajajaja La niña rió también y dijo: -Yaya yo siempre querré ver los atardeceres contigo, desde tu sillón verde-azul, porque desde ahí se ven de colores -Mira cariño –le contestó- no hace falta verlos desde el sillón gírate y mira. Hoy es de color rosa, lila, azul e incluso hay reflejos amarillos. -Si yaya, pero cuando en el colegio digo a mis amigos que el Cielo no es solo azul, no se lo creen y se rien. -Tranquila, eso es que no se paran mucho a mirarlo. Algún día lo harán y dirán -¡Qué razón tenía Delia! La niña bostezó. La yaya abrió la puerta de la casa. Se sentó en el sillón verde-azul. Recostó a Delia en su halda y las dos se quedaron mirando cómo se escondía el Sol a lo lejos Y colorín colorado, este cuento se ha acabado

Nubosidad Variable





El reloj marca las 23:00 y el sol entra a través de los visillos. Me levanto, me enfundo en mi elegante traje de algodón nuevo, cojo mi sombrero y el parasol que tanto me ha costado encontrar a mi gusto y me lanzo a la calle. Me encanta la nueva moda: las gafas de sol, los tejidos frescos, los rickshaws motorizados que te llevan por toda la ciudad... Es el eterno verano. Salgo corriendo hacia la avenida. Necesito encontrar a Leslie. Seguro que estará en uno de los garitos con aire acondicionado de la avenida, así que cojo el primer Rickshaw que pasa y me dirijo hacia allí.  Aunque claro, nunca se sabe por que, todo esto del verano sin fin ha acabado por trastocar vidas y costumbres. Antes, solíamos practicar remo y vela entre semana, cuando no había nadie, pero ahora la playa está repleta todos los días del año, mañana y noche. Especialmente los fines de semana. Así que dudo que Leslie o cualquiera de nuestro círculo se aventure por allí ahora. Desde lo que denominamos la gran avalancha, casi todos hemos vendido los barcos que teníamos atracados en la ciudad, con gran beneficio por que no decirlo, para trasladar las reuniones a los garitos del centro, a los clubs o a las fincas en la montaña y así alejarnos del calor y de la chusma invasora y poder volver a ser lo que siempre hemos sido: Exclusivos. 


    Os juro, aunque la mayor parte no me creáis o digáis que exagero, que todo esto del verano perpetuo ha sido culpa de Leslie. Nos conocimos hace apenas dos semanas, justo el día que rompí con Karen ¡Oh, que animal tan encantador! ¡Tendríais que haberla visto! En fin… Tuve la suerte de que, al ser Leslie pariente lejana de los Lauton, viejos socios de papá en la capital, me enviaran a buscarla al aeropuerto como recibimiento. Bueno pues, como os decía,  fue justo cuando ella bajó las escalerillas de su pequeño jet , cuando la quincena de vientos locos y racheados que habíamos tenido que soportar sin tregua paró. Así, de repente. Se que pensáis que puede ser una casualidad, pero no estabais allí para verlo. Si hubieseis estado, habríais visto como, a pesar de que estaba soplando un aire del demonio, que obligaba a todo el mundo a ir sin sombrero y con ropa ajustada para evitar que se hinchase y saliera volando, ella atrevida se aventuró a salir del avión con una falda campana, e inmediatamente, el viento como si le tuviese miedo, paró su aullido y se fue dejando un cielo limpio de nubes. Además, y no quiero parecer presuntuoso, pero me atrevería a asegurar que fue justo después, cuando levantó sus ojos azules sonriéndome, cuando además de dejar de soplar aquel viento huracanado, el sol se paró. Sí, se paró. En seco. Incluso juraría que salio un breve arco iris, aunque eso sí que no puedo asegurarlo, pues ya no pude apartar los ojos de ella. Estaba hechizado. Y así fue, desde aquel momento, el sol ya no ha vuelto a ponerse. Yo lo llamo, claro, el efecto Leslie. Ya han pasado casi 15 días desde que llegó y el mundo está patas arriba, pero quien puede preocuparse de eso estando ella en la ciudad. Lo cierto, es que desde que llegó, nos tiene a todos comiendo de su mano mientras revoloteamos a su alrededor. Se hizo con el control de la situación en seguida: Un par de invitaciones por aquí, una fiesta por allá ¡ét voilá! Dos días después de llegar, absolutamente todos comentaban su forma de vestir y sus exquisitas y sutiles maneras de la capital, tan relajadas. 


    Por fin el Rickshaw llega a la avenida y le mando parar. Lanzo al vuelo unas monedas al conductor, extiendo el fantástico parasol nuevo y salto desde el pescante hasta la mitad de la acera, orgulloso como un gato al evitar pisar el alquitrán caliente. Entro en el primer bar que me sale al paso. Está lleno de gente que evita el calor de la calle y disfruta bulliciosa de la música, las bebidas y el aire acondicionado. Pido un martini y me acomodo en una mesa pequeña que acaban de dejar libre. Leslie no está aquí, pero ya se sabe que en la vida no hay que tener prisa por llegar, sino que hay que disfrutar el camino, así que tras varias luchas enconadas por quien invita a la siguiente ronda consigo terminar la copa y escapar ileso de los lestrigones, las brujas y los cíclopes que habitan esa encantadora cueva. Victorioso, con la cabeza bien alta, la corriente me lleva al siguiente bar donde se repite la operación. Dos bares más tarde, cuando empiezo a encontrarme realmente cómodo en el traje recién estrenado, entra corriendo Sandy Schumacher y mira con urgencia por toda la sala buscando a alguien. Me intento hacer transparente a base de mirar fijamente a través del cristal que da a la calle pero no tengo suerte. Me ve, se acerca a mi mesa con la sangre agolpada en las mejillas y se sienta frente a mí sin siquiera saludar, hablándome muy deprisa.

—¡Oh, John! no sabes como me alegro de verte.

—¿Es porque soy judío? —digo muy serio interrumpiendo su parloteo.

—No, por que iba a… ¿Eres judío?

—Se ve que no necesitas dinero.

—No, claro que no —dice extrañada —Sólo estaba buscando a los del grupo, bueno… a Leslie. Es que quería invitarla a mi casa el fin de semana para que la conocieran papá y mamá.

—Por supuesto. Entonces lo que necesitas es un guía. Yo estaba pensando en volverme a casa, pero ya sabes que por ti hago lo que sea. Termino la copa y te acompaño.

—Gracias, John, pero date prisa o tendrá otros compromisos que atender.

—No creo que sean tan importantes como el que le vas a proponer, Sandy. Estará encantada de ir. Al fin y al cabo las comidas de tu madre son famosas en todo el valle —digo guiñándole un ojo mientras me levanto, cojo el sombrero y el parasol y le tiendo el brazo para que se agarre.

—Eres un sol, John. ¿Verdad que vendrás tu también? Ya sabes que a papá le encanta verte —dice poniendo morritos.

—Es posible, Sandy, es posible —contesto sin darle importancia y saliendo del bar andamos calle abajo parándonos en las cristaleras de los bares a ver si vemos a Leslie. El sol ilumina nuestro paseo como un potente foco y nuestra graciosa y elegante figura se multiplica al pasar por todas las superficies reflectantes que están instalando por todas partes para evitar la radiación solar. Vernos debe ser encantador, lástima que la calle este tan desierta.


