viernes, 30 de octubre de 2020

Abracadabra

 

- ¿Adónde vamos, pues, señorita? 
- A la estación de autobuses, por favor. 

 Me acomodé en el asiento de atrás y mientras rastreaba en el salpicadero el lugar del taxímetro tropecé con unos ojos que me miraban en el retrovisor. No sabría decir dónde ni cuándo, pero ya había sentido antes esa forma de mirar. Deseé no haber cerrado nunca esa puerta amarilla. 

- Tengo un autobús para Santa Marta a las 19:00 h. Llegaremos a tiempo, ¿no? 
- Cierto, señorita. No se preocupe. 

 Dejamos atrás las fachadas de colores del centro histórico con sus calles empedradas y, tras unas cuantas vueltas, salimos al Eje central bordeando el Parque Bolívar. Las farolas comenzaban a iluminar la acera y los vendedores de arepas barrían de sus parrillas las brasas aún humeantes. 

- ¿De dónde es usted, señorita? 
- Soy española. 
- Sí, y eso ya se entiende, pues. Pero española ¿de dónde? 
- Soy de Madrid. 

 “Y ya está bien. No sigas la conversación. Corta aquí. Dile que se limite a conducir.” 
“Eso, como si fuera mi chófer. No, es mejor ser amable. ¿Y si se enfada qué?” 

 - Ah, de Madrid. De la capital, pues. Linda, linda Madrid.
 Mi primo hace seis años que está allá. Encontró un buen trabajo y luego conoció a su esposa. Hizo una familia, pues. Ay no, el Camilo ya no se regresa. Y cómo se va a regresar con lo lindas que son las mujeres españolas, ¿ah? 

 “Ya está. Ahí lo tienes. Solo tenías que haber hecho una llamada antes de meterte en el taxi. Una puta llamada. Era fácil, joder. ¿Sabes adónde está yendo esto? Lo sabes, ¿verdad?” 
“No está pasando nada y no va a pasar nada. Es un juego y en media hora se va a acabar. No pasa nada, ¿vale?”. 

 - Ay, el Camilo. Qué grande mi parce. Y usted, ¿de cuánto es que está acá? 
- Un mes. 
- Poquito tiempo lleva, pues. ¿Y vino nomás así solita? 
- Sí. Bueno, no. Estoy trabajando aquí. Con otras personas. Y vivo con más gente. O sea, vine sola, sí, pero vivo y trabajo con más gente. 

 Cuando al desembocar en la Circunvalar oí caer las primeras gotas sobre los capós amontonados, sentí como si me hubieran quitado a traición los ruedines de mi pequeña bicicleta. Hacía un minuto que había comenzado a llover, cinco que había dejado a mis espaldas el último paisaje conocido, y diez que había parado un taxi en la calle de una de las ciudades más peligrosas del mundo. 

- ¿Sí vio que recién está lloviendo? Si continúa más duro capaz que no lleguemos a la hora, señorita. 
- ¿Cómo que no? Tenemos que llegar. 
- Y. Aquí cuando llueve es tenaz. 
- Haga lo que pueda, vaya por otra carretera, haga lo que sea, pero tengo que llegar a la estación y tomar ese autobús. 
- Pero me sea amable, señorita. No se me enoje usted. 

 “Genial. Solo faltaba que, además del aguacero, cabrees al taxista. Cada vez mejor, di que sí. Lo estás haciendo muy bien”. 
“Basta. Déjame en paz. Estoy nerviosa y me estás poniendo más nerviosa”. 
“Ahora la culpa la voy a tener yo. Sabes que aquí llueve todas las tardes, sabes que hay que llamar por teléfono. Lo sabes. ¿Qué esperabas que ocurriera? Te mereces lo que te pase”. 

- No me enojo, caballero. Disculpe. Solo le digo que, por favor, haga usted lo que le sea posible para llegar a tiempo. Quizá podamos ir por otra ruta o acortar por otro lado. 
- ¿Y me diga usted cómo, señorita? Si usted me dice cómo hacer, yo, con mucho gusto, me salgo de este trancón, pero me diga usted. Y, si es que sabe dónde estamos. ¿Sabe usted dónde estamos, señorita? 

A las violentas sacudidas del parabrisas, se incorporaron los chillidos del claxon, intercalados por los hijueputas que profería el hombre de los ojos en el retrovisor estirando la “e” como si fuera un chicle de fresa. Despegué los ojos de su pregunta y me arrimé a la ventanilla, pensando que así aumentarían mis posibilidades de atravesarla. Al otro lado, la ciudad se desteñía e iba a parar, junto con mi esperanza, a una alcantarilla cualquiera. 

- Señorita, ¿sabe usted dónde estamos? ¿Señorita? 
- No, no lo sé. 
- No sabe dónde estamos, pues. Y entonces me diga usted qué vamos a hacer. Si usted no sabe dónde estamos, entonces me sea buena ahora, señorita. 

Yo no sabía dónde estaba ni dónde había visto antes esa mirada. No lo sabía y, sin embargo, la reconocía perfectamente. Era una mirada pegajosa que te envolvía en un líquido pesado y verde. Era una mirada tan elocuente como tratar de avanzar por una ciénaga de madrugada. Entendí que nada de lo que había aprendido en los 22 años anteriores me iba a servir. Nada. 

La lluvia seguía golpeando diligente como si formara parte de una ceremonia tribal. Suenan los tambores.

“Llama ya, joder. Coge el teléfono y llama”
“Pero ¿a quién quieres que llame?” “Pues a la policía” “¿A la policía? ¿Quieres que llame a la policía? ¿Y qué digo exactamente? ¿Que estoy en un taxi y que el conductor me está hablando? ¿Que me está haciendo preguntas? Explícame qué delito es ese exactamente. Por no hablar de este acentazo de euro con patas que tengo. Estoy la última en la lista de prioridades”. 
“Joder, sabías que tenías que haber llamado. Te has metido en esto tú solita. A ver ahora cómo coño sales”. 

- Se la ve pollita. 
- Perdone ¿cómo dice?
- Es usted pollita, digo. No debe de tener ni 25 años. ¿No le da miedo ir sola?

Es precisamente ahora cuando tiene que ocurrir el milagro. Unos segundos antes del ajusticiamiento es cuando el deus ex machina entra en escena y salva a la víctima tendida sobre el altar del sacrificio. Es justo ahora. 
O quizá esto sea solo un hechizo y yo debo pronunciar una palabra mágica para romperlo. Solo se trata de saber cuál es mi abracadabra y todo habrá terminado. 

“Joder, ¿por qué nos detenemos justo ahora? ¿Por qué carajo hemos parado? Mierda, mierda, ¿qué me va a hacer?”. 

- ¿Dónde estamos? ¿Por qué se para? 

Deseé no saber lo que estaba a punto de suceder; deseé poder remediarlo de algún modo. Deseé tener las uñas largas y llevar un abrecartas en el bolso. Deseé no haber cerrado nunca esa puerta amarilla.

- Llegamos, señorita.

(Maura)

El patio común, un relato de Miranda July

 

Es algo que aún tiene su importancia, aunque sucediese cuando él estaba inconsciente. Tiene una doble importancia, ya que una mente consciente comete errores con frecuencia, se enamora de la persona equivocada. Pero allá abajo, en el pozo, donde no hay luz, sino tan sólo un agua milenaria, un hombre no tiene motivos para cometer errores. Dios dice: Hazlo, y lo hace. Ámala, y la ama. Ese hombre es mi vecino. Es de ascendencia coreana. Se llama Vincent Chang. No practica hapkido. Cuando se dice «coreano», hay gente que automáticamente piensa en el maestro surcoreano de hapkido de Jackie Chan, el Gran Maestro Kim Jin Pal. Yo pienso en Vincent.


