lunes, 14 de diciembre de 2020

OLOR A PIES -Delia-


 

OLOR A PIES


            ¿Qué hago aquí?

            No debería haber aceptado 

            ¡Venga ya! He bebido lo suficiente como para no poder coger el coche. El caso es que siempre digo que en las cenas de empresa no se debe beber. Se pueden coger confianzas, confidencias y luego… te arrepientes 

            Pues sí. Me he pasado y aquí estoy. En casa de un compañero que me ha invitado a pasar la noche y a su mujer no le ha importado. 

            La habitación que me han dejado debe ser el estudio de él. Las estanterías están llenas de libros. Escribe. Principalmente poesía, incluso tiene algún premio. 

            Me acerco a una estantería. Cojo un libro de Bob Dylan. Lo abro. Son letras de canciones, pura poesía. También rozo el de “El americano impasible” recuerdo un pensamiento de Thomas que duerme con la mano entre las piernas de ella y que ese hecho le da tranquilidad o quizás es felicidad. No sé. Solo sé, que ese pequeño gesto me llamó la atención cuando lo leí en su día. 

            Bueno. Vuelve a la realidad. ¿Qué hago? Porque mis calcetines son piezas radioactivas, creo incluso que si apago la luz sale un humo fluorescente entre verde y amarillo, vamos como una aurora boreal.

            Para más inri la ventana no tiene repisa donde poder dejar los zapatos. Mañana abriré la ventana para que se ventile. 

            Bueno menos mal que llevo el bodi. Me quito la ropa y a dormir.

            ¡Madre mía! Si el olor tuviera música, sería una gran orquesta. Voy a dejar los zapatos y calcetines alejados. 

            Dicen que el olor es un símbolo de identidad, pues toda la habitación va a recordarlo.

            Se oyen dos golpes ligeros en la puerta

            -¿Puedo pasar? –dijo él.

            Ha abierto la puerta directamente. Se mete dentro. Me mira. Yo estoy sentada en la cama, con los piesss colgando. No los menearé mucho por no hacer de botafumeiro.

            No puede ser que no lo haya notado. Ahora coge una silla y se sienta a mi lado. Va en pijama. Me siento incómoda, casi desnuda. Por lo menos el bodi es coqueto, negro, con encaje la parte de los pechos, bajando en pico hasta el ombligo. Pero ¿qué estoy pensando? Que está casado.

            -No te preocupes por nada –dijo él-. ¿Necesitas algo? ¿Una camiseta para dormir?

            -No, gracias. Estoy bien con esto que llevo –le contesté.

            Hubo un silencio. Sólo miradas a los ojos

            Noto que su pijama por la parte de la pernera se mueve. Se está alterando. Lo que faltaba, el lunes no podré mirarle a la cara.

            Bueno si el olor a pies, conlleva una imagen erótica, a más olor, más imaginación y más… Pues con los míos va a llegar al climax.

            Porque los míos podrían oler a mantequilla fresca, yogur… pero no, huelen a Camembert, Brie, Roquefort... todo unido, siendo fina a Vieux-Bologne

            Si nos dejáramos llevar por la naturaleza. En un mundo que no hubiera fragancias externas, nos comportaríamos más acorde. Reconoceríamos a los amigos, vecinos… si lo que se busca es sexo, si se ha comido espárragos… o que se yo.

            ¡Vaya! Otros dos golpes a la puerta. Se abre y aparece su mujer. Nos mira. No le ha gustado la escena. Mira a su marido y le dice: 

            -Tú. Venga. A la cama –y sigue.

            -Mañana, cuando estemos vestidos todos, desayunaremos juntos





 

domingo, 13 de diciembre de 2020

Programa corto

 

Programa corto

Llegó con los ocho días de oro. “Ponga una lavadora eco-inteligente en su hogar, le cambiará la vida”. Anunciaba su publicidad y no lo dudé.

Dos operarios la llevaron a la terraza. Me puse nervioso, como en nuestra primera cita.

La desembalaron con cuidado para instalarla. Un rótulo apareció sobre su frontal blanco “Respetuosa con el medio ambiente”. Y una pegatina de colorines explicaba la clase de eficiencia energética, el consumo eléctrico, la calidad del centrifugado, el ruido y el consumo de agua. No tenía nada que esconder. No había sitio para sorpresas.