    No tenemos que deambular mucho hasta encontrarla. Está en la terraza cubierta de la azotea del Darling´s. Nada más salir del ascensor, le hago un gesto discreto a Carlo, el camarero, para que me sirva un martini. Allí está ella, al fondo, de pie, sola. Contemplando la ciudad a sus pies, apoyada ligeramente en la barandilla junto a una mesa alta. Elegante, con una falda lápiz negra y camisa blanca. Las gafas de sol blancas y negras cerradas en el hueco de la mano y apoyadas suavemente bajo la barbilla. La línea blanca del cuello destaca bajo el pelo recogido y la pamela. Parece recién salida de una vieja película italiana. No he visto un animal tan hermoso en mi vida. Sandy se suelta de mi brazo y vuela a su lado posándose solícita en la barandilla. Ella se gira sorprendida, como si despertase. Se da la vuelta y apoyándose con los codos hacia atrás en la barandilla le lanza a Sandy el alpiste de su sonrisa mientras me mira de arriba abajo, aquilatándome, sonriendo de medio lado. Noto como el tiempo se ralentiza levemente y una sensación de vacío en el estómago. Me salva Carlo, que llega con mi martini en su bandeja. En cuanto me tiene a su alcance Leslie, se acerca mucho, lentamente, alza una mano como si me la ofreciese para besársela y antes de que pueda reaccionar la baja metiendo el índice y el corazón en mi copa para hacer pinza y robarme la aceituna. La sostiene brevemente sobre la copa, para que a la aceituna y a mi nos caigan un par de gotas, y se la mete en la boca sin dejar de mirarme a los ojos, dejándola sobre sus labios rojos unas décimas de segundo más de lo decoroso. Lo justo para que se note un poco más el calor del sol nocturno y empiece a apretarme el cuello de la camisa. Luego me mira con sus ojos brillantes, divertida y la muerde orgullosa con los incisivos. Trago saliva, y por un momento me siento como la aceituna: sólo, húmedo y con un agujero en el centro. Sandy sigue parloteando, pero yo al menos no soy capaz de escucharla. Los atronadores latidos de mi corazón se rebajan al acompasarse con las primeras notas de una trompeta que intenta convocar la melancolía de un atardecer que nunca llega. "Alone Together" de Chet Baker. Sonrío triste. Es la historia de mi vida. 
    Leslie acepta la invitación de Sandy y se la quita de encima con elegancia antes de invitarme a dar un paseo. Nunca he sido más feliz que ahora, paseando de su brazo bajo el sol de madrugada, oyéndola reír. Pasamos la noche juntos en el viejo apartamento que tiene su familia frente a la marina. Es maravilloso. 
    Cualquiera diría que esta mañana tendría que estar contento y os juro que lo estoy. Bueno, lo estaba, al menos hasta que he visto a Vivian salir de la boutique del hotel Central cargada hasta arriba de bolsas y se le ha roto un tacón. Se lo que me vais a decir, pero es que, en el justo momento que en que el tacón se ha roto, me ha mirado a los ojos sonriendo y el sol ha arrancado de nuevo. Han aparecido las nubes como por arte de magia y ha empezado a llover. ¡Ay, qué efímero es todo! Bueno, por lo menos el parasol que tanto me había costado encontrar sirve de paraguas. En la previsión dan al menos 15 días de lluvias.

Otto (Paco Florentino)

 

Otto

Se encuentra participando en un congreso de científicos a las afueras de Berlín cuando una melodía arranca a Otto del sueño. No acierta al primer intento, si al segundo. Coloca su índice en un círculo de la pantalla y el móvil deja de sonar.

Sobre el techo negro de la habitación hay dibujado un firmamento y las cortinas le arropan con motivos astrofísicos. Otto está rodeado de constelaciones y planetas. -En este hotel se cuidan los detalles, piensa.

Se aproxima a la ventana y cierra los ojos. Intenta acostumbrarse a un sol arrogante e insolente. Agacha la cabeza sometido ante las dentelladas de luz y estira un brazo, bosteza, mete una mano en el calzoncillo y se palpa los testículos fríos. Son las seis de la mañana. Otto esta solo frente a una ventana hinchada de luz. Desde allí puede leer una pintada que alguien ha dejado en un muro:

¿WER HAT UNS DIE NACHT GESTOHLEN?  (¿Quién nos ha robado la noche?)

No es una pregunta, es la expresión taxidermista de un grito disecado. Un interrogante que persigue a media humanidad y que todavía no tiene respuesta. Los expertos no se ponen de acuerdo.

Otto enciende la televisión. Un portavoz del gobierno alemán habla sobre un Congreso de científicos. Interviene el jefe del servicio de emergencias climáticas y asegura que se trata de un fenómeno aislado y de corta duración.

La presentadora muestra disturbios en las calles. La ciudadanía está dividida. Unos apoyan la postura institucional y el resto piensa que el gobierno miente, el fin del planeta está próximo. Los eufóricos solares contra los negacionistas siniestros defensores de la noche.

La versión oficial informa que se trata de un desfase de fuerzas astrales, los campos magnéticos se han desequilibrado transitoriamente provocando que la tierra deje de orbitar para mantenerse fija en el espacio. Ya no existe matrimonio entre día y noche, solo hay días infinitos.

Los informativos del canal de noticias ZDF transmiten desde la puerta de un Club Berlines, antes conocidos como catedrales de la electrónica underground. Ahora se han convertido en un símbolo de resistencia climática. Capillas de adeptos y principales santuarios de culto de la añorada noche. Afters repletos de gente en trance sumidos en oscuridad y música.

Otto apaga el televisor. Antes de abandonar la habitación, coge el imán con forma de estrella fugaz pegado a la puerta del minibar y lo introduce en su bolsillo.

A la salida del hotel Otto tropieza con un vagabundo que pregona el fin de la humanidad. El viejo grita con un megáfono mientras dirige sus gafas de sol polarizadas a un cielo inflado de luz. Se aleja arrastrando un carrito de la compra como un astronauta acompañado de su equipo móvil de supervivencia.

Otto se dirige al Berlín Congress Center, allí debe exponer frente a un foro de expertos las consecuencias del nuevo orden cósmico. Otto es biólogo, se siente cansado y absurdo de tener que explicar una nueva enfermedad “el síndrome de la euforia solar”. Mientras físicos y astrónomos solo hablan de física quántica, fotones y rayos gamma, Otto intenta mentalizar a la sociedad sobre las consecuencias biológicas de un sol inmortal, sin ocaso.

Los ciclos menstruales, las mareas y el crecimiento de las plantas están alterados por completo. Las relaciones personales se han transformado. La presencia constante del astro sol ha modificado nuestra conducta y la forma en que nos relacionamos.

Tan importante es la presencia perpetua de la estrella solar, que la fuerza de la gravedad, ese pegamento invisible que nos une a la tierra se está debilitando. Este nuevo magnetismo provoca que las personas dejen de tener los “pies en la tierra”, hay cierta ingravidez personal. La humanidad se ha vuelto más liviana. Demasiado ligera en la toma de sus decisiones.

Por otra parte, hay animales que se van excitando hasta que mueren de estrés lumínico. Otros, como los hámsters, se niegan a dar más vueltas sobre sus rodillos hasta que no llegue la noche.

Otto es alto y ligeramente cargado de espalda, síntoma de cierto abatimiento existencial. Camina mirándose la punta de sus zaparos. Alguien ha pintado en el pavimento algo que simula una vía láctea. Pasa delante de una guardería decorada con lunas de cartulina que los niños han recortado y le sobreviene una sensación de melancolía. Otto está agotado, tanto hablar del sol y de días infinitos, siente que su vida también se va disecando.

La vía láctea le conduce por las calles de Berlín hasta detenerse frente a un club, Dunkle Utopie (Oscura utopía), indica el cartel de la fachada.

Otto ya no da más de sí, piensa que es momento de hidratar sus ideas. Antes de entrar mete la mano en el bolsillo y aprieta fuerte el abridor en forma de estrella fugaz.

En el interior, música dramática y apocalíptica. Un terremoto electrónico, donde unos cuerpos se restriegan con otros. Un ruido cegador acompañado de convulsiones epilépticas de luz negra que resalta los dientes, la caspa y el blanco de los ojos.

Al fondo del local, un desconocido reparte estímulos químicos en forma de media luna. Otto se dispone a participar de la Liturgia drogadicta y se aproxima al extraño. Abre la boca y recibe la comunión química. Comienza la eucaristía cósmica y el viaje por las sombras. Otto pasa las horas entregado a una orgía de ensoñaciones lunares.

Es tarde y Otto abandona el club con la esperanza de abrazar una noche de alquitrán. La realidad le golpea de nuevo, a la salida, un arponazo de luz lo ciega de tristeza. Llora.