    ¿Qué ha sido lo más aterrador que te ha pasado en la vida? ¿Algo relacionado con un coche? ¿Algo que te ocurrió en un barco? ¿Lo provocó acaso un animal? Si contestas afirmativamente a alguna de estas preguntas, no me sorprende en absoluto. Los accidentes de coche, el hundimiento de barcos y los animales son espeluznantes. Hazte un favor y aléjate de todo eso.


    Vincent tiene una mujer que se llama Helena. Una griega con el pelo rubio. Rubio teñido. Quería ser educada y no mencionar que se lo tiñe, pero estoy segura de que a ella no le importará que se sepa. De hecho, creo que le gusta ir de teñida, con las raíces en su color natural. Supongamos que ella y yo fuésemos amigas íntimas. Supongamos que me prestase su ropa y me dijese: A ti te sienta mejor que a mí. Deberías quedártela. Supongamos que me llamase un día, llorando, y tuviese que ir a su casa y tranquilizarla en la cocina y que, cuando Vincent se dispusiera a entrar, le gritásemos: ¡Fuera de aquí! ¡Ésta es una conversación de mujeres! Una vez vi algo parecido en la tele. Eran dos mujeres que hablaban de ropa interior robada y, cuando un hombre entró en la habitación, le gritaron: ¡Fuera de aquí! ¡Ésta es una conversación de mujeres! Una de las razones por las que Helena y yo no podremos ser nunca amigas íntimas es porque ella es aproximadamente el doble de alta que yo. La gente suele arrimarse a los de su misma altura, ya que resulta más cómodo para el cuello. A no ser que se mantenga una relación amorosa, en cuyo caso la diferencia de altura constituye un factor erótico. Es decir: Estoy deseando con todas mis fuerzas romperme el cuello por ti. 


    Si estás triste, pregúntate por qué estás triste. Después descuelga el teléfono y llama a cualquiera y dale la respuesta a esa pregunta. Si no conoces a nadie, llama a un operador y se la cuentas, tanto si es un hombre como una mujer. La mayor parte de la gente no sabe que los operadores tienen la obligación de escuchar. Lo manda la ley. El cartero no puede entrar en tu casa, pero puedes hablarle en cualquier lugar público durante un máximo de cuatro minutos o bien hasta que él decida irse, ya ocurra antes una cosa u otra. 


    Vincent estaba en el patio común. Voy a contar lo del patio. Es una zona común. Si te fijas, llegarás a la conclusión de que el patio es sólo de Vincent y de Helena, porque la puerta trasera de su casa da a él. Pero, cuando me mudé aquí, el casero me dijo que el patio podía usarlo tanto el inquilino del apartamento de arriba como el de abajo. Yo vivo en el de arriba. Me dijo: No te dé reparo usarlo. Tú pagas la misma renta que los de abajo. Lo que no sé con seguridad es si les dijo a Vincent y a Helena que se trataba de un patio común. He tratado de dejar claro que ese patio también es de mi propiedad desperdigando alguna que otra cosa por allí, como por ejemplo mis zapatos. Una vez colgué una bandera de Pascua. También intento pasar en el patio el mismo tiempo que ellos. De esa manera, sé que cada uno de nosotros le saca provecho. Cada vez que los veo allí, lo señalo con una pequeña marca en el almanaque. En cuanto no hay nadie en el patio, me siento allí. Y tacho en el almanaque el día en que lo ocupo yo. En ocasiones, me rezago y, a finales de mes, tengo que sentarme muchas veces en el patio para ponerme al día.


    Vincent estaba en el patio común. Voy a hablar de Vincent. Es un ejemplo de Nuevo Hombre. Puede que hayas leído un artículo sobre los Nuevos Hombres publicado el mes pasado en la revista True.


Los Nuevos Hombres son más conscientes de sus sentimientos que las mujeres, y lloran. Quieren tener hijos, anhelan dar a luz. De modo que cuando lloran es porque no pueden hacer tal cosa, y no pueden hacerla porque no tienen ningún sitio por donde pueda salir un bebé. Los Nuevos Hombres lo único que hacen es dar: lo dan todo. Vincent es así. Una vez lo vi dándole a Helena un masaje en el patio común. Algo de lo más irónico, ya que si hay alguien que necesite un masaje, ése es Vincent. Padece un tipo leve de epilepsia. Me lo dijo el casero, como medida de precaución, cuando me mudé aquí. A menudo, los Nuevos Hombres son un poco blandos. Además, Vincent es diseñador, una profesión muy propia del Nuevo Hombre. Me lo dijo un día en que coincidimos al salir del edificio. Es diseñador gráfico de una revista llamada Punt.


Se trata de una casualidad infrecuente, ya que soy la jefa de sección de una imprenta en la que entre otras cosas imprimimos revistas. No hacemos Punt, pero imprimimos una revista que también empieza por «p», Positive. En realidad, se trata más bien de un boletín informativo para los afectados por el VIH. 


    ¿Estás mosqueado? Líate a puñetazos con una almohada. ¿Te has quedado satisfecho? Ni pizca. Hoy en día la gente está demasiado mosqueada para limitarse a dar puñetazos. Lo que deberías intentar es apuñalar. Coge una almohada vieja y llévatela al jardín. Apuñálala con un gran cuchillo afilado. Una y otra vez. Con fuerza, para que la punta del cuchillo llegue hasta la hierba. Apuñálala hasta que la destroces, hasta que lo que estés apuñalando sea la tierra, una y otra vez. Como si quisieras matarla por seguir girando, como si te vengaras de ella por tener que vivir en este planeta día tras día, solo. 


    Vincent estaba en el patio común. Yo me había rezagado a la hora de usar el patio, así que me alarmé un poco al ver que él estaba allí a esas alturas del mes. Entonces se me ocurrió una idea: podía sentarme con él. Me puse unas bermudas, unas gafas de sol y me embadurné de bronceador. Aunque estábamos en octubre, seguía sintiéndome veraniega. Tenía en mente una estampa veraniega. Sin embargo, la verdad sea dicha, era un día muy ventoso y no tuve más remedio que subir al apartamento para coger un jersey. Unos minutos más tarde, volví para ponerme unos pantalones largos. Por fin, me senté junto a Vincent en nuestro patio común, observando cómo el bronceador se me filtraba a través de los pantalones. Me dijo que siempre le había gustado el olor de la crema bronceadora. Se trataba de una manera muy elegante de hacerse cargo de mi situación. Un hombre que sabe ser elegante: así se comporta el Nuevo Hombre. Le pregunté cómo iban las cosas en Punt y me contó una anécdota muy graciosa sobre una errata. Como nos dedicamos a lo mismo, no tuvo que aclararme que una errata es un error tipográfico. Si Helena hubiese salido al patio, habríamos tenido que dejar de hablar en nuestra jerga laboral para que nos entendiera. Pero no salió porque aún estaba en el trabajo. Es la auxiliar de un médico, que viene a ser lo mismo -o tal vez no- que enfermera.