Quería saber más de ella, cogí el libro de instrucciones. Me dio la risa imaginar tu cara si estuvieras aquí siendo testigo de mi interés. Primero me familiaricé con sus partes internas; el motor eléctrico y su correa de transmisión, el tambor, los amortiguadores, las resistencias, la entrada de agua, sus filtros y finalmente los depósitos de detergentes. Todavía necesitaba conocerla mejor, entender su funcionamiento. Estudie todas sus funciones; el prelavado, el programa largo, el delicado, el aclarado y el desagüe. Me fascinó el programa corto, “lavado eficaz de ropa con un grado de suciedad ligero”, me pareció hasta poético.

Desde la cocina podía oír su alegre centrifugar diario. Otras veces escuchaba un golpeteo cadencioso. Era su forma de obligarme a salir a la terraza y asomarme a su ombligo. Una moneda olvidada en algún bolsillo daba vueltas y chocaba sobre la ventana de carga frontal.

Un día empezó a ser más sutil. De vez en cuando aparecía un pequeño charco debajo de ella. Vino a repararla el servicio técnico. Una fuga en la goma del desagüe fue el diagnóstico. Entendí entonces que reclamaba mi atención. Basta ya de considerarla como un aparato solitario y casi clandestino escondido en la terraza.

Decidí entonces que su sitio estaba en el comedor, al mismo nivel que la descarada televisión y el sobrio equipo de música. Ahora la observo desde el sofá. Tengo la sensación de que se ha vuelto más silenciosa, más refinada, quizá provocado por este entorno más cálido. Hay veces que el tambor se mueve como si mascara chicle, otras, me guiña un ojo, apagando y encendiendo el piloto de la temperatura.

El comedor huele a suavizante, ya no hay rastro de tu perfume. Hoy he metido una foto en el bolsillo de un pantalón con la esperanza de que ella se encargue de borrar de mi memoria tu cara y tus contornos. Todavía no me acostumbro a tu muerte.

He decidido seguir junto a ella arropado por su sonido, hasta que la obsolescencia programada nos lo permita.

 

 

Paco Florentino


Pelamen


 

Desde pequeña siempre me ha fascinado el pelaje suave de los animales. Mi madre me regaló un gorro de piel de conejo para protegerme de las constantes infecciones de oídos, que me daba un aire de niña rusa. El mundo podía ser todo lo hostil que quisiera, pero tocar ese pelo tan suave, templado, acogedor, prometía seguridad.

La seguridad de no pasar frío, que significa la supervivencia, e induce al sueño. Caliente te puedes dormir, que nada te pasará. Tu sistema, inactivo, seguirá funcionando perfectamente a pesar de bajar la temperatura. Ese pelo te abrazará, te aceptará tal y como eres. Te reconciliará con tu instinto animal, el único instinto que tenemos. Te pondrá en tu sitio. Te recordará que miles de años de evolución no son nada, porque, en el fondo, sigues siendo un animal vulnerable en busca de cobijo, de madriguera. Piel con piel, un cuerpo encima del otro, como en esos vídeos de gatos, donde se apretujan para darse calor, y están ahí, simplemente respirando, reduciendo la existencia a su mínima llama.

Tocar el pelo de un animal me devuelve siempre a la infancia, al recuerdo más antiguo, el más alejado de la muerte. Es la primera sensación de la que fui consciente. Mi primer placer. Esa caricia autista de pelos rozando la piel desnuda. Ese anhelo del pelaje que perdimos al dejar de ser monos. Ese roce que a veces es cosquilleo y que puede volverse un incordio, si alcanza la nariz.

Todavía hoy cuando entro en una tienda y veo un abrigo de pelo, ya sea de verdad o sintético, no puedo evitar acariciarlo. Me quedo pegada a su tacto hasta que la dependienta me mira con curiosidad.

Jaula de música

 A veces me entra una canción de la radio en la cabeza. Una melodía pegadiza que ni siquiera me gusta y que va subiendo de volumen a medida que se asienta en mi cerebro. Y una vez se fija, ya no sale. No hay manera. Intento sacármela aplastándola con otras canciones, con silencio, con meditación, con distracción, pero no hay manera. La arrastro durante semanas. Me tiñe los pensamientos con su estribillo claustrofóbico. Su ritmo se cuela entre los huecos de las conversaciones al hablar. Le pone banda sonora a todo lo que haga. Es como el tínitus, pero disfrazado de reguetón.

sábado, 12 de diciembre de 2020

LA PIEL






La piel, protectora barrera de coral que se mece en las olas de los movimientos. Nacemos enfundados en ella y nos protege de las inclemencias del tiempo. Milagroso tejido, casi de otro mundo, impermeable, auto reparable, auto ajustable y sensible que se renueva cada poco tiempo capa por capa, porque para vivir hay que, literalmente, dejarse la piel. 