 

Paco Florentino





EL OCTAVO DÍA







Dicen que fue sin previo aviso, pero yo lo presentía ; la noche anterior una bandada  de cuervos de plumaje negro que volaban en hilera  pasaron rozando  mi ventana; todos  giraron el pico hacia mi y  me miraron  con ojos teñidos  de pánico;  no los conté, pero estoy seguro de que eran ocho. El séptimo día Dios descansó, dando por finalizada su obra, Génesis 1:1-2:3. En el octavo día ha decidido aniquilar  las tinieblas en favor de la puta luz.

 

   No deja de hacer maldades  como cuando yo era niño;   cortaba con mi navajita la cola  a lagartijas arrinconadas entre piedras  por el  placer  de calcular   cuanto tiempo ese apéndice podría  zigzaguear por su cuenta.

 

   Su Obra no ha llegado al final. Cuando  se aburre hace tonterías, remueve el  terrario con sus dedos regordetes de niño pequeño para observar como se vienen abajo los Legos,  aplastando  a las pequeñas criaturas de su creación; Otras lanza piedras al azar; ahora se ha empecinado en terminar con las noches. ¿Que será lo siguiente?.

 

   Me sobresalta el crujido de la puerta de mi celda al abrirse; es el hermano sacristán, Fray Luis, me dice, recuerde que hoy preside usted los Oficios. Coloco la estola sobre mi cuello avejentado  y salgo hacia la capilla entonando el  Pantocrátor.

 

 

 

 

 

  

sábado, 21 de noviembre de 2020

OJERAS

  Era extraordinario. Martín había vuelto a recuperar por primera vez en varios meses un sentido que hasta aquel día que entró en el quirófano creía extinto. Por fin podía descansar. El doctor Pitanguy había hecho un buen trabajo y lo que era aún mejor: un trabajo reversible a voluntad propia: una cremallera en los ojos. ¿Quién iba a decirlo? Ahora podía poner fin a aquellos días interminables; desconectarse a voluntad de su vida, de su trabajo, de su familia y porque no decirlo, también de si mismo.


El efecto invernadero disolvió los polos alterando el eje de la Tierra. La gran peonza quedó en equilibrio estático, como una bailarina a la que se le acaba la cuerda y deja de girar sobre si misma. La parte no expuesta al Sol se sumió en una oscuridad permanente. Sin luz, la vida no es posible y las sombras, como en los cuentos, convirtieron en hielo y muerte el reverso de una Tierra que parecía plana. En su anverso no hubo ya más noche. Solo sol. Un sol cálido, un exceso de oxígeno y una vegetación desordenada. El Gobierno fomentó la contaminación a base de combustibles fósiles, había que producir el CO2, suficiente para que la vida pudiera continuar. Una fábrica por cada cien mil árboles; ese era el equilibrio. Trabajo y más trabajo para una población menguada. Polución y humo, contrapunto mortal que generaba vida. Ese fue el final de las energías alternativas. ¿Quién necesitaba calentarse en un verano constante? ¿Quién querría encender una bombilla en un día eterno? 


  • ¿Papi, porqué no vamos a jugar al parque? preguntó Carlitos.
  • Cariño, son las tres de la mañana. Tienes que descansar y papá y mamá también. Llevamos todo el día trabajando…

Martín, sabía cómo iba a continuar la conversación:

  • ¡Pero si aún no es de noche!  ¡Los demás niños están jugando!
  • Los demás que hagan lo que quieran pero nosotros debemos descansar. Carlitos le dio la espalda en la cama y ocultó su cabeza bajo la almohada en señal de protesta. Martín cerró del todo la persiana evitando el paso de la luz y se fue a acostar a su habitación. Cristina le esperaba destapada. 
  • ¿No puedes dormir?, le preguntó Martín.
  • No puedo.  Estoy empapada y esa maldita luz no me deja pegar ojo. La mesilla de noche amenazaba desbordarse: Orfidal, melatonina, una taza con media tisana aún humeante, un antifaz, tapones, varillas de incienso y buda en miniatura, un rosario y un ejemplar del Ulises de Joyce. 
  • ¿Y no sería mejor que cerraras la persiana del todo?
  • Sabes que no puedo dormir totalmente a oscuras. Me agobia. ¡Ven, abrázame! le susurró mientras se quitaba un camisón pegado por la humedad al cuerpo. En la penumbra de la habitación se dibujó en blanco sobre su piel tostada la tentadora marca del bikini. Aquel negativo de lo erógeno catapultó la sexualidad de Martín, como en un adolescente que por primera vez observa a hurtadillas la desnudez de una mujer. Para Cristina aquello tenía más de tratamiento contra el insomnio. El móvil sonó. 
  • ¿Otro mensajito?, protestó ella. 
  • Es mi jefe…Tengo que cogerlo, se excusó Martín mientras se trastabillaba al ponerse los calzoncillos. Salió a la terraza. El sol le quemaba las pupilas. Su jefe escupió por el aparato una retahíla de órdenes diversas que Martín apenas tuvo tiempo de asimilar…¿Entonces tengo que ir para allá?¿Ahora? Aún es de noche…quiero decir de día, pero debería ser de noche.
  • Lo siento cariño, me tengo que ir. La máquina ha vuelto a pararse . Martín se acerco para darle un beso en los labios y de inmediato sintió la lengua de ella fluir dentro de su boca. En apenas unos segundos tenía otra vez los calzoncillos enrollados en uno de los tobillos. Notó las ligeras contracciones del orgasmo de…. Cristina. 
  • Cariño me das calor, dijo esta bostezando. Una vez más Martín no pudo seguir.  Se sintió como la mitad de una pastilla que se abandona en el blister cuando uno es incapaz de tomársela entera. Se puso de nuevo los calzoncillos
  • Prepararé un café mientras te duchas, ¿ó prefieres un té?, dijo Cristina.
  • Un café basta, ¿Y tú no vas a intentar dormir un poco?
  • ¿Pero no has visto el día que hace? Es la mejor hora para ir a la playa; no habrá casi gente. Y no te preocupes por Carlitos; cojo el despertador por si acaso me duermo. No me gustaría que entrara tarde al Colegio. 


Martín paró su Citröen 2cv frente al semáforo en rojo -el gobierno daba ayudas por utilizar coches contaminantes-. Hacía apenas un año, en ese mismo lugar y a esa misma hora, tuvo que llevar a su padre a urgencias. Silencio y oscuridad en una  ciudad vacía en esa especie de duermevela  -nebulosa de realidad- que te rodea cuando interrumpes de golpe un sueño profundo. El rostro anguloso y cerúleo de papá, como un busto de César. La cama articulada. El gotero inacabable. La respiración entrecortada. Los ojos abiertos,  sin mirada. Descanso. Paz eterna… Por un momento, sintió envidia de la muerte. 


El semáforo cambió a verde. La luminosa noche estaba poblada de zombies obsesionados con apurar un día interminable: abuelos en los bancos, jóvenes en pantalón corto y zapatillas limando las aceras con sus monopatines, ejecutivos entrando y saliendo del trabajo y tiendas abiertas. Un exceso de oxígeno; un chute de endorfinas producidas por la constante exposición al sol, cafeína y teína -“¡Red Bull te da aaaaalas!”-, trabajo y más trabajo, dinero y más dinero, casa en la ciudad, casa en el campo, casa en la playa, casa en la montaña, casa dentro de casa, casa de arriba y casa abajo, edificio entero, empujaban a una actividad frenética….y a un ruido inacabable de sirenas. 


La ambulancia aparcó junto a él y varios sanitarios le adelantaron precipitadamente. Uno de ellos casi le tira al suelo. Martín no se atrevió a reprochárselo -nunca se sabe-. 

Su jefe,  camisa y pantalón sudados, se le acercó nervioso y le obligó a seguirle sujetándole del brazo.

-¡Menos mal que has venido! Es el tercero esta semana. Martín se zafó de aquellas garras que le arrastraban fábrica adentro y se detuvo un momento a contemplar la triste escena: en el suelo rodeado de monos color naranja, Felipe era un barullo de cables. 


Su compañero de turno, apenas había cumplido los treinta años. Era un joven simpático, de esos con los que basta sólo una breve conversación para saber que siempre será tu amigo. Llevaba meses haciendo horas extra. Y por las noches, quiero decir por el día, pero por la noche, tocaba la guitarra eléctrica en un garito de la playa. Carpe diem, era su lema. Un lema sin contrapunto. Un lema suicida en un día sin noche. 