    Le formulé a Vincent más preguntas y sus respuestas se hicieron cada vez más largas, hasta que alcanzaron una especie de altitud de crucero, con lo que ya no tuve que preguntarle nada: él peroraba por su cuenta. Fue algo inesperado, algo así como encontrarse trabajando de repente durante un fin de semana. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Qué fue de mis vacaciones en Roma? ¿Dónde estaba mi americano en París? Era más de lo mismo: un americano en América. Al final, dejó de hablar y se puso a mirar el cielo con los ojos entrecerrados. Supuse que trataba de construir para mí la pregunta perfecta, una pregunta fantástica que tendría que responder echando mano de todo lo que sabía sobre mí misma, sobre mitología y sobre este valle de lágrimas. Pero sólo hizo aquella pausa para recalcar que lo que me había contado sobre el diseño de la cubierta no fue culpa suya. Después, por fin, me preguntó algo. Y la pregunta que me hizo fue: ¿Creía yo que era culpa suya, basándome en todo lo que acababa de contarme? Miré al cielo para comprobar lo que se sentía al hacerlo. Fingí que me tomaba una pausa antes de responderle sobre el secreto sentimiento de alegría que escondía en mi pecho, esperando, esperando y esperando a que alguien se diera cuenta de que me levanto cada mañana, aparentemente sin motivo alguno por el que vivir, pero que, aun así, me levanto, y sólo lo hago por esa secreta alegría, el amor divino que late dentro de mi pecho. Bajé la mirada del cielo, la dirigí a sus ojos y le contesté: No fue culpa tuya. Le perdoné por lo de la cubierta y por todo lo demás. Por no ser todavía un Nuevo Hombre. Entonces se hizo un silencio. No me preguntó nada más. Yo seguía feliz por estar sentada junto a él, pero sólo porque espero muy poco, por no decir nada, de la mayoría de la gente, y en aquel momento comprendí que él había entrado en lo que yo denomino la Mayoría de la Gente. Entonces se desplomó hacia adelante. Con un movimiento repentino, se inclinó al frente, adquiriendo una postura inhumana, y así se quedó. Aquel comportamiento no era el esperable de la Mayoría de la Gente, ni tampoco de los Nuevos Hombres. Se trataba de algo que puede que hagan los ancianos, los que ya tienen una edad. Le dije: Vincent. Vincent. Grité: ¡Vincent Chang! Pero él seguía inclinado hacia delante, en silenció, con el mentón casi rozándole las rodillas. Me arrodillé y le miré a los ojos. Los tenía abiertos, pero cerrados igual que una tienda cerrada, con su aire fantasmal, con todas las luces apagadas. Con las luces apagadas, en aquel momento pude apreciar lo luminoso que había estado un momento antes, incluso en su demostración de egotismo. Y me pareció que tal vez la revista True se había equivocado. Quizá los Nuevos Hombres no existen. Quizá sólo existen los vivos y los muertos, y todos aquellos que están vivos son tal para cual y no se diferencian entre sí. Lo empujé hacia atrás para enderezarlo. No sabía nada de epilepsia, pero me imaginé que le darían más sacudidas. Le retiré el pelo de la cara. Le puse la mano debajo de la nariz y noté que respiraba tranquila y pausadamente. Apreté los labios contra su oreja y volví a susurrar: No es culpa tuya. Quizá sea eso lo único que siempre he querido decirle de verdad a alguien, y que alguien me lo dijera.


    Acerqué la silla y apoyé mi cabeza en su hombro. Y, aunque estaba muy asustada por tener que hacerme responsable de aquel ataque epiléptico, me quedé dormida. ¿Por qué hice algo tan arriesgado y tan fuera de lugar? Me gustaría creer que no lo hice, que en realidad me lo hicieron a mí. Pero me dormí y soñé que, mientras nos besábamos, Vincent deslizaba las manos con lentitud y las hacía ascender por mi camisa. Podría incluso decir que noté la pequeñez de mis pechos por la manera en que tenía que curvar las palmas de sus manos. Unos pechos más grandes habrían necesitado un ángulo menos agudo. Me los agarraba como si hubiese deseado hacerlo durante mucho tiempo y, de repente, vi todo con claridad. Me amaba. Era una persona complicada, con emociones volátiles, algunas de ellas espirituales, otras atormentadas de una manera más profana, y ardía en deseos por mí. Aquel complicado ser en llamas era mío. Le agarré la cara acalorada y le hice la pregunta del millón:

    Y Helena, ¿qué? 

    No pasa nada, porque ella pertenece a la profesión médica. En ese gremio están obligados a hacer lo que sea mejor para la salud.

    Llevas razón. El juramento hipocrático.

    Se entristecerá, pero no se interpondrá entre nosotros por fidelidad al juramento.

    ¿Te mudarás a mi piso?

    No. Tengo que seguir viviendo con Helena. Se lo prometí.

    ¿Te refieres a tus votos matrimoniales? Y el juramento, ¿qué?

    No habrá problema. Todo eso no es nada comparado con lo nuestro.

    ¿La has amado alguna vez de verdad?

    No. La verdad es que no.

    ¿Y a mí?

    Sí.

    ¿Aunque no sea estilosa?

    ¿Qué dices? Tú eres perfecta.

    ¿Te has dado cuenta de que soy perfecta?

    Aprecio la perfección en todo lo que haces. Te observo cuando te sientas en el borde de la bañera para lavarte el culo antes de acostarte.

    ¿Me ves hacer eso?

    Todas las noches.

    Lo hago por si acaso.

    Lo sé. Pero nadie te penetrará nunca en tus sueños.

    ¿Cómo puedes asegurarlo?

    Porque siempre te observo.

    Creía que tendría que esperar hasta morirme para que me pasara esto.

    De ahora en adelante, soy todo tuyo.

    ¿Pase lo que pase? Incluso cuando estés con Helena y yo sea sólo la bajita del piso de arriba, ¿seguiré siendo tuya?

    Sí. Esto es algo entre nosotros dos, incluso si nunca más volviésemos a hablar del asunto.

    No puedo creer que esto esté ocurriendo de verdad.

    Y, acto seguido, allí estaba Helena, zarandeándonos. Pero Vincent continuaba dormido y yo me preguntaba si estaba muerto y, si así fuese, si me había dicho todo aquello durante el sueño antes o después de fallecer, y cuál de ambas opciones era más auténtica. Aparte de eso, ¿era yo una asesina? ¿Me detendrían por negligencia? Levanté la vista hacia Helena. Era un enjambre en movimiento dentro de su ropa de auxiliar médico. Todo aquel movimiento me mareó. Cerré los ojos, y estaba ya casi a punto de reingresar en el sueño cuando Helena me gritó: ¿Cuándo empezó el ataque? Además de: ¿Por qué cono estabas dormida? Pero ya le comprobaba las constantes vitales con ostentosa profesionalidad. Cuando me miró por segunda vez, comprendí que no tenía que contestarle aquellas preguntas, porque, sin saberlo, me convertí en su auxiliar: la auxiliar de la auxiliar de un médico. Me ordenó que fuera lo más rápido posible a su apartamento para coger una bolsa de plástico que había encima del frigorífico. A la carrera, y con una sensación de agradecimiento, entré en la casa y cerré la puerta.


    El apartamento estaba muy silencioso. Crucé la cocina de puntillas y apreté la cara contra el congelador, aspirando los olores complejos de aquellas vidas. Había algunas fotografías de niños en la puerta del frigorífico. Tenían amigos, y esos amigos habían dado origen a más amigos. Nunca había visto nada tan íntimo como las fotografías de aquellos niños. Quería alargar la mano y coger la bolsa de plástico que había encima del frigorífico, pero a la vez quería mirar a cada uno de aquellos niños. Uno se llamaba Trevor, e iba a celebrar su fiesta de cumpleaños ese sábado.


¡Por favor, venid!, rezaba la invitación. ¡Vamos a flipar como las ballenas!


Y la invitación era la imagen de una ballena. Era una ballena auténtica, una fotografía de una ballena de verdad. Examiné sus diminutos y sabios ojos y me pregunté dónde se encontraría en aquel momento. ¿Estaría viva y nadando, o habría muerto hacía ya mucho tiempo, o se encontraría moribunda en ese preciso instante? Cuando muere una ballena, va cayendo al fondo del mar muy lentamente, y tarda un día entero en hacerlo. Los demás peces la ven caer, como si fuera una estatua gigante o un edificio, pero lentamente, muy lentamente. Centré mi atención en aquel ojo. Trataba de meterme en su interior, de llegar hasta la ballena de verdad, la ballena moribunda, y susurré: No es culpa tuya.

    Helena entró por la puerta trasera y dio un portazo. Fugazmente, apoyó su pecho contra mi espalda para alcanzar la bolsa. Volvió a salir en un visto y no visto. Me di la vuelta y me quedé mirándola por la ventana de la cocina. Estaba poniéndole a Vincent una inyección. Él volvía en sí. Ella lo besaba y él se masajeaba el cuello. Me preguntaba qué recordaría. Helena se sentó en su regazo y le abrazó la cabeza. No me miraron cuando pasé por delante de ellos.