Nos separa, es nuestro límite de conocimiento. Nos constriñe y protege como un vestigio de la placenta y el útero materno. Nos envuelve más fuerte cuando somos jóvenes para que obtengamos el máximo posible de todas las sensaciones con que la vida nos nutre. Más fina y sensible cuanto más fino y sensible eres, cuando más necesitas aprender. Empieza siendo la piel fina y prieta del bebe que sólo espera caricias, besos y abrazos. Que se roza si no la mantienes limpia y seca y la revistes con telas suaves. Telas que la envidian porque que saben que nunca lograrán ser, ni en su grado más perfecto, más que una segunda piel. Más tarde, en la adolescencia ya no aprieta sino que se vuelve tersa y ávida como fruta que quiere vivir al sol, crecer, mostrarse y atraer el mundo para absorberlo. 


La piel se nutre del frío, del calor, de las cosquillas de un domingo en una cama grande de sábanas blancas, de los besos en el cuello; del roce del abrazo de un amigo y del tacto rugoso de la caricia en la cara que te hacen tus abuelos. A veces recibe golpes: golpes gozosos e ingenuos en juegos infantiles o golpes sordos, punzantes e hirientes como cuchillos sobre cristales que la rasgan, la atraviesan y le dejan traumas invisibles en el envés. Y de todos aprende.


Porque la piel sabe. Por eso cuando nos hacemos mayores deja de abrazarnos tan fuerte, nos va dejando volar más libres y sabios. Se hace gruesa y rugosa para aislarnos cada vez más del exterior y dejar que, al ser más insensibles, podamos empezar a conocernos. Nos importa menos lo exterior, los demás, y su tacto se vuelve más lejano. Todo duele y gusta menos, mientras intentamos lidiar con nosotros mismos.


Al final, en la vejez, nuestra propia piel irremediablemente se nos hace grande. Es un fenómeno insólito. Ella misma se va desprendiendo como si nos abandonase, y hace bolsas, arrugas y recovecos donde se acumulan los recuerdos que ya no usamos. Recuerdos de noches sin dormir cuidando a tus hijos en las bolsas de los ojos, de noches sin dormir cuidando a tus padres en los surcos de la frente. Recuerdos de los besos que te dio tu madre al nacer en los pliegues de la nuca, del primer beso que diste en las comisuras de los labios; el baile de tu boda en las estrías de las caderas; la primera vez que nadaste desnudo en el mar en los surcos de la espalda; tardes de cocina, lumbre y amigos en los leves fruncidos de las manos. El libro de tu vida pliegue a pliegue por el árbol de tu cuello. Por eso los más viejos siempre vuelven al pasado y lo saborean. Se sientan en sus mecedoras y buscan ávidos en esos bolsillos interiores quienes han sido. Cuando por fin se han vaciado del todo en esos arrugados bolsillos están preparados para partir igual que llegaron. Vacíos; en un destello de luz; con un grito a flor de piel. 


 

                                                                  BAZOKA

 

 

 

   Bazoka era el  chicle más deseado por los niños de los años cincuenta, de importación americana, venía  envuelto en un papel plateado y  letras mayúsculas de colores. No eran fáciles de conseguir, a mi me los traía  mi padre cuando salía los domingos a Noel,  a comprar pasteles y fiambres. Eran duros como cemento seco, del tamaño de una moneda de cincuenta pesetas, tenían  tres  pisos circulares; tres pisos como las tartas de bizcocho y chocolate caseras, tres pisos como los plumieres de madrera de los niños afortunados. Eran enormes para la boca de un niño, tanto que desencajaban  las caras  aparentando  que tenían dos enormes   flemones en los molares.

 

   Conseguías ablandarlos con un esfuerzo descomunal de mandíbulas,  tanto que luego tenías sensación de agujetas en los mofletes; Solo tenían un sabor, fresa cargado de azúcar,  porque en aquella  época  no se contemplada la posibilidad de elegir; solo una marca de papel higiénico, duro como el papel de lija, solo una marca de leche, ni desnatada ni sin lactosa, como salía de la ubre de la vaca. El supuesto sabor a fresa era una quimera, sabia bien , eso sí, pero ni el sabor ni el color recordaban a la fresa ni de lejos. Eran de un rosa desvaído, idéntico al color de las encías,  tan semejante que se  confundía con ellas y permitía hacer fundas de dientes y recrear bocas desdentadas y repugnantes.