  • Un, dos, tres….¡Ya! Con cada descarga el cuerpo de Felipe se despegaba apenas unos milímetros del suelo y quedaba de nuevo exánime, con la misma laxitud que un filete en una plancha. Un, dos, tres… Martín se acercó. Aquella tez morena se había disuelto en dos enormes ojeras desparramadas sobre un rostro de aspecto fantasmal. Sus cuencas de eran ahora dos cráteres blanquecinos en cuyo interior reposaba un ojo amarillento. Dos huevos fritos. A Martín le dio una arcada. 
  • Nada que hacer, le dijo el sanitario.  Cuando las ojeras llegan a los siete centímetros ya es demasiado tarde.
  • Vamos, le interrumpió su jefe. Tú a lo tuyo. La máquina no puede pararse. Martín se palpó bajo los ojos intentando medir al tacto el tamaño de sus ojeras. ¿Un centímetro? ¿Dos? 


Se cambió despacio. El de mantenimiento estaba vaciando la taquilla de su compañero. No era la primera vez que veía aquel  ritual esa misma semana. El ruido de un papel al arrugarse llamó su atención.

- ¡Espera! interrumpió Martín cogiendo de la manga al operario. ¡Dame eso! Este dudó un momento - los enseres del amortizado debían depositarse en una bolsa negra y luego devolverlos a la familia, pero aquello no era más que un recorte de periódico-; así que alargó la mano y le dio el papel a Martín. Este fijó su mirada sobre uno de los anuncios que aparecía enmarcado con rotulador rojo:                                                                                                       


 “¿NO PUEDES DESCANSAR? 

EN LA CLÍNICA “DOYOUWANTOSLEEP?”, VOLVERÁS A SOÑAR”.  


Junto al texto, un dibujo en blanco y negro esbozado a plumilla de dos ojos cuyas pestañas habían sido sustituidas por los dientes de una cremallera y en cuyo lagrimal, reposaba como una lágrima misma, el tirador.

Maldito Josué (Álvaro)

Yo pensaba que era imposible que el sol se detuviera y no se hiciese de noche. No es que lo piense: sé que eso es imposible. El Sol no puede pararse porque ya está quieto, nos movemos nosotros, la Tierra gira alrededor del Sol y de su propio eje. Y  nadie se imagina qué clase de fuerza podría detener a esta enorme bola de billar.

Bueno, nadie, nadie, no. Mi becario William, Testigo de Jehová, lo tiene muy claro. Ya lo hizo Yahvé una vez para ayudar a Josué a derrotar a los cinco reyes amorreos, y puede repetirlo cuantas veces quiera. Es lo que tiene ser Dios. 

Nunca he entendido qué hace un Testigo de Jehová en la Universidad. Es como poner un puesto de torreznos en una escuela coránica: está totalmente fuera de lugar. Él se defiende echándome  en cara los abundantes dogmas del universo católico: la Santísima Trinidad, la Inmaculada Concepción o el misterio de la transustanciación. Se equivoca de estrategia y de oponente: eso tampoco lo entiendo. Ni lo entiendo ni me importa.

Hasta hace dos días.

No es que haya tenido una revelación divina, que se me haya aparecido un arcángel o una paloma blanca cagando sus dones espirituales como quien tira caramelos a la salida de un bautizo. Tampoco me he caído de ningún caballo camino de Damasco. Pero es que tengo que reconocer que el Sol se ha parado, quiero decir, que la Tierra se ha detenido. Y ahí tenemos al Sol completamente quieto en el sitio en el que sólo debería estar a las 6 de la tarde.

Menos mal que mi piso no está orientado a Poniente.

A eso de las 10 de la mañana  de anteayer se notó un temblor. Ni siquiera un temblor, una especie de rumor. Una pequeña oscilación, casi imperceptible. Y la marea fue un poco más intensa que de costumbre. Y el viento de Levante un poco más fuerte. No es que yo lo haya visto, estaba trabajando. Lo dijeron en las noticias. Y ya hay miles de videos en Youtube. A las 10, los sismógrafos detectaron una leve desaceleración de la velocidad de rotación. Duró 16 horas: despacito, despacito, sin que se notase apenas, la trayectoria del Sol sobre nuestro cielo se hizo más y más lenta hasta pararse del todo en la posición de las 6 de la tarde, las 5 en Canarias. 

Y ahora siempre es por la tarde. En América es por la mañana. Y en toda Asia es de noche cerrada . Parece que la trayectoria de la Tierra alrededor del Sol no se ha alterado. Eso quiere decir que tendremos una puesta de sol una vez al año, y un amanecer 6 meses más tarde.  Eso si Dios quiere, ya no estoy tan seguro de que esa sea una frase hecha.

He revisado toda clase de informes científicos y explicaciones serias sobre el asunto. Mala cosa, muy mala.  Después de tres años seguidos de pandemias (¿os acordáis de cuando nos decían que tenían varias vacunas a punto?),  nos llega esto. Noches de 6 meses y días de otro tanto. Según la latitud y la distancia al mar , días larguísimos abrasadores y noches árticas. Huracanes y tempestades apocalípticas en las zonas de transición.

Y se ha extinguido el campo magnético. Del todo: cero teslas. Esto es, posiblemente, lo peor. No sólo porque  se han acabado las brújulas y los navegadores de Google Maps, menuda incomodidad. Y también  las auroras boreales, tan bonitas, una pena. No, lo malo es que nos acercamos al fin del mundo en un plazo no muy largo. Los niveles de radiación solar han subido drásticamente, ya no tenemos un escudo protector. Seis meses  seguidos tostándonos con  una lluvia imperceptible de partículas mutágenas y cancerígenas .  Y el viento solar irá llevándose poco a poco la atmósfera. En unos años seremos como Marte, un planeta muerto. Ahora mismo los científicos están calculando cuanto tiempo nos queda.

Pero nuestros políticos lo tienen mucho más claro. A grandes males, grandes remedios. 

Vamos a empezar por bautizar al fenómeno: cuando se pone nombre a una desgracia, la gente piensa que ya está medio controlada. Tiene que ser un nombre rotudo, indiscutible: (IJ) Incidente Josué, para eso están  los antecedentes históricos.  Y hay que buscar una explicación aceptable para la mayoría. La gente necesita certezas, nada de promesas científicas que luego no se cumplen. Es la voluntad de Dios. Y hay que joderse, perdón, quiero decir resignarse. Y si Dios lo quiere así, quizás es el momento de rectificar nuestra actitud soberbia. Hemos confiado demasiado en la técnica, en el progreso, en la ciencia y ¿por qué no decirlo? en la libertad y la democracia. Está claro que Dios nos manda un aviso serio y que debemos dar una respuesta adecuada. El tiempo de los expertos ha pasado, ya hemos visto para lo que han servido en las pandemias. Es la hora de los líderes. 

De los líderes espirituales.

Todo el mundo lo ha entendido a la primera. Y lo ha entendido muy bien. Las iglesias están llenas, y las mezquitas y los salones del Reino. Nuestro presidente Iglesias sigue el ejemplo del Presidente Vitalicio  Trump y  se va a reunir con la conferencia episcopal. Y con el Dalai Lama,  los imanes, obispos evangelistas,  rabinos  y Testigos de Jehová. Con todos, que para eso somos progresistas. Y entre todos buscaremos la mejor solución.

Juntos como hermanos, miembros de una Iglesia.

Esta mañana, o sea, esta tarde a las 8 de la mañana,  he ido a trabajar con un sombrero de fieltro, gafas protectoras y medio kilo de crema solar. No sé si será bastante protección. William ha llegado en camiseta y sin gorra,  confiando su salud al Altísimo. Cáncer de piel en tres meses, calculo. No le digo nada, sé que la fe mueve montañas.

No está aterrado, sino francamente contento. Por fin Dios se ha manifestado. Por fin ha mostrado a todos los incrédulos pecadores su infinito poder. Ahora nos mostrará su infinita misericordia. Pero antes hay que repartir un poco de justicia, corregir a los soberbios, enseñarles el camino recto. Con serenidad pero con firmeza. 