    Lo más interesante de Positive es que nunca hace mención alguna al VIH. Si no fuese por la publicidad -Retrovir, Sustiva, Viramune-, podría pensarse que es una revista que trata de cómo sentirse bien, de cómo mantener una actitud positiva ante las cosas. Por esa razón, es mi revista preferida. Todas las demás te levantan el ánimo para acabar machacándote. Pero los redactores de Positive comprenden que ya nos han machacado demasiadas veces y que, a estas alturas, no hay necesidad de no superar un test titulado «¿Eres muy sexy o sólo así así?».


Positive publica unas listas de recomendaciones para ayudar a sentirse mejor, algo similar a los famosos «Consejos de Heloise» que aparecen en la revista Good Housekeeping para uso de las amas de casa tradicionales. Esas listas parecen fáciles de confeccionar, pero ése es el espejismo de todo buen consejo. El sentido común y la verdad deberían ser anónimos, deberían estar escritos por el tiempo mismo. En realidad, es muy difícil escribir algo que haga sentirse mejor a los enfermos terminales. Y Positive tiene normas: no se puede plagiar un consejo de la Biblia ni de un libro zen. Quieren textos originales. Hasta la fecha, no han aceptado ninguna de mis propuestas, pero creo que voy acercándome.


    ¿Tienes dudas acerca de la vida? ¿No estás seguro de si merece la pena vivir? Mira el cielo: está ahí para ti. Fíjate en la cara de las personas cuando caminas por la calle: esas caras están ahí para ti. Y las calles mismas, y la tierra que hay debajo de las aceras, y la bola de fuego que hay debajo de la tierra: todo eso es para ti. Son tan tuyas como del resto de la gente. Recuerda esto cuando te levantes por la mañana y pienses que no tienes nada. Levántate y ponte de cara al este. Da gracias por el cielo y da gracias por la luz que hay dentro de cada persona que vive bajo el cielo. Está bien sentirse inseguro. Pero da las gracias, da las gracias, da las gracias.


 

lunes, 26 de octubre de 2020

Supersticiosa

Son las siete y seis y sabe que es su semana de la suerte. Siete días, siempre a las siete. La lánguida señora de la blusa lila sorbe su soda y luego lame el limón. Le falta solo una bola para la línea. Todos los signos le sugieren que el siguiente será el seis. Los seis vasos sobre la mesa, las seis lámparas de la sala, las seis abuelas vestidas de rosa. Solo su lápiz caprichoso le señala el siete en la línea siguiente. El batir de las bolas rasga el silencio con su sonido de moler hielo y alimenta el suspense. Siente como si le obligaran a escoger entre dos hijos. Sale disparada la respuesta: el sesenta y siete. Lo sabía. Se han salvado los dos.

domingo, 25 de octubre de 2020

GRolf -acrónimo castellano-

GRolf -acrónimo castellano-



  • ¡Tú, déjate llevar!  Sólo preocúpate de diseñar un campo que sea digno de llevar tu nombre, le propuso el Regidor, después de haberle nombrado Hijo Predilecto en aquel pueblo en la Serranía Jienense. 


Bajo la sombra de un roble Rodrigo Gutiérrez, contempla la inmensidad de aquel imaginario campo de golf en Guarromán -en árabe  Uādī-r-Rommān, que curiosamente y traducido al castellano significaría algo tan glorioso como río o arroyo de los granados-.

    Él, hastiado de arar con el palo tres, su favorito, la grama verde de los greens de todo el globo,  pergeñó en su cerebro algo divergente de la  repipi tradición golfista británica. Tenía que ser acorde al marco de su lugar de origen. Así que garabateó en el suelo, a grandes rasgos, las nuevas reglas de aquel deporte -si es que intentar romper con un hierro una pelota y vagar de agujero en agujero era digno de aquel nombre-. El “Guarro-Golf” - acrónimo GRolf-. 

El “Guarro-Golf” acercaría al vulgo aquel juego de élites ruines. No más grama, no más cadies, nada de cochecitos eléctricos, se acabaron los caterings regados de champagne y foie gras en las baguettes. La grama era ahora tierra, los desniveles vaguadas, barrancos y un  torrente. El cadie, un gamberrillo de trece años con pantalones raídos y en los bolsillos varias ranas. Los coches son borricos con alforjas. La comida gurullos con magro y aguardiente.  El lago barrizales donde no se ven  grullas y solo los gorrinos se revuelcan. -Gruñen felices los guarros- piensa Rodrigo.

Surgiendo entre las ruinas del castillo se le acercan. Grupo de jubilados renqueantes royendo palillos entre dientes.  Los niños desarrapados van casi rodando. Gorros de paja en vez de gorras con visera.  Alpargatas de esparto. Ropas entre marrones y grises, collage triste de retales. Caras rudas, manos agrietadas, voces roncas. Grave desfile de gruñones. Gañanes del dominó en los bares,  desfilando, como en un entierro, rumbo al roble donde Rodrigo - orgullo del vecindario- los agrupa. 

  • ¿Y esgo de gué se grata? rumia con voz grave aquél gangoso.

Rodrigo se levanta. 

  • ¿Todos lleváis la tranca? les pregunta. 
  • Los viejos arrancan del suelo sus garrotas,  los zagales el trozo de una rama. 
  • Se trata de girar el bastón y con la agarradera hacer rodar de un golpe este guijarro negro.
  • ¿Hasta gonge? repite el pertinaz gangoso.
  • ¡Hasta gonge te de te la gana!, replica Rodrigo.
  • ¿Y quién triunfa? pregunta con guasa el mas roñoso. 
  • Tras el roquedal, reposa el pueblo.  Gomorra de gatos,  Roma de gamberros, remanso de rocas y de grutas, arrullo de  chicharras y de grillos. ¿Que quién gana? me preguntas. 
  • Vence Guarromán, el pueblo entero.

sábado, 24 de octubre de 2020

Orientales


- ¿Celia Losada?
- Esa soy yo. Selia Losada, para servirles.

- ¿De dónde es usted?
- Española, pero nasida en Cuba, si es lo que quiere usté saber. En Las Tunas, en el oriente. Soy sien por sien isleña, pero pura oriental. Y española. O andalusa más bien. Treinta años llevo aquí en Sanlúcar, con 18 me vine acá.

- ¿Cuál era su relación con Shaiming Zhou?
- Enamorada. Enamorada perdía estaba del chino. Yo nunca supe cuál era su nombre real. Yo lo llamaba Sao Lin, que era como lo conosíamos todos en el barrio.

- ¿Le reconoce en esta foto?
- Sí, claro, es él. Mi oriental. Mi Sao Lin lindo. Qué salado era mi chino, inspector. Los dos éramos orientales, fíjese. Cada uno de su lado, eso sí, pero orientales.

- ¿Cómo se conocieron?
- En mi trabajo. Yo trabajo en el bingo de Santa Isabel. Ahí estaba siempre, todas las tardes, siempre en el mismo puesto. En la sala rosa, en su mesa de costumbre, al ladito de la mía. Lo estoy viendo: con su camisa celeste, su pañuelo azul en el bolsillo, su sombrero de ala corta. Lindísimo. Alto, espigado. Pura elegansia. Todo un dandy era mi oriental.
No tenía mucha suerte, eso sí es sierto. Pobresito, siempre quemando cartones. Los quemaba con sus fósforos, se los traía de casa, no le gustaban los mecheros. De supersticioso tenía también lo suyo.

¿Cuándo se empezó a estrechar su relación?
- Hará unos tres meses, más o menos. Desde la escayola. Le escayolaron las piernas por el accidente, ¿sabe usté? Le pusieron una silla de ruedas y en su casa no hay ascensor. Ya me dirá cómo se las apaña uno así. Así que ahí se fue Selia a subir escaleras y a llevarle la comida. Eso sí, le enseñé a comer como debe ser. Y enamoraíta perdía me dejó.