 

   Si lograbas introducir en la boca dos chicles a la vez,  podías   hacer un globo enorme, del tamaño de una pelota de futbol y   con suerte,  podías lograr  explotarlo en la mismísima cara de tu hermano. Eran los mejores adhesivos del momento, si se te pegaba en el pelo el único remedio era el corte de tijera, tipo trasquilón,  por eso tenias que tener mucho cuidado de no tragarlo,  decían que se pegaban las tripas,  y tú te lo creías, claro que te lo creías,  porque pegaba tolo lo que rozaba.

 

   Ese sabor de no fresa y rosa encía  a mi se me mezclaba con otros sabores y colores,  a domingo por la mañana, a prensa y tebeos, al humo de los Ducados que fumaba mi padre, a su loción de afeitar, a padre de domingo relajado, al padre que tanto quieres en la infancia, al padre que aún no has tenido la necesidad de matar.

 

 

 

La vergüenza

Mi sentimiento de vergüenza tiene la forma de un grupo de caracoles. Son de color negro, incluido el caparazón, y se mueven por mi estómago dejando surcos que más tarde se convertirán en malas digestiones. Cuando era más joven, a menudo se transformaban en vómitos, y a mí siempre me sorprendía que los líquidos que se me derramaban por la boca no fueran negros sino amarillos o verdes. Yo  los sentía oscuros y rizados dentro de mí, como la agitación de un mar sucio en un día de invierno. 

Mis venas guardan la herencia familiar que me merezco por las decisiones que otros erraron. 

En ocasiones, la culpabilidad aparece como un complemento de la vergüenza, como si ésta hubiese decidido colgarse un bolso gastado o ponerse unos pendientes de segunda mano. La culpa embellece porque es capaz de generar un cambio en mi comportamiento, mientras que la vergüenza solamente viene a mí con la intención de asesinarme. 

Nunca cambiarás, me digo con la mandíbula apretada; no aprenderás jamás, me espeto con pasión. No mereces la pena porque la pena es más poderosa que tú. 

La vergüenza tiene el sonido de las canciones de Suede que escuchaba cuando era adolescente. Canciones que gritan que somos basura, yo y tú, que es posible que se deba a nuestra dulzura, a nuestra locura, a lo barato que nos vendemos. Sonidos que me alivian porque me acompañan.

Mi sentimiento de vergüenza tiene predilección por los domingos en los que el paladar guarda un regusto a alcohol. Eres escoria, me hace decirme. Y el corazón se me comprime y desciende por las tuberías de mi cuerpo hasta  latir en mi propio estómago, formando un todo con los caracoles, una amalgama a través de la que temo deshacerme un día. 

Algunos días la vergüenza me abandona pero yo sigo pensando en ella porque sé que volverá. 

La vergüenza es dura y fría y corta como las cuchillas de afeitar que me señala para que me mate. Cuando duermo a su lado resbala como un millón de babas haciéndome caer en pesadillas imposibles. Puertas que se abren dando lugar a estancias y más estancias. Un millón de compartimentos que viven alojados en algún lugar temible de mi cerebro donde la vergüenza adquiere la forma de mamá caracol, y se retroalimenta.

La vergüenza es parte de mí, y no puedo arrancármela de la misma forma que no puedo arrancarme los dientes ni los ojos. Tengo que elegir el todo o la nada. La vida o la muerte. Y elijo vivir con los caracoles.


Dos de caldero






Paella, marmitako, olla gitana o podrida. Alquimias metálicas del guiso.

¡Dos de caldero!

Ya viene humeando por la sala. Caldero negro, casi incandescente. Arroz de infierno. Fundido. Marrón glacé murciano. Lloro cuando reposas en mi plato y lloraré esta noche y lloraré mañana cuando seas tormenta en mis entrañas. 

 · 100 gramos de arroz.

Célula blanquecina, átomo de cocina que tiene mil vestidos. Atragantado en agua, bronceado de aceite y reposado en jugos.

 · 2 ñoras.

Dulce papel estraza; momia nonagenaria expuesta al sol poniente, rojo deconstruido.  

· 1 cabeza de ajos.