Entra en mi despacho sin llamar.

Profesor, estamos organizando un comité de renovación universitaria, para adaptarnos a la nueva situación. Hay que renovar los temarios, métodos de enseñanza…

¿De eso no se ocupa la Junta de Facultad?, le interrumpo.

Me mira con la seguridad que proporciona jugar en el equipo de Dios y me contesta sonriente y cortés. Sí, ...no me ha dejado terminar, ...como siempre. Le decía que estamos renovando temarios, métodos de enseñanza… y al profesorado. Las nuevas generaciones deben recibir la información correcta de las personas adecuadas. Así lo ha acordado el gobierno con el Consejo Religioso Universal. Para seguir ejerciendo de profesor se necesitará un certificado de aptitud espiritual avalado por alguna Confesión Religiosa. ¿Usted ya tiene su certificado de aptitud? ¿Cree que podrá conseguirlo?

Mira a la puerta  abierta del despacho. Fuera hay un grupo de jenízaros de credos variopintos, esperando intervenir en caso de necesidad. No voy a darles ese gusto.

Mientras recojo mis cosas no puedo evitar una pequeña venganza. Me imagino que no valdrá una catequesis pastafari, ¿verdad? Participé en un grupo pastafari cuando tenía tu edad. Comíamos espaguetis, fumábamos porros y montábamos unas orgías estupendas. Con motivación espiritual, se entiende. Seguro que ahí me hacen un certificado de aptitud. Creo que  yo era especialmente apto.

El patán no entiende la ironía,  la palabra orgía ha disparado sus alarmas antipecado. El chip de control parental que le implantaron en el cerebro parece funcionar bien.  Por un momento pienso que me he pasado y que los otros apóstoles van a lapidarme a la salida, pero prefiere tratarme con desprecio condescendiente y no dice nada. Son tan tontos que hasta es posible que un certificado así me valiese. Los caminos del Señor son inescrutables.

Me voy a casa más tranquilo de lo que pensaba. Menuda paradoja, ahora que tenemos luz permanente entramos en la oscuridad más tenebrosa. Total, para lo que nos queda, creo que voy a liarme la manta a la cabeza y pasar este tiempo lo mejor que pueda.  Voy a llamar a Marta, a ver qué se cuenta. Impía y pecadora, seguro que también la han mandado a casa. Ya se nos ocurrirá algo. 

Y menudo pedazo de idiota este doctorando.  Vaya bodrio de tesis que estaba haciendo; que se la dirija el obispo, seguro que le irá mejor. Sonrío al recordar su ridículo nombre compuesto. Todos le llaman William, pero su nombre completo es William Josué. William Josué Martínez.

Maldito Josué.


viernes, 20 de noviembre de 2020

Punto de giro - Sara

Es raro. Todo es muy raro, oigo decir constantemente. Pasar las noches contigo era algo que ocurría repetidamente y ahora ya no sucederá. Ni la noche, ni tú. Miro al cielo y todo sigue igual, pero nada es como antes. Es como si hubiera amanecido en El Show de Truman y de repente me diera cuenta de que el paisaje que me rodea tiene costuras, de que, si tirase del hilito, el escenario se podría desplomar.

El primero en augurar el fin del mundo fue el cambio climático. Y, de repente, le salió competencia. Cuando ya nos habíamos hecho a la idea de que ese sería nuestro final, fuimos sorprendidos con un punto de giro inesperado, como en un guión de Hollywood: una pandemia se hizo con el protagonismo. Una plaga que haría que acabásemos como langostas, formando montañas de caparazones rígidos a los lados del camino, sin palas para tanto entierro. Fue un duro golpe, pero conseguimos acostumbrarnos a nuestras nuevas circunstancias. El ser humano es capaz de adaptarse a cualquier cosa. Eso dicen. Yo no lo he conseguido. He fracasado como especie. Ya no me identifico con ella. El motor aún me hace seguir funcionando, pero no hay nadie al timón. La pandemia lo rompió, cuando se te llevó por delante.

Y ahora resulta que el sol se ha vuelto loco. Otro punto de giro inesperado. Este guión es ya de risa. Bueno, me importa un carajo. Para mí como si explota el mundo y nos vamos todos a orbitar la galaxia. Lo más gracioso del asunto es que no me había dado ni cuenta de que, desde hace dos días, no se hace de noche. Me lo tuvo que decir la panadera. Dice que en el telediario no hablan de otra cosa, con lo machacones que se ponen cuando les da por un temita. Fue ayer cuando me enteré al salir a comprar, después de casi cuatro días encerrada en mi búnquer. Todo el mundo por la calle miraba hacia arriba con ansiedad, hacia la luz, como conejos a punto de ser atropellados por un coche. Hacían quiniela, especulando: que si es la luz de un segundo sol justo al otro lado del nuestro, que si se debe a un cambio de órbita, que si es polvo intergaláctico. El caso es que nadie lo sabe. Para mí, que siento tanta oscuridad adentro, es como una burla, una afrenta. Como si al sol se le hubiera congelado una sonrisa obscena, como si se estuviera riendo descaradamente de nuestra estupidez. Oía el murmullo de la gente calculando las desastrosas consecuencias físicas, químicas, biológicas, ecológicas, metabólicas que tendría esta situación a largo plazo, y pensaba para mis adentros, que incluso a esto se podría adaptar la humanidad.

Por mi como si nos salen cuatro soles más. Ya nada importa. Antes la pena siempre me asaltaba de noche. Ahora tendrá que acostumbrarse a este sol que no se acaba, a esta luz estridente, de manicomio, que te extrae todos los jugos y te deja como una pasa, que acabará secando tus huesos y convirtiéndolos en fino polvo blanco, en arenilla de playa entre mis dedos.

Te preguntarás qué es lo que me motiva a seguir adelante, a levantarme cada mañana. No lo sé. Quizás (y no te rías, que te puedo ver), quizás sea la ridícula esperanza de que vuelvas a mi lado. Con todo lo que está pasando tampoco es una idea tan descabellada, ¿no crees?



Textos escritos en la clase del 16 de noviembre

 

César:

Me gusta tener un espacio propio en compañía, un sitio donde probar y donde probarme, donde aprender a leer y a leerme, donde estar fuera del mundo para poder entenderlo. Un lugar donde poder invitar a unos cuantos a que participen con sus historias, sus alegrías y sus problemas. Donde intentar saber por qué raspa, por que duele o por qué da risa. Con sus descubrimientos inútiles y sus errores catastróficos. No tengo ni idea de lo que busco, puede que lo que me gusta en realidad sea el hecho de buscar.

 

Rafa: 

Todos los años sufro un accidente.

—Cariño voy a arreglar el enchufe de la terraza.

—Te he dicho mil veces que llames a un electricista.

—¿Un electricista? Cincuenta euros más el desplazamiento. Eso lo arreglo yo en un pis pas.

—Ni se te ocurra ¿estás loco?

—Por cincuenta euros pierdo el sentido.

—Pues deja que quite los plomos, no vaya a ser que lo pierdas de verdad.

—¿Los plomos? Grita mi hija enchufada al ordenador. Ni se te ocurra.

—No hace falta que los quites, cielo. Total sólo es conectar dos hilos, el marrón con el positivo y el azul con el negativo.  ¿O era al revés? —pienso. 

—BZZZZZ. Clic. Plomos fuera. Casa a oscuras.

—Era al revés —concluyo— al  ver tres caritas mirándome desde arriba.

Un dedo chamuscado y un pequeño corte en el labio al golpearme con una silla. Noto el flujo salado de la sangre en mi mejilla. Lo limpio con mi lengua.

—¡Hay que ver pedazo de cabestro!.... Ya lo decía mi madre: “El buey suelto bien se lame”.

 

 Delia: 

Me gustaría que la gente que quiero no cayera en los errores que he superado. Me doy cuenta también, que llego más a quien no me conoce que a quien cree conocerme. Y tengo miedo a los que tienen poder, a que se les escapen las riendas una vez acaban la carrera. Esa carrera escupe a los de a pie, más aún si las ideas que salpican son negativas. Escribo para cambiar el proceso de caída de esas fichas de dominó que les lleva a ese miedo... a ese miedo. Nada me aterroriza más que el miedo.