- Siga, señora Losada.
- Bueno, yo es que le he dao de comer prácticamente a todo el barrio de Santa Isabel. A todas las señoras que viven solas y también a los señores que no se saben haser ni una triste ensalada. La soledad es bien triste para algunos, sabe usté. Y así me gano yo un sobresueldo. A ver si se creen que con la que está cayendo es posible vivir solamente siendo la asalariada de un bingo. No señor. Y también ayudo a mi Sulaima y a su esposo. Y a mi nietesito que viene en camino. Todo el día subiendo escaleras y más escaleras. Deslomada llego a casa muchas noches, inspector, pero felis.

¿Y sabe por qué, inspector? Porque yo a esas señoras no les llevo solo comida. A la señora Lola, a la señora Felisa, yo les llevo el sabor de mi isla. Les llevo mi son, mi salsa; mi sangre oriental y mi sangre andalusa. Yo les canto y les bailo. Y me arranco por soleares si hace falta. Yo les llevo la alegría, porque la soledad es bien triste. Ya lo decía mi tocaya: que las penas se van cantando. Y no hay pena que el Blades, La Lupe o el Casanovas no nos la aleje bien lejos.

Así que cuando Sao Lin se rompió las dos piernas, yo le empecé a llevar la comida a él también. Y mi salsa y mi son, claro. Y no fue nada fásil porque tenía unas costumbres bien especiales.

- Siga.
- No tenía muy buen gusto culinario, mi oriental. Muy malos hábitos tenía. Malísimos. Enganchado estaba al salami, pero lo que se dise enganchado. Venga bocadillo de salami por aquí, venga bocadillo de salami por allá. Pura obsesión.
Y a las salchichas. El vicio de las salchichas me costó mucho quitárselo.
Mi oriental era de Sichuan, la tierra del picante. Cuando abría el frasco de plástico blanco, solo con oler ese líquido rojiso ya se te saltaban las lágrimas.
Decían que las salchichas aquí las hacían tan picantes como en su ciudad. Es que mi Sao Lin era picante para todo. Qué sensual, qué pasional que era. Pura lascivia la de mi oriental. No sé de dónde le habrá salido, yo suelo desir que se le calentó la sangre estando aquí.

- Señora, no necesitamos detalles, gracias. Siga. Y abrevie, si es posible.
- Yo le dije que esas porquerías me las quitara de la vista. Dios me libre. Yo hago comida cubana y andalusa. Frijoles, tortillitas de camarones, salmorejo, lechón asado, atún ensebollao, ropa vieja, papas aliñás. Y cuando me pongo estupenda pues asalto la pescadería con unos langostinos bien frescos y unos buenos salazones.

- Al grano, por favor. ¿Qué pasó durante la comida de ayer?
- Fue por culpa de la caldosa. Por la caldosa y por el son. El son de la caldosa. La cansión. ¿No la conocen?
- No. Siga, señora Losada.

- Después de desayunar solíamos quedarnos charlando en la salita de estar porque es la más soleada y entra un calorsito bien rico. Desde la ventana se ve el solar. Allí, en el solar, mi oriental me decía que me iba a poner mi casa de comidas. Porque yo le enseñé a comer con el corasón, a saborear y a condimentar como dios manda, a usar las salsas con cabesa. Y me dijo que me iba a poner una casa de comidas porque le había traído sabor a su vida. Así, como lo oye. Qué lindo era mi chino, inspector.

Pero ese día no se encontraba bien. Tenía sudores, malestar, síntomas de resfriado, pero muy ligeros, así que no me preocupé. Le dije que se echara sobre las sábanas y le preparé mi plato estrella: la caldosa.

- Siga.
- Yo soy de Las Tunas, el lugar donde nasió la caldosa. Es un plato que tiene hasta una cansión. Se toma al fresco, en la calle, para festejar. Yo lo tomé por última vez en el aniversario del triunfo de la Revolusión, antes de volar a España y de llegar a Sanlúcar.
La caldosa se hace con carne de res y de serdo, con calabasa, con masorcas de maís. También con plátano y con…
- Al grano, señora Losada.
- Ya se arrepentirá de no haber apuntado los ingredientes, inspector.
La caldosa es un plato que levanta a los muertos, por eso se la preparé a mi Sao Lin. Escuche, présteme atensión, que le voy a cantar un pedasito:

Un día allá en Las Tunas un viejito llegó a la fiesta de Don Kike.
Quería bailar, quería gozar, pero ya no podía caminar.
Entonces Don Kike le recetó una taza de caldosa.
El viejito de un golpe se la tomó, y enseguida se puso a bailar.


- Yo lo hice todo como siempre: la calabasa, las mazorcas… El toque justo de sal y las hojas de laurel. Una cocción sufisiente. Todos los pasos los hise a consiensia. Cuando estuvo listo, le llamé. Sao Lin se levantó de la cama y se sentó a la mesa. Y comimos. Tenía mala cara, pero nada alarmante. Fui a la cocina a por un poco de agua. Y cuando volví a la mesa, allí estaba mi oriental. Con la caldosa aún resbalándole por la boca, por su camisa celeste. Mi pobre oriental.


(Maura)

Línea de aliteraciones. Álvaro

 Línea de aliteraciones.

Es sábado. Soledad sale sigilosamente sin desvelar su escapada, sin avisar a los dos  seres que sestean en los sofás del salón. Soledad sabe que desaprueban sus visitas sabatinas a la Sala Super Bingo.  Pero ella también detesta sus estúpidos usos, y con eso  compensa las odiosas censuras.

Ezequiel, su hijo, yace embozado en una frazada sucia. Su bocaza se frunce entre voraces acezos. Es un zagal zoquete y holgazán. Circula por la vida de zambra en zambra, sin más ambiciones que zambucar trapacerías y zampar a capazos. En el fondo es un zote, un zombi zanguango, un pedazo de zuro.

Pepe, el esposo, es un  pancista despreciable. Polemista impertinente, un pollino paleto que reprueba cualquier apariencia de pensamiento positivo. Un promiscuo perezoso con predisposición a la pornografía, al deporte de poltrona y a otras pasiones perniciosas.  Perenne desocupado, apacienta una panza que progresa sin pausa.  Y su pene -pequeño, penoso y torpe- no le aprovecha ni para putero…

Mientras sale de casa piensa en la triste existencia que le ofrece la vida. Un puesto insignificante en una asesoría oscura. Aguantar a Ricardo, su jefe arrogante y rijoso,  que requiebra a las secretarias inexpertas. Ella  lo sufrió hace lustros, pero su firme rechazo, y una oportuna torta, resolvió el problema sin mayores contratiempos. Ahora respeta su resolución profesional , pero la trata con brusquedad y cierto rencor reprimido. Sí, al principio trató de cambiar de trabajo, pero pocas oportunidades hay para una mujer de más de cuarenta. Y que debe mantener a un pedazo de panceta y a un zascandil zamacuco.

Pero hoy es sábado, y los sábados libra. Al salir a la calle, Soledad siente el alivio sólo con oler el aire; le alegra la luz de la tarde, el color de los árboles. Su aliento se libera  mientras deambula tranquila hasta la sala Super Bingo Alameda, en Alameda 25 bajo. Pero ella pasa de largo y se detiene en el 27. Llama al telefonillo, soy yo, te abro, y sube al segundo izquierda. Allí la espera Luis, un amigo complaciente con quien pasará una tarde  de  libertad y sexo sin limitaciones. Esa, y no la lotería para lelos,  es su ludopatía real. Mientras su patética familia vegeta en la tarde del sábado, Soledad libera su libido y acumula ilusiones en el alma.