Medicina de olor. Venida de Siberia escapada de un gulag. Abrigada de capas, escondes la blanca desnudez de una novicia. Cocaína del pobre y aflicción del rico.

 · 1 tomate.

Corazón de pepitas, sangre de la verdura. Quejido en el aceite, cadáver en sofrito.

 · 1 litro de caldo de pescado.

Madrugado en un barco. Entre un vapor de redes, eres fumet de espinas-espíritus marinos que nadan en un barrizal de sal y especias-. 

 ¡Ah! ….Y una botella de buen vino.


Y te llevo a mi boca pegado a la cuchara, transformado lo cóncavo en convexo. Unicidad de granos soldados en una bola espesa. Sin masticar discurres, sin respirar te siento con un ligero picor en las papilas. Y una tras otra -orgía de cucharas- contracciones y flujos te reclaman en el pozo sin fondo de mi ombligo. 

 

Senderos de azafrán quedaron en el plato, restos de mil cadáveres, arrojados, sin responso alguno, a la tremenda panza. 

 

Me derrota la gula, me invade la lujuria, la pereza me grita:

 

“Acho” ¡Toy perdío!

 

viernes, 11 de diciembre de 2020

ECOSISTEMAS -Álvaro-

 

ECOSISTEMAS

 Escribir sobre uno mismo es un poco incómodo. Yo por eso generalmente prefiero escribir sobre una mesa (Dalmiro Sáenz)


Mi mesa del despacho de casa  es una mesa blanca de DM, de 120 x 80. Sirve para soportar un ordenador con pantalla blanca con su ratón y teclado, también blancos y con cables. Uso cables porque soy viejo y porque me pone histérico el coitus interruptus de quedarme sin pilas a mitad de una faena creativa. Y son blancos porque el papel es blanco y la tinta es negra. Este hecho tan evidente es ignorado por la empresa Logitech, que se empeña en castigarnos con esos horribles teclados negros con letras blancas. Algo anti ergonómico, conceptualmente absurdo y estéticamente imperdonable.  Pero en mi mesa mando yo y, buscando, es posible conseguir el relajo de un teclado completamente blanco.


Sobre la mesa hay otros elementos, accesorios pero fundamentales. Un flexo de los de tubo flexible, recuerdo de mis años de estudiante, con su bombilla incandescente de luz azul. Unos altavoces Harman & Kardo, feos y caros, pero que se oyen realmente bien. Y todos esos nuevos artefactos que el teletrabajo ha instalado en nuestras vidas. A la parte superior de la pantalla le ha crecido una cámara para el chateo, y en el frontal me he puesto un micro de sobremesa. No tengo vocación de telefonista ni de radio operador (se me escucha, se me escucha), así que prefiero no usar auriculares. Y un teléfono fijo que siempre está desconectado, porque hoy tampoco estoy interesado en cambiar de compañía telefónica, probar ese sistema de agua envasada tan bueno ni hacerme un seguro de decesos. El conjunto lo remata un pequeño colibrí -con cuerpo de esmalte policromado y pico, alas y cola de plata- que compré en Ecuador y que siempre revolotea sobre el borde superior izquierdo de la pantalla. No tiene nada que ver con el teletrabajo, pero me recuerda que Quito es una ciudad preciosa, a la que pienso volver cuando lo normal deje de necesitar calificativos.


Por la pradera blanca de mi mesa pululan diferentes especies de objetos. Los instrumentos de escritura, que a veces duermen en cubiletes metálicos o en tazas con reconocimientos tontos o filosofía barata; cuántos años de amigo invisible. Y las inevitables grapadora, desgrapadora y taladradora de papel. Se usan poco y están tan pasadas de moda como una escribanía de cuero repujado, pero siguen por ahí como paquidermos moribundos que se dirigiesen a un cementerio de elefantes.


También pastoreo un rebaño de cachivaches tecnológicos cuya posesión, contemplación o tacto me producen un extraño placer, me relajan cuando estoy cansado o me distraen si me aburro. La rótula de cerámica de una prótesis de cadera. No te voy a contar de dónde ha salido, pero es un objeto prácticamente perfecto. Color de pedernal nacarado y superficies durísimas, pero tan pulidas que deslizan suavemente, con un rozamiento ínfimo de naturaleza casi sexual. Un cristal de bismuto de unos 5 cm de largo: un metal de aspecto alienígena con unos colores fascinantes y que no sirve para nada, lo que lo hace todavía más atractivo. Un frasco con bolitas de galio, otro metal curioso que sí se derrite en la mano, como Conguitos de azogue. Mi piedra celta: una especie de barquita,  maciza y mágica, que sólo puede girar a la izquierda. Un pequeño giróscopo cuyas rotaciones, incomprensibles para un profano, me recuerdan que nada es evidente. Un reloj de arena lleno de limaduras de hierro, con imanes de neodimio brillantes y poderosos, capaces de deformar el tiempo. Mi motor Stirling, un prodigio termodinámico que funciona  con el calor que desprende una simple taza de té. Y una gran bola de cristal, con un azul tan intenso que, al mirarla, me parece vaya a poder adivinar el futuro.