 

Josep: 

Si aceptamos que se puede nacer en un color, creo que yo nací en el gris; luego, año tras año, fui buscando otros colores, aunque a decir verdad todos se mezclaban, todos se ensuciaban un poco con ese no color, con esa indecisión cromática. Solo con el paso del tiempo conseguí “desaprenderme” lo necesario para poder pintar mi comedor de un color gris precioso; al tiempo le debo el olvido suficiente y ahora solo me gustaría que la gente que quiero no cayera en los errores que he superado.

 

 Sara: 

No sabía si ir a misa o a El Corte Inglés. Mi padre me presionaba sin querer con su silencio beato, mientras descolgaba la chaqueta. Ir a misa me parecía un verdadero tostón. En realidad, me apetecía mucho más el plan de acompañar a mi madre a la Semana Fantástica. Podía tratar de sacarle la nueva nave de Lego Espacial.

—Entonces, ¿te vienes? —quiso saber mi padre bajo el umbral de la puerta.

Por otro lado, ¿de qué me servía todo el Lego del mundo si luego iba derechita al infierno?

—Vale.

Tomar decisiones me ponía nerviosa y triste; era como morir un poquito. Y más si tenía que decidir entre mi padre y mi madre. Desde la infancia, el género y la ansiedad siempre me han acompañado.

 

 Álvaro: 

El buey suelto bien se lame. Mi abuela siempre me lo decía. Hijo, tienes que ir a tu aire. No te preocupes de lo que digan los demás. Puedes decir que sí, suele ser mejor que piensen que estás de acuerdo; pero luego tú haces lo que te parezca. No dejes que te organicen la vida.

Esta opinión tenía bastante mérito, para venir de una mujer que tuvo ocho hijos y nunca trabajó fuera de su casa. Yo siempre he intentado seguir este valioso consejo, y eso que no es nada fácil: decirle a los demás lo que tienen que hacer es el vicio más feo y antiguo de la Humanidad. Si aceptas lo que te digan, vivirás más tranquilo, es verdad, pero nunca alcanzarás tus sueños. Yo me he llevado algún disgusto que otro, pero ahora puedo decir que, cada mañana, sólo mis sueños condicionan mi despertar.

 

 

 

miércoles, 18 de noviembre de 2020

Grupo de apoyo.

 Buenas tardes a todos. Vamos a comenzar la sesión. 

    Recordamos que este es un grupo de apoyo gratuito pero aceptamos la voluntad. _Vicky, ve pasando la cesta. Aceptamos también otro tipo de obsequios y aportaciones. Tenemos algunas personas nuevas a las que damos la bienvenida y las gracias por haber respondido a través de las redes sociales a nuestra búsqueda de testimonios. Estamos a 18 de febrero, son las 12 de la noche y el sol brilla con intensidad como viene haciéndolo a lo largo de todo el día desde hace dos meses, 1 semana y tres días.  Ayer sobre esta misma hora escuchamos a algunos de nuestros integrantes hablar sobre el último día en que el sol no se puso y el tema de hoy es la última noche con luna que precedió a este cambio inaudito en todo el país y al que los que estamos aquí atribuimos un significado especial. _. Dime José ¿Querías preguntar algo? _. Contar lo mío quería _. Ahora os cederemos la palabra, por ahí anda la cesta, no se te vaya a escapar.  

    Muy bien, como cada día, nos damos unos segundos para conectar con nuestro interior y respiramos profundamente. Eso es, quien lo necesite puede cerrar los ojos. Ya está, pues empecemos ¿La cesta ha llegado a todo el mundo? Vale Vicky, después te das otro paseo para los que lleguen tarde. En fin, Roseta es madrileña y viene a contarnos su historia ¿Prefieres seguir sentada o te pones de pie?

    _ Sentada mejor.

    _ De acuerdo pues, Roseta ¿Por qué es trascendente lo que tienes que contarnos sobre la última noche en la que hubo luna?

    _ Bueno, pues en mi caso estaba en Madrid y como era viernes, volvía andando de una discoteca a la que había ido con mis amigas. Y bueno, la verdad es que había bebido bastante. Quiero decir bastante, mucho en realidad. Entonces iba un poco haciendo eses, bueno, un poco no, iba haciendo eses y recuerdo que un coche paró y se ofreció a llevarme a casa. Era un chico guapo y le dije que sí, pero nada más entré en el coche, él empezó a manosearme y se desvió por una carretera que yo no conocía ni sabía dónde llevaba. 

    _ ¿Y qué pasó?

    _ Bueno, pues en mi caso...estaba petrificada de miedo y bueno, fue muy raro porque de repente nos paró un control de la policía, ahí en medio de la nada. Y bueno, esto es muy difícil para mí, porque esa noche iba a morir pero al final estoy viva. El chico que me paró había matado ya a dos mujeres de mi edad y de una forma, en fin, en mi caso prefiero no recrear los crímenes porque todavía estoy superándolo. Los policías le pidieron la documentación y le sacaron del coche. No recuerdo muy bien lo que siguió, pero me desperté en casa sana y salva y después me llamaron para  tomarme declaración y me explicaron que iban detrás del tipo y fue todo una pasada. Y va y al día siguiente se queda el cielo de día, ya sabéis, muy fuerte. Estoy convencida de que mi golpe de suerte estuvo relacionado. 

    _ Gracias Roseta. Muchas gracias. Increíble relato, pero tenemos que dejar de aplaudir porque tenemos más testimonios para vosotros. Alguien que le preste un pañuelo. Gracias. Vamos con José Luís ¿Dónde te tengo? Aquí estás. Cuéntanos.

    _ Hola a todos ¿Cómo estáis? Muy serios os veo. Yo he venido a contar lo mío porque vaya historia la de Roseta pero es que lo mío, lo mío es para flipar. Os juro que es verdad de principio a fin. Yo también iba a a estar muerto y no iba a llegar a conocer esto de tener luz y sol hasta por la noche, porque había decidido quitarme del medio. 

    _ No llores, es normal que te emociones. Un aplauso fuerte para José Luís. Que sienta que somos sus amigos. 

    _ Es que no podía más, no podía más. 

    _ Nos hacemos una idea.

    _ Estaba sin trabajo y sin pareja y me sentía muy solo. Sin rumbo, sin razones para seguir viviendo. Y va y estaba buscando en internet cómo hacer...lo del suicidio, y a mí nunca me solía escribir casi nadie, pero ese día tenía un mensaje de una vecina que estaba buscando a su perrito perdido, y me dije ¿Mira que si aún antes de marcharme del mundo hago una buena obra y le encuentro al chucho? Y entonces salí de casa y me puse a dar vueltas y vueltas. Algo me decía que lo encontraría, que si no lo encontraba yo, no lo encontraría nadie ¡Y ahí estaba! Debajo de un coche aparcado, con un gato ¡Un gato! Me los llevé a los dos porque me supo mal que se estaban haciendo compañía, y cuando la vecina vio a su perruno casi le da algo de la alegría y yo...pues me emocioné, y me dijo que si me quedaba el gato y yo me sentí así como responsable, porque si me llevaba el gato ya lo de matarme iba a ser difícil. Y que la vecina, que ahora es mi novia…

    _ Vale, vale, es muy bonito que aplaudáis, pero tenemos que dejarle terminar que tenemos que irnos a dormir a alguna hora.

    _ Pues eso, que es guapa y me había dado su teléfono. Y quién me iba a decir a mí que iba a tener novia, y un gato y un perro y un suegro que me daría trabajo. Por mí el sol ¡Que no se vuelva a poner nunca!

    _ Pero José, dinos ¿Cómo se llama el gato?

    _ Suici, jaja, se llama Suici.

    _ Suici. Es maravilloso José, ahora te puedes reír de ti mismo. 

      Venga, venga, un poco de calma que cada uno le pone a su gato el nombre que le parece. Vicky ¿Cómo vamos? Ese pulgar hacia arriba es que bien ¿No?