Cuando regresa, a la noche, la panza permanece postrada en la misma postura. Una peli porno en la pantalla de plasma y tres latas de cerveza sobre la mesita. Al menos se ha desplazado hasta la despensa. El zángano ya ha salido, volverá de madrugada. Entonces el pesado inoportuno le espeta  con desprecio. Mira que eres tonta, toda la tarde en el Bingo. Por lo menos habrás ganado algo, ¿no?.

Poco, hoy estaba casi vacío y los premios han sido pequeños.Y solo he cantado una línea.

Realmente han sido tres  líneas, cavila maliciosa  al entrar en la alcoba para cambiarse de ropa.
 

El hoyo veinte


 

Lo miro y me agarra una pena muy grande. Ahí, tirado en el sofá de tres plazas, mirando el gotelé del techo, paralizado, melancólico, desgarrado. Un hombre que no se reconoce, un deportista que ha representado todo. Acostumbrado a ganar, a vivir con la prensa y las grupis arracimadas a la puerta del hotel, persiguiéndole por todo el globo. Pero retirarse del trabajo, sobre todo cuando uno ha sido el más grande en su campo, es un momento ingrato muy difícil de llevar. Aunque al principio disfrutó de su celebridad, con el tiempo la vida social le aburría, así que se agarró a la cerveza por la mañana y al gin por la noche que le permitía retirar la negra soledad de su mente como si fuera aguarrás. Pero esa no fue la solución, sólo le llevo a cavar un enorme agujero, grada tras grada, para construir un anfiteatro profundo dónde enterrarse en vida a representar su rabia y a glorificar su depresión; dónde regodearse hasta morir pobre y aguachinado gastando su menguante fortuna en carísimos Glenrothes Gold Reserva de 12 años.

    En medio de esa guerra interna, a veces, cada vez menos, dirige una mirada hacia mi rincón, dónde guarda los trofeos, los recuerdos, los días felices. Los días que está algo mejor y puede soportarlo incluso pone los antiguos vídeos de los grandes momentos. Hoy, son ya lejanos recuerdos, como el que nos une. Pero aún, a veces, me mira y sonríe soñador. Se levanta agarrándose al brazo del sofá tambaleante y se arregla el pelo corto con las manos temblorosas. Se pone en posición de golpeo, mira sin ver la gran pared de la sala y se transporta al campo verde para revivir su mayor día de gloria. Y recuerda. Recuerda los tres primeros días, en los que jugó desganado pero en los que su calidad le permitió agarrarse a la tabla de clasificación. Y recuerda el genial último día de torneo. El mejor recorrido de todos los tiempos sobre un campo de golf. “La Gran Remontada” lo llaman aún. Pagaría con su alma por volver a vivirlo. Volver a sentir su brazo guiado por algo mágico, por la perfección. El día entero fue brillante, pero a pesar de todo, en el último hoyo necesitaba algún milagro para ganar. 

    Aún respiro rápido cuando me gana el recuerdo. Veo su cara goteando sudor por la concentración previa al golpe que podía salvarlo, al golpe ganador. La mirada arriba, al cielo, encomendándose a quien quisiera ayudar. Veo el puño dentro del guante, abriéndose y cerrándose nervioso, poniendo a prueba la elasticidad de la piel de gamuza. La mirada que me dirigió al posarme suavemente sobre el tee del dieciocho. El agarre del palo, con un suave grip al principio, más duro luego hasta que se cerró como una garra para propinarme un férreo golpe que me hizo volar atravesando el aire hacia la gloria.

Y contra todo pronóstico, el milagro sucedió: ¡Qué golpe, señores! El aterrizaje en la hierba alta del final de la calle, el rebote ganando el green, el rodar rápido por la hierba cortada al ras, el amplio giro para coger la caída correcta, la suave deceleración, la parada ante el agujero. Una parada breve, el tiempo justo para que el público contenga la respiración, se inclinara hacia delante y por fin, como si me pegara un mareo, la caída en el hoyo como si me desmayara. El sonido hueco del bote sobre el hormigón en aquel tenso silencio fue como el disparo de salida. Gritos, incredulidad, abrazos, fotos, celebración... El estallido de aplausos y el rugido de la victoria. La marea humana agarrándolo para subirlo a hombros y pasearlo en procesión por el campo como una imagen sagrada.

    Ojalá pasase la mayor parte de su tiempo recordando aquel día. El último día que pudimos salir. El día más grande, el de su retirada del deporte en lo más alto. El último logro de su carrera conmigo, con su primera bola. La única que le regalo su padre. Reviviendo un gran sueño. Por que es mejor que el sueño lo mate antes que la pena.


jueves, 22 de octubre de 2020

Sonrisas licuadas (Josep Vilaplana)


 


  Entre las mesas del local serpentean silencios lóbregos. El siete, dice Silvia levantando la mirada solo para cerciorarse de que la soledad  la ha entendido. Lentamente, apurando el momento en el que el bombo decidirá de nuevo convertirse en un Dios chiquito, apenas una sisa del azar infinito, le va dando vueltas una y otra vez.

   ¡La niña bonita, sí, la niña sombra, la niña sueño! y en una suma lívida de recuerdos se enredan unas trenzas, y un pañuelo de seda, y una apuesta: ¡anda, bésame si te atreves después de que muerda este limón!

  Hace un siglo, comprimido en tres largos años, que en esta sala se reunía un montón de gente para limarle a la vida los sinsabores. Liquidado el negocio, licuadas las sonrisas, limitado a nadie el aforo, Silvia, la binguera, regresa todos los sábados por la noche para limpiar un poco y también para solapar la tristeza, ese lastre que permite el puerto pero se obstina en omitir cualquier mar. 

  El sesenta y seis, y Silvia se ríe al ver su edad deslizándose alocada por el pequeño tobogán. ¿Los sentimientos saben silbar? ¿El sexo es un licor que se vende sin licencia? ¿El amor es siempre un lance lacerante? y Silvia casi sonríe de nuevo al verse a ella deslizarse alocada por el pequeño tobogán.

  Es evidente de que nadie sacará la línea, de que nadie saltará de su silla, eufórico, vociferando “bingo”, y a pesar de ello los números van sedimentando una extraña expectativa en la sala, como el charco que espera un improbable salto en una calle solitaria. Una tras otra, las pequeñas bolas se van buscando, se acomodan, y se diría que andan en la sospecha de algo inaudito, algo parecido a un destino que no debe de andar muy lejos de la ternura. 

  A un lado de lo que no sucede, sigilosas, las horas se serenan para dar las doce. Esta noche, como todas las otras, la fortuna se quedará sola y en bares cerrados hace mucho tiempo se celebrarán en silencio los premios no obtenidos. Silvia recogerá minuciosamente los cartones, las bolas, el bombo y regresará a su casa por calles livianas, tal vez un poco más aliviada, como un seminarista lascivo al despertar de un sueño seminal (dicen los síntomas que eso sucederá hasta que cualquier Mercadona compre el local y ensucie la memoria al trastocar suerte por alambre).


lunes, 12 de octubre de 2020

DÍA DE SAN JOSÉ EN VALENCIA Delia

 


Día de San José en Valencia   

Miro al cielo como cada día, es lunes  y huele a primavera. Manolo se frota las manos  –en él es señal de fiesta-, las apoya en el volante y dice:

-¡Rumbo a Valencia! A casa de los tíos, desde su balcón se ve quemar la falla de la esquina y comeremos chocolate  con buñuelos

 Me giro para ver a nuestras hijas, están tocando palmas. Las observo, Delia dentro de una semana hace 5 años y Laura tiene 15 meses de edad. Me vuelvo a Manolo y le digo:

-Después del almuerzo que nos hemos dado seguro que se endormiscan,  Elegir la hora de la comida para entrar en la ciudad ha sido un acierto

Mis cuñados  viven en pleno Barrio de Ruzafa, cerca del Mercado y ambos están enamoraditos de nuestras hijas y ellas también, sobre todo de su tía Pilar, la hermana pequeña de Manolo. Ya estamos en el portal de la casa. Llamamos al telefonillo. Como no contestan usamos las llaves que nos han dado. El edificio es muy bonito, pero sin ascensor. Subimos los cuatro pisos con la pequeña en brazos Manolo, porque se ha dormido. Yo con la mayor despacito, escalón a escalón y cargada de trastos. Volvemos a tocar el timbre de la puerta, al no oír movimiento en el interior, abrimos.