En los huertos de la mesa se cultivan papeles huérfanos, documentación bancaria, informes, circulares… que ya leeré mañana. Y, claro, tazas de café vacías de hace un rato,  de ayer, o de anteayer, depende de la última vez que me hayan llamado la atención. Y muchos post-its pegados al azar, recordándome cosas que quiero olvidar: para eso las he escrito en unos trozos de papel tan irrelevantes.


Este el pequeño ecosistema de fetiches inútiles que mi mundo cotidiano ha criado durante años.O, a lo mejor, es al revés y son estos animalitos curiosos los que lo mantienen y alimentan.


Ya no estoy seguro de nada.

 

 

 

domingo, 6 de diciembre de 2020

Insolación

Rita oteaba el horizonte desde el Monte Comisión. Estaba orgullosa. Se sentía plena. Satisfecha. Al sur, las placas solares se multiplicaban más allá de donde le alcanzaba la vista; al este, los campos de golf teñían de verde la llanura, pero por lo que sentía verdadera predilección era por su Marina y su regata anual. Allí, en el puerto deportivo, estaba atracada la niña de sus ojos: la Bribona. Había ocasiones en las que le gustaba sacar a relucir su vanidad. 

Era un día importante. Muy importante. Hoy, 19 de marzo, se celebraba el aniversario de la creación de Terra Mítica, la tierra prometida que había levantado con tanto sudor y adonde, con las mismas dosis de esfuerzo, había conducido a su pueblo. Pero este 19 de marzo era especial. El futuro de Terra Mítica estaba en juego.  

Su mirada chispeaba siguiendo el ajetreo de los preparativos. El altar, los troncos de madera, la leña, el afilador... Chasqueó la lengua. Estaba inquieta. Su sexto sentido le decía que se estaba avecinando una desgracia. Eduardo advirtió su preocupación. Se entendían sin hablarse: “Rita, todo está controlado allí abajo. Francisco está al mando. Lo conseguiremos. Todo saldrá bien, estoy convencido. Venga, vamos a ir preparando la leña para el arroz” le dijo Eduardo mientras le pasaba una mano por el hombro y con la otra le servía un generoso vaso de J&B. 

Brindaron. La sonrisa de Eduardo la tranquilizaba. Siempre supo mantener el buen humor, aún en los momentos más duros. Si no hubiera sido por él, Terra Mítica, tal y como existía ahora, no habría salido de los planos de Calatrava. Aunque habían tenido desencuentros importantes, le estaba agradecida. Ella, que siempre había sido más de cremaet que de smoothie, más de puro que de porro, más de destilería escocesa que de Red Bull, las rarezas new age de su amigo Eduardo nunca le habían convencido. Y, sin embargo, gracias a ellas pudieron hacer realidad lo que solo había sido una fantasía. 

El ingreso de Eduardo en los “Adoradores del Sol” fue visto como una más de las numerosas excentricidades de las que hizo gala durante años. 

Después de conseguir que le fabricaran a medida un solárium portátil y del tan ansiado diagnóstico de tanorexia, sus viajes a Sudamérica se hicieron cada vez más frecuentes. Recorrió todas las ceremonias de ayahuasca que se celebraban desde lo más alto de la Cordillera andina hasta lo más profundo del Amazonas como una groupie enloquecida. En una de ellas conoció a un tal Josué, un chamán del que se decía que podía controlar los elementos y las estaciones.

Le dio un sorbito al J&B y encendió el fuego para el sofrito. El olor de la cebolla dorándose le hizo revivir tiempos pasados, cuando Abascalia aún existía y la virilidad de Santiago estaba en su apogeo. Ya no quedaban hombres como él, hombres con un par de huevos bien puestos, sin miedo a llamar a las cosas por su nombre. Le echaba de menos. Tuvo que contener las lágrimas al recordar cómo se alejaba a lomos de Babieca, su miura, rumbo al exilio. 