    En fin, mañana a las 12 volveremos como cada día. No olvidéis que vuestras aportaciones, de todo tipo, son muy importantes para nosotros y para mantener a las personas unidas y en consonancia en estos tiempos confusos.

    Nos cogemos las manos de nuevo, eso eso, y oremos. Oremos por la luna, para que esté bien donde se encuentre, y solo vuelva a salir en nuestro cielo cuando nos hayamos convertido en una sociedad mejor. Hemos comprendido el mensaje, que todo se ve, que tenemos que acabar con la oscuridad que cada uno tenemos dentro. Sabemos que hay muchas personas que se sienten tristes ante este cambio y les invitamos a venir a nuestras sesiones donde podrán recuperar la esperanza Recordad, hashtag yanosalelalunayyoséporqué. 

    Descansen todos bajo los rayos solares y recuerden que mañana, por ser viernes, haremos una mención especial de todos los negocios que nos han hecho donaciones. Esto que estamos creando es extraordinario ¡Buenas noches luminosas!

martes, 17 de noviembre de 2020

La ficción ha muerto, artículo de Javier Calvo

 

La ficción ha muerto. Se trata de una variación obvia sobre un eslogan cíclico de los medios de comunicación. La novela ha muerto. El rock and roll ha muerto. Las armas de la publicidad dedicadas a las guerras de la crítica. Optimismo hegeliano. Dialéctica histórica, con sus justos vencedores. Una sociedad futura sin géneros literarios, en la que hayan sucumbido todas las demarcaciones. Esta vez, sin embargo, parece que las noticias de esa muerte no son tan exageradas. La ficción ha muerto. El mantra no solamente lo repiten radicales de la crítica, guerrilleros del campus. Se trata de un cambio climático. Los meteorólogos del consumo cultural comprueban sus instrumentos de medición y anotan los datos. Ciencia dura. Los negacionistas se equivocaban. El cambio climático es real.

Los editores lo saben, y ellos manejan el timón. Los escritores parecen saberlo también, aunque en este cambio climático no está del todo claro si los escritores son los elementos contaminantes o la lluvia ácida. The Guardian y The New York Times hacen sondeos entre los escritores. Geoff Dyer, apóstol de la nueva iglesia de la no-ficción, registra con fidelidad el signo de los tiempos: “durante una gran parte de mi vida como lector, las novelas me suministraban casi toda la nutrición y el sabor que yo necesitaba. Eran divertidas, me enseñaban psicología, conducta y ética. Y luego, gradualmente, cada vez más novelas dejaron de satisfacerme; o bien me daban cada vez menos de lo que yo necesitaba de ellas. La no ficción empezó a quedarse con más terreno y así fue como se aceleró el abandono de la ficción”. Otro mantra, esta vez del novelista inglés Will Self, en su reciente ensayo “La muerte de la novela (esta vez de verdad)”: “solamente porque estés paranoico no quiere decir que no vayan a por ti”.

Es posible que la Nueva Era no tenga un mesías, pero está muy lejos de ser un movimiento laico o ateo. Tiene apóstoles y héroes. Tiene soldados y mártires. Tiene sus voceros apocalípticos subidos en cajas de cartón. Antes que Dyer, en los años 90, el escritor alemán W. G. Sebald incluyó fotografías en blanco y negro para ilustrar sus novelas, donde la ficción ya empezaba a ser escrupulosamente sacada a empujones de su casa, metida en trenes y enviada a su muerte por gas. Una nueva ética se adivinaba en ese gesto. La memoria y el testimonio. La escritura como registro de una desaparición. Y la imaginación como el vicio que fomentaba esa desaparición. Cuando en 1973 Tom Wolfe decretó la muerte de la novela y su reemplazo darwiniano por el Nuevo Periodismo, al mismo tiempo se estaba produciendo la última Edad de Oro de la novela americana. Puede que el cambio climático se estuviera gestando, pero ciertamente no era visible.

La diatriba de Wolfe se entiende mejor dentro de las Guerras de la Novela. Esos conflictos dialécticos internos que daban vida al género. Procesos definitivamente no tanáticos. Vistas hoy en día, las Guerras de la Novela son un ciclo mítico fabuloso. Héroes barbudos en buhardillas sin estufa. Manifiestos escritos en servilletas. Las trincheras de la representación. La entrada de la Historia y la crónica social engendró el realismo literario del XIX. El colapso de la cronología y la conciencia moderna generó el modernismo. Máscaras animistas y palabras incomprensibles para la tribu. Vinieron después los neorrealismos de posguerra, los Angry Young Men, jóvenes socialistas de la clase media degollando a burgueses en el altar del eterno retorno. Y la novela, siempre recibiendo una transfusión o un trasplante en el último momento. Capote y Mailer escribieron sus novelas sin ficción desde esas trincheras de la representación. El destierro del artificio, de la ilusión, es un módulo de subversión. Se repite durante la historia. Son golpecitos en el hombro de un alumno díscolo, la novela, que se distrae constantemente en clase y necesita que le llamen la atención para volver a la realidad. Al presente. A lo que importa. Y para que olvide sus fantasías.

Pero entonces, ¿qué es distinto en el cambio climático actual, si es que hay algo distinto? Si la ficción está muriendo, ¿cómo y por qué está muriendo? Y lo que es más importante, ¿por qué esa muerte parece ser un alivio para tantos? El alivio de un niño a quien le cancelan la engorrosa visita a su tía-abuela. A quien le cancelan un examen por falsa amenaza de bomba. Pero esta cancelación parece ir en contra del sentido común. Si la novela es la caja de trucos cervantina, la broma infinita, el contenedor sin fondo del que nada queda fuera, ¿por qué entonces desterrar la cosa que precisamente le dio su razón de ser en el inicio? La invención entendida como el pecado original de la literatura. El nuevo catecismo brota en forma de grafitis pintados en las tapias y las esquinas. Su lema es: “Basado en hechos reales”. Herodoto, Calímaco y Catulo enmascarados en un callejón, tendiéndole una emboscada al viejo Homero y asesinándolo a puñaladas.

En su célebre manifiesto en forma de collage, Hambre de realidad, el crítico David Shields se proclama a sí mismo el Pablo de Tarso de la Nueva Era. Su hastío furibundo hacia los personajes y tramas inventados reclama una nueva iconoclastia. “Hay que dar pasos para asegurarnos de que nuestros textos sagrados queden del lado de los hechos y de que las escrituras no terminen en el callejón sin salida de la ficción”, nos dice. Y en otro pasaje: “Los creadores de personajes, en el sentido tradicional, ya no consiguen ofrecernos nada más que marionetas en las que ellos mismos ya no creen”. Pronto, promete su libro, seremos libres de esos cansinos artificios. Su cansancio es real, sin duda. Es el cansancio de millones de lectores. Es la fatiga y el escepticismo de miles de editores. Hambre de realidad no es ni mucho menos la única diatriba contra la invención literaria que puede leerse hoy en día. David Hare, poco después de dirigir la adaptación teatral de “El año del pensamiento mágico” de Joan Didion, otra apóstol temprana de la nueva religión, dijo públicamente: “Las dos palabras más deprimentes que tiene el idioma inglés son: ficción literaria”.

El ensayo de Shields, sin embargo, encierra una paradoja más curiosa. Nunca un panfleto cultural polemista estuvo tan alineado con el signo de los tiempos. El gesto radical coincide con la acción institucional. El manifiesto supuestamente subversivo se ensaña con una forma literaria que ya ha sido herida de muerte. El accionista millonario del gran grupo editorial forma pareja de dardos con el crítico bohemio.

El cansancio de nuestra cultura hacia la novela tiene un componente físico cada vez más importante. Es un cansancio que genera irritación. El cansancio que nos provoca la lentitud. “Libros para gente que considera que la televisión es demasiado lenta”, se llama un capítulo del libro de Shields. La ficción literaria es lenta y pesada. Tenía sentido como entretenimiento en épocas pasadas, nos dicen sus detractores, cuando todavía no existían las series de televisión. Y lo que es peor, la ficción literaria no es lo bastante inmediata porque se erige en mediadora entre el lenguaje y la realidad. Es una intérprete de la realidad que ya no queremos. Nuestra cultura está formada por bloques y fragmentos de realidad mucho más breves e inmediatos. Actualizaciones de estado. Crónicas periodísticas. Retransmisiones en directo. Opiniones. Millones de opiniones todos los minutos. Testimonios. El testimonio como forma suprema de la no mediación. El testimonio es mejor sin ficción porque es más directo.