-No hay nadie –dice Manolo- habrán ido a la Mascletá de la Plaza del Ayuntamiento. Aún tardarán.

Lo primero que hace mi hija la mayor es entrar en la casa y mirar todas las habitaciones. Luego se coloca un pequeño taburete en la ventana del salón que da a la parte interior, un patio de luces de una gran manzana y hace mención de subir a él para asomarse. Yo le digo:

-Eso no puedes hacerlo si no hay una persona mayor a tu lado -Ella me dice:

-Quiero ver a los gatitos que viven ahí. Dame algo para que coman

-Luego –le contesto yo, devolviendo el taburete a la cocina- Ahora están durmiendo la siesta

Manolo se deja caer en la cama de la habitación con la niña pequeña. Enciendo la tele, pongo dibujos a Delia. Ella se sube al sofá y me siento en el sillón de al lado.

Abro los ojos. He debido dormirme. Miro el sofá. Está vacío

-¡Delia! -no contesta, la tele sigue en marcha-.

Me pongo de pie. Voy a la habitación donde duermen Manolo y la pequeña. Recorro toda la casa

-Delia, no juegues al escondite. Por favor Delia, responde –el corazón se va a salir de su sitio. Estoy muy asustada. Corro a despertar a Manolo

-Manolo, he dormido una cabezada y no encuentro a Delia en ningún sitio –me está empezando a temblar la voz y él lo nota-, y dice: 

-Tranquila. Se habrá escondido- Me fijo en la puerta del rellano, y digo:

-No hemos dado la vuelta a la llave. 

Abro la puerta y empiezo a llamarla. Manolo se está empezando a asustar. Veo su cara crispada. Sigo llamándola, bajando escaleras. Salgo al patio. De ahí a la calle que está cortada para los coches y vacía de gente. Vuelvo a gritar su nombre. Miro el reloj. Son las 4 de la tarde. Entro. No sé cómo subo. Ni la cantidad de pensamientos que se están cruzando, ninguno bueno. La cabeza parece un tambor, las pulsaciones no están en el corazón, están ahí. Manolo está casi en el mismo sitio, pero esta vez con la pequeña en brazos.

Giro mi cabeza hacia la ventana. El taburete está allí. Manolo sigue mi mirada y nos acercamos lentamente a la ventana. Paramos en seco. Leo en su mirada que no se quiere asomar.

Me acerco. Apoyo las manos en su quicio. Mi cabeza no quiere reclinarse. Miro. Mi mente genera la imagen de lo que voy a ver. Mis ojos recorren el área para buscar el cuerpo… No veo nada. Busco más y más. Nada. Los gatos al verme asomada empiezan a maullar pidiendo comida. Me miran.

Me enderezo, estoy gimiendo. Sollozo. No puedo parar. Mis pasos sin girarme van hacia atrás. Tropiezo con la mesa del comedor y entonces me doy la vuelta. Tengo que agarrarme con las dos manos, me estoy mareando. Voy a caer encima de… un folio.

 “Hemos venido de la mascletá. Como estáis todos dormidos menos Delia, nos la llevamos a Mercadona para comprar cena. Descansar. Venimos enseguida” Pilar

Las piernas han perdido sus huesos. No me sostienen. Noto los brazos de Manolo recogiéndome, mientras me caigo al suelo. Como en sueños oigo a Pilar que dice:

-¡Hola! ¡Ya estamos aquí! Qué bien que habéis venido, nos lo vamos a pasar fenomenal


Delia

12 de octubre de 2020


Descansad

 




El miedo. El terror. El abismo. Una probabilidad, el destello de un pensamiento, la imaginación combinatoria que hace que tu mundo se tambalee. El miedo es quizás una de las pruebas más palpables de que el pensamiento afecta y configura nuestra realidad a través de la percepción que tenemos de ella. De repente empezamos a ver rastros, pistas y coincidencias donde antes no había nada. Aparecen dolores, presiones y nubes negras que magnetizan nuestros polos cerebrales y los llenan de tormentas que nos atenazan y nos obligan a temblar de miedo agarrados a la escota de la suerte o de la fe mientras nos atamos al débil mástil del barco hasta que cese el azote de sus rayos. Todo sonido se vuelve ruido siniestro, todo suceso fortuito torna en funesto augurio, todos los que nos rodean en conspiradores, en elementos catalizadores de la catástrofe. Una catástrofe que sufres mil veces de cien maneras distintas antes de que llegue.

    Ahora estáis ahí, de pie en la oscura noche, temblando frente al perro negro; sentados en la oscuridad esperando mientras el cordón umbilical del teléfono se va enroscando cada vez más fuerte alrededor del pecho y del cuello; mirando de frente el cañón de la posibilidad que os apunta a pocos centímetros de la frente, oliendo el metal, la pólvora, el aceite. Notáis los cambios físicos. Sangre densa. Pensamiento lento. Cuerpo rígido. Madera. Piedra. Sin conductividad. Estancos. Estáis encerrados, solos, envueltos en miedo, en lo que deseáis que no ocurra, en lo que ni siquiera os atrevéis a nombrar; cayendo a través del tobogán del tiempo disparados hacia el punto en donde la posibilidad y la realidad convergen, chocan, estallan. El lugar donde se decide hacia que lado cae la moneda. Es a esa cita con el destino a lo que más teméis, pues es allí donde deberéis de atravesar la puerta. El umbral del conocimiento.


    He estado allí más de una vez, hermanos. Paseando arriba y abajo pendiente de noticias, llamando como un loco al teléfono de Dios y lo tenía olvidado, sin batería, roto. Quedándome sin respiración, a punto del colapso mientras se abrían puertas batientes en pasillos largos como condenas, esperando unas palabras, unas órdenes, un diagnóstico. Corriendo para evitar el desastre a través de las alambradas de la vida. Esperando el cambio. Deseando evitarlo. He atravesado cientos de veces la puerta de la realidad y ya sé lo que había al otro lado. Y dejadme deciros que vuestras sospechas son ciertas, sí. Nada cambia. Detrás de esa puerta no hay más que otra. Y luego otra. Y entre ellas sólo hay miedo, sufrimiento, desesperanza. Pero la puerta que yo os ofrezco es la última, la definitiva. No habrá más duda, más dolor, más miedo. Se acabó. Tomad las riendas de vuestra vida.  No os ofrezco más que la certeza.

    Sí, sé como os sentís. Venid. No temáis, Dad un paso. Otro más. Bien. Así. Agarraos de las manos y acompañadme. Estaréis bien. Sólo tenéis que dejaros llevar esta vez. Bebeos todo el contenido de la copa. Ahora descansaremos. Sonreíd. Todo va a salir bien...

sábado, 10 de octubre de 2020

Pesadilla inversa . Álvaro

 


Pesadilla inversa

Sueño que estoy enamorado. Todavía peor: que soy joven y estoy enamorado. Descubro de su mano lugares nuevos en una ciudad vieja y destartalada. El Portal de la Valldigna, Caballeros, Calle Roteros, En Roda, Plaza del Carmen. La sombra del toldo imposible de la Virgen, que no alcanza a la fuente hortera de las falleras desnudas.