Guardaba un buen recuerdo de cómo empezó a forjarse su amistad. El proyecto político de Santiago casaba a la perfección con los planes empresariales de Terra Mítica. Las canteras de Abascalia se pusieron de inmediato a disposición del levantamiento de esta nueva tierra prometida, que preveía medio millar de viviendas con piscina y gimnasio y todos los servicios básicos para sus residentes: casinos, prostíbulos, puerto, pistas de Fórmula 1, campos de golf, hipódromo y el Museo de la Prevaricación, que quedó inacabado por el precoz agotamiento de las canteras. 

Santiago quería una patria blanca y reluciente y, para conseguirlo, lo primero que quiso fue vaciarla de escoria. Dio comienzo así la Operación Pantone #000c. Más inteligente que los Reyes Católicos, en vez de expulsar a moros, negros y panchitos, los puso a trabajar: había una ciudad que construir. Cuánto se había divertido viéndolos doblar el espinazo bajo el sol. El contraste entre la piedra blanca y las pieles negras se la ponía dura.

Se sometió a toda la población a análisis de pureza de sangre y a oposiciones de bailes regionales. A quienes los superaron, se les otorgó la certificación D.O.A (Denominación de Origen Abascalia), establecida de acuerdo con criterios estrictamente científicos; a quienes no, se les envió a las canteras. Paralelamente, se creó un mercado negro de todo tipo de blanqueantes y la multinacional Tippex empezó a cotizar en el IBEX. 

El agotamiento de las canteras puso a Abascalia al borde de la quiebra, pero no disminuyó la ambición de Santiago porque fuera la nación más blanca y reluciente. Las mujeres D.O.A, cada vez con menos nutrientes a su disposición, ya que toda la tierra fértil había sido consagrada a las canteras, eran incapaces de concebir pequeños abascalios y la hemofilia estaba diezmando a la ya escasa población D.O.A. No quedó otra opción que mejorar la raza repoblando con teutones y, en algún caso, con sajones, pero en el estado de profunda desolación en el que Abascalia se encontraba, las negociaciones para convencerlos no estaban siendo tan fáciles como había supuesto. 

Santiago nos convocó en su coto de caza para hacer un brainstorming. Fue entonces cuando Eduardo tuvo la gran idea: “Necesitamos sol y lo necesitamos 24 horas al día, 365 días al año. Eso es lo único que los podrá convencer”. A Santiago le encantó: “Un Imperio, chavales. Claro, joder. Un Imperio donde nunca se ponga el sol. Eso es lo que necesita Abascalia”. “Josué lo puede hacer sin problemas. Y luego, este va a ser el plan: cogemos el terreno de las antiguas canteras y lo petamos con placas solares a cholón. Ahí, todo el día funcionando a tope, dando bien, bien de energía. Para ti y para nosotros, claro. Y, Santiago, a ver si se te ocurre qué podemos hacer con esos pieles oscuras que han sobrevivido”. “Eduardito, me ofendes, hombre. Pues ¿qué vamos a hacer? Ponerles a currar de camareros y friegaplatos para los nuevos colonos”. 

Cerramos el trato. Había mucha pasta en juego y gracias a esta nueva gesta, quizá no solo se podría terminar el Museo de la Prevaricación, sino quizá construir otra ciudad más grande aún… Ay, cuántos proyectos bullían sin cesar en su cabeza…

Así fue cómo Josué entró en las vidas de todos y en el reparto de beneficios de Terra Mítica. Heredero de una legendaria estirpe de chamanes, era también el cerebro en la sombra de Caloret S.A., un complejo entramado empresarial que, si bien se había especializado en sostenibilidad climática para algunos gobiernos progres, también hacía algún trabajito bajo cuerda, principalmente eclipses y grandes catástrofes. 

Josué fijó la fecha de la Ceremonia de Insolación para el 19 de marzo. Basó sus cálculos en el calendario de una antigua civilización levantina, la cual, según lo que se pudo saber por los escasos restos arqueológicos, celebraba un extraño ritual los días cercanos al comienzo de la primavera. Este ritual, muy arraigado entre la población, consistía en encender cientos de piras donde quemaban figuras gigantescas de aspecto humano. Parecía que era una forma de purificarse y de alargar los días dándole, simbólicamente, más fuerza al sol. 