La idea de que el testimonio es la forma suprema de representación es central en el catecismo de la Nueva Era. Sin embargo, no es un precepto que estuviera presente en escuelas anteriores de narrativa documental. Truman Capote se sacó a sí mismo por la puerta de atrás de A sangre fría. En Arrastrarse hacia Belén, la conciencia de Joan Didion dentro del texto es una membrana neurasténica, fina y flexible, un correlato de nuestro horror como lectores. Es importante especificar que la actual novela sin ficción no se distingue formalmente de sus antecedentes históricos. En busca del tiempo perdido y el Viaje al final de la noche. Yonqui de Burroughs, En la carretera y Miedo y asco en las Vegas. El amante de Duras y Fiesta de Hemingway. La memoria y la ficción ya se habían combinado de todas las formas imaginables. La novela sin ficción ya fue explorada en todos sus grados. La concupiscencia entre formas ya no tiene lugar en las trincheras de la representación. Con Las tribulaciones del joven Werther, Goethe clavó un cuchillo sensacionalista en el corazón de la novelística de su tiempo. Eliminar la ficción fue una operación subversiva entonces, igual que en otras épocas. La autoficción contemporánea, sin embargo, repite los modos de la metaficción y de la novela autobiográfica de toda la vida. La diferencia está en otra parte. Quienes afirman hoy que la ficción ha muerto no están proclamando un credo estético. La suya es una soflama ética.

La actual novela sin ficción es, principalmente, amiga del mercado. Antony Beevor, ganador del premio Samuel Johnson y de prácticamente todos los premios internacionales de no ficción, dice: “La mezcla de hechos históricos con ficción se ha usado bajo múltiples formas desde que empezó la narrativa. Sin embargo, el híbrido actual tiene una génesis distinta, y lo incluyen diversos factores. Se trata de un intento guiado por el mercado de satisfacer el deseo actual, en un mundo acelerado, de aprender y ser entretenido al mismo tiempo. En cualquier caso, parece que estamos experimentando una necesidad de autenticidad incluso en las obras de ficción”.

El autor que opta por abandonar la ficción recibe su recompensa casi de inmediato. El escritor francés Emmanuel Carrère, sin ir más lejos, abandonó la escritura de novelas con ficción después del éxito internacional espectacular de su libro El adversario, en el año 2000. Le esperaban la grandeza y los adelantos millonarios. A diferencia de Capote, Carrère no se saca a sí mismo por la puerta de atrás. Su yo no es el yo transparente o ausente del Nuevo Periodismo. Él ocupa el centro del relato. La misma estrategia se repite en docenas de títulos sin ficción. Y el correlato del exhibicionista es el pornófilo. Consideremos En mil pedazos de James Frey, Richard Yates de Tao Lin, Mi lucha de Karl Ove Knausgård. Obras legitimadas con el sello de “basado en hechos reales”. En todas es central el sensacionalismo de unas vidas supuestamente extremas. Las drogas, el sexo con menores, el alcohol. Su variante apta para todos los públicos es el testimonio del drama familiar. La familia disfuncional, el trauma de infancia, la muerte en la familia. Lo íntimo transformado en espectáculo. El lector se acerca al espectador de pornografía, al stalker morboso, anónimo en su dormitorio. El yo exhibicionista hace alarde de su falta de filtros. El mismo yo exhibicionista de las redes sociales, de los reality shows, de los blogs y las webcams. De vidas ajenas de Carrère se lee igual que uno contempla videos caseros de tiroteos y desastres naturales. Turismo de catástrofes. La revelación impúdica.

Las trincheras de la representación se han vaciado porque el mismo concepto de representación ha sido subvertido. Su lugar lo ha ocupado la representatividad. En el capitalismo avanzado, el derecho a publicar la experiencia del yo es universal e inalienable. Se impone a todas las demás consideraciones. La manifestación de la experiencia del yo, de su grupo étnico, de su grupo de género, es el fin de la obra. En su opúsculo Todos deberíamos ser feministas, Chimamanda Ngozi Adichie hace hincapié en los aplausos que la lectura del texto recibió cuando fue leído públicamente en el contexto de las conferencias TED. Se trata de un hincapié innecesario. Todos deberíamos ser feministas ha sido traducido en el mundo entero y ha vendido cientos de miles de copias. De la infrarrepresentación a la sobreexposición. El aplauso es unánime. El opúsculo tiene una versión en YouTube para quien no quiera leer sus 40 páginas. Una versión todavía más inmediata. El yo de la autora aparece en todas y cada una de sus frases. Es un monumento perfecto a lo testimonial, sin patógenos que lo contaminen.

En su novela gráfica sin ficción de 2006 Fun Home, Alison Bechdel combina dos de los temas favoritos del mercado: la familia disfuncional y la identidad homosexual. En la misma época, el escritor británico Alan Moore publicaba íntegramente dos de sus obras más ambiciosas, Promethea y Lost Girls. Los dos libros de Moore no solamente son épicos por sus dimensiones y su ambición literaria. También tratan del poder de la mujer y de la redefinición de su rol en el mundo posmoderno. Fun Home es un gigantesco bestseller internacional y un show de Broadway multitudinario. Los libros de Moore permanecen en el subsuelo. Están contaminados por la ficción de principio a fin. Tampoco ofrecen ningún testimonio. El autor no se pasea por sus páginas contando sus experiencia. Y lo peor de todo, son libros sobre la experiencia femenina escritos por un hombre. La escritura sobre el Otro es tabú. Una imposibilidad epistémica. En la cárcel del yo, la experiencia ajena es irrepresentable. Atenta contra la idea misma de representación.

El cambio climático, las cuchilladas a Homero o la puerta trasera del libro por la que el autor se escapa son metáforas que me parecen útiles para describir el fenómeno que me ocupa. Sin embargo, sigue haciendo falta una metáfora central. Un mito vertebrador. Narciso sería una opción viable, una figura de la tradición con apartamento de propiedad en el imaginario moderno. ¿Cuál es la ausencia que precipita la catástrofe de Narciso? Es la falta de imaginación. Narciso es prisionero de su reflejo. No puede imaginarse a sí mismo, ni tampoco nada más, salvo a partir de ese reflejo inmediato, que ocupa todo su mundo mental. En literatura, la imaginación cada vez más se ve empujada a los subgéneros “populares”. A la fantasía, a la ciencia ficción. Al simple entretenimiento. Los lectores serios buscan otras cosas. Hoy en día, William Blake sería considerado todavía más un lunático que en su propia época. Su eclosión imaginativa es un galimatías. Puede que para una conciencia de otra época, su Jerusalén sea el gran poema épico sobre la Inglaterra moderna. Hoy en día, sin embargo, su obra se consideraría irrelevante. No hay inmediatez. No hay nombres ni lugares reconocibles. No hay testimonio ni información. Todo es mitopoiesis e invención de mundos. Topónimos y patronímicos extraños. Jerusalén es todo, de principio a fin, ficción.

El Narciso contemporáneo no es ninguna figura trágica. No solamente no se ahoga, sino que emerge triunfante. Es un héroe de la afirmación constante de uno mismo. Quizás, para entender mejor su suerte, convenga no imaginarlo en la orilla de un lago, en tiempos más bucólicos. Quizás convenga imaginarlo en un lugar público, en una taberna por ejemplo, donde la gente pueda oírlo hablar de sí mismo y aplaudirlo. Y donde haya más como él. Cientos de narcisos. Miles de narcisos, cientos de miles. En una taberna virtual, cada uno con su webcam, con sus actualizaciones de estado y sus canales de YouTube. Un mundo donde la engorrosa codificación de la realidad ha desaparecido y todos podamos contar, a tiempo real y en igualdad de condiciones, nuestra experiencia sin filtrar.

 

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