Paseos agotadores, inacabables sesiones de banco en cualquier plaza tranquila. Conversaciones eternas sobre lo creemos que somos, sobre lo que nos gustaría ser. Todo nos sorprende, todo nos agrada. Las experiencias minúsculas se vuelven épicas a la luz de las farolas. Postureos intelectuales: a mí me toca Vicent Andrés Estellés , Llibre de Maravelles, y Alenar, de Maria del Mar Bonet...; murciano de Jaén, no entiendo ni una palabra pero, viniendo de ella, me parecen regalos oportunos, necesarios, imprescindibles. Qué fácil se aprende un idioma a besos. Supero con creces su envite, ventajas de hablar la lengua del imperio. Días y Flores de Silvio y los Versos del Capitán, para ir preparando el terreno. Qué ingenuo, el terreno estaba abonado desde el principio, lo entiendo al llegar a la página 30 de mi libro.

Sesiones de estudio nocturno con final feliz. Muchos finales felices, y algo de estudio también. Diplomatura en sofás: sofás urgentes en casa de sus padres,  sofás indiscretos en mi piso cutre de estudiantes, sofás colectivos en el hall de la facultad, sofás acogedores en los tugurios del Carmen…

De repente, detalles que no encajan. La gente deja de hablar y de mirarse y todos empiezan a trazar extraños pases sobre unos objetos mágicos, como tabletas de chocolate brillantes que iluminan sus caras en la penumbra del Pub. En la barra, los camareros se trasforman en cirujanos que reprueban nuestros abrazos detrás de mascarillas verdes.

Me despierto sobresaltado, ahogado. Maldita apnea del sueño. Miro de reojo la luz del reloj. Las 5 de la mañana, falta más de una hora para que suene este despertador inútil:  ni siquiera sé si funciona. Lo apago, por si acaso. Supero el impulso de levantarme a mear, mientras hago el esfuerzo mental de recordar el sueño, quizá me sirva para un relato. Estos sueños felices me dejan hecho polvo. Evocar experiencias idílicas no vividas me produce una resaca en el alma que puede durarme días. Los llamo pesadillas inversas: lo malo empieza al despertarse.

¿Que tal has dormido? Bien; vamos, normal. Estabas inquieto se ve que has tenido una pesadilla. Ah, ¿sí? No lo recuerdo. Desayuno en silencio mientras amanece, y al coche de camino del trabajo. Como siempre. Las mismas curvas, y señales de tráfico, los semáforos en rojo en el mismo cruce y a la misma hora, los mismos conductores, impacientes, malhumorados, tristes. Pero hay algo hoy que no acaba de estar en su sitio. En la radio no se habla del Covid o del Prusés, ni siquiera de fútbol. En todas las emisoras Violeta Parra canta Volver a los diecisiete.



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PD: Sobre Valencia y  Vicent Andrés Estelles

http://www.upv.es/entidades/SPNL/info/U0775284.pdf


El nuevo -Rafa-




Inanimado rostro. La boca es una gran puerta de madera, los ventanales ojos. Hamelin sin flautista. Mathaussen de los niños con viejos carceleros de alzacuellos. Decenas de orlas atestan las paredes, columbario de rostros color sepia. ¿Cuántos habrán ya muerto? Viñetas inanimadas que cobran vida al pasar rápido las hojitas de un pequeño libro. Ese gordito es indigno de esta institución, dice un Juez del Tribunal Supremo. No llegará muy lejos, no parece muy listo, comenta una cirujana. En un segundo mil sentencias. Todas condenatorias. 


En un inmenso patio de cemento niños uniformados se alinean. Yo solo en el centro cual cagada de mosca en mantel blanco. Miro a mi alrededor y veo otra cagada. Me acerco. Leo en sus ojos la misma pregunta que me hago. ¿Qué delito he cometido? Los dos nos acercamos como dos gotas de aceite que se buscan para formar una más grande. Hemos dejado de ser invisibles. Cabezas que se giran.


- ¡Eh, vosotros alinearos! -¿Alinearnos a quién?- Pregunto a mi eventual compañero por si tuviera un manual de instrucciones. Un pálido agente, carcomido de granos se me acerca. Alto, flaco, desgarbado agita sin compás ambos brazos. Abre su boca acorazada por refulgentes hierros. Antes que sus palabras nos llega un inconfundible olor a sudor y ajo. Pende de su manga un retal verde con una letra G bordada en rojo. ¿Será de gilipollas? ¡Alumno de guardia!, se presenta. Vale descansa, le respondo intentando eludir aquel aliento. No descansa y las puntas de sus enormes zapatos pisan mis inmaculadas zapatillas. ¿A qué clase vais? -escupe y grita-.


-Primero de BUP, respondo aparentando firmeza. Mi compañero sigue mudo. ¡Habla coño! antes de que nos manden a aislamiento. Yo también, por fin responde. Me invade cierto alivio. Un destino compartido siempre es más llevadero.


-¡En esa fila! nos indica un torcido brazo que no ayuda. Por intuición nos dirigimos a la que tiene más caras vueltas. Nos sonríen. Carnaza nueva. Nuestra altura nos hace situarnos al final de aquel trenecillo extrañamente aerodinámico. El último rey de la línea ha sido desbancado. Pasan lista....¡Presente!, van gritando. No escucho mi nombre. Me vuelvo a casa. Mamá no estoy, se han olvidado y regreso con los amigos de mi antiguo colegio, que más que colegio era un patio de recreo; como deberían ser todos.


-¡Rafael Gómez! Yo callo, por no decir “ausente” ¡Rafael Gómez! repiten. ¡Presente! digo al fin, con un enorme gallo.


-¡Cayetano Canela!...¡Presente! grita mi compañero a mis espaldas. Sonrío...CA-CA. Es curioso como sólo el nombre te condena.  Suena un silbato y la estación va tomando vida y se disuelve por distintos ramales. Nuestro tren reposa en vía muerta en el centro del patio.


-Los nuevos aquí al frente. ¿Al frente? le digo a Cayetano intuyendo la inminente guerra. ¿Y quienes son los nuevos? Para mí son ellos. Yo sigo siendo el mismo que hace 13 años y me atornillo al suelo. Cayetano también guarda silencio. Bien hecho chico, ni te muevas. El silbato me revienta los tímpanos y sendas collejas resuelven nuestras dudas.


-A ver qué sabéis hacer, susurra el dueño del silbato. Es un tío cuadrado como de hormigón prieto. Las piernas dos columnas, sus gemelos palpitan, quieren salir corriendo. Su cabeza pedida sobre un inmenso cuello. Mirada de sargento que te arruga por dentro.


- ¿Jugar al fútbol? respondo. 


- ¡Chaval esto no es un juego, esto es G I M N A S I A! Casi me desmayo.


Cayetano primero comienza una carrera. Tiene la espalda fuerte, los brazos de un guerrero. Yo escondo la barriga y miro mis zapatillas con dos lazos perfectos. Cayetano se eleva llevado por el   viento y deja atrás al monstruo que ahora espera en el centro. 

Un nuevo golpe de silbato. Vuelvo a mirar mis zapatillas. ¿Obrarán el milagro? ¿Me harán salir huyendo? ¿Quién puso allí ese monstruo? Cuatro patas y un lomo. Las patas de madera con el lomo de cuero pulido de mil golpes de rabadillas muertas. No volveré a sentarme, mi voz será de eunuco. Tras de mí, abanico de sádicas sonrisas. Yo sudo y no me muevo. Aferrado a la vida y atornillado al suelo. El ruido del silbato, patada en el trasero. La adrenalina fluye. Cayetano me anima desde el extremo opuesto. En el último instante, corro, me impulso y vuelo.

He derrotado al monstruo que ahora yace en el suelo con las patas arriba y el lomo hecho un muñeco. El profe se ha acercado. Corro de compañeros que miran admirados que levantarme puedo. Yo busco mis zapatillas con los cordones sueltos.

Aferrado a la vida, atornillado al suelo, siento mi rabadilla y aún conservo mis hue...sos. 

Mala hierba

  Mala hierba Todo cambió el día que murió él tío Fidel. Salió de casa sentado en una silla de madera, transportado por mi tía Vicenta y mi ...