Los ladridos de Saqueo y Blanqueo, los yorkshire de Francisco, la sacaron momentáneamente de su ensueño. Llegaban justo a tiempo. Era el momento de añadir el arroz, tarea que habitualmente llevaba a cabo la mano firme de Francisco, echándolo en cruz con gracia y precisión. Con una señal hizo entender que todo estaba preparado allá abajo.

Junto a él estaba Josué, a quien saludó con afecto. Entre las plumas de su chaleco, se dejaba entrever el recipiente para el sacrificio. Verlo aún le producía escalofríos. 

-Mi querida Rita. ¿Cómo se encuentra? Noto cierta inquietud en su mirada. El sacrificio saldrá bien, como de costumbre. Los vientos son favorables. Confíe en mí. ¿O es que les he fallado alguna vez en todos estos años?

Era cierto. Nunca nos había fallado. La Insolación había sido todo un éxito, al igual que la instalación de los paneles, por los que, además, nos hizo un buen descuento. Los teutones y sajones estaban felices, hacíamos buena caja. 

También había estado a nuestro lado en los momentos más duros, como cuando el comercio de ketamina y MDMA disminuyó hasta desaparecer -pues en una nación sin noche ya nadie necesitaba ponerse- y los inversores decidieron marcharse a otros mercados más viciosos; o cuando empezaron a aparecer los primeros casos de cáncer de piel entre los teutones y fueron muriendo lentamente. Caloret S.A. inyectó crédito a Abascalia, e incluso renegoció su deuda, pero no fue suficiente para Santiago. 

Abascalia se tiñó de negro. Los pieles oscuras, los únicos que resistían las altas temperaturas, estaban invadiéndolo todo. Santiago, repugnado, no pudo soportarlo y, aunque tratamos de hacerle entrar en razón, marchó al exilio. Abascalia quedó así descabezada y fue despoblándose poco a poco. 

-No, Josué, bonico. Nunca nos has fallado. Y claro que confío en ti, pero estas manchas en el brazo me preocupan. También me están empezando a salir en el cuello. Mira, acércate. Aquí ¿las ves? No sé si el brebaje y los injertos están perdiendo eficacia, si es la edad o si es que no bebo suficiente J&B, jajaja. Eduardo aún no tiene síntomas, pero Francisco ya tiene algunas en el empeine y las manos. Estoy asustada, Josué.

Francisco llevó la paella a la mesa y Eduardo vertía el vino en las copas. Los cuatro, ajenos a lo que se estaba fraguando en la ladera oriental del Monte Comisión, brindaron por el futuro. Mientras tanto, los Caminantes Negros, agazapados, esperaban la orden para el ataque. 

-Tranquila. Eso no es nada, querida, una pequeña descamación. Hoy he traído un emplasto de calidad superior que os aplicaré en cuanto terminemos el sacrificio. Vamos a comer y a relajarnos un poco, ¿sí?

Aunque hacía lo posible por ocultarlo, la palabra “sacrificio” le revolvía el estómago. Gritó como una histérica la primera vez que Francisco, entre bromas, se lo explicó: “Mujer, si es como la morcilla. ¿No te comes también la morcilla que es sangre de cerdo? Pues esto es igual. Luego lo bajamos bien con unos gin tonics y a otra cosa”. 

Beberse la sangre de los pieles oscuras fue una de las cosas más desagradables que había hecho en toda su carrera política, pero había funcionado. 

Cuando las altas temperaturas comenzaron también a hacer mella en sus cuerpos, Josué preparó un brebaje para hacernos inmunes. Cada año, en el aniversario de la Insolación, un piel oscura era sacrificado y despellejado. Josué con su sangre y su piel preparaba el brebaje y los emplastos que aplicaba en nuestros cuerpos en una dolorosa ceremonia.

No tuvieron tiempo de reaccionar. Los Caminantes Negros se abalanzaron sobre ellos y rodearon la mesa antes de que hubieran terminado la paella. Su líder, Prometeo, apuntaba con un afilado puñal la yugular de Santiago que, amordazado y maniatado, los miraba aterrorizado. Francisco y Eduardo yacían degollados sobre las clótxinas; Josué se tropezó con las plumas de su chaleco y fue alcanzado por la espalda con una lanza envenenada. 

Condujeron a Rita y a Santiago hasta la pira. Las llamas se elevaban infinitas, un humo cada vez más negro y espeso empezó a envolverlo todo hasta que cubrió completamente el cielo. La hoguera permaneció encendida durante días y días.

(Maura)